El nacionalismo, “el procés”, y el marketing

Si algo he sabido siempre, y no es porque tenga ciencia infusa, es que el movimiento independentista catalán, “el procés”, no ha sido una improvisación de última hora, sino parte de una estrategia perfectamente diseñada y apoyada durante muchos años por un marketing potente, dentro y fuera de España, que ha conseguido la apariencia de que ellos son los que mandan, los que mueven pieza, y que el resto de los españoles, el Estado incluido, no tienen ni tendrán más remedio que ceder a sus pretensiones.

Basado en una perfecta identificación de “quien es quien” en esta confrontación, y que es lo que puede hacer cada una de las partes implicadas. Como una partida de ajedrez programada por maestros.

En primer lugar, siempre han contado con la ventaja de pertenecer a un estado de derecho, en el que cualquier ciudadano puede decir lo que quiera porque, mientras solo sean palabras o anuncios de que “voy a hacer”, no tienen ningún recorrido legal. España es una democracia, y uno de sus fundamentos es la libertad de expresión, que permite que cada uno de nosotros tengamos libertad de opinar sin temor a represalias. Y cuando digo cada uno, incluyo colectivos como asociaciones, partidos políticos, gobiernos autonómicos etc.

Y contra este derecho de opinión, las grandes instituciones del Estado tienen muy pocas posibilidades de defensa. Un independentista catalán, por ejemplo, puede quemar una bandera española o la foto del Rey sin que haya ninguna correspondencia y casi ninguna consecuencia, porque la casa real no puede ni opinar.

Y los gobiernos de turno, por mucha razón que tengan, ni pueden ni deben enzarzarse en disputas con cualquiera que opine, porque no es esa su función, porque no tienen tiempo para esos menesteres, y porque se desgastaría tratando de argumentar con quienes no tienen la mínima intención de contestar con argumentos, porque solo defienden “causas” de forma incondicional, y no se apoyan en razones. Solo manejan consignas.

Lo único que serviría es para hacerles el juego, difundir sus causas, y proporcionar audiencias a algunos de nuestros muy irresponsables medios de comunicación.

En segundo lugar, y refiriéndome a la Generalitat de Cataluña, los recursos económicos de los que han dispuesto los independentistas son inmensos, mucho mayores en tanto por cien sobre población, de los que puede y debe emplear el gobierno Central. Y no solo de lo que ha salido directamente de los presupuestos de la Generalitat, como sus famosas embajadas. También disponen de las bolsas de resistencia que han ido creando durante muchos años en departamentos oficiales o en entidades subvencionadas, como ANC y Ómnium.

Dinero que han servido para alimentar cada uno de los pasos del “procés”. Y lo siguen alimentando.

Y, para mayor escarnio, con dinero aportado por el total de los ciudadanos españoles, como yo mismo, con nuestros impuestos. Porque es de ahí de donde sale hasta el último euro de lo gastado, se hayan utilizado los canales que se hayan utilizado hasta llegar al su destino final.

En tercer lugar, y ampliando lo dicho anteriormente, han hecho un gran trabajo a nivel internacional minando la imagen de España en el exterior, buscando el apoyo de los sectores más nacionalistas o radicales de cada país, y fijando como centro de sus operaciones antiespañolas a una nación prácticamente fallida, tan artificial y tan poco ejemplar como es Bélgica.

Manejando muy bien, por cierto, a los corresponsales de los medios de otros países, y empleando argumentos falsos o distorsionados sin ningún pudor. Porque, en el fondo, ellos han empezado una revolución, y en las revoluciones, en todas, las verdades molestan. No interesa que una verdad interfiera en los plazos y las estrategias porque, siempre, los fines justifican los medios.

Aquí no estamos tratando con un neo “despotismo ilustrado”, el de “todo para el pueblo pero sin el pueblo”, sino con una auténtica revolución política social, tipo la de Mao Tse Tung, añadiendo todos los matices que queramos y sin sus millones de muertos, que decía frases tan potentes como estas:

¿Quiénes son tus enemigos? ¿Quiénes son tus amigos? Esta es la pregunta más importante para la revolución.”

“En tiempos difíciles, debemos tener presentes nuestros éxitos, ver nuestra brillante perspectiva y aumentar nuestro coraje.

Y digo que no es despotismo ilustrado y si revolución, porque los dirigentes del “procés” no representan ni controlan a todos los catalanes. Ni siquiera a la mayoría.

Los independentistas necesitan proyectar la imagen de “gente pacífica”, modelo Gandhi, y no llegarán a la violencia física, aunque hay serios riesgos de sufrir algún accidente por el camino. Pero han empleado con enorme firmeza las armas de la discriminación negativa, de la ocupación de los puestos de control desde los que se decide quien trabaja y quien no, o que condiciones deben cumplir para desarrollar cualquier actividad en su territorio. Los que, en definitiva, etiquetan a los ciudadanos como buenos o malos catalanes. Los “amigos” y “enemigos” que Mao Tse Tung urgía a identificar.

Incluido el excelente trabajo que han hecho para controlar a los Mossos que, con independencia de que también desarrollan actividades de orden público, se han convertido en un ejército privado dirigido políticamente y al servicio de la “causa”. No todos, pero si sus cabecillas. Y esta es y será uno de las grandes dificultades con las que se va a enfrentar el gobierno que decida poner pies en pared y declarar su “hasta aquí hemos llegado”.

Porque se puede aplicar el artículo 155 de la Constitución, que por cierto hizo su trabajo, pero ellos no necesitan ocupar violentamente las radios y las televisiones como se intentó en el último intento de golpe de estado, el 23 F, porque ya son suyas, ni controlar la administración, porque son ellos los que la dirigen con personas puestas e interpuestas.

No voy a seguir con estos argumentos porque ya los he manifestado en otras ocasiones y porque son similares a los empleados por cualquier observador más o menos imparcial.

Pero creo que acaban de cometer un error inesperado. La minoría dirigente del “procés” necesitaba que sus huestes se diferenciaran del resto de los catalanes e inventó la “estelada”, la bandera cuatribarrada del Reino de Aragón, con una estrella, la de Cataluña.

Estrella que me imagino pensada como la primera de los futuros integrantes “dels paisos catalans”, al estilo de la de los EEUU: Baleares, la Comunidad Valenciana, y quién sabe si el Rosellón francés, aunque Francia es demasiado bocado para estos iluminados, porque allí no se andan con chiquitas.

Bandera que, repito y según creo, esperan completar con estas cuatro estrellas. Pero esto solo es una suposición mía.

Y, llegados a este punto, no hay revolución o momento trascendental sin himno. Nuestra historia reciente está acompañada por himnos extraordinarios, potentes, con independencia de su letra o de su intencionalidad política, como “la Internacional”, francesa en origen y adaptada por el socialismo mundial, “a las Barricadas”, en origen llamada “la varsoviana”, ¡qué gran himno!, con origen polaco y adoptada por los trabajadores y los sindicatos más radicales de la primera mitad del siglo XX, como la CNT y la FAI, o el “Cara al Sol” de la Falange, este de producción nacional por encargo de José Antonio Primo de Rivera, que incluso puede que participase en la redacción de la letra.

Y ciñéndonos a momentos más recientes, siempre he creído que una parte del éxito de nuestra transición se debió al famoso “libertad sin ira”, canción encargada por Diario 16 años antes como promoción del periódico, sin finalidad política, y que luego se hizo famosa porque vino el cambio y el pueblo la adoptó como suya cuando el grupo Jarcha tuvo el acierto de cantarla. Y todos la reconocimos como un himno que animaba a olvidar rencores.

También fue muy importante el “habla pueblo habla” que era casi una canción protesta del grupo murciano Vino Tinto aunque, en este caso, no era una canción “de todos”, porque UCD había adquirido sus derechos para la primera campaña electoral del post franquismo.

Conviene que recordemos la letra de “libertad sin ira”:

Dicen los viejos que en este país hubo una guerra
y hay dos Españas que guardan aún,
el rencor de viejas deudas
Dicen los viejos que este país necesita
palo largo y mano dura
para evitar lo peor

Pero yo sólo he visto gente
que sufre y calla
Dolor y miedo
Gente que sólo desea su pan,
su hembra y la fiesta en paz

Libertad, libertad sin ira libertad
guárdate tu miedo y tu ira
porque hay libertad, sin ira libertad
y si no la hay sin duda la habrá

Libertad, libertad sin ira libertad
guárdate tu miedo y tu ira
porque hay libertad, sin ira libertad
y si no la hay sin duda la habrá,

Está claro que la frase “sólo desea su pan, su hembra y la fiesta en paz” es claramente machista y actualmente fuera de lugar, pero eran otros tiemps…

Letra que cantábamos enamorados de la música y convencidos de que aquello era posible. Tan posible como resultó, pese a que una mínima parte de la población no quería cambios. Tan mínima como la que ahora quieren una vuelta atrás, con la diferencia de que estos tienen mucha capacidad de “hacer mucho ruido” porque dominan las redes y parte de los medios de comunicación, y son expertos en difundir lo que es cierto y lo que no lo es.

Pues bien, resulta que los independentistas han querido adoptar un himno que agrupe a todos los que tienen como pensamiento común, si no único, el independizarse de España. Pero, en mi opinión, han cometido un error muy importante y es que, buscando esa seña de identidad para los conjurados, dejan libre un espacio enorme de paz y tranquilidad.

O sea, que si yo fuera del PP, de Ciudadanos, o de cualquier asociación nacionalista no separatista, y ¡hasta del PSC!, empezaría y terminaría cada acto oficial cantado “els Segadors” y amparados por la cuatribarrada, hasta convertir estos símbolos, himno y bandera, en los de los catalanes constitucionalistas.

Supongo que no tardarán en darse cuenta del error porque, buscando un símil futbolístico, es como si un equipo basara su juego en el ataque y no prestara demasiada atención al centro del campo.

Y es en el centro del campo, el futbolístico y el político, donde se ganan los partidos.

La letra de este himno, “tot el poble cantará“, basado en un tema de “los Miserables”, dice en su versión castellana:

Todo el pueblo cantará / la melodía de los indignados, / es Cataluña quien se rebela / y lucha por la libertad.
Que los latidos de nuestros corazones / resuenen fuertes como mil tambores
y que un nuevo día comience ahora / cuando salga el sol.
Lucharás a mi lado / Seremos más fuertes si estamos unidos;
más allá de la mentira / y la violencia está la paz; / sonríe, levántate / y lucha por la libertad!
Todo el pueblo cantará / la melodía de los indignados, / es Cataluña quien se rebela / y lucha por la libertad.
Si unimos nuestras fuerzas / el enemigo no pasará; / el juego sucio y sus abusos / no nos podrán nunca acallar; / codo a codo rompemos / las cadenas de la represión.
Todo el pueblo cantará / la melodía de los indignados, / es Cataluña quien se rebela / y lucha por la libertad.

¡Qué bueno es encontrar un enemigo exterior! ¡qué bueno es ser los únicos buenos en un mundo de malos! ¡qué maravilla ser los pacíficos en un mundo de violentos!

¿Quien, como, y cuando desmontará toda esta locura? Con las armas de la ley y de la razón, por supuesto.

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Otra vez con la misma gaita. Franco y el Valle de los Caídos.

Ya he dicho varias veces que, para mí, el tema de Franco es agua completamente pasada y que es un asunto a resolver con la familia. Estoy de acuerdo en que no es el sitio más adecuado para su sepultura, porque no murió en la guerra y porque él nunca manifestó su intención de que lo enterrara allí pero, insisto, es un tema menor en que deberían ponerse de acuerdo, y podrían hacerlo, si no hubiera un marcado oportunismo político en la decisión.

Franco murió y, excepto para la izquierda española, el franquismo murió con él. Estamos en una democracia muy avanzada y cualquiera de nuestros partidos, incluyendo los más radicales, cumplen la ley y respetan la constitución, aunque sea a regañadientes.

Pero hay un interés muy claro y cada vez es más evidente que una parte del arco político se esfuerza en mantener viva la imagen de Franco. ¿Qué sería de la izquierda española si nunca hubiera existido? A la gran mayoría de los españoles, incluidos los que conocimos la posguerra y el franquismo, nos resolvió el problema la transición, para asombro de los países del mundo occidental. Pero hay muchos que quieren apoderarse de los muertos de otros para reivindicar cosas que sus familiares no están reivindicando.

Y escribo esta nota porque ayer escuché con asombro unas manifestaciones de nuestro Ministro de Cultura en las que comparaba el Valle de los Caídos con el campo de concentración de Mauthausen, y que debía conservarse como símbolo de la guerra civil y de la posguerra.

Mi muy culto Ministro de Cultura. Las comparaciones las carga el diablo, y este es uno de estos casos. Mauthausen fue un campo de exterminio, en el que la voluntad de un loco asesino quiso borrar de la faz de la tierra a todo aquel que le molestaba, especialmente lo que él consideraba razas inferiores, para conseguir su “sueño” de raza superior. La gran raza aria Entre ellos más de siete mil españoles residentes en la Francia ocupada.

Comparar este campo, o cualquier otro, con nuestra guerra civil es quitarle valor al holocausto sin añadir ninguno a nuestra contienda. Para todo el mundo los campos nazis son un símbolo entendible y asumible, mientras que nuestra guerra civil, tan importante para nosotros, solo es una guerra más de las sufridas en otros países, que se van difuminando con el tiempo.

En cuanto a que el Valle de los Caídos debe permanecer como símbolo de la barbarie que recuerde la guerra y la posguerra, ¡ya estamos! Ya hemos sacado a pasear esa superioridad moral e l a izquierda española que siempre decide que está bien o está mal, y quienes son los buenos y quiénes son los malos.

Puede mantener el simbolismo de la barbarie de una guerra civil que rompió en dos España y que no fue, como se dice, una contienda entre buenos y malos o entre gente que mataba y gente que moría. Ni mucho menos.

Causas y orígenes al margen, fue una guerra fratricida en la que participaron contra su voluntad todos los jóvenes del país. Y esa es la lección. Y punto.

Y que, sin negar salvajadas del llamado bando nacional, también las hubieron, y muchas, y tan crueles e injustificadas como las primeras en el bando republicano. Y así fue por mucho que quieran cambiar la historia.

Y si quieren convertirlo en un símbolo “de la posguerra”, ¿Por qué no de los “precedentes a la guerra”? ¿Porque sacar lecciones “de parte”? ¿Por qué no nos dejan tranquilos de una vez?

Por favor; entre mi círculo de amigos y conocidos hay muchos que perdieron familiares en los dos bandos. Y, salvo algún caso muy especial, hace mucho tiempo que pasaron página y que enterraron al Franco oficial o a su Franco particular.

Que estamos en plena batalla por ganar el futuro. Como para perder tiempo desenterrando pasados particulares o, lo que es peor, pasados amañados, maquillados interesadamente con fines tan poco limpios.

Hagan con Franco lo que tengan que hacer, o lo que puedan y déjennos tranquilos, por favor.

Que tenemos mucho trabajo pendiente. Trabajo que requiere unidad de criterios y no mantener enfrentamientos artificiales y fuera de lugar.

Las avalanchas de inmigrantes y los beneficios de la inmigración.

Son tiempos de avalanchas de inmigración y se multiplican los mensajes de solidaridad y de que abramos puertas a los que vienen en busca de un mundo mejor, incluso concediéndoles los beneficios sociales españoles, como la sanidad universal, por ejemplo.

Pero, estando como estoy a este lado de la barrera y colaborando con personas en situación muy difícil, creo que deberíamos reflexionar un poco sobre lo que decimos y lo que podemos esperar de las autoridades.

En primer lugar hay que aceptar el hecho irrefutable de las enormes diferencias entre un ciudadano de Niger, por ejemplo, y el del más pobre de los países de la Comunidad Europea. Y que hay que hacer algo.

Y también que inmigración, en sí, es un “gana gana” para el inmigrante y para el país que lo recibe, mucho más cuando las sociedades “prósperas” estamos envejeciendo por falta de natalidad. Desde este punto de vista, y liberando el debate de la carga emotiva que lo envuelve, los que vienen, en principio, no tienen que entenderse como una carga, sino como una ayuda.

Pero para que esto resulte como debe, es necesaria una política global que potencie el desarrollo en las zonas más deprimidas del mundo, especialmente en África, para que no se vean en la necesidad de salir de sus países en busca de un mínimo de estabilidad social. Esto ha dado muy buen resultado en Marruecos, desde donde apenas vienen algunos jóvenes atraídos por los anuncios de nuestras televisiones, porque este país ha permitido la creación de industrias y explotaciones agrarias de buen nivel (allí hay muchos empresarios españoles con empresas propias o mixtas), por lo que la tasa de desempleo ha descendido muy notablemente.

Y, como es natural, los marroquíes de hoy prefieren vivir en su tierra que desplazarse a países con costumbre diferentes. Lo mismo ha ocurrido en Mauritania, por ejemplo, aunque vayan algo más atrasados.

En cuanto a los que quieren desplazarse desde países tercermundistas, lo justo sería crear oficinas de empleo de la Comunidad Europea en cada uno de ellos, para ordenar la entrada en Europa, y que sean legales y con permiso de trabajo desde el primer día. Y caben muchos. Millones.

Aquí se nos llena la boca de decir que fuimos país de emigración, y es cierto, aunque una parte no fueron realmente emigrantes, sino refugiados que huyeron a terceros países, especialmente a Francia, después de la guerra civil. Los que fueron a Alemania iban con contratos de trabajo tramitados en España. Nunca hubo “Ilegales” españoles en ese país.

No olvidemos, aunque esto se oculta, que es imprescindible evitar que la gente se ahogue en el Mediterráneo, pero que una gran mayoría de los que salvamos, entran en un ciclo de identificación y acaban siendo deportados a sus países de origen, o se escapan de los centros de acogida y permanecen en Europa como ilegales. Eternamente ilegales.

Situación que, a la larga, está incubando conflictos muy importantes y, posiblemente, a muy corto plazo. Y pongo un ejemplo:

Aquí en Valencia, en Madrid, y muy especialmente en alguna ciudades de Cataluña, como Barcelona, se está multiplicando de forma muy alarmante en número de “manteros” que empezaron desplegando sus productos por algunas zonas de Barcelona y que ahora han invadido Las Ramblas, el puerto y el metro. Y no solo las salas de acceso y los túneles, sino también los andenes de las estaciones con el consiguiente peligro para la seguridad de los viajeros. Todo ello con grave perjuicio de los comerciantes “legales”.

Como son más, necesitan vender más productos y empiezan a tener minorías más agresivas. Conozco el carácter senegalés porque tengo tratos con algunos de ellos desde hace muchos años, y es muy pacífico, pero comienzan a sufrir la presión de la necesidad.

Si las autoridades de Barcelona intentaran controlar esta situación y prohibieran la venta, venta de productos importados por mafias del comercio, dicho sea de paso, serían totalmente incapaces de conseguirlo. Prácticamente estallaría una revuelta importante, como la “mini” de Vallecas de hace unos meses.

Y sin embargo, en algún momento tendrán que hacer algo.

Y luego está la maldita demagogia de los políticos. Los que han visto venir este problema desde hace veinte años y no han hecho casi nada por egoísmos y estrategias electorales, pero que no dudan en ponerse medallas que no les corresponden.

El numerito de Aquarius ha sido para nota. No porque autorizaran el desembarco, que lo apoyo sin reservas, sino el despliegue mediático y los titulares de prensa conseguidos a base de concederles condiciones especiales y totalmente distintas a los miles que recogemos cada día en Tarifa, por ejemplo. Todo ello edulcorado con palabras o frases rimbombantes como “aldabonazo” o “llamada a las conciencias”.

¿Que han conseguido? Nada para los del Aquarius, nada para el resto de los que desembarcan cada día en Europa, y un efecto llamada peligroso para los que están en sus países. Peligroso porque les anima a comenzar una aventura a vida o muerte que, si hubiera un mínimo de orden, sería totalmente innecesaria.

Susanita, la amiga de Mafalda, hubiera repetido entre suspiros: “que suerte que haya pobres para poder hacer caridad”. ¡Como entiende Joaquín Salvador Lavado Tejón, Quino, el cinismo humando! Porque los del Aquarius no eran inmigrantes. Eran “sus” inmigrantes.

Ayer escuche a un político, del que no doy el nombre porque no quiero destacar a unos más que a otros y porque, posiblemente, su frase no era original, que hay que organizar un “plan Marshall” para los países subdesarrollados.

Apunte para los jóvenes: el plan Marshall fue una ayuda que los EEUU concedió a los países cuando terminó la segunda guerra mundial, porque la mayoría estaban en clara bancarrotacon, con sus industrias arrasadas, y con gravísimos problemas de subsistencia. Solo que ese plan, siendo bueno, tenía una cierta trastienda política y el propuesto para el tercer mundo debe ser claro, limpio, y sin condiciones.

Todo lo anterior no tiene nada que ver, naturalmente, con los refugiados políticos que huyen de sus países por guerras o por persecuciones. Pero el truco de inventarse el “refugiado por hambre”, créanme, no hará más que complicar las cosas.

Acciones en países de origen, orden en las llegadas y, eso sí, ninguna discriminación por raza, sexo o religión. Todos somos absolutamente iguales y el haber nacido en un lugar u otro solo ha sido fruto de la casualidad. La única condición es que acepten nuestras leyes y nuestras costumbres, tratando de respetar las suyas si no son incompatibles.

Y lo digo porque hoy mismo, en un Consum de Valencia, he visto a una pareja de jóvenes, él vestido con vaqueros y camiseta con eslogan, ella con un burka negro de los más severos, de los que hace años que no había visto, de los que solo permiten una abertura horizontal a la altura de los ojos de no más de tres centímetros de alto. Con velo sin problemas, lo respeto. También nuestras señoras mayores de hace cincuenta años llevaban pañuelo en la cabeza y nadie les decía nada, pero personas con esta mentalidad no pueden más que pasarlo mal en un país como el nuestro.

Y para los católicos “enemigos” del islam que tienen miedo porque lo consideran peligroso (los senegaleses también son musulmanes), no olviden que Mahoma fundó una religión mezcla de cristianismo y judaísmo en la que está presente una buena parte de nuestro Antiguo Testamento.

Y que nuestro Jesús, Isa para ellos, es uno de sus cuatro profetas: Abraham, Moisés, Isa, y Mahoma, siendo Mahoma “El cuarto profeta”. El último.

Del Corán: “A Isa, el hijo de Maryam (María), le dimos las pruebas evidentes y le ayudamos con el Espíritu Puro” El ángel Yibril (nuestro Arcangel Gagriel).

Y que si quieren leer propuestas duras no tienen más que repasar la Biblia, la de nuestro “ojo por ojo”. El peligro no está en las creencias religiosas, en ninguna, sino en los fundamentalismos.

Y pongamos los pies en el suelo. Nosotros, nuestros “yo” actuales, no hemos hecho nada para considerarnos superiores a nadie. Todo: bienestar, cultura, progreso, nos ha sido dado.

Ayudemos sin reservas a los que ya están aquí, pero exijamos a las autoridades que apliquen soluciones eficaces a corto, medio, y largo plazo.

Porque si no lo hacen, acabaremos teniendo excelentes protocolos para socorrer a los que se caen del andamio, pero, si no se regula cuantas personas deben acceder a la parte superior y que medidas de protección deben seguir, seguirá cayendo gente cada día. A la que, eso sí, nos seguiremos esforzando por atender.

Caridad, solidaridad, acogida, llámalo como quieras, absurda. Sin ningún fundamento.