Muchas veces he comentado la inconveniencia de mantener nuestra ley electoral, la llamada D’Hondt, que pudo ser práctica en la transición, pero que en la actualidad resulta ineficaz, incluso perniciosa, para la democracia española.
Pongo un ejemplo palmario:
Ayer, un mes después de que sucediera, el presidente de la nación explicó en el Parlamento la actuación del gobierno durante la terrible Dana de Valencia y manifestó que dicha actuación fue ejemplar, sin fisuras.
Explicación que fue recibida con un aplauso cerrado, también sin fisuras, de la bancada socialista, incluidos los parlamentarios de la Comunidad Valenciana.
Estos días ha sucedido algo parecido, aunque a menor escala, en el Reino Unido y es seguro que el primer ministro, el laborista Keir Starmer, escuchará las críticas por fallos en la gestión gubernamental de los parlamentarios laboristas de los condados afectados.
Y las recibirá porque los parlamentarios británicos son dueños y señores de su escaño, que han ganado en campaña personal en su distrito geográfico y no por estar incluidos en una lista cerrada. Ellos tienen la obligación inexcusable de defender los intereses de sus votantes, ante los que mantienen oficinas abiertas para escuchar sus quejas o sus sugerencias y no los del líder de su partido.
Y así hemos sabido que el partido conservador retiró su confianza a dos de sus líderes en los últimos años, que eran primeros ministros de la nación, obligándoles a dejar la presidencia del partido y el cargo estatal sin necesidad de que se convocaran elecciones generales.
Porque allí, como en España, son los parlamentarios los que eligen al primer ministro, pero ninguno de ellos está incluido en una lista previa que se ha confeccionado bajo las directrices del destinado a serlo. Lista de afines, por supuesto, sujetos a disciplina de voto durante toda la legislatura.
Y, como consecuencia y al contrario de lo que ocurre en España, allí son los líderes los que deben atender a sus parlamentarios y no los parlamentarios a sus líderes.
Pero no nos confundamos. La maldita ley electoral no se cambiará porque ni le interesa hacerlo al PSOE ni a ninguno de los otros partidos, incluido el PP, porque todos prefieren tener en la bancada a borregos que correspondan con un efusivo “beee” al mandato del líder, en formato de aplauso entusiástico, en lugar de hombres libres que respondan ante sus votantes y su conciencia.
Y, si alguien tiene dudas, puede disiparlas analizando lo que sucederá en el congreso del PSOE, partido que no solo tiene listas cerradas en las elecciones generales, como todos, sino que también y de la mano de Pedro Sánchez, se ha permitido colonizar todas las instituciones del Estado y cambiar las reglas de juego de sus congresos, de forma que el número de votos necesarios para presentar propuestas o enmiendas y el tiempo disponible para prepararlas, hace imposible el más mínimo atisbo de discrepancia oficial.
Porque los posibles discrepantes no disponen de tiempo suficiente para cambiar impresiones con otros discrepantes para conformar un grupo “crítico”, ni, en caso de conseguir formar ese grupo, para redactar una propuesta medianamente presentable.
Aplausos, aplausos, aplausos. Muchos aplausos para arropar las decisiones del gran líder, haga lo que haga y diga lo que diga.
Sistemas todavía habituales en Rusia o en Corea del norte, pero, ya, ni en China.
Quizás sea yo el confundido y es mejor lo que tenemos que cualquier otra modalidad de democracia, la nacional o la de los partidos políticos, pero me temo que no es así.
“Autocracia: Forma de gobierno en la cual la voluntad de una sola persona es la suprema ley”.
Aquí no es por boca de una sola persona, entonces seríamos una dictadura, sino utilizando personas interpuestas o poderes que no se corresponden con el cargo para el que fueron elegidos ni con el espíritu de la Constitución.
Valencia, 28 de noviembre de 2024
José Luis Martínez Ángel.
P.D.
Este comentario no tiene como objeto determinar si el presidente dijo o no dijo la verdad, que ese es otro tema, sino a la actuación servil de la bancada socialista.