El rincón de pensar. Los abundantes enemigos de la democracia.

La historia política a partir del siglo XIX nos dice que los regímenes predominantes en el mundo han sido las dictaduras, el comunismo y, como única alternativa viable, la democracia.

Hoy no existen dictaduras “oficiales” excepto en países del tercer mundo y el comunismo desapareció de la faz de la tierra después de su fracaso en todos los lugares en los que se implantó. Porque el comunismo, que siempre se aprovechó de la miseria de los ciudadanos para llegar al poder, nunca aportó soluciones válidas.

En España y en este momento tenemos un amago de comunismo con tintes revolucionarios chavistas que surgió aprovechando el impulso del 15M, se mantuvo, decayó y ha renacido gracias a la debilidad del presidente Sánchez y teniendo como caldo de cultivo la pandemia del Coronavirus. Ha conseguido entrar en el gobierno con varias carteras y se presenta como una especie de bálsamo de Fierabrás que nos salvará de todos nuestros males e incluso nos liberará de las garras de la perversa Comunidad Europea.

Pero la democracia, que surgió como respuesta a los totalitarismos comunistas y a las dictaduras de todos los colores, tiene una debilidad manifiesta: su dificultad para defenderse de sus enemigos internos, los emboscados, los que la utilizan para medrar dentro del sistema utilizando sus propios recursos.

La democracia es el único modelo político que respeta a individuos y colectivos contrarios a sus planteamientos, aunque no acepten sus compromisos éticos y morales, incluso protegiendo su derecho a disentir. Actitud impensable en las dictaduras o en los regímenes comunistas.

Aunque la democracia tampoco es un sistema perfecto. Simplemente es el menos malo. Y siendo uno de sus grandes males el buenismo de sus normas, ha permitido mantener grandes brechas por las que se han colado  muchos de sus peores enemigos: el capitalismo feroz y descontrolado, por ejemplo, o los falsos demócratas que se aprovechan de su debilidad para medrar en su propio beneficio o defendiendo ideas antidemocráticas.

Situación que empeora con el tiempo y que cada vez es más evidente. Empezó con Hitler, tirano exterminador de pueblos y de razas que ganó unas elecciones en Alemania y que aprovechó el poder para perpetuarse en el gobierno de la nación y cometer las mayores tropelías en nombre de “la patria” y de toda una serie de valores que no entran, de ninguna manera, en la esencia de la democracia.

Eso mismo ha ocurrido y está ocurriendo en muchas naciones americanas en las que gobernantes elegidos en las urnas han maniobrado cambiando leyes y costumbres para mantenerse en el poder, teniendo en común que todos ellos se autoproclaman como líderes revolucionarios de izquierda que se “sacrifican” por el pueblo mientras amasan grandes fortunas personales y crean enormes brechas sociales. Poder y control de sus respectivos países que no soltarán de ninguna manera y que trampearán de todas las formas posibles disfrazando cada trampa con mil eufemismos prefabricados.

Al principio amañaban elecciones, práctica que ahora les resulta muy complicada por la vigilancia de terceros países, pero que ahora tampoco necesitan hacerlo. Les basta con tener el control de las fuerzas de orden y de los ejércitos de sus países para que, eliminando o encarcelando líderes opositores, se llegue a elecciones “limpias” con votos condicionados.

Pero no solo en América de sur. En nuestro continente tenemos a nuestro muy democrático Putin que gana elecciones sin demasiados problemas utilizando todos los recursos, legales e ilegales, para conseguirlo. Y que ha logrado cambiar la constitución en 2020 para conseguir mantenerse en el cargo ¡hasta 2036!  Año en el que cumplirá sus 83 de vida.

Así tendrá tiempo para lograr su sueño delirante: reconstruir la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y quizás levantar muros, como el antiguo de Berlín, en Crimea o en cualquier otra nación de la gran Rusia feliz.

Y, más recientemente, nos encontramos con el último presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdoğan, también elegido democráticamente, empeñado en una especie de recuperación del Imperio Otomano haciendo añicos la extraordinaria modernización de Turquía que realizó Mustafa Kemal Atatürk quién, siendo militar de profesión, se pasó a la política y acabó aboliendo el sultanado y proclamando la república turca.

Pues bién, Tayyip Erdoğan, también elegido en las urnas y siguiendo el modelo de Putin, está empleando todos los recursos de poder para eliminar a la oposición y cambiar leyes en un país que ya era admirable por su cultura y por su historia y que había avanzado significativamente en avances políticos y en las libertades de los turcos, hasta el punto que llegó a tener muchas posibilidades de integrarse en la Comunidad Europea.

Y que ahora empieza a percibirse como una amenaza para occidente por sus planteamientos totalitarios y por sus devaneos con Putin, que ha alentado desde el primer momento la megalomanía del turco tratando de torpedear sus tradicionales buenas relaciones con los Estados Unidos y con la Comunidad Europea.

También en la misma Europa tenemos algunos escarceos en naciones como Polonia o Hungría, ambas con gobernantes autoritarios afortunadamente embridados por las normas de la Comunidad a la que pertenecen.

Y todas estas naciones tienen en común gobernantes populistas y falsarios que emplean términos ampulosos como “grandeza”, “honor”, “servicio”, “progreso” y palabras biensonantes similares con el único fin de engañas a las masas y actuar como auténticos sátrapas en sus naciones. Y todos alardean de ser grandes líderes que luchan hasta la extenuación por el bien de sus pueblos.

Pero no hay necesidad de viajar a tierras lejanas para localizar un presidente llegado al poder de forma legal, primero por una moción de censura y luego en unas elecciones generales gracias a pactos de investidura antinaturales y negados hasta la saciedad durante la campaña, que está utilizando todos los recursos de que dispone para perpetuarse en el poder.

Estoy seguro de que Pedro Sánchez, a diferencia de Zapatero, no tiene más ideología que mantenerse como presidente. Y que si le fuera necesario para conseguirlo, hasta es posible que pactara con VOX.

Tampoco es de los que se enriquece desde la presidencia y sus corruptelas no van más allá de buscar un buen acomodo para su esposa y para algunos de sus amigos, o hacer la vista gorda sobre algunos desmadres de sus socios de gobierno. Pero en cuanto a mantenerse en el cargo no hay duda de que, por él, no saldría de la Moncloa hasta cumplir los 83 años. Como Putin. Y eso nos está costando y nos costará sangre sudor y lágrimas.

También aquí se habla de pueblo y progresismo. Y probablemente tiene razón porque, perdón por el sarcasmo, no hay en España partidos más “progresistas” que los apoyadores habituales: el PNV, los independentistas catalanes y BILDU.

Es cierto que ni tiene ni tendrá en sus manos el poder de las fuerzas de seguridad ni mucho menos al ejército porque en España hay leyes y tribunales que se lo impiden, como también lo impedirían estos cuerpos si llegara el caso imposible de que tratara de utilizarlos en su provecho. Y porque pertenecemos a una Europa democrática que no le va a permitir más locuras que alguna que otra puesta en escena sabiendo que nunca llegará a mayores.

De la misma forma que el propio Sánchez está actuando con los separatistas, dándoles cuerda mientras le sean útiles y no incumplan de hecho alguna de las leyes fundamentales del Estado que siempre están amenazando con incumplir.

Pero mientras y a cambio de esta locura megalomaníaca que le invade, está haciendo un daño casi irreparable a la nación y provocando una brecha ideológica entre los españoles que nos está llevando a la esquizofrenia. Como está ocurriendo en este momento en los Estados Unidos de Trump, otro loco con delirios de grandeza que trata de mantenerse en el poder, al que ha llegado por unas lecciones, empleando toda clase de trucos y artimañas.

En este caso nuestro presidente solo tiene la fuerza de su muy potente equipo de propaganda, encabezado y coordinado por Iván Redondo al que también habrá que pedir cuentas en algún momento del futuro por lo dudoso de algunas de sus iniciativas, entre las que están aconsejar al presidente el uso de su demagogia absurda, sus frases hechas, su populismo y sus grandes y reiteradas mentiras.

Cuentas políticas sí, porque hace tiempo que dejó de ser un politólogo, un asesor de imagen o un “coucher” para convertirse en un político en activo, aunque permanezca a la sombra del presidente, e incluso legales porque alguna vez conoceremos que resortes se están utilizando para conseguir sus fines.

Estamos en un estado democrático y soy el primer en defender que la única arma posible para  cambiar el gobierno son las urnas o las mociones de censura, como mantengo que hoy por hoy es casi imposible que se produzcan algunas de las dos oportunidades porque lo tiene todo atado y bien atado con favores e intereses mutuos. La única posibilidad, absolutamente remota, sería que parte de su bancada se dé cuenta de que están participando en un proyecto pernicioso y sin futuro, pero esta no es una bancada del Partido Socialista Obrero Español, sino del Partido Sanchista, con muchas dudas de que esté defendiendo a los obreros, que no lo parece, ni a España, que tampoco.

Y detrás de todo este gran problema y del resto en los que estamos inmersos solo hay un culpable: la nefasta ley electoral que fue aprobada para la transición, pero que hemos mantenido vigente porque interesaba y sigue interesando a los políticos porque es una factoría de “siseñores” sin categoría ni personalidad, a sabiendas de que perjudica gravemente a los ciudadanos.

A mí me parece bien el sistema de elección de presidente con segunda vuelta, como el de Francia, el mismo que está vigente en el País vasco, pero me gusta mucho más el “distrito único” de la Gran Bretaña. Porque en esa nación, ejemplar por su democracia aunque últimamente se vea dañada en su prestigio por otro populista innombrable de la nueva ola, Boris Johnson, el Trump europeo que provocó el Brexit engañando a los británicos, no podría darse lo que estamos padeciendo en España.

Sería del todo imposible porque ni las leyes, ni la tradición, ni el sistema electoral de ese país tienen  fisuras que lo permitan. Que aparezcan políticos mentirosos o corruptos es inevitable en todas partes, también allí, pero los controles y las sanciones son mucho más severos que en España.

En el Reino Unido no existen las listas electorales. Cada uno de los parlamentarios británicos se presenta por propia iniciativa y, aunque se inscriban en algún partido estatal, especialmente al conservador o laborista, son elegidos individualmente en sus ciudades o barrios, en sus distritos electorales, donde son perfectamente conocidos por los electores.

¿Se imaginan que en lugar de votar a una u otra lista cerrada de nombres absolutamente desconocidos para nosotros, eligiéramos como nuestros representantes entre Pedro, Lucía, Pepita o Juan, a los que sí que conocemos porque viven en nuestro barrio o en nuestra cercanía?

El escaño es propiedad de cada uno de ellos y no están sometidos a ningún tipo de disciplina de partido ni tienen que rendir cuentas a los dirigentes de cada uno de ellos. Las cuentas las rinden en sus distritos, eso sí, en los que tienen presencia física y audiencias obligadas para someterse al juicio de sus electores.

Esa es la razón de que el Parlamento del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, que es como se llama, pese a estar compuesto por 650 miembros elegidos en 650 distritos electorales, 533 en Inglaterra, 40 en País de Gales, 59 en Escocia, y 18 en Irlanda del Norte, esté casi siempre medio vació. Los parlamentarios solo acuden si se tratan asuntos muy importantes de Estado o cuando las propuestas de ley afectan a los distritos en los que han sido elegidos. Y cuando lo hacen de forma masiva, como no hay asientos suficientes, permanecen de pie, hacinados en los pasillos o en el piso superior.

Su tiempo lo emplean en hacer gestiones personales relacionadas con sus cargos y en mantener contactos con sus electores en sus respectivos distritos y no lo pierden pasando horas y horas sentados en escaños consultando sus teléfonos móviles o echando alguna cabezada de vez en cuando como ocurre en España.

Por todo ello en el Reino Unido sería inconcebible que un parlamentario de Londres votara una iniciativa de su propio partido si afecta negativamente a la ciudad y no existe ninguna posibilidad de que se pacte algo con el Sinn Féin que favorezca a las posturas de IRA, porque la inmensa mayoría de los parlamentarios de los dos grandes partidos votaría en contra.

¿Qué podemos hacer sabiendo que todos los partidos, desde VOX hasta la CUP están en contra de cambiar la ley electoral?

Tengo que confesar que no tengo ni la más remota idea. Porque incluso una iniciativa parlamentaria popular para cambiar la ley electoral y firmada por diez millones de ciudadanos sería rechazada por este congreso elegido en listas cerradas, con parlamentarios “apesebrados” y de estómagos agradecidos que nos representa.

El rincón de pensar y los Presupuestos Generales del Estado:

Esta mañana comienza la presentación de enmiendas al proyecto de presupuestos y, como era de esperar, la factoría Redondo tiene a cada cual en el sitio en el que quería tenerlo.

Cuenta con la fidelidad de sus apoyadores habituales, sus “semper fidelis” provisionales, en buena parte porque no pueden permitir una caída del gobierno que les arrastraría inexorablemente hacía terrenos desconocidos y también por las dádivas y concesiones que han obtenido, a VOX como oposición preferida para desgastar al PP como adversario político y a Ciudadanos en sus últimos planteamientos de reducción al absurdo a base de obtener pequeños premios  tratando de recuperar parte del prestigio perdido.

Hace tiempo que no me meto con Ciudadanos porque era el momento de darles espacio para reorganizarse como partido y definir cual son sus objetivos y sus prioridades, pero después de este tiempo y a los hechos me remito, se ha convertido en un grupo manejable por el poder, vulnerable como partido y sin un rumbo definido. Porque si aspiran a ser, como ahora, partido bisagra del poder, no creo que puedan sobrevivir durante mucho tiempo.

Y lo que acaban de proponer, apoyar los presupuestos a cambio de que se retire la exclusión del castellano como lengua vehicular en las comunidades que así lo quieran, es la prueba más evidente.

Supongo que ya habrán leído el borrador y que habrán encontrado muchas partidas discutibles pero, por lo que parece que han dicho, tragarán con todo a condición de que les concedan la medalla de salvadores del castellano, cuando en el fondo es algo que solucionará el Constitucional, o eso espero y que por otra parte es un tema lamentablemente superado porque, de hecho, el castellano, más que legua cooficial y vehicular, es un huésped no deseado en el País Vasco, en Cataluña y en parte de los utópicos “países catalanes”.

Pero el muy eficaz equipo del presidente Sánchez ha conseguido crear tal confusión con sus continuas y variadas propuestas, algunas de ellas deliberadamente incumplibles y otras muchas impracticables porque las frenarán las leyes españolas o la Comunidad Europea, que la oposición no puede debatirlas y la ciudadanía tiene la impresión de que el gobierno lanza muchas iniciativas cuando, de hecho, salvo nombramientos de altos cargos y cosas por el estilo, no ha hecho prácticamente nada.

Y es necesario recuperar la cordura y volver a marcar los tiempos de las cosas. Si se discuten los presupuestos se discuten las partidas y nada más. Si se discute las extrañas propuestas dela ministra Celaá, se discuten sus propuestas. Y así todo lo demás.

Sin mezclar churras con merinas. Es el momento de los presupuestos, el momento anual más importante  de cada legislatura, el que define la política real que aplicará el gobierno  y no se puede supeditar su apoyo a que se retire o no la propuesta de marginar el castellano.

Como tampoco a que el Pisuerga pase o no por Valladolid.

A la vista de lo que está pasando ¿Están locos los estadounidenses?

Estados Unidos es una nación que nos sorprende cada día cuando descubrimos sus peculiaridades y que nos desconcierta cuando, por contraste, tiene fama de ser uno de los países más democráticos del mundo.

Desconcierto justificado porque, en efecto, tienen un modelo basado en una democracia sin fisuras que compatibilizan con las más estrambóticas de las situaciones. Y lo cierto es que ambas cosas son ciertas: Estados Unidos es un país democrático en el fondo y absolutamente desconcertante en sus formas de expresarlo.

El problema es que nosotros juzgamos a esa gran nación desde nuestra perspectiva europea, con muchos cientos de años de experiencia y con una larguísima tradición de organizaciones nacionales, cambiantes en el tiempo, pero inmutables en la forma.

Europa, repito, tiene naciones consolidadas desde hace muchos cientos de años e incluso el lejano oriente nos gana en historia porque tenían imperios muy estructurados mucho antes que nosotros.

Mientras que los Estados Unidos es una nación configurada hace pocos años si consideramos los ciclos históricos y formada por antiguos estados o territorios totalmente diferentes entre sí, muy alejados entre ellos y con leyes y costumbres dispares, incluso antagónicas.

Leyes y costumbres a las que no renunciaron cuando se integraron en esa confederación  aunque aceptaron unas cuantas condiciones, como compartir la defensa nacional, la moneda, la fiscalidad y la política exterior, por ejemplo.

Para todo lo demás son independientes. Tienen leyes especiales y solo si se producen delitos “federales”, es decir que se cometan en varios estados, puede intervenir el FBI. Incluso en algunos de ellos hay pena de muerte. Y solo hace cuatro días en términos históricos que los ciudadanos tenían que ir armados para protegerse de ataques de terceros.

Todo esto, repito, mientas en Europa existían reinos más o menos absolutistas que dictaban leyes y normas de obligado cumplimiento por todos los vasallos, ahora ciudadanos. Es decir. Nosotros partimos de sociedades muy estructuradas y con un orden dirigido de forma piramidal por la “autoridad competente”. Existieron reinos más absolutistas, como el de Castilla y otros más dialogantes, como el de Aragón, pero en ambos casos existían unas leyes comunes que respetar y se respetaban bajo amenaza de sanción e incluso de muerte. Y eso configuró un modelo de ciudadano sabedor de que forma parte de un todo superior que debe respetar.

Y desde esta perspectiva es lógico que nos hagamos cruces con las cosas que ocurren en los Estados Unidos, simplemente porque no les comprendemos. Y no les comprendemos porque no nos ponemos en su lugar. Y los juzgamos con nuestros ojos de hoy y de aquí, de la misma forma que hacemos con los acontecimientos históricos. Descontextualizándolos.

Estados Unidos es un país donde el propio presidente está poniendo en cuestión la pureza de las elecciones o donde estados como Michigan, que resultó fallido por la crisis del automóvil, quedó abandonado a su suerte, muchas empresas cerraron y los habitantes del estado tuvieron que buscarse la vida en otros lugares de la nación. Porque en EEUU no hay subvenciones ni ayudas a empresas o trabajadores como lo hay en la Europa comunitaria.

En suma, EEUU es un país despiadado desde nuestro punto de vista, pero así son porque así lo han decidido. Tienen un sistema electoral común vigente a nivel nacional, el que permite elegir congresistas y senadores y también al presidente, aunque las leyes que regulan las campañas y los recuentos de votos son diferentes para cada estado. Sistema electoral que protege el bipartidismo y que se basa en los votos electorales de cada uno de ellos.

Los norteamericanos tienen enormes diferencias entre ellos, en algunos casos casi se odian y hasta se podría hablar de cuatro zonas diferentes: el norte, el sur, el este y el oeste, pero respetan de forma incuestionable los símbolos nacionales y se consideran orgullosos de pertenecer a una gran nación habitada por gente diferentes. Y por si faltaba algo, el populismo y la política barata ha creado otra brecha cada vez mayor, la de los ultras de Trump y la de los demócratas (que no pasan de ser una derecha europea) para añadirlas a la separación entre blancos y negros, hispanos, etc.

Yo no los puedo entender como tampoco lo harán en el resto del mundo occidental, pero los respeto porque son una nación improvisada que se hizo fuerte por causas circunstanciales y que ha sabido potenciar la industria, por ejemplo, hasta niveles increíbles y donde la investigación y la tecnología casi no tienen techo. Un país de contrastes como ser capaces de hacer aterrizar un satélite diminuto en un peñasco diminuto después de años de viaje y no serlo de organizar un recuento de votos a la europea que obtenga resultados reales en muy pocas horas.

Son así y así los tenemos que aceptar. ¿Son inferiores a nosotros? De ninguna manera. Son diferentes como también lo son los de otras culturas incluso más extrañas para nosotros.

Y sean como sean, los necesitamos tanto o más que ellos nos necesitan a nosotros.

Yo prefiero que gane Biden, por supuesto, pero eso no cambiará la forma de ser de los estadounidenses. Eso seres extraños para mí que me maravillaban cuando se ponían en pie respetuosamente  y se llevaban la mano al corazón cuando sonaba su himno nacional, en honor de alguno de sus atletas participantes en nuestra olimpiada de 1992 que había ganado una prueba.

Como ellos mismos gustan decir con frecuencia, “God save America