Las normas, los comportamientos y el desorden de los políticos.

Cualquiera que me conozca medianamente bien sabe que soy un acérrimo defensor de las normas y, como consecuencia y derivada natural, de los comportamientos.

Y por esta razón estoy convencido de que parte de la degradación ética y estética de nuestra sociedad es por la laxitud en la aplicación de lo “que se debe hacer”, esté escrito o no. Especialmente si está escrito.

Insisto. La sociedad civil necesita respetar normas de la misma forma que las ceremonias religiosas se enmarcan en la liturgia especial de cada una de ellas.

Porque si no hay un cauce de convivencia y cada uno obra según su entender, aunque sea su recto entender, y no sigue las normas establecidas, podemos entrar en terreno de las interpretaciones, siempre tan peligroso.

Y si aplicamos este caso a la clase política, que no a la política, las consecuencias pueden ser nefastas.

Esto viene al hilo de lo ocurrido en la última toma de posesión de los parlamentarios, y algunas de las extrañas fórmulas empleadas para “aceptar” las obligaciones propias de su cargo, simplificadas en el acatamiento de la Constitución.

Pues bien. Ayer comentaba que, en mi opinión, parte de los parlamentarios recién nombrados no cumplieron con lo que indica la ley para refrendar su cargo en las cortes, complemento obligatorio al de disponer del acta de diputado, por lo que dudo mucho de que en realidad adquirieran la titularidad.

Porque no siguieron la norma establecida, que en este caso dice que, formulada la pregunta “¿Juráis o prometéis acatar la Constitución?”, se debe contestar con un “sí, juro” o “sí, prometo”.

También decía que el Constitucional aceptó la coletilla de Herri Batasuna de “por imperativo legal” porque no altera para nada el fondo de la cuestión, ya que todo el proceso, incluidas las propias elecciones, están reguladas por un imperativo legal.

Es como si un agente del orden detuviera a un delincuente en pleno acto delictivo y al “quedas detenido”, o lo que sea lo que diga, añadiera “por imperativo legal”. No hace falta que lo diga porque se sobreentiende que está actuando porque le obligan las leyes españolas.

Pero a partir de ese momento se han ido permitiendo añadidos más o menos folclóricos, en principio inofensivos, que han acabado por ser perniciosos por confusos y contradictorios.

Nadie puede ser congresista de la nación española alegando fidelidad a un referéndum ilegal sobre un asunto anticonstitucional, por ejemplo. O autodefinirse como “preso político” en un país con una democracia muy consolidada.

Y lo que debió hacer la presidenta, en mi opinión, es advertir a los heterodoxos de que no podía aceptar su fórmula como válida, y que la única posibilidad de reconocerlos como congresistas era ceñirse a la ortodoxia del “sí juro” o “sí prometo”. Sin más.

Pero esto viene de mucho tiempo y de mayores instancias, por lo que de aquellos lodos tenemos estos barros. Siempre he pensado en que ha sido un gran error permitir que los presidentes de las comunidades autónomas, especialmente la vasca y la catalana, hayan aparentado que lo son porque los eligieron en su comunidad, lo que es cierto, para hacer lo que estimaran oportuno, lo que es rigurosamente falso.

Los gobiernos de las Comunidades Autónomas actúan por delegación del gobierno de la nación, y sus competencias, las transferidas, están enmarcadas por las leyes españolas y por lo que establecen los estatutos de cada autonomía, que nunca pueden tener un rango mayor que el de las leyes de la nación.

Pues bien. He buscado lo que dice la ley sobre el particular, y veo que el Real Decreto 707/1979, de 5 de abril, que es el que regula la fórmula de juramento en cargos y funciones públicas, entre las que se incluyen las de presidentes de autonomía, dice en su artículo primero:

En el acto de toma de posesión de cargos o funciones públicas en la Administración, quien haya de dar posesión formulará al designado la siguiente pregunta:

«¿Juráis o prometéis por vuestra conciencia y honor cumplir fielmente las obligaciones del cargo …………….. con lealtad al Rey, y guardar y hacer guardar la Constitución como norma fundamental del Estado?»

Esta pregunta será contestada por quien haya de tomar posesión con una simple afirmativa.

La fórmula anterior podrá ser sustituida por el juramento o promesa prestado personalmente por quien va a tomar posesión, de cumplir fielmente las obligaciones del cargo con lealtad al Rey y de guardar y hacer guardar la Constitución como norma fundamental del Estado.

En este caso aparece un matiz importante sobre los juramentos o promesas de los parlamentarios, y es el de “guardar y hacer guardar la Constitución”. La razón es que una buena parte del funcionariado, como los presidentes de autonomías, ocupan cargos revestidos de autoridad, delegada repito, y no solo tienen que respetar la Constitución, sino hacer que se respete.

Y mi opinión es que, según lo establecido por la ley, una parte de los presidentes autonómicos nunca lo fueron legalmente porque ni aplicaron la letra ni estaban de acuerdo con el espíritu del texto.

Por lo que, o se les debió exigir cumplir con la formalidad, o nunca se debió aceptar que sus nombres aparecieran en el BOE, que es el único documento oficial a nivel nacional con poder para ratificar los nombramientos.

Pero, como la política española fue derivando hacia la inmediatez de las decisiones y la provisionalidad de los cargos,  ocurre que se han abierto muchas causas por delitos económicos, pero prácticamente ninguna por tomar decisiones políticas equivocadas, entre otras cosas porque hay que demostrar la intencionalidad, y eso es casi imposible.

Y así hemos asistido a acontecimientos en los que los responsables de hacer cumplir la ley, los gobiernos de turno, han ido cediendo en autoridad y mirando hacia otro lado cuando se han producido hechos de muy dudosa legalidad constitucional, permitiendo que los usos sustituyan a las normas.

Y así es como, pasito a pasito en las cesiones, hemos llegado a la incomprensible situación actual, donde todo el mundo actúa según su criterio, teniendo que escuchar, como ocurrió el otro día, que no todos los nuevos diputados habían adoptado fórmulas en la que se aceptaban los compromisos propios del cargo.

Mi castellano es más o menos como  el de la media de los españoles, y siento decir que no comparto en absoluto las conclusiones de la flamante presidenta delas cortes cuando afirmó que todos ellos habían aceptado el cargo de forma inequívoca.

Siempre he defendido que cuando se tienen responsabilidades empresariales o familiares hay que corregir continuamente “pequeñas cosas” como única fórmula para evitar los grandes problemas.

Pero claro, estamos en política, que es tanto como decir un mundo  que ha ido derivando hacia el “tula llevas”, donde todo el mundo se apresura a ponerse frente a una cámara cuando hay buenas noticias, sean o no sean por sus actuaciones, y nadie quiere saber nada de tomar decisiones o aceptar responsabilidades. Mucho más en este ambiente de permanente campaña electoral en el que nos han sumido, y en el que todos prefieren mirar hacia otro lado, no sean los votos, y nadie tiene el valor de ponerle el cascabel al gato.

Estos días estoy siguiendo una parte del juicio a los independentistas catalanes y he descubierto con admiración la razón de la eficacia del orden judicial.

Los testigos entran cuando lo permite el presidente de la sala, responden a las preguntas protocolarias de forma escueta y clara, se sientan cuando él lo autoriza, y nadie, ni abogados, ni fiscales, ni testigos, se salen de la norma por mucho que lo intenten y empleen los trucos que empleen, porque el presidente, figura de la autoridad y garantía de la independencia y de la imparcialidad del proceso, pone a cada uno en sus sitio sin permitir ni salidas de tono, ni del orden en el  proceso judicial.

Está claro que un parlamento no puede estar tan encorsetado, pero entre este tipo de actuaciones y el desorden actual, hay un gran margen de maniobra que permitiría una dinámica parlamentaria, ágil y libre en las propuestas y las opiniones, pero sujeta a unas normas mínimas de orden y cortesía parlamentaria, en el que, entre otras cosas, se respeten las normas escritas en el reglamento de las cortes sin ningún margen a la interpretación.

Nos evitarían mucha vergüenza ajena y ganarían en eficacia.

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El voto, una obligación y una oportunidad.

Esta semana tenemos una segunda convocatoria de elecciones, y de nuevo hay que tomar una decisión. Decisión que, como digo en el título, tiene mucho de obligación y también es una oportunidad de tratar de reconducir la política en la dirección que creamos más oportuna para nuestra forma de pensar y nuestro ideal de nación.

Pero para ello necesitamos salvar muchas barreras, algunas de ellas de mucha altura.

La primera es tratar de desapasionar el voto. Soy consciente de que la emotividad es inevitable y comprensible, pero conviene rebajarla al máximo porque es indeseable

Todavía hay una gran cantidad de población para la que el amor y la fidelidad a unas siglas, que no a las ideas, es un gran condicionante, pero no debería bastar para decidir el voto.

Y digo las siglas y no las ideas porque cada momento histórico tiene sus circunstancias y hacen que el PSOE o el PP de hoy, por ejemplo, defiendan posiciones diferentes a las que defendieron en algún otro momento. Dentro de una horquilla de ideario, pero sensiblemente diferentes.

Sin embargo cada vez es más frecuente que las campañas estén dirigidas por politólogos, coacher (entrenador  en inglés)  y asesores de imagen, que preparan a sus empleadores para que convenzan con su aspecto, sus gestos, o su forma de expresarse, con independencia del “mensaje”, generalmente repleto de frases hechas y lugares comunes.

Es más, parece que hay una norma no escrita y común a todos los partidos que les predispone a eludir los temas conflictivos para “no meter la pata”, y evitar las preguntas porque pueden ser embarazosas. Es mucho mejor “decir” lo que se quiere en un mitin, o en las redes sociales, que despejar dudas de electores o periodistas en foros abiertos o ruedas de prensa tradicionales.

Y entre las formas elementales de lanzar mensajes populistas, una muy frecuente es decir que defienden a colectivos. Que “todos los pensionistas”, o “todas las viudas”, o “todos los parados deben votarme a mí porque…”  Como si los problemas de cada uno de los jubilados, de las viudas o de los parados fueran exactamente los mismos.

Todos ellos, eso sí, tienen un mínimo común denominador de malestar, pero también es cierto que casi todos los partidos llevan en sus programas soluciones para estos problemas. Y, siendo muy fácil detectarlos, los problemas, es mucho más difícil decidir la fiabilidad de las ofertas de solución.

El voto es una decisión muy personal, de cada individuo, y por mucho que lo intenten con frases recurrentes o alzando el todo de voz, ellos son los primeros en saber que ningún partido tiene “la solución”.

La única solución a los grandes problemas, la solución real, definitiva o a largo plazo, requiere grandes acuerdos de los partidos con capacidad de gobierno, solos o cogobernando con otros.

Y por eso, considerando la gravedad de los problemas actuales y  la complejidad de la situación política, creo que es imprescindible aplacar la visceralidad, y  racionalizar la mejor opción.

No será necesario llegar al extremo de emplear alguna “herramienta” que ayude a tomar la decisión, que existen,  pero hay algunas normas que pueden ayudar a decidir, empezando por excluir a los partidos que incluyan en su programa electoral alguna medida  que vaya contra nuestra propia conciencia:

Un ejemplo: Si estoy en contra de división de España, o de cambios en la estructura del Estado, descarto de inmediato a cualquier partido que la defienda, aunque el resto de su programa sea de color de rosa. O viceversa. Si eres partidario de estas opciones, descarta a los que las cuestionan.

Y no se oculta que los partidos tienen propuestas realmente peligrosas para la convivencia y la estabilidad, y como muestra de lo variopinto y disperso de los planteamientos, bastará con escuchar los juramentos o promesas de sus señorías en la sesión de apertura de la legislatura en el parlamento español.

Hay que tener en cuenta algo incuestionable: los líderes cambian y, como he dicho antes, el ideario de los partidos evolucionan, pero las decisiones que toman los gobiernos (leyes, sistema educativo, sistema electoral, modelo de justicia, o la misma Constitución) son muy difíciles de cambiar y agarrotan a la ciudadanía durante mucho tiempo, puede que por generaciones, porque la cobardía de los ejecutivos, tan en cuarto creciente en los últimos tiempos, les impide realizar cambios aunque sean necesarios.

Puede que en algún tiempo se realizaran sondeos para saber lo que opinamos sobre determinados temas, no lo sé, pero tengo la seguridad de que ahora se realizan encuestas de opinión para conocer cuántos votos le sumarían o le restarían al proponente determinada decisión. Puede parecer lo mismo, pero no lo es.

Por lo que es importante leer propuestas y programas porque, aunque suelen incumplirlas o cumplirlas a medias, casi siempre al final de las legislaturas, lo cierto es que cada vez las respetan más, entre otras cosas porque nosotros se lo perdonamos menos.

Y ese es otro punto importante a considerar: La historia de formalidad electoral, de compromiso con la ciudadanía con las promesas electorales del pasado. Tan importante como la eficacia de las políticas que aplicaron. Aquí sí, memoria histórica.

Luego está la valoración de si las ofertas, por muy buenas que sean, pueden cumplirse. Este es un punto muy delicado porque ni somos capaces de cuantificarlas ni conocemos el grado de fiabilidad de las partidas de ingresos y gastos, aunque cada vez sabemos más y vamos descubriendo que administrar un estado procurando el bienestar de los ciudadanos, que eso y no otra cosa es gobernar, es como llevar las cuentas de una familia. Solo que la familia es muy numerosa.

Desconfiemos de frases huecas como “defensa de las libertades” o “de la justicia” o “de la democracia” porque eso, afortunadamente, está muy superado y no depende en absoluto del gobierno de turno. Prácticamente todos, y especialmente  los mayoritarios, la garantizan. Y además tenemos el paraguas de la Unión Europea que no permitiría veleidades.

Claro que, jugando con las palabras, los más populistas incluyen en el catálogo de los “derechos” y de las “libertades” cosas sin el adjetivo de “fundamentales” y que, de hecho, no lo son. Yo podría defender como “libertad” el botellón, por mucho que moleste a los vecinos y ensucie las calles, o ir en patinete por donde me da la gana.

Libertades fundamentales son las que se incluyen en la carta internacional de los derechos humanos, o las que define los estados democráticos una vez que comprueban que no perjudican a terceros. Solo esas. En nuestro caso las que define la Constitución, que no son contradictorias con las anteriores.

Lo demás son opiniones interpretaciones personales e interesadas sin ningún fundamento.

Y no nos dejemos engañar. Tenemos problemas, pero este es un país muy bien estructurado en lo social, no tanto en lo laboral, con ventajas que muy pocos países tienen. Imaginaos que vuestro hijo, vuestra mujer, o cualquiera de tus familiares tienen un cáncer u otra enfermedad grave,  y no les tratan  porque no tienes seguro privado, que cuesta una fortuna, pese a que hay tratamiento.

Eso, que lo vemos como lo más normal del mundo, ocurre en países tan avanzados como los Estado Unidos, por ejemplo, cuando aquí subvencionamos hasta los cambios de sexo.

No perdamos el horizonte influidos por las peleas de políticos barriobajeros que en lugar de luchar por su país, hay ocasiones en que no se sabe por lo que luchan.

Y como siempre, eximo de estas reflexiones a los gobiernos municipales de pueblos y ciudades con pocos habitantes.

Conocéis a los candidatos. Olvidaos de las siglas y votad a los que más confianza os merezca. Tendréis más posibilidades de acertar

Y no te quedes en casa. No existe la democracia sin votos.

Los 175 años de historia y servicios de la Guardia Civil.

Yo, hijo del cuerpo de varias generaciones, no sabiendo cómo empezar esta nota de felicitación, he pensado que no había mejor introducción que reproducir dos artículos de la “Cartilla del Guardia Civil”, “Aprobada por S.M. en Real órden 20 de diciembre de 1845 (sic)”, que resumen con toda claridad, en el lenguaje de la época, el espíritu y las intenciones de la que muy pronto sería reconocida como “Benemérita”.

1.º El honor ha de ser la principal divisa del Guardia Civil; debe por consiguiente conservarlo sin mancha. Una vez perdido no se conserva jamás.

Y, sobre todo, y como definición concreta de su esperada función en la sociedad, el artículo 6º

El Guardia Civil no debe ser temido sino de los malhechores; ni temible, sino á los enemigos del órden.

Procurará ser siempre un pronóstico feliz para el afligido, y que á su presentación el que se creía cercado de asesinos, se vea libre de ellos; el que tenía su casa presa de las llamas, considere el incendio apagado; el que veia á su hijo arrastrado por la corriente de las aguas, lo crea salvado; y por último siempre debe velar por la propiedad y seguridad de todos (sic).

Este fue el espíritu del fundador, y este es el que continúa presidiendo las actuaciones de sus miembros y las misiones de cada una de sus actuales especializaciones.

Esa Guardia Civil que yo conocía muy bien cuando era “caminera” y sus miembros vivían en cuarteles con sus familias para no mezclarse con la población civil, y no perder objetividad de juicio con amistades inapropiadas.

Y la conozco porque soy descendientes del Cuerpo desde hace dos generaciones, por lo menos, y toda mi infancia y mi juventud están asimiladas al olor de grasa de botas, (botos les llamaban ellos), y de los correajes, y de los limpiametales de la munición y de las hebillas.

Y del papel húmedo, casi mohoso, de los archivadores de atestados en esas carpetas de cartón cerradas con cintas rojas, de los libros de leyes, ordenanzas y reglamentos, y de los legajos varios ordenados en los armarios de aquellas “salas de armas” en las que se guardaban trofeos, y de cuyas paredes colgaban insignias, banderines y fotografías de actuaciones de los Guardias Civiles a pie o a caballo.

También recuerdo los olores del aceite rancio, del bacalao, y de los productos varios que compraban en sus economatos.

Hoy ya no existe esa Guardia Civil, pero solo en las formas. Porque dentro de cada uniforme, cada uno de los Guardias Civiles que recorren montes, o mares, o carreteras, o manejan ordenadores, o microscopios, o realizan vigilancias y contravigilancias para controlar a los malos o proteger a los buenos, lo hacen con voluntad de ser “pronóstico feliz para el afligido”

Y todos los que han muerto en acto de servicio lo han hecho “para  que á su presentación el que se creía cercado de asesinos, se vea libre de ellos”, o por intentar salvar a ese hijo arrastrado por las aguas, o por proteger vidas y haciendas de los españoles.

Un cuerpo que, como no, ha tenido muchas críticas interesadas, algunas fundadas porque un colectivo con tantos miles de agentes no puede estar libre del mal, y algún intento de presentar una imagen distorsionada del cuerpo.

Pero, curiosamente, la transparencia y la información globalizada de los tiempos actuales han despejado sombras e iluminado rincones oscuros, y ha puesto en valor, en mucho valor, el trabajo abnegado de los hombres de verde, que ha conseguido el justo reconocimiento de los españoles.

Sean bien hallados como fueron bien venidos cuando en aquel 1844, Francisco Javier Girón y Ezpeleta , II duque de Ahumada y V marqués de Amarillas, dio forma a un proyecto de seguridad ciudadana absolutamente necesario en aquel momento, como continúa siéndolo al día de hoy.

Repito mi felicitación, mi recuerdo a los muertos en acto de servicio en cualquiera de sus formas, y un abrazo para los mandos, suboficiales y números de un Cuerpo tan querido para mí y para la gran mayoría de los españoles.

Cuídense y sigan cuidándonos.

La figura de Alfredo Pérez Rubalcaba.

Ha muerto un personaje que, sin duda, ha sido pieza importante en la historia de nuestra democracia. Y con su desaparición, otra vez se desata todo un abanico de actitudes, entre las que están, y no en último lugar, el cinismo y la utilización política del hecho.

El mismo Rubalcaba, dotado de un gran sentido del humor, había dicho que “en España enterramos muy bien”, aunque se refería a su entierro político cuando la actual cúpula del Partido Sanchista Obrero Español, le apartó del primer plano y le ninguneó descaradamente.

Rubalcaba, como todos los que han tenido responsabilidades de gobierno, ha tenido sus luces y sus sombras, aunque han destacado, sin duda, las luces. Incluso algunas de lo que yo consideraba “sombras” creo haberlas entendido años después siguiendo algunas de sus entrevistas.

El tema que más me sorprendió, porque no cuadraba con su perfil, fue la utilización política del 11M con la famosa frase “España no se merece un gobierno que miente”, que en aquel momento tan trágico me pareció inadecuada. Casi obscena.

Aprovechando la actitud insensata de un ministro del interior lenguaraz e imprudente, Ángel Acebes que, nervioso y cediendo a las presiones de la prensa, dijo varias veces una cosa y la contraria en un corto periodo de tiempo, porque también las informaciones cambiaban por minutos.

En una actitud absolutamente contraria a la que adoptan los gobiernos “serios” en circunstancias similares, y hablo de Gran Bretaña, Alemania o Francia, que no  proporcionan ninguna información hasta tener un conocimiento sólido de los hechos o un mínimo de información fiable. Y como ejemplo recordemos lo que tardaron las autoridades británicas en confirmar la identidad de Ignacio Echevarría, nuestro “héroe del monopatín”, asesinado por un terrorista cuando trató de ayudar a algunas de las víctimas.

Triste día aquel, el día de la confusión, en el que todos los que eran algo en política lo hicieron mal, como contraste a la actitud del pueblo de Madrid y los servicios sanitarios y de seguridad ciudadana de la zona, que se destacaron por su solidaridad y su eficacia. Mañana en la que, en un primer momento, todos, incluido el Gobierno Vasco, creíamos que había sido ETA, aunque luego aparecieron nuevas pistas que lo desmentían.

Pues bien, parece ser que alguien en la oposición decidió que la actitud del ministro, y también la del presidente Aznar que no salió a dar la cara personalmente como hubiera debido, les proporcionó una oportunidad de desacreditar al gobierno, y que en aquel momento, según comentó Rubalcaba en otra entrevista, era él quién tenía los índices más altos de credibilidad y de confianza, por lo que, no lo dijo pero lo insinuó, le toco hacer ese sucio papel.

El otro tema confuso fue el “caso faisán”, pero tratándose de un asunto relacionado con ETA y siendo una lucha que requería secretos, sobornos para delaciones, o personas infiltradas, no tengo información suficiente para emitir una opinión y, por tanto, me abstengo de hacerlo.

Por lo demás, Alfredo Rubalcaba tuvo claras discrepancias con las decisiones de nuestro actual presidente en funciones, especialmente por sus relaciones con los independentistas, los separatistas, y el resto de partidos de dudosa consistencia anticonstitucional o moral.

Suya fue la calificación de  “gobierno Frankenstein” al referirse a las  extrañas alianzas del ahora presidente en funciones, y manifestó tantas diferencias de criterio político, que fue uno de los marcados por la ejecutiva como persona “non grata”. Incluso, en una entrevista con Susanna Griso, contestando a una pregunta de la entrevistadora sobre sus relaciones con Pedro Sánchez, le contestó que “no le hablaba”. Se refería, naturalmente, a que Sánchez no hablaba a Rubalcaba.

Pero llega la noticia de su ingreso en el hospital y el señor Sánchez, enterado desde el primer momento de la gravedad del caso, deja una reunión internacional para volver a España y pasar ¡horas! en el hospital “acompañando a la familia”. Como paso horas en la capilla ardiente y horas en la sede del otrora Partido Socialista, ahora Partido Sanchista, en un intento evidente de ser el centro de la atención del dolor por la pérdida.

Como he oído decir a un comentarista de la radio, solo le faltó ponerse el “velo de viuda”.

Cuando sus amigos de verdad, sus antiguos compañeros de partido, que sí sintieron el mazazo de la pérdida del amigo y del compañero, han dado la imagen de un dolor sincero, profundo, con declaraciones breves y sin concesiones a la galería.

Y la misma actitud mantuvieron personas muy significadas de la oposición, con los que tuvo importantes enfrentamientos políticos, pero que siempre respetaron su honradez, su inteligencia y, sobre todo y ahí coinciden todos los que de verdad le conocieron o trabajaron con él, su faceta de “hombre de estado”

Él fue el que propició una abdicación pacífica y controlada del Rey Juan Carlos, y no fue tarea menor. Siempre defendió la Constitución, sin fisuras, y siempre fue leal a la monarquía como forma de Estado, porque así se lo mandaba la propia constitución.

En resumen: Todos los que de verdad lo conocieron y le trataron le rindieron un sentido homenaje. Lejos de sobreactuaciones como las del presidente, el que abandonó  tanto tiempo sus obligaciones en un comportamiento sin precedentes, tratando de robar protagonismo al difunto. Porque la familia, los únicos que necesitaban ayuda, estaban perfectamente arropados por miles de amigos y por las instituciones del Estado que le rindieron el merecido reconocimiento oficial en la casa de todos: el Parlamento.

Y no hablemos de Iceta y sus gritos plañideros clamando en catalán “no queremos olvidar al amigo, no queremos olvidar al compañero, no queremos olvidar a Alfredo”.

Y me pregunto ¿cuántas veces “le olvidaron” en vida? ¿Pidieron alguna vez consejo al “amigo del alma” en los últimos tiempos? ¿Atendieron sus recomendaciones?

Claro que todo esto tiene una explicación cuando al final, desde la sede del partido, Pedro Sancho dijo de Rubalcaba que “le debían mucho”, que “se lo debían todo”, y que se lo recompensarían con “una victoria en las elecciones”.

¿Cabe en cabeza humana semejante utilización política de un personaje histórico como Alfredo Rubalcaba, que ni siquiera era santo de su devoción?

Naturalmente, Sánchez “el arrepentido”, ni atendió ni atenderá la petición de Felipe Rodriguez de que recuperara para el partido a los “rubalcabas” marginados, que son muchos y algunos de mucho nivel, por justicia histórica y porque darían fuerza y coherencia al partido socialista.

Ya lo decía mi abuela parafraseando el sabio refranero español: “mucho te quiero perrito, pero pan poquito

Por cierto y como ejemplo de la falta de memoria histórica, he escuchado en algún medio de comunicación audiovisual que el funeral de Rubalcaba “no tenía precedentes históricos”.

Puede que por la edad no recuerden que el de Enrique Tierno Galván concentró a millones de personas por las calles de Madrid al paso de las dos carrozas fúnebres del siglo XIX, una con sus resto y otra con coronas de flores, tiradas por caballos negros ricamente enjaezados en el mismo color.

Para relatar como era el cortejo fúnebre, transcribo una crónica de  la época sacada de “Historia Urbana de Madrid”:

Delante de este grupo, a pie, la mujer, hijo y nuera de Tierno Galván, acompañados por el alcalde en funciones, Sr. Juan Barranco. Con ellos los maceros, custodiando las insignias de alcalde, portadas sobre un cojín por un empleado del Ayuntamiento.

Tras ese grupo iban el presidente del Gobierno, Felipe González, el vicepresidente Alfonso Guerra, los presidentes del Senado, del Consejo General del Poder Judicial, del Tribunal Constitucional, y de la Comunidad Autónoma, Sr. Joaquín Leguina”.

Seguían a estos los representantes de la iglesia, encabezadas por el cardenal Suquía, el Ayuntamiento en pleno, miembros del Gobierno, cuerpo diplomático, autoridades militares y otras personalidades del momento”

¡Eso sí que fue un entierro de época!

Por cierto: También había mucho fariseo entre los asistentes por mucho que gritaran “Tierno, amigo, el pueblo está contigo”

Y que conste que cuando critico a Pedro Sánchez no hago extensiva mi crítica al partido Socialista Obrero Español, el de los miles de alcaldes y concejales que trabajan por sus conciudadanos, como lo hacen los de los otros partidos, ni al de Suresnes, al que perteneció Rubalcaba y muchos cientos de grandes políticos de la talla de Felipe Gonzales, Alfonso Guerra, aquel Chaves, Nicolás Redondo, Gómez Llorente, Fernández Ordoñez, Xiqui Bengas, Joaquín Almunia, Pablo Castellanos, José Borrell, y tantos otros socialistas de nivel a los que en este momento ni escucharía nuestro futuro presidente del gobierno

Tan en manos de asesores que le garantizan éxitos personales y a corto plazo.

Carpe díem

Mercadona arruina a los agricultores españoles

Leo un titular que dice “Mercadona arruina a los agricultores españoles al vender la práctica totalidad de sus judías, garbanzos y lentejas de procedencia extranjera”

Y, otra vez, nos lanzamos a “lo fácil”, sin analizar lo que decimos ni tampoco lo que hay detrás de las decisiones de las grandes superficies.

Y que conste que yo también lo desconozco, pero de lo que estoy seguro es que las cosas no son tan fáciles como parecen. En primer lugar, y como supongo, las grandes superficies sobreviven por el volumen de las ventas y no por el margen comercial de sus artículos.

Incluso en origen creo recordar que casi tenían un margen comercial cero, y su beneficio consistía en que nos cobraban al contado, y pagaban a sus proveedores a 120 días, por ejemplo. En aquellos tiempos los bancos daban altos interesas por los depósitos, y eran esos intereses la base de su negocio. También tendrían margen comercial, pero muy bajo.

Es evidente que los negocios empiezan cuando se compra, y eso las cadenas, y ahora paso a Mercadona, seguro que tienen un buen equipo de compradores que obtienen los productos, los de marca y los “blancos”, a precios muy agresivos.

Condición indispensable porque me imagino que su margen seguirá siendo muy bajo, o al menos es lo que supongo.

Que, por otra parte, es algo que nos beneficia a los compradores, incluidos los familiares de los propios proveedores, porque podemos comprar a precios muy razonables.

¿Por qué no pueden comprar a los agricultores valencianos? No lo sé, pero estoy seguro que, dado el arraigo valencianista de la cadena, si pudieran lo harían. Siempre hemos sabido que el sector agrario ha ido a remolque de los acontecimientos y que, hasta hace pocas décadas, siempre han dependido del comprador a pie de árbol o de campo, cuando en otros países de Europa ya existían  las cooperativas, y los agricultores peleaban por cerrar el ciclo comercial de sus productos desde el campo hasta la tienda.

Ahora han avanzado mucho, pero su estructura, no sé por qué, sigue siendo muy frágil. Si son los impuestos, o el precio de los abonos, o de las tandas de agua, o la falta de protección del seguro agrario ante catástrofes naturales o sequías, lo cierto es que siguen viviendo muy en precario.

Y los intermediarios, comprando y vendiendo, y sin más méritos que tener dinero, redes comerciales y canales de distribución,  siguen haciendo el agosto.

Decimos que Mercadona compra fuera de Valencia, incluidos terceros países. Tengo la seguridad de que esa cadena, como las otras importantes, lo harán en países en los que el menor precio no se debe ni a que los trabajadores estén explotados, como ocurre con la mayoría de las prendas íntimas importadas de la india que las mujeres llevan sin preguntar su origen, ni porque no cumplan los requisitos exigidos por sanidad para las importaciones.

Como ocurrirá, supongo, con la miríada de tiendas de fruta que llenan nuestras calles, casi todas ellas regidas por extranjeros. O quizás no.

Y luego está el tema social, el de la solidaridad. Protestamos por que vengan marroquís a España, por ejemplo, al mismo tiempo que pedimos que no les compren sus productos. Pues una de dos, o les procuramos trabajo en origen, o seguirán viniendo.

En un mundo de contradicciones estamos llegando al paroxismo. Queremos que Mercadona compre a los agricultores valencianos, pero si sus precios son caros compramos en las tiendas de los pakistanís.

Como suele ocurrir es un tema complicado y con muchas causas que inciden en el problema de los precios: El coste real de la agricultura española, incluidos impuestos y la falta de cobertura, la precariedad de los que se dedican a este sector, la mala comercialización de sus productos, y el margen de los intermediarios, entre otros.

¿Hay la más mínima posibilidad de que los disconformes con la política de compras de Mercadona garanticen seguir adquiriendo productos si compran a los agricultores valencianos? ¿Aunque sean sensiblemente más caros?

¿Saben los “protestantes” que la mayoría de las flores que consumimos vienen de China o de no se sabe dónde?

Todo es consecuencia de la globalización del mercado, que favorece a los consumidores, pero perjudica a los pequeños productores si no han ajustado sus estructuras a los nuevos tiempos. O si son víctimas de las políticas estatales, regionales o locales que los acribillan a cargas e impuestos.

Y en el caso que nos ocupa, Mercadona, cadena con la que no tengo más relación que la de ser cliente habitual, resulta que es una empresa cien por cien valenciana, que da empleo a miles de trabajadores, algunos de los cuales conozco desde hace y años y se están haciendo mayores como me estoy haciendo yo, porque la empresa  parece tener muy poca rotación.

Con un dueño Juan Roig, que es paradigma del buen hacer de la empresa familiar porque administra de forma eficaz el negocio, soporta actividades deportivas, apoya iniciativas de jóvenes emprendedores, y da cobertura a la fundación Hortesia Herrero, que está patrocinando restauraciones que han puesto a Valencia en la cima del éxito cultural, como la de San Nicolás.

En mi opinión personal todos estos ataques que surgen de vez en cuando no son más que pura política. Política de la mala porque, en este caso, se dirige contra un empresario que se lo rifarían en cualquier autonomía de España, o en cualquier país del mundo.

Y para los que tienen una concepción contraria al libre mercado. Consum es una cooperativa y funciona muy bien porque tiene planteamientos empresariales puramente “capitalistas”, pero no olvidemos que Mondragón era el gran ejemplo de cómo hacer negocios de otra manera, y acabó siendo un desastre absoluto.

Esto no le ocurrirá a Consum, seguro, entre otras cosas porque conocen los riesgos de salirse de la ortodoxia empresarial.

En cuanto a los “opinadores”, ¡que voy a decir! Siempre habrá quien recomiende soluciones simples a problemas muy complejos. Si los tienen que ejecutar los demás, naturalmente.

Albert Rivera cabalga de nuevo.

Parece que, ¡por fin!, y después de trece años desde que fundó el partido, hemos descubierto el verdadero objetivo personal del hiperactivo líder de Ciudadanos: ser líder de la oposición en el parlamento español.

Como es lógico necesitará cambiar algo en los fundamentos de las matemáticas porque, hasta ahora, ese título lo ostenta el que tiene mayor representación parlamentaria después del ganador,  pero no pasa nada. Aplicamos coeficientes correctores por tanto por cien de crecimiento, o por otros factores de valor añadido, le echamos valor y gesto de “es lo lógico”, y solucionado.

¿Y el partido? Seguimos sin saber qué es lo que quiere hacer además de coleccionar votos. De momento han retirado a Inés Arrimadas de la política catalana cuando ha sido un excelente contrapunto parlamentario a los independentistas, dejando esta función a otros con menor nivel. ¿Para qué?

Aunque es cierto que su mayoría en votos no sirvió de nada porque no quisieron “quemarse”, muy de Ciudadanos, con una moción de censura que iban a perder. Lamentablemente por una vez tengo que reconocer que Quim Torras tiene razón cuando dice que la única huella que dejará la excelente parlamentaria cuando se vaya es el silencio. Silencio en actuaciones reales, de utilidad para Cataluña y para sus votantes.

El líder en Madrid, Ignacio Aguado, se pasó toda la legislatura “aconsejando” a Cristina Cifuentes, que realizó una excelente tarea política enturbiada por sus graves problemas personales, sin dejar  de anotarse todos los éxitos de la presidenta como si fueran suyos porque, según ellos, se debieron  a su “marcaje”. Todo ello sin haberse despeinado.

Así, dando consejos sin asumir responsabilidades de gobierno, cualquiera triunfa. Ahora se dedica a pasearse del brazuelo con Angel Garrido, otro ejemplo de coherencia política, que se dio cuenta de que no estaba en el partido adecuado justo cuando no le nominaron para el puesto que él quería.

Y si Rivera cree que por ese camino va a llegar a alguna parte que valga la pena es que no conoce muy bien al electorado español. Yo tampoco, pero él menos.

Porque ha colocado a Ciudadanos en una especie de tierra de nadie, desde la que trata de crecer robando votos al PP, partido del que conocimos el techo y del que ahora conocemos el suelo, que no va a perder más votos que los que ya ha perdido, al menos en dirección Ciudadanos, porque por la derecha VOX sigue siendo una incógnita a corto plazo.

Ni tampoco va a conseguir más votos del PSOE, por muy desconcertado que esté su electorado y la “vieja guardia” por los quiebros del actual Partido Sanchista Obrero Español, porque en su gran mayoría tienen orgullo de su historia pasada y preferirán abstenerse, como han hecho en Andalucía, que votar a otro partido.

Por lo que, en mi opinión, Ciudadanos nunca serán el partido mayoritario del centro derecha y, aunque lo fueran, no contarán con los escaños necesarios para gobernar. Mucho menos si llegado el momento tiene en contra al que puede ser su aliado natural, el PP, seguramente muy cabreado con ellos por sus campañas y desahogos contra el partido y su líderes, y porque es el que más electores les ha “robado”.

Luego, si las cosas son como parece que pueden ser, y los votos del PP y Ciudadanos pueden estar en cualquiera de los dos lados, ¿hay alguna solución que no sea pactar acuerdos sólidos sobre temas de estado, e incluso acudir a las elecciones, según donde, con listas únicas?

Pero para ello es necesario visión de futuro, generosidad, e interés por España y los españoles. Sin tanto personalismo.

Algo parecido a lo que puede hacer el PSOE y Podemos, aunque, mira tú por donde, sería más difícil porque en esos dos partidos, especialmente si resucita la masa del antiguo PSOE, hay muchas más diferencias ideológicas y de cómo debe ser la organización social y del Estado.

Lo mío es pura ciencia ficción, pero, ¡que quieren! Yo sí que he visto OVNIS. Palabra de honor.

Por cierto. Lo de Iceta en el Senado no me parece nada mal, suponiendo que Sánchez lo haya hecho por lo que yo creo que lo ha hecho.

Aunque quizás sea mucho suponer.