La Cruz de Piedra

Cubierta La Cruz de Piedra ferros1 copia

Cuando el Sargento Contreras recibió el aviso de que se había producido un incendio en la casa de un amigo, estaba lejos de suponer que aquel suceso ocasional le obligaría a una investigación compleja en la que se mezclaban hechos ocurridos en 1307 con intrigas y conspiraciones arrastradas durante siglos hasta nuestros días.

Tampoco Ignacio tuvo consciencia de las alarmas que disparó al descubrir casualmente la carta manuscrita de Jacques de Molay, Gran Maestre de la Orden del Temple, en la Abadia de Cluny.

La novela le permitirá acompañar a Lorenzo y a Ignacio en sus investigaciones, y le desvelará claves que solo el lector puede conocer.

La trama incluye una ficción sobre la Orden Templaria, pero no es un libro de “templarios”. Se citan, sí, algunos hechos históricos, pero arranca desde una fabulación que nunca sucedió. O eso creo.

Lorenzo Contreras sí que existe. Es cualquiera de los responsables anónimos de la Guardia Civil que trabajan por nuestra seguridad.

——————–

Enlace a la editorial: Eride Ediciones

——————–

Una aclaración:

En la novela “la cruz de piedra” figura como ilustrador de la portada Ramón Vicent Pascual cuando su nombre es Vicent Ramón Pascual. Quiero aclarar que es un error mío y no de la editorial, porque esa fue la información que les proporcioné. Espero que se corrija en futuras ediciones.

Las campanas de San Nicolás – “Sostenella y no enmendalla”

Leo en Las Provincias del día 3 de febrero, San Blas, que la Concejal de Medio Ambiente, reunida con la Asociación de Mestres Campaners, se ratifica en que “no es no” y que las campanas de San Nicolás “no podrán sonar hasta que no se incluyan medidas correctoras que reduzcan las molestias”. Hay un párrafo que no acabo de entender, pero intuyo, por la contestación de los secretarios de la Asociación, que la muy enérgica Concejal había sugerido envolver con celo el badajo de las campanas. Debe de ser un error de interpretación.

También leo en la biografía oficial de la Concejal que “Mi actividad profesional se ha centrado en dos aspectos, la docencia en materia Medí Ambiental y la Investigación como Técnico de Aguas”, y en su currículum destaca que “entre les meues aficions es trova els Llibres, i no en referisc solament a llegil-los, que sí, sinó també a tocar-los i mirar-los, l’Art Romànic, la Divulgació Científica i sobretoto Viatjar (sic)

No salgo de mi asombro. Una enamorada del Románico, que disfruta viendo y tocando libros, se declara enemiga de las campanas porque molestan y que, siendo docente en material “Medi Ambiental” sugiere que la solución es ¡envolver con celo los badajos!

Doña María Pilar, le recuerdo que las campanas estaban allí mucho antes que Ud. y mucho antes que los coches, las industrias y cualquier otra fuente de “ruidos” (insisto en las campanas producen sonidos, su coche, su moto y su aire acondicionado, si los tiene, ruidos). ¡Un respeto!

Siga, siga por este camino, pero le vaticino que Ud. dejará de ser Concejal algún día, y las campanas de San Nicolás, y las de otras iglesias, seguirán alegrándonos con su sonido, tan familiar y tan nuestro, ajustando los toques, eso sí, a horarios razonables como ya lo están haciendo. Y con este “tan nuestro” no me refiero solo a los católicos practicantes. Me refiero a la gran mayoría de los habitantes de esta ciudad, porque saben que sus padres, sus abuelos y una gran parte de sus antepasados oyeron los tañidos de esas mismas campanas. Y porque escuchar ese sonido lo asociamos a que reina la normalidad, a que “todo va bien”.

Y en cuando a soluciones, me extraña que no se le haya ocurrido otra más imaginativa: quiero recordar a nuestra ínclita representante que hace muchos años, y en tiempo de Cuaresma, algunas iglesias españolas sustituían el toque de campanas por el de grandes carracas de madera para suprimir cualquier manifestación de alegría en esas fechas. ¿puede ser la solución de San Nicolás?

Pero algo tenemos que hacer. Ya se están recogiendo firmas en algunos puntos de la ciudad. ¿Por qué no se convoca una manifestación de apoyo al párroco de San Nicolás? Las manifestaciones son legales y, en nuestro caso, sería absolutamente pacífica. Sugiero que un día se convoque a todos los que estén en contra de esta medida a las ocho de la tarde en las puertas de sus respectivas iglesias, o en la de San Nicolás si lo prefieren y, como en las manifestaciones se autorizan pancartas, bombos, megáfonos, fanfarrias y batucadas, nosotros podríamos hacer voltear a esa misma hora todas las campanas de todos los campanarios de Valencia. En este caso sería legal porque se trata de un apoyo a la manifestación. Un gran megáfono. Nuestra batucada.

Seamos razonables porque lo único que conseguirán, como ya está ocurriendo, es que se multiplique las denuncias por molestias acústicas de todo género y en todos los barrios de Valencia. Y vienen las Fallas. Y no estamos para perder el tiempo en semejantes majaderías.

José Luis Martínez Ángel – Valencia

El molesto tañido de las campanas

Ayer domingo estaba en la Plaza del Ayuntamiento a las 12 del mediodía y tuve ocasión de escuchar el recién restaurado carrillón del reloj de Ayuntamiento. Puedo asegurar que las melodías anteriores y posteriores a las horas suenan muy fuertes, posiblemente más fuerte que las campanas de San Nicolás. Y me parece bien.

Algunas puntualizaciones: Ni los carrillones ni las campanas son “ruidos”. Son notas musicales. Y Valencia es ciudad de tracas, “mascletás”, botellones y similares. ¿Solo molesta el tañido de unas campanas que suenan a las 9 de la mañana, a las doce y media y a las ocho de la tarde? Dicen que es por la denuncia de un vecino ¡qué casualidad!

Por cierto, una de “cultureta”. Por lo que sé, en la Valencia de las murallas, las puertas de la ciudad se cerraban a las 8 de la tarde, cuando sonaba el toque de Ángelus en las iglesias. Ese Ángelus sobreentendido en los hermosos versos dedicados a la Virgen de los Desamparados, que en una de sus estrofas dice:

Allà tard cap al ponent, quan mor el dia,
les campanes van dient: Ave Maria
.”

Y la Iglesia de San Nicolás, probablemente del siglo XIII, está allí mucho antes que los “modernos” partidos políticos que se preocupan tanto por el vecindario, bastante menos si se trata de botellones de barrio, dicho sea de paso.

Y hasta es posible que en este caso, el del botellón, sigan sin ruborizarse los consejos de uno de tantos refranes con trasfondo religioso del refranero español: “Al que Dios se la dé, San Pedro se la bendiga”. Aunque sea en horas, esas sí, destinadas al descanso de los vecinos.

Y sus campanas, como las del resto de las iglesias, llevan siglos avisando a los valencianos de que comenzaban los cultos, había fallecido un vecino, se había producido un incendio o algún otra catástrofe, o que habían “moros en la costa” de cualquier tipo y condición.

Y todas las campanas, incluidas las de los pueblos y ciudades de toda la comunidad, han merecido, hasta ahora, una gran atención cultural, comenzando por las asociaciones de campaneros, que las tratan con mimo, han ayudado a restaurar muchas de ellas, y disfrutan y nos hacen disfrutar con los conciertos que organizan con bastante frecuencia. ¡Bien por ellos! y mal por los oportunistas de la nueva cultura que redescubren América cada mañana.

Espero que haya suficiente reacción para que nuestros legisladores municipales se lo piensen dos veces.

La maldición de la lengua valenciana – ¿Por qué somos tan especiales?

¿Alguno de mis escasos lectores tiene información de lenguas “conflictivas” en algún lugar del mundo? Ilústrenme, por favor. Puede que exista alguna, pero yo no la conozco.

Las grandes lenguas de la mayor parte de Europa, el castellano por ejemplo, nacieron como lengua romance, seguramente por una vulgarización del latín, que se hizo fuerte porque se habló y se escribió desde sus primeros tiempos.

Porque es lógico suponer que cuando el monje de San Millán de la Cogolla anotó sus “Glosas Emilianenses” en el códice latino, en el que ya se habían manuscrito comentarios en otros idiomas, es porque hablaba esta lengua romance que parece ser el primer texto escrito en castellano.

Y la única explicación de que una lengua del pueblo llano saliera de la Castilla profunda es que todas las capas sociales, los analfabetos y los instruidos, la utilizaban. Y que no encontró enemigos naturales ni puristas que dificultaran su expansión. Y que la utilizaron hablando y escribiendo, en buena compaña con el latín clásico que seguían aprendiendo y practicando los más ilustrados de la época y de las siguientes décadas, porque era el idioma universal de la Europa culta.

Desde entonces el castellano se expandió por España y por “las Españas”, sufriendo una importante evolución y ramificándose en “otras formas” de hablarlo, bien por el aislamiento de algunas comarcas y/o, sobre todo, por su exportación a las colonias españolas de ultramar.

Y aceptó la ambivalencia de llamarse “Castellano” o “Español”, como ahora se le conoce.

Pero toda esta diáspora nunca originó guerras entre castellanoparlantes, en parta porque ya en el año 1713 Juan Manuel Fernández Pacheco y Zúñiga, Marqués de Villena, fundo la Real Academia Española, a la que definió como “institución con personalidad jurídica propia que tiene como misión principal velar por que los cambios que experimente la lengua española en su constante adaptación a las necesidades de sus hablantes no quiebren la esencial unidad que mantiene en todo el ámbito hispánico.

Repito su razón de ser: “…en su constante adaptación a las necesidades de sus hablantes”. Es decir, los fundadores de la Academia no la concibieron como corsé, sino como facilitadora de las comunicaciones entre los castellanoparlantes.

Y tuvieron la lucidez de entender que las diferencias de expresión, que eran inevitables, no suponía una amenaza para el castellano. Todo lo contrario; le enriquecían.

Y por esta razón, las nuevas expresiones surgidas de la evolución propia en los diferentes lugares, se fueran incorporando como voces al diccionario. Y entendemos que, en lingüística, “voz”, palabra, o vocablo, es “Sonido o conjunto de sonidos articulados que tienen un significado en la lengua”.

Insisto en mi argumento anterior: el castellano, como otras grande lenguas que se mantienen en el mundo, tuvo la suerte de que la gente más preparada, en sus orígenes, lo utilizaron como lo que es: elemento de comunicación humana, y soporte de la cultura.

Y que nadie, ni ellos ni los que les sucedieron, pretendieron usarlo como herramienta política diferenciadora. Todo lo contrario. Para evitar problemas de personalismos o de prepotencias centralistas, se fundaron academias locales, integradas en una Asociación de academias.

Esta Asociación la integran Academias de Colombia, Ecuador, México, El Salvador, Venezuela, Chile, Perú, Guatemala, Costa Rica, Filipinas, Panamá, Cuba, Paraguay, Bolivia, República Dominicana, Nicaragua, Argentina, Uruguay, Honduras, Puerto Rico, Estados Unidos desde 1980 y Guinea Ecuatorial desde 2013.

Estas son las que tienen autoridad sobre el idioma, pero también existen otras Asociaciones en Alemania, Argentina, Austria, Bélgica, Benelux, Benín, Brasil, Camerún, Canadá, y hasta un total de 46 países de los cinco continentes, terminando en Ucrania, que, sin tener poder ni magisterio sobre el idioma, cuidan de su pureza siguiendo los dictados de las Academias.

Y, ¿qué ocurre y ocurrió con nuestro idioma valenciano-catalán-mallorquín?

Que estando totalmente de acuerdo en que el valenciano y el resto de variantes de la lengua romance de Occitania y del arco mediterráneo tienen el mismo tronco, hace mucho tiempo que cada una de las comunidades que lo hablan se arroga la titularidad de sus peculiaridades como “su propio idioma”. Diferenciado de los demás.

Y lo hacen porque pretenden usarlo como arma política de influencia. Y así discuten lo que es imposible de discutir basándose en hechos circunstanciales en lugar de confluir en los orígenes: que si el siglo de oro valenciano es anterior al de Cataluña, que si la “renaixença” de tal sitio fue anterior a la otra…

Los del norte se adjudican como “cultura catalana” todo lo históricamente bueno “del paisos”. Una parte del sur cava trincheras marcando diferencias con el norte mientras que la otra, ambas bien representadas por “élites culturales”, dice que el idioma del norte y del sur son lo mismo, o casi. Y mientras, los habitantes de las Baleares se aproximan más al catalán aunque tengan muchas más diferencias gramaticales y fonéticas con el idioma de Cataluña que el mismo valenciano.

Y digo “idioma de Cataluña” porque, en mi opinión, ese es el origen del problema.

Este idioma dulce y lleno de matices que se habla en algunos departamentos franceses, en parte del arco mediterráneo español, y que se habló en muchas otras partes del mediterráneo, incluyendo zonas de Italia, el idioma en que hicimos amigos y nos enamoramos, nunca debió llamarse catalán si no era para definir una de sus variantes.

Y una vez así denominado, para su mal, nadie debió tergiversar la historia para hacer ver que ellos, los catalanes, son cuna del idioma y que, siendo cuna del idioma, son centro, eje, origen, y cabeza de toda una cultura que, naturalmente, deben liderar.

Falsos silogismos encadenados. Mentiras políticas que están perjudicando gravemente al propio idioma.

Porque el idioma catalán, entendido como base de la llamada “cultura catalana”, tiene connotaciones políticas-geográficas que trascienden, con mucho, a la propia lengua. Naturalmente esta afirmación provoca una reacción en el resto de territorios político-geográficos que, entre otras cosas, buscan desesperadamente diferencias en los usos para justificar que cada uno de “ellos” tiene otra lengua. Que son “otros”.

Y no lo hacen para evitar ser absorbidos por la propia lengua. Lo hacen para evitar formar parte, basándose en una supuesta uniformidad lingüística, de unos imaginarios países catalanes, con capital en Barcelona. ¡Pobre lengua valenciana manipulada desde siempre por políticos y otros interesados!

La consecuencia es que hoy en día nos encontramos con que todos los ilustrados académicos que deberían engrandecer la “llengua comú”, en nuestro caso en su versión valenciana, están montados en sus respectivos burros, y se lanzan diatribas los unos a los otros enfrentando a una población que debería estar disfrutando de igual manera de las obras de cualquiera que hable, escriba, o cante en esta lengua en cualquier rincón de su zona de influencia.

Para mayor abundamiento, en esta comunidad de nuestros amores, los muy eruditos defienden a capa y espada la fragmentación en dos “normas” fundamentales: La de Castelló y la del Puig.

¿Se le ocurre a alguien discutir con otros castellanoparlantes de cualquier país porque utilizan voces como cuartos, moneda, plata, pasta, guita, efectivo, u otras expresiones para expresar la palabra “dinero”?

Aquí sí. Aquí somos capaces de afear conductas, hasta la crispación, si alguien dice “tarda” en lugar de “vesprada”, “nois” en lugar de “chics”, o “petit” en lugar de “menut”, pongo por ejemplo. ¡Lástima de recursos y de energías que se debían utilizar en causas más convenientes!

Y llegados a este punto, la mayoría de los valencianos no querrán que el idioma se llame catalán, ningún catalán querrá que se llame valenciano y los mallorquines, como el resto, también estarán divididos entre llamarlo catalán y mallorquín.

La única solución, y espero que no pasen tres generaciones más, es que se separe el idioma de la política, ¡maldita política que mete las zarpas donde no debe!, que le definan como lengua común de todos los territorios que la hablan, que integren todas las voces conocidas y registradas como propias en cualquiera de las “normas” en un primer diccionario, único y común, de palabras y acepciones, y que dejen, como es el caso del castellano, que sea el pueblo y los escritores los que refuercen las voces existentes, o añadan nuevas palabras por su uso.

No se mantengan en sus trece, por favor. Abandonen toda esperanza de ganar esta guerra de guerrillas, o de retrotraernos en el tiempo hasta recuperar la ortodoxia de cualquiera de sus “idiomas” particulares. Dejen que el pueblo hable como habla, como quiera hablar, sin forzar vocabularios.

Pretender que todos hablemos y escribamos la lengua común en una sola de sus diversas formas “cultas y verdaderas” sería un viaje al pasado. Como pretender que todos habláramos el castellano de Cervantes.

Y no se rasguen las vestiduras ni anatemicen si escriben o escribimos en cualquiera de los giros contemplados en ese hipotético primer diccionario de la “lengua romance de Occitania, (¿la lemosina?), también llamada catalán, valenciano y mallorquín”.

Y si los políticos quieren hablar de pactos, de alianzas o de acuerdos interterritoriales, dejen en paz al idioma, por favor. La política para los políticos y el idioma para el pueblo, que es su verdadero propietario.

Soy consciente de que hoy por hoy es totalmente imposible ningún acuerdo, pero si no se avanza en esa dirección, será el fracaso de nuestra cultura. La extraordinaria cultura que ha generado miles de escritores en todos los tiempos y de todos los rincones de la España mediterránea que hablan, escriben y se relacionan en catalán, valenciano o mallorquín en todas sus modalidades, desde la frontera común con Aragón, hasta las profundidades de la Vall d’Albaida, en la montaña valenciana.

Y la razón de este escrito es que los pasos que están dando los responsables de la cultura en el gobierno de la Generalitat Valenciana, y los responsables de las “academias” valencianas no siguen una dirección integradora que facilite la solución del conflicto. Más bien todo lo contrario.

Y, como decía en otro escrito “Alguien pensará: ¡que dice este si no es valenciano! Sí que lo soy culturalmente y por voluntad propia pero, sobre todo, deseo lo mejor para esta tierra y esta cultura. Tanto, al menos, como el que más lo desea“.

También decía que: “escribo en castellano porque es la lengua en la que me enseñaron a escribir y la lengua que nutrió mis escasos saberes…”

“..también ha sido el idioma en el que he desarrollado toda mi actividad laboral. Por esta razón es este es el “idioma de mi escritura” y en el que pienso cuando escribo.

Sin embargo la práctica totalidad de mi comunicación oral hasta los 18 años se desarrolló en valenciano, por lo que esta es mi verdadera lengua vehicular. El castellano fue mi legua de asimilar conocimientos. El valenciano la de transmitir y escuchar, la de jugar, la de compartir vivencias y sentimientos.

Hoy mismo leo un titular en el periódico “Las Provincias” que dice: “El TSJ de Madrid ordena al Estado aclarar si valenciano y catalán son lenguas distintas”. ¿Alguien puede entender que se haya llegado a estos extremos?

En una escena del genial Quino, Mafalda circulaba por la calle y también lo hacía una pareja de personas mayores que, al ver a un joven vestido de hippy, exclamaban: “Esto es el acabose”. A lo que ella contestaba: “No. Esto es el continuose del empezose de ustedes

Un “contiuose” casi imposible de parar. Hay en juego demasiado intereses y vanidades personales.

Las lenguas regionales y el bilingüismo. “La nostra llengua valenciana”

Estamos próximos a conmemorar el 150 aniversario del nacimiento de Vicente Blasco Ibáñez, personaje controvertido y genial, tan difícil de entender en su faceta humana como reconocido mundialmente por su obra literaria.

Blasco Ibáñez fue uno de los pocos escritores que se enriqueció escribiendo aunque algunos de sus colegas de la época le acusaron de bajo nivel literario, posiblemente por desavenencias con muchos de ellos, por lo que no formó parte de la generación del 98.

Lo cierto es que escribió novelas de casi todos los géneros conocidos: costumbristas de ambiente valenciano, históricas, sociales, de aventuras, sobre la guerra mundial, sobre América, de viajes, etc., todas ellas en castellano.

Y, como ocurre con muchos otros genios, tuvo una personalidad arrolladora, imposible de entender y, mucho menos, de asimilar: inquieto, polémico, populista, romántico en ocasiones, despiadado literalmente en otras, republicano, anticlerical, amado por muchos y discutido por otros tantos.

Pero hay dos hechos importantes a considerar en la biografía de Blasco Ibáñez:

• Prácticamente la totalidad de su obra, incluidos los temas valencianos, los escribió en castellano.

• Algunos de sus biógrafos dicen que hablaba valenciano, y de hecho fue en esta lengua en la que publicó algún relato corto para el almanaque de la sociedad Lo Rat Penat.

En el diario Las Provincias del 31.12.2016 aparece un artículo corto titulado “Volver a la lengua en la que Blasco pensaba”, en el que se anuncia la edición en lengua valenciana de “La Barraca”, muy bien traducida del castellano por Vicent Satorres, y la presentan como escrita “en la lengua en la que pensaba el autor, el valenciano”.

Primera consideración: Naturalmente no estoy en condiciones de asegurar en que lengua pensaba el escritor pero, por mi propia situación, parece difícil que fuera bilingüe total, entendiendo por bilingüe el que cuando habla un idioma “piensa” en ese mismo idioma. Sin traducir.

Me explico: una cosa es la escritura y otra los mecanismos del habla humana. Yo mismo, por ejemplo, soy hijo de padres castellanoparlantes y recibí una educación castellana porque era lo “oficial” en mi infancia. Pero al mismo tiempo me comunicaba con mis semejantes, niños y mayores, en lengua valenciana, por lo desarrollé un mecanismo bastante común entre los bilingües de mi época:

Escribo en castellano porque es la lengua en la que me enseñaron a escribir y la lengua que nutrió mis escasos saberes. En mi infancia y mi juventud casi todo lo editado, empezando por las novelas de aventuras, los TBO’s, las novelas “más serias” y los libros de texto estaban en castellano. También ha sido el idioma en el que he desarrollado toda mi actividad laboral. Por esta razón es este es el “idioma de mi escritura” y en el que pienso cuando escribo.

Sin embargo la práctica totalidad de mi comunicación oral hasta los 18 años se desarrolló en valenciano, por lo que esta es mi verdadera lengua vehicular. El castellano fue mi legua de asimilar conocimientos. El valenciano la de transmitir y escuchar, la de jugar, la de compartir vivencias y sentimientos.

Y cuando hablo valenciano, pienso en valenciano, lengua que uso, preferentemente, si mi interlocutor me entiende.

Mi bilingüismo oral llegaba a tal extremo que en mi casa mis padres se dirigían entre ellos y a nosotros en castellano. Mis hermanos y yo hablábamos entre nosotros en valenciano, y cuando nos dirigíamos a nuestros padres lo hacíamos en castellano. Incluso en la mesa, porque mis padres, que fueron incapaces de aprender valenciano, sí que lo entendían.

Resultado final común a otros bilingües: Yo hablo a cada uno en el idioma en el que le conocí, y me resulta verdaderamente complicado “cambiarle” el idioma a lo largo del tiempo. Repito que es un fenómeno muy habitual entre los bilingües.

Por esta razón, y con todos mi respeto para opiniones mucho más doctas que la mía, dudo mucho que Blasco Ibáñez pensara en valenciano cuando escribía en castellano. En mi caso, y supongo que en el suyo, me resultaría muy incómodo, mucho más cuando construimos frases con doble sentido o con ese humor oculto tan diferente de expresar en cada uno de los idiomas.

Es cierto, eso sí, que “su” castellano, como el mío, tendría girones y modos del valenciano entre su vocabulario o en la construcción de algunas frases, pero seguía siendo castellano.

Y de ahí paso al segundo asunto, el que realmente me anima a escribir esta nota:

He visto en Facebook que alguien, hablando de la publicación en valenciano de “la Barraca”, decía textualmente: “Ya era hora!! Nunca entendí porqué no había ningún libro de Blasco Ibáñez en valenciano!.

Y que conste que lo interpreto como totalmente positivo, de alguien que ama el valenciano y lamenta que el escritor no tuviera más publicaciones en esta lengua. Tanto más cuando, curiosamente, el comentario está escrito en castellano.

Yo sí que lo entiendo. Se puede escribir “para” fomentar el valenciano por ejemplo, y en ese caso es imprescindible hacerlo en este idioma, pero cuando alguien escribe libremente de vivencias o de sensaciones, o cuando narra historias, lo hace en el idioma en que mejor sabe hacerlo, porque tiene que sentirse cómodo escribiendo. Unos lo harán en castellano y otros en valenciano.

Y el idioma de la cultura de nuestro personaje, entendiendo como cultura, como en mi caso, la cultura escrita, fue el castellano.

Formulemos alguna hipótesis sobre lo mejor para Valencia y para la cultura valenciana: ¿Que hubiera ocurrido si Vicente Blasco Ibáñez, de cuya valencianía nadie ha dudado, hubiera escrito en valenciano?

La primera consecuencia es que no hubiera sido famoso y reconocido. El valenciano era, y sigue siendo, poco hablado en España y mínimamente en el mundo. Y, como consecuencia, la marca Valencia asociada a las obras del escritor no hubiera transcendido de un círculo muy cerrado.

La segunda es que habría potenciado el valenciano, pero en sectores donde ya se hablaba. Un castellanoparlante tendría que haber utilizado traducciones que no se realizan si el autor no tiene mucho nombre ¿hubiera sido el caso?

La tercera y nada despreciable, es que no se hubiera hecho rico escribiendo ni hubiera tenido tanta “entrada” en lugares de poder y de influencia del mundo. Y, como digo anteriormente, cuando Blasco Ibáñez cruzaba una puerta, su anfitrión sabía perfectamente que su invitado era español y valenciano, porqué ejercía de ambas cosas.

Como ocurrió con Sorolla y tantos otros valencianos ilustres, Blasco Ibáñez fue un excelente embajador de su país y de su tierra.

En la actualidad se ha extendido la tendencia de definir como cultura, en general, lo que son áreas concretas, confundiendo, no siempre acertadamente, cultura con “hechos culturales”. Cultura es “el todo”, e incluye el idioma, el folclore, la literatura, las costumbres, las tradiciones y la solera histórica.

Y no se puede definir, concretar, o identificar por ninguna de sus partes.

Valencia, la cultura valenciana, su personalidad histórica, como la de otros pueblos, es mucho más que determinados símbolos. Sabiendo lo que digo y las consecuencias de lo que digo, la cultura de un pueblo es mucho más que su idioma.

Valencia es el sedimento de muchas culturas y su lengua actual es “la nostra llengua valenciana”, pero los antepasados también era valencianos cuando hablaban dialectos celtas, en latín, en árabe o en la lengua romance origen del valenciano. Y también lo son los valencianos actuales que hablan castellano. De pleno derecho.

En este caso el orden de los factores sí que altera el producto: Los habitantes de esta tierra nos llamamos valencianos porque vivimos en el territorio correspondiente a un asentamiento romano, cedido por el Consul Décimo Juni Bruto Galaic a los soldados licenciados de sus tropas en el año 138 ADC, al que llamaron “Valentia Edetanorum”, nombre compuesto por “valentia”, valor, y Edetania, región romana que incluía nuestra tierra entre otras provincias actuales.Naturalmente ese asentamiento solo fue el foco original de lo que ahora es todo un territorio que avanzó manteniendo una organización y unas costumbres similares.

Y se tituló lengua “valenciana” a la lengua romance, derivada del latín, que comenzó a hablar la gente “vulgar” de este territorio para comerciar y relacionarse. Quiero pensar, sin razones fundadas para ello porque no quiero meterme en más líos, que era lengua de raíz común de otros territorios del arco mediterráneo, incluida, y quizás origen, la Occitania francesa.

Por lo que limitar la cultura escrita de nuestra tierra a “lo que se escribe en valenciano” es limitar la verdadera cultura. Y, posiblemente, perjudicarla. No se puede titular como “verdaderos valencianos” a los que hablan nuestra lengua local. ¿En qué momento de la historia se decidió semejante condición? ¿Quién la decidió?

Me parece bien, y es necesario para que no muera ahogada por el castellano, que se fomente el uso del valenciano, que se convoquen premios a obras escritas en esta lengua, o que se hagan lectura en valenciano en los colegios. Pero siempre me queda la duda de si no sería bueno alternarlas con lecturas en castellano, porque no todos los clásicos para niños están traducidos. Algunos de los primeros libros que me recomendó mi maestro, Don Fidel, no lo están.

Enseñanza de valenciano o en valenciano sí. Sobre la inmersión lingüística tengo muy serias dudas. No creo que sea lo procedente.

En mi opinión sería altamente instructivo leer un mismo texto en los dos idiomas, y discutir y a analizar con niños o mayores las diferencias de matiz entre ambas versiones. Como se expresan los sentimientos en cada una de ellas.

Porque estamos lanzando un mensaje equívoco a los niños si les decimos que para ser culto en Valencia hay que serlo en valenciano. Y, en algunos casos más extremos, que usar el castellano es traicionar a tu tierra. No deja de ser una falacia y un craso error que puede estar cercenando la creatividad de muchos jóvenes o, lo que sería peor, sembrando una semilla diferenciadora. La del “yo soy mejor que tú porque..”.

La cultura es cualquier cosa menos minimalista. Los pueblos cultos interesan, y también interesará su idioma. Yo tenía un compañero de pensión en Madrid, hombre extremadamente culto que hablaba varios idiomas, y que aprendió griego clásico siendo ya mayor para poder leer originales sin depender de las traducciones.

Alguien pensará: ¡que dice este si no es valenciano! Sí que lo soy culturalmente y por voluntad propia pero, sobre todo, deseo lo mejor para esta tierra y esta cultura. Tanto, al menos, como el que más lo desea.

Otros tampoco lo son de nacimiento y no solo opinan: legislan

Y por eso creo que las cosas están como deben de estar: Blasco Ibáñez escribió en el idioma que creyó oportuno entre los dos oficiales de su tierra, y ahora se están traduciendo sus obras al otro, el que empezó siendo lengua romance y que acabó aportando los Ausiàs March, Joanot Martorell, Jaume Roig, Sor Isabel de Villena y tantos otros.

Sin que nadie lo impusiera.

Soy un convencido de que la mejor manera de proteger un idioma es evitarle rivales y, mucho menos, enemigos. Si en una comunidad como la nuestra conviven el castellano y el valenciano, lo correcto para que prosperen adecuadamente es que ambos idiomas convivan con toda normalidad, sin ningún tipo de rivalidades ni imposiciones.

Intentar forzar el uso de uno de ellos es, de hecho, declararlo enemigo del otro y abrir un debate basado en emociones, ni científico ni práctico, que siempre acaban enconando posiciones difíciles de cerrar. Si el valenciano fuerza demasiado la marcha, acabará siendo “lengua impuesta” para una parte importante de la población, como lo fue el castellano, en otros tiempos. No repitamos errores.

Y si alguien, en el colmo de la insensatez, quiere utilizar un idioma con fines políticos para abanderar una determinada posición se equivoca. Pierde el idioma, que quedará marcado como “el del” partido o el movimiento que lo utiliza, y pierde el usurpador porque buscando enfrentamiento sociales o culturales nunca se llegó a buen puerto. Cualquiera que tenga dunas no tiene más que repasar la historia reciente de las naciones.

Otra cosa es el problema añadido de determinar cuál es el valenciano ortodoxo y quiénes son los depositarios de la verdad lingüista. ¡Pobre idioma atrapado y maltratado por luchas interminables de normas y escuelas, víctima de los intereses, la prepotencia o el egoísmos de unos pocos! ¡Cuánto daño le están haciendo los que dicen defenderlo!

Pero ese es el tema de otras reflexiones.

Lo escrito es una opinión personal que no pretende ser más docta ni más fundada que cualquier otra, pero considero que es mi obligación manifestarla en un momento en que la Comunidad parece abrirse a terceras vías por caminos inexplorados y, posiblemente, peligrosos.

Nuestros mundos paralelos y las cosas de Bocairent

Había sido un día realmente pesado. Dos reuniones por la mañana y una presentación por la tarde, con apenas hora y media para almorzar y desplazarse al lugar de la presentación. De hecho acabó tomando una decisión heroica, pero muy de su agrado. Nada de comida formal. Bastaría un buen “bocata” con cerveza en un bar próximo al lugar de la cita que conocía de otras ocasiones.

Estaba satisfecha de lo conseguido en la jornada: La primera reunión parecía de puro trámite, pero era un tema delicado porque tenía que decidir, con los otros tres componentes del comité, que proyecto se aprobaba entre los cuatro que habían cubierto los requerimientos para optar a la adjudicación. Afortunadamente pronto se dieron cuenta de que uno de ellos superaba con mucho a los otros tres. Tenía una presentación impecable y fácil de asimilar, un plan de viabilidad perfectamente estructurado, unos planes de contingencia muy bien documentados, y la firma que lo presentaba podía garantizar la buena ejecución con su propia trayectoria profesional y su experiencia en este tipo de trabajos.

Así pues la cosa se limitó a comprobar que, efectivamente, cumplía todos los requerimientos del concurso y que el coste ofertado, siendo algo mayor que el de los otros aspirantes, no superaba el límite legal establecido.

Y siendo así, terminaron antes de la diez, con tiempo para tomar un café antes de la siguiente reunión que iba a tener lugar en otra sala del mismo edificio.

Esta era mucho más complicada, porque se trataba de definir las políticas y las estrategias de la entidad para los próximos tres años. No conocía el número de convocados pero estaba segura de que serían más de veinte y que, probablemente, ella era una de las últimas incorporadas al grupo directivo. Para mayor abundamiento, o demérito según se mire, tampoco podía aportar un bagaje de experiencia en este campo, por lo que se temía que su opinión iba a ser poco escuchada y menos influyente de lo que hubiera deseado.

No obstante se había preparado la reunión y tenía una estrategia perfectamente definida: escuchar mucho, hablar poco, contestar con sinceridad si le preguntaban, y como remate final por si tenía ocasión de plantearlos, una chuleta con cinco puntos que, según su opinión, podían ser beneficioso para el futuro de la entidad.

Y, para su sorpresa, la cosa no había ido mal. Parecía que pasaba desapercibida, pero sí que le hicieron algunas preguntas sobre temas concretos y, al final, el que presidía la reunión le había preguntado si tenía alguna sugerencia, lo que le permitió exponer sus ideas.

Cuando se cerró la reunión y se hizo un resumen de lo tratado, el presidente le había pedido que le mandara sus propuestas por escrito, y les convocó a una segunda reunión que se celebraría en un plazo de unos veinte días.

No había estado nada mal, no señor.

En cuanto a la presentación, casi no merecía comentario. Estaba en su elemento, la asistencia había sido buena y el ambiente distendido y muy receptivo. El mensaje se había recibido con mucha claridad, y el bocadillo de “blancos” (longanizas en el argot valenciano) con cebolla frita que había comido en el bar estaba francamente bueno.

Pero lo cierto es que el día había sido intenso y cuando terminó la jornada estaba en un estado de tensión conocido, pero poco deseable. Así que cuando llegó a casa decidió ducharse, ponerse ropa cómoda y relajarse en el sofá mientras miraba sin ver un programa de TV.

No tardó mucho en pasar del mundo real a su mundo paralelo, el de las fantasías, en el que en estos momentos tenía absoluta prioridad su próxima capitanía en las fiestas de Moros y Cristianos de Bocairent.

Al principio se sumergió en el mundo de las sensaciones: la alegría de ser capitana de su comparsa, el orgullo y la satisfacción de sus padres, la de sus amigos de Bocairent y las felicitaciones de los de Valencia, sinceras, pero menos ilustradas. Porque nadie que no pertenezca a Bocairent o a los pueblos y villas de sus alrededores puede entender que estas fiestas son mucho más que lucirse o divertirse determinados días de todo un año. Ni mucho menos.

Ser festero en Bocairent, pertenecer a una “filá” (traducción al valenciano de la palabra “comparsa”), es tan natural para la mayoría de los bocairentinos como el instinto de picotear de los polluelos recién nacidos. No está en los ADN porque químicamente es imposible, pero casi casi. Del ADN no, pero de la cultura adquirida por la tradición, la mamada, sí.

Y acrecentada con el tiempo. El primer contacto con la fiesta lo tienes cuando tus padres, tus abuelos o ambos, te llevan a la primera “nit de caixes” de tu vida” (traducción literal de noche de tambores, desfile) y, tras el rezo del Ángelus en la puerta del Ayuntamiento, pasacalleas un farol de papel con vela en su interior, empujado por el enérgico redoble de las cajas de todas las bandas de música.

Después será tiempo de que te vistan por primera vez con el uniforme de la comparsa, de que te monten en una carroza junto con otros niños y niñas, acompañado por alguno de tus parientes directos porque eres muy pequeño para ir solo a rociar de confeti, serpentinas y caramelos las calles del pueblo.

La primera escuadra infantil, las primeras escuadras oficiales o especiales, las primeras cenas de sobaquillo de los sábados en el “maset” (local social, a modo de cuartel, de cada comparsa), en la que se habla de cosas cotidianas, pero también se comentan las anécdotas de las últimas fiestas o se hacen planes para las próximas, entre paredes adornadas con los blasones y estandartes de la comparsa, y de fotografías, algunas muy antiguas, de los que ocuparon los mismos bancos o las mismas sillas y ya no están, y de los que siguen estando, aunque disfrazados de mayores.

Y, desde hace algunos años, Bocairent se adelantó abriendo las puertas de los “masets” a la mujer. Era de justicia y ha sido para bien de la fiesta, a la que aportaron su formalidad y su sentido de la responsabilidad. Anteponer la consabida frase, “su belleza”, sería no hacerles justicia. También su belleza, pero la figura de la mujer en las fiestas ha sido mucho más que un valor estético añadido a la fiesta, un adorno. Su presencia actuó como un revulsivo provocador para los hombres que ha mejorado el conjunto de la actividad festera.

Y, como no, de las fotos de los capitanes de cada año, con sus mejores galas y con esa sonrisa de satisfacción por haber sido “primus inter pares” en ese mundo casi ideal de amistad y camaradería donde son minoría las envidias o las maledicencias, siempre ahogadas por el interés común en formar piña con la comparsa.

Serán “uno” en buscar lo mejor para la propia comparsa, pelearán junto a otras comparsas por el buen nombre de Bocairent y, como no, rendirán gloria, honores, y reconocimiento al “Patró Sant Blai”, ese casi desconocido varón que ya era patrón del gremio de cardadores, al que nombraron patrón del pueblo en el Siglo XVII, cuando les salvó de una epidemia de difteria. ¡Vitol al Patro Sant Blai!

Entenderán pues que, con todo el respeto a los que han empezado a celebrar “entradas” de moros y cristianos en algunos pueblos y en la propia capital, no puedo evitar que cuando los veo con sus vistosos uniformes, tenga la impresión de que van disfrazados. En Bocairent, lo aseguro, el uniforme no es un disfraz. Es una auténtica seña de identidad de quién los viste como, muy probablemente, lo vistieron varias generaciones de sus antepasados.

Como tampoco las fiestas de Moros y Cristianos se limitan a cinco días de actividades lúdicas. Son todo un año de trabajo, convivencia, diversión y sacrificios, siendo los días señalados en el calendario como los “de la fiesta” la culminación de algo que ilusiona y compromete los otros 361 días del año.

Algo parecido a lo que ocurre con las fallas y los falleros, pero con más trascendencia. En Bocairent la gente no se borra de una “filá” si no es por muerte o fuerza mayor. “Muy mayor”. Ni hay disputas por temas menores porque todo está escrito, porque hay reglamentos y porque hay un organismo superior, la Junta de Fiestas, compuesto por miembros de todas las comparsas, que vigilan el cumplimiento del orden y la tradición, y que sanciona o arbitra los incumplimientos o las discrepancias.

Algún caso conozco de difuntos que han dejado como última voluntad que le enterraran con su uniforme festero.

Es cierto que de vez en cuando se producen choques entre el empuje innovador de los jóvenes frente a las “resistencias al cambio” de otros sectores, pero estas diferencias, como cualquier otra que surgen en las comparsas, suelen zanjarse con acuerdos, sellados por el grito tradicional y conciliador de ¡festa avant! (adelante la fiesta), que desarma personalismos y controversias.

Como nota marginal diré que Bocairent nunca dejó completamente de lado a su antiguo patrón, San Jaime, entronado en una de las ermitas más bonitas del pueblo, en la cara norte de la Sierra Mariola, y que sigue siendo una especie de patrón “B” al que el pueblo homenajea con una fiesta muy señalada cada 30 de abril.

Y, para más “INRI”, también tenemos un tercer protector con mucho predicamento: San Agustín, el “Águila Africana”, en cuyo honor se celebran las tradicionales y muy reconocidas “danzas” en el mes de agosto.

Volviendo a la narración ¡Esas fotos de capitanes! Si han leído con atención lo escrito anteriormente, entenderán algo evidente: Si para los bocairentinos el pertenecer a una comparsa es algo connatural, el ser capitán de la misma es el colmo de las aspiraciones.

Y cuando llega el momento, si llega, hay que organizar, preparar, prever. En definitiva, soñar.

Aunque ¡hay tanto que hacer!, que no es de extrañar que la protagonista de nuestra historia pase pronto de las ensoñaciones a revisar sus previsiones y la planificación del evento. Como dicen los más ilustrados “hay que pasar de las musas al teatro”, y eso supone controlar mil pequeños detalles.¿Hemos olvidado algo?

Dejemos a nuestra futura capitana con sus cuitas, que son, al mismo tiempo, sus grandes ilusiones. Seguro que lo hará extraordinariamente bien: conoce la fiesta, es organizada y tendrá el apoyo incondicional de sus amigos y, sobre todo, de su comparsa.

Como siempre ha sido siempre y siempre será.

Como es de suponer, mi futura capitana no es nadie y son muchos. Tampoco son reales las tareas que le he imaginado. Es un personaje de ficción, más o menos, que puede representar la bipolaridad deseada, la creativa, de muchos hombres y mujeres, y que es aplicable a los dos sexos y a cualquier profesión, incluida la de ama de casa.

Llegados a este punto alguien se preguntará la razón de tantas letras. ¿Cuál es el objeto de esta narración?

Tengo que confesar que, de nuevo, me he perdido en trochas y vericuetos en lugar de seguir el camino sensato de la narración. Es lo habitual en mí. Como lo es mi incapacidad de eliminar nada de lo escrito.

Aclaremos pues las cosas:

En primer lugar defiendo la conveniencia, más bien la necesidad, de que mantengamos vivos esos mundos paralelos que nos permiten vivir con cierto sosiego el día a día del mundo real. Primero hay que créalos y solo la imaginación puede hacerlo. Luego aprendamos a manejarlos. Sepamos cuando y como debemos cruza esa puerta invisible para los demás que separa el “es” del “lo que puede ser”, lo “que debería ser”, o lo que “me apetecería que fuera”.

Y no lo ocultemos ni nos avergoncemos de ello. Podemos organizar un viaje soñado, explorar nuevos retos culturales o sociales, comprometernos en proyectos solidarios, o preparar la próxima capitanía de las fiestas de San Blas. Y, repito, no nos avergoncemos de decirlo, porque cuando lo hacemos suele ocurrir que alguno de nuestros interlocutores, tenidos por serios y racionales, también hubieran disfrutado viajando con el Capitán Nemo en su Nautilus, o tienen ese sueño oculto de ir al Cabo Norte para seguir la migración anual de los renos. Lo conseguirán o no, pero sueñan con ello.

No hay deshonor en ser, al mismo tiempo, una alta autoridad y miembro de una comparsa de moros y cristianos, o tocar en una banda de música o, porque no, pertenecerá una coral. Algunos, quizás los mejores porque no se avergüenzan de sus vida y sus actos, lo han hecho.

Y el otro objetivo, tan evidente que les tomaría por tontos si lo confesara, es “colar” en el relato la solvencia de la historia, la cultura y las tradiciones de Bocairent.

Al margen de su extraordinario enclave geográfico, porque eso no hace falta pregonarlo. Lo ven “hasta los ciegos”.

A Rafael Duyos Giorgeta – El médico, poeta y sacerdote que me honró con su amistad

Hace unos día pase a Facebook la imagen de una mesa de Santa Catalina que en su día ocupó la Infanta Isabel, “la Chata”, glosada por Rafael Duyos Giorgeta en su poema “La Chata en los toros”,


¡Deprisa, que no llegamos!,
¡quiero la mantilla blanca!
¡Que run-run por los pasillos
del Palacio de Quintana!

y al hacerlo recordé una deuda histórica que tengo con el médico-poeta, con el que coincidí en el Madrid de los años 60, cuando trabajaba en Iberia Líneas Aéreas y encauzaba mis inquietudes entre los cursillos de cristiandad y las Hermandades de Trabajo, obra poco conocida que nos comprometió en una época complicada social y políticamente, que acababa de estrenar sede en la Glorieta de San Bernardo.

Antes, yo no lo viví, se reunían en la calle porque no estaban bien vistos por el régimen ni suficientemente apoyadas por la jerarquía eclesiástica.

Rafael Duyos, valenciano que siempre ejerció de valenciano, amante de las fallas y de la pólvora, fue médico, director de la revista poética valenciana “Murta” durante la república, poeta y sacerdote. En un fragmento de sus poemas dice:


Más que el ruido, el perfume
que popular y señorial, ayer,
removió las palabras de Luis Vives
y el grito nacional del Palleter…

Estrépito y aroma
que de Valencia, el júbilo resume…
Pero del estallido cegador,
más que el ruido… ¡el perfume!

Naturalmente, se refiere a las tracas y al humo de la pólvora.

Siendo como era un hombre de grandes convicciones religiosas, y pudiendo hacerlo porque había enviudado años antes, decidió ingresar en el seminario Marianista, pero le resultó demasiado duro por su edad y sus condiciones físicas, por lo que, aconsejado por su familia y sus profesores, decidió completar los cursos de teología, siendo ordenado como sacerdote secular por el Cardenal Tarancón en una ceremonia entrañable en la que Antonio Bienvenida, uno de sus grandes amigos del mundo de la tauromaquia, actuó como “mozo de espadas” ayudándole a revestirse para su primera misa. Fue en 1973 y tenía 67 años.

Rafael Duyos se especializó en cardiología en Madrid y también en Viena y Heidelberg, aunque sus amigos poetas decían de él que: “Es un médico poeta, rapsoda más que galeno, recita más que receta”. Ejerció su profesión en Valencia, en Tánger (Marruecos), y en Madrid desde 1940 hasta 1972.

De carácter apasionado, fue embajador de la poesía española en Hispanoamérica. Sus poemas abarcaban muchos temas, desde el amor y la mística, hasta la taurina (era un gran aficionado y amigo de las primeras figuras de la época), pasando por la más canalla y costumbrista. Su sensibilidad por los hechos y los acontecimientos terribles de la época se demuestra con dos de sus poemas: Hiroshima, y el homenaje a García Lorca titulado, Llanto por lo irremediable.

Amigo de Gil Albert, Agustín de Foxá, Rafael de León, Luis Felipe Vivanco y otros, nunca ha sido reconocido como se merece porque, como ocurrió con José María Pemán y otros ilustres que vivieron y desarrollaron su actividad en la época de Franco, se les consideró intelectuales “de derechas” en una época en la que era muy importante marcar diferencias en España, obviando su obra y sus aportes a la cultura española.

Gran parte de los políticos de la derecha española de aquella época y de los años posteriores practicaron una especie de conversión a los nuevos tiempos, ejemplarizada en gestos como el trato dado a los intelectuales: Si habían sido alabados y reconocidos durante el régimen estaban contaminados y venían con el letrero de “no tocar, peligro de muerte”, muerte política, por supuesto. Una muestra más de la pobreza intelectual de muchos españoles, especialmente los políticos, que, todavía hoy, antes de juzgar una obra se ven en la obligación de conocer a su autor, por si acaso glosan a quién “no deben”.

Porque llegó la transición y, afortunadamente, continuaron ejerciendo sin problemas, abogados, jueces, militares, artista de cine o de teatro, cantantes, humoristas, profesores universitarios, maestros etc., algunos de ellos jurando en falso que nunca habían “actuado” en el Pardo o para el general, pero ¡cuidado con los intelectuales que publicaron en la época de Franco!.

Este rechazo a la obra en función del autor es como si despreciáramos la de Miguel Angel porque trabajó para papas, o la de pintores o artistas por ser homosexuales, blancos, negros o de cualquier color. Estamos en un país que decapitó estatuas de reyes porque “fueron fascistas”, o destrozaron obras de arte porque las crearon gente de tal o cual signo, según época y quien mandara.

Exactamente igual y con el mismo rigor intelectual que los talibanes o los fundamentalistas musulmanes que destruyeron Budas milenarios, o las ruinas de Palmira, porque son “paganas”. ¡Quememos las pinturas religiosas de Boccaccio! ¡O el Cristo de Velazquez!.

Todo el que ha viajado a Grecia, yo entre ellos, se ha maravillado del pórtico de las Cariátides en el templo de Erecteión, junto al Partenón. Sin embargo esta joya del arte universal es la máxima expresión del machismo y la represión, puesto que estas mujeres, las Caríatides, fueron tomadas como esclavas y condenadas a soportar cargas desorbitadas después de que su país, Laconia, fuera derrotado por los otros griegos en las Guerras Médicas. Y el máximo castigo fue el simbolismo de sustituir columnas por cuerpos de mujeres para que estuvieran soportando el peso de las edificaciones por toda la eternidad. ¡Destruyamos semejante símbolo de la barbaridad sexista y opresora!

Yo he sido testigo de la emoción de un japonés de cierta edad que tuvo que sentarse en una piedra llorando desconsoladamente cuando remontó las escaleras del Partenón y se encontró frente a ese símbolo de la antigüedad. Seguro que no se planteaba quien lo construyó y que intenciones tuvo al hacerlo. Es más probable que él, como yo, se considerara muy afortunado al contemplar la obra emblemática de toda una cultura, que nadie se atrevió a destruir.

Volviendo al tema que me ocupa, Rafael me honró con su amistad cuando viví en Madrid en los años 1963, 1964 y 1965 porque coincidimos en la Parroquia de San Bernardo y estábamos en un mismo grupo de actividades parroquiales junto a otros tres o cuatro de la comunidad, uno de ellos un ciego inteligente y encantador de trato que vendía los antiguos “cupones” de la ONCE en la Glorieta de San Bernardo.

Por cierto, y como anécdota entrañable, unos años después fui a su mini puesto de cupones y le pedí uno de ellos sin identificarme. No le engañé y me dio un abrazo gritando: “¿un cupón?, valenciano, ¿serás cabrón? (perdón por la expresión)¡Un palo es lo que te voy a dar!”.

Retomo la narración repitiendo la enorme valencianía y gran sensibilidad de Rafael Duyos.

Por su intermediación también conocí al Maestro Rodrigo, otro valenciano ilustre, aunque solo estuve una vez en su casa. Y me maravillo ahora, como me maravillaba entonces, de que hombres de tanta talla intelectual y tanta diferencia de edad, me trataran como un igual y respetaran mis opiniones como si tuvieran algún valor.

Todavía no había entrado en el seminario aunque ya nos anunció su intención de hacerlo. Nos separamos cuando yo volví a Valencia, pero mantuvimos alguna correspondencia durante los años siguientes. Su letra, pulcra y apretada, me hablaba de proyectos e ilusiones que, seguro, mantuvo hasta el día de su muerte.

Le nombraron hijo adoptivo de Utiel, ciudad en la que está enterrado, y Requena le organizó un homenaje en el centenario de su nacimiento. Tiene calles en Dos hermanas (Sevilla), Utiel, Requena y Petrer, pero no recuerdo que Valencia, su ciudad natal, organizara ningún acto en su honor. Ni rotulara con su nombre ninguna calle.

Una vez estuve en su finca, con casa señorial antigua, en San Antonio de Requena, a la que se accedía por un paseo enmarcado por columnas, y techado de flores y enramados. En cada una de ellas había un letrero con el nombre de un poeta y, de hecho, es así es como la llamaba: “el paseo de los poetas”.

Era de justicia escribir lo que he escrito, que no es más que el reconocimiento a una persona notable en lo intelectual y afable, muy afable, en lo personal. Lo que resumimos como “buena gente”. Muy buena gente.

Sindicalismo tradicional en la era de los robots

Esta madrugada he escuchado en una emisora de radio que UGT ha pedido que se grave con un impuesto a las empresas que usen robots en sus cadenas productivas. Supongo que esta petición, de ser cierta y perdonen la ironía, habrá ido acompañada por otra exigiendo que las mismas empresas dediquen más recursos para I+D.

España sigue siendo diferente y los sindicatos “históricos”, los de los dirigentes “históricos”, tienen tanta idea de mercado laboral como yo de física cuántica. Estos señores, que han vivido en su juventud eso de entrar en una empresa “para toda la vida”, defienden únicamente a los trabajadores “empleados” para que sigan siéndolo hasta su jubilación, hasta su muerte, o hasta la muerte de las empresas. Y a los que no tengan trabajo que los mantenga el estado.

Son ensoñaciones sobre tiempos pasados que no volverán, y que condiciona sus políticas y sus estrategias, porque también condiciona sus “saberes”.

Parece una barbaridad, pero creo que sería mucho mejor para los trabajadores, empleados o en paro, que a los sindicatos los dirigieran economistas y gente con verdadero conocimiento de lo que son los mercados y las empresas del futuro. Y digo empresas porque son estas, incluido el estado como gran empleador, las que justifican su existencia. Los sindicatos no son generadores de empleo.

Seguro que conseguirían mejores resultados, negociarían de tú a tú con patronales y gobiernos, y llegarían a verdaderos “gana gana” de ambas partes, en lugar de defender posiciones tan unilaterales y fuera de lugar.

Un ejemplo: No conozco el perfil de los sindicalistas de la Ford de Almusafes, pero han sido un magnífico ejemplo de acuerdos laborales con la patronal, que han permitido que esta empresa haya mantenido su calidad y sus mínimos de rentabilidad en lo peor de la crisis, sin daños irreparables en la plantilla.

Y ¿Cómo lo ha hecho? Negociando ajustes de turnos y horarios para adaptarlos a las circunstancias de cada momento, según los altibajos en los flujos del mercado y la demanda.

Espero que los Reyes Magos, que están en todo, regalen a los arcaicos dirigentes sindicales de los “dos grandes” un manual de economía modelo Epi y Blás que, recordando que los costes de empleo son un capítulo importante en el del producto final, les aclare algunos conceptos elementales:

-Producción manual=más costes de empleo.
-Más costes de empleo= pérdida de competitividad.
-Pérdida de competitividad=pérdida de mercado.
-Pérdida de mercado=pérdida de empleos.

Y su inversa:

-Más ayuda tecnológica=mayor capacidad de producción/empleado/hora.
-Mayor capacidad de producción/empleado/hora=menor coste del producto final.
-Menor coste del producto final= más facilidad para ocupar mercados.
-Más facilidad de ocupar mercados=mayores oportunidades de crear empleos.

Con el factor añadido de que cuando nos referimos a empresas avanzadas tecnológicamente estamos hablando de empleos fijos y mejor remunerados.

Naturalmente el porcentaje de “cantidad de producto final/hora por empleado”, la producción final, habrá aumentado, que es de lo que se trata, pero no a costa de un mayor esfuerzo físico y, posiblemente, con una mejora en su protección de riesgos laborales.

Nos guste o no la globalización exige, cada vez más, una tecnificación avanzada de las empresas porque, respetando los mínimos de calidad, estamos y estaremos en una lucha abierta de precios y servicios. No olvidemos que un mismo producto fabricado en Turín, por ejemplo, puede estar en un almacén de Valencia en el mismo tiempo, o antes, que otro fabricado en Catarroja, con la misma calidad y con el mismo precio. Incluso más barato.

Sinceramente no se si lo entenderán mis queridos “históricos”. O lo que es peor: puede que lo entiendan y no les interese asimilarlo. A corto plazo parece más cómodo continuar con la demagogia y los populismos, y seguir remando contra corriente. Suena “más del pueblo”, en expresión de los sindicatos del campo, y las víctimas del camino son daños colaterales sacrificadas en aras de un fin sagrado, superior, que nunca llega. Ni llegará.

Seguro que hay otras formas más modernas y eficaces de proteger a los empleados de los abusos salariales y de empleadores desaprensivos, sin poner en peligro el ritmo del crecimiento de empleo. Seguro que sí.