Opinar o no opinar – Esta es la pregunta

Cuando Shakespeare hace que Hamlet, en su soliloquio, se plantee su gran duda sobre lo que debe o no debe hacer, que es lo que hay detrás del famoso “ser o no ser”, está tratando de decidir entre el dilema de hacer lo que es más conveniente y lo que entiende como más correcto.

To be, or not to be, that is the question:
Whether ‘tis nobler in the mind to suffer
The slings and arrows of outrageous fortune,
Or to take arms against a sea of troubles

(Ser o no ser, esa es la pregunta:
Si es más noble en la mente sufrir
las hondas y flechas de la fortuna escandalosa
o para tomar las armas contra un mar de problemas)

Y, desde la experiencia de los años, creo que cualquiera de las dos opciones, opinar o no opinar, es válida porque depende exclusivamente de la idiosincrasia y de las circunstancias personales de cada uno de nosotros.

Aunque cuando digo que cualquiera de las dos opciones es válida, quiero decir exactamente que cualquiera de las dos opciones es válida, no que una sea mejor que la otra, o que los que adopten una de ellas deba considerarse poseedor de la razón y criticar al que elige la otra.

Estamos, y no es la primera vez en la historia de España, en una situación sumamente confusa, con una evidente pérdida de valores, una falta de claridad en los mensajes políticos, un claro intento de manipulación desde muchos grupos de opinión o de intereses personales, y un ir cada uno a la suya realmente sorprendente en una sociedad tan globalizada y tan comunicada por la tecnología y las redes sociales.

O será por eso porque, en mi opinión, el acceso a las redes ha provocado un nuevo perfil humano. El de los que evitan el contacto social directo, no salen de casa, y solo se comunican con el exterior a través del ordenador o del teléfono.

Es otro de los nuevos fenómenos, desconocido hasta ahora.

En cuanto al mundo de la comunicación, la gran diferencia es que en épocas anteriores los opinadores lo hacían a cara descubierta, sin disfraces ni avatares, y con muy pocos disimulos. Los lectores y/o asistentes a sus mítines sabían que Blasco Ibáñez era ateo, anticlerical y enemigo de la monarquía, que el diario Arriba era el órgano oficial de la Falange Española Tradicionalista y de las Juntas Obreras Nacional Sindicalistas, que el ABC era claramente monárquico, que El Pueblo era un diario católico que en su primer número anunció que “defenderá siempre las bases de la sociedad cristiana”, o que el Liberal era, como su nombre indica, liberal y de ideología republicana moderada.

Y ahora ¿podemos saber quién es quién en el mundo de las comunicaciones? ¿Qué intereses empresariales motivan algunas líneas editoriales?

En el fondo y lamentablemente, parece que a todos los que son algo en estos ambientes, el de lo público y el de las comunicaciones, les une el “cuanto peor mejor”, porque les permiten disfrazarse de “buenos”, aportar “ideas revolucionarias” para mejorar las cosas, o porque, simplemente, consiguen más audiencia, que equivale a tener mayores ingresos. Y a muy bajo coste. ¿Alguien analiza cuanto metraje se obtiene siguiendo, amplificando y repitiendo tomas sobre los casos mediáticos? Hay escenas que nos las sabemos de memoria. Mismas caras, mismas preguntas, mismos silencios de los interrogados, o mismas respuestas estúpidas dichas con cara de completa seguridad.

Y para garantizar su presencia en todos los foros, los grandes empresarios del audiovisual no dudan en poner una vela a Dios y otra al diablo, como Atresmedia, con Antena 3 o la Sexta, Mediaset con la Cuatro y Telecinco, o Roures, dueño de Mediapro, que ha apoyado la cusa soberanista. Algunos de ellos relacionados con personajes internacionales tan poco recomendables, como Silvio Berlusconi por poner un caso, personaje al que pocos le dejaríamos la cartera.

Son el auténtico “yin y yang” de la información. Como las bancas de los casinos. No importa quién pierda, ellos siempre ganan.

Puestas así las cosas y atrapados en este torrente de manipulación informativa, se puede adoptar varias posturas:

Mantenerse al margen de lo que ocurre y no crearse molestias o enemigos opinando sobre temas de actualidad o actuaciones concretas de políticos o notables del reino. Actitud perfectamente respetable y que puede deberse a muchas causas, como la falta de información, dificultades de expresión o, simplemente, el no querer significarse o enemistarse con alguno de los criticados.

Comentar estos mismos temas desde el punto de vista de la pertenencia a un partido o compartir una determinada ideología. Exactamente igual de respetable, siempre que no escondan estos condicionantes y aparenten una neutralidad inexistente.

O hacerlo desde la independencia. Teniendo claro que nadie es totalmente libre porque todos tenemos nuestra forma de entender las cosas, quisiéramos un determinado modelo de sociedad, o tenemos una opinión formada sobre cuál debería ser la actuación correcta de los servidores públicos. Seguramente muy cercanas a la utopía.

Lo que no vale es optar por cualquiera de las tres posiciones anteriores y criticar a los que se deciden por alguna de las otras dos. Eso es poco ético y bastante ventajista.

Y, estando donde estamos, es muy peligroso adoptar las posturas de los tres monos, “ni ver, ni oír, ni hablar”. Porque mientras, el mundo sigue y los manipuladores ganan. Seguramente ganarán de todas formas, pero por lo menos que se escuche nuestra última palabra.

Los que opinan, los que opinamos porque me incluyo en este grupo, lo hacemos desde plataformas conocidas y con una difusión limitada, al menos en mi caso. Y los que leen lo que escribimos lo hacen de forma voluntaria y, por supuesto, pueden opinar asintiendo, disintiendo o con el clásico “no sabe no contesta” tan popular entre los encuestados. Ese silencio, que puede significar no tener clara una posición, o la indiferencia sobre lo opinado.

Lo que no vale es etiquetar ni adjetivar. Una opinión es una opinión, con el mismo valor que la opinión contraria. Los que insultan a terceros tienen carencias sociales, una cierta sociopatía que les impulsa a odiar al que piensa otra cosa, y los que hacen juicios de valor o buscan intenciones ocultas, suelen manifestar, sin saberlo, el “otro yo” de su propia personalidad.

Es decir, los que piensan que un comentarista actúa por afán de notoriedad, no están demasiado lejos de descubrir su propia necesidad de protagonismo, su deseo de que se reconozca sus méritos y valores, obteniendo rédito en imagen de todas sus actuaciones. Los que buscan malicia o dobles intenciones suelen ser maliciosos. Muchos de los que opinan que deberíamos callarnos pueden pensar que haríamos mejor escuchándoles a ellos, e incluso algunos de los que manifiestan disconformidad cuando criticamos a los que mandan, también lo hacen en la intimidad, como el catalán hablado del ex presidente Aznar, pero prefieren “no mojarse”, en público.

No hay nada más desolador que una reunión en la que se proponen temas controvertidos, incluso conflictivos, sin que se escuchen comentarios discrepantes. Mucho más si, una vez fuera, en el pasillo, lejos del alcance de los oídos de los proponentes, no falta quienes se manifiestan claramente en contra.

En España se inventó el “silencio administrativo” (no se si existe en otros países) para forzar respuestas oficiales a preguntas de particulares, pero, en según qué temas, debería ser obligatoria una respuesta de la ciudadanía. De cada ciudadano. Porque lo que está pasando no es bueno.

Y, por supuesto, unos tendrán más preparación que otros, pero cada opinión es igualmente válida y digna de tener en cuenta porque refleja la de diversas capas sociales o intelectuales de la sociedad española. La mía, la de un pastor, la de un funcionario, la de un ama de casa, la de un joven en el paro, la de un jubilado, o la de un juez del tribunal supremo. Porque todos nosotros conformamos el conjunto de la ciudadanía, y los poderes públicos deberían satisfacer, dentro de lo posible y sin mentiras ni populismos, las necesidades básicas de todos los ciudadanos.

Que no se pueden simplificar encuadrándolas en unos pocos grupos.

Y no estaría de más librarse de tanto “influencer” y de tanto Community Manager casi siempre interesados. Son miles, y como son interesados no buscan tanto la verdad como crear polémica y provocar sensacionalismo. Casi ninguno se apoya en hechos. Son comentarios, juicios de valor y chascarrillos lanzados cada minuto. Están esperando que alguien, sea quien sea, diga algo para entrar en la bulla. Porque lo que quieren es presencia para buscar “me gustas” y “seguidores”.

Nunca les he seguido ni me importan demasiado pero el otro día, y como consecuencia de un cambio de impresiones con un amigo, salió el nombre de Miguel Angel Revilla como si se tratara de un referente cualificado, cuando, en realidad, es el fruto de los milagros de un buen marketing. Como ocurre con los personajes centrales de los “sálvame” de todas las cadenas de televisión. Las que consiguieron que Chikilicuatre nos representaran en Eurovisión. Magnífico ejemplo de cómo se puede influir en las masas si se preparan buenas estrategias. ¡Y casi mandan a Karmele Marchante, la que ahora es tan súper separatista y se hace fotos según el modelo “libertad guiando al pueblo” del excelente cuadro de Delacroix, aunque, en este caso, sin el gorro frigio y envuelta en la “estelada”!

Revilla nunca arrastró masas en las elecciones de Cantabria. Se benefició de ser bisagra de los grandes y se hizo un nombre público porque tiene muy buen rollo y un gran vocabulario, maneja de forma excelente los gestos, las pausas y los énfasis y, pese a que no tenga el mejor físico, es absolutamente fotogénico.

Ayer investigué la posición de Revilla y pude comprobar que tenía 1.197.245 seguidores en Facebook, y 712.000 en Twitter. Cualquiera de sus intervenciones en YouTube se mete rápidamente en miles de visualizaciones, aunque ninguna de ellas, que yo sepa, ha alcanzado las 308.707 de José Mota cuando le imita en su versión humorística de “En la tuya o en la mía”.

Desconozco si la práctica de esta nueva actividad es altruista, pero ahí hay mucho dinero.

Y, con todo respeto para su persona, el criterio y la opinión de este señor no tienen más valor que el de cualquier otro ciudadano. Posiblemente menos porque, en el fondo, el muy simpático Sr. Revilla, que lo es, se ha fabricado un personaje, como tantos otros en España, y lo explota magníficamente.

Y partiendo de esa base, dudo de que su opinión sea sincera porque, como he dicho antes, tiene intereses. Económicos o de proyección política. Lo desconozco.

Y necesita buscar el sensacionalismo porque, en la mayoría de las ocasiones, la verdad es aburrida y los datos tediosos. Nada mejor que un chascarrillo o una “maldad” dicha en su momento para provocar reacciones. ¿Quién gana audiencias con gráficos y datos?

Aclarando que no considero al Sr. Revilla de lo peor que circula por las redes. Ni mucho menos. Pero me sirve como ejemplo.

Y, claro, si cedemos toda la palabra a políticos en activo, propietarios de periódicos y de cadenas de televisión, o a los manipuladores de masas que mandan a “chikiliquatres” a Eurovisión, les dejamos el campo libre.

Que es lo que quisieran. Ellos a adoctrinar, nosotros a tragar y a consentir.

Lo que, mira por donde, en este momento de esplendor, libertades y tecnología, es otra forma del “vivan las cadenas” del absolutismo, o el “pan y toros” del franquismo.

El enorme capote militar de Franco. Antifranquistas, antisistema, separatistas, y extrema izquierda en general.

Otra vez tenemos como programa prioritario de un gobierno de izquierdas llamar la atención tratando de ampararse bajo el capote militar de Franco. Pronto le tocará a la iglesia.

Francamente, y valga el casi juego de palabras, contemplando objetivamente el panorama desde el punto de las ideologías de los partidos y de sus confusas posiciones frente a los grandes cambios de la sociedad, casi lo único que mantiene unida a la izquierda española es la figura de Franco, aunque se la represente con el avatar y el eufemismo del “antifranquismo”.

Hace tres años, estando en Oporto, un taxista me dijo que era del Barça “porque el Real Madrid era de Franco”. Yo me hice el despistado y le contesté “¿Franco? ¿Qué Franco?” Se sorprendió de mi respuesta y me dijo “¡el dictador!”. Y yo, siguiéndole la cuerda, cerré la conversación informándole de que Franco había muerto hacia cuarenta años, que el Real Madrid era una sociedad anónima, que parte de sus dirigentes no le habían conocido, y que la plantilla actual de españoles no habían nacido cuando él murió. Ni que decir tiene los extranjeros.

No se quedó muy convencido, pero si bastante desconcertado.

Y esta anécdota, real, refleja lo que es la manipulación de los hechos y de las situaciones. Franco murió hace ahora 43 años y la guerra terminó hace 79. Sin embargo, los que no tienen mejores argumentos, continúan recuperando recuerdos y falsas memorias para agitar conciencias que, en su gran mayoría, no saben diferenciar entre lo contado y lo sucedido. Porque lo que ahora se llama posverdad, esa palabra no incluida en el diccionario pero que se acepta cuando “las aseveraciones dejan de basarse en hechos objetivos, para apelar a las emociones, creencias o deseos del público”. ¡Que buena definición!

Palabreja inventada por los políticos con la que tratan de cubrir con maquillaje las mentiras o las medias verdades que ellos mismos inventan. Y, como dice la definición, que no se apoya en hechos, sino en emociones. Y, como tales, sujetas al grave peligro de las manipulaciones. Ellos saben, como no, que los hechos se pueden describir, rebatir y dimensionar, pero que es casi imposible racionalizar las emociones.

En cuanto a la guerra civil y por mucho que intenten desfigurar los hechos, nunca se trató de una contienda entre gente muy buena, que moría, y gente muy mala que mataba.

En realidad, la guerra, lo que se llamó “alzamiento nacional”, lo encabezaron un grupo de militares apoyados por parte del poder económico y por algunas potencias extranjeras, en base a una situación social degradada, unas ideologías, y un concepto intervencionista del ejército, ahora impensable.

En este caso no se desarrolló exactamente como una contienda de bandos, así se produjo en las guerras carlistas por ejemplo, sino que desde el primer momento se trazaron líneas imaginarias sobre las superficie de nuestra nación, y que a todos los que les tocó a uno de los lados, militares, guardia civil, guardia de asalto, y los pobre reclutados, fueron catalogados como “rojos” o “nacionales” por esas cosas de estar en un lugar inadecuado en un momento inoportuno. Es decir: hubo Guardia Civil fiel a la república y Guardia Civil sublevada según la localización de los cuarteles, ejército adicto y ejército sublevado según el mismo criterio, y población civil atrapada entre estas líneas que separaban a los buenos de los malos. Solo que los buenos y los malos eran unos u otros, según desde donde se mirara.

Porque el porcentaje de voluntarios sobre reclutados fue muy bajo y el mito de las dos Españas, la de la mano alzada y el puño cerrado, solo fue el resultado de la propaganda y de los excelentes carteles que llamaban al combate.

Poniendo un ejemplo, quizás exagerado, convendría revisar algunas imágenes de la Corea de Kim Jong-un, y tratar de adivinar si todos los que agitan banderas cuando les dicen que las agiten, que lloran cuando les dicen que lloren, o que aplauden cuando les dicen que aplaudan, son “KinJonistas” o simplemente supervivientes.

¿Quién inventó en su propio beneficio lo de las guerras románticas? Como ejemplo de romanticismo aplicado para fines inadecuados, José Antonio Primo de Rivera, personaje muy interesante, muy utilizado, y poco analizado desde la objetividad, dijo en el discurso fundacional de la Falange Española que “a los pueblos no los han movido nunca más que los poetas, y ¡ay del que no sepa levantar, frente a la poesía que destruye, la poesía que promete!”.

Pero no fue la poesía ni los poetas los que movilizaron a los bocairentinos cuando estalló la guerra. Fueron las autoridades republicanas, en uno de los casos, y las de los sublevados en el otro, los que sacaron a los jóvenes de sus casas y les dieron un uniforme y un fusil.

Y que nadie os engañe. Pese a los reportajes de la época, pocos, muy pocos se fueron cantando con la ilusión de “acabar con los fascistas” o “con los rojos”. La inmensa mayoría se fue llorando amargamente por la dureza de su situación, arrancados de sus padres, hermanos, esposas e hijos, y por lo incierto de su futuro.

Ni fue la poesía la que alimentaba los motores de las camionetas conducidas por los que arrancaban de sus casas a gente de la retaguardia para meterlos en una checa, en una cárcel reglada, o para fusilarlos junto a una cuneta. Camionetas de los dos bandos, justicieros de los dos bandos. No eran poetas, no, ni mataban por libertades ni por ideales. Que no os engañen. Simplemente asesinaban.

Y a los que fusilaron al terminar la guerra tampoco les mató la poesía ni el romanticismo. Les fusiló una justicia sumarísima en la mayoría de los casos, adobada en muchas ocasiones por ajustes de cuentas, incluso entre familiares.

La poesía sirvió, eso sí, para atraer a jóvenes y no tan jóvenes a movimientos políticos o sociales que caldearon los ánimos pero, excepto minorías poco significativas, no fue la que llenó de muertos las trincheras. Para acudir a mítines y manifestaciones con banderas, cantos y soflamas, sí. Para ir voluntario a una guerra en la que matabas a gente que no conocías, gente del pueblo como tú, para evitar que ellos te mataran, pocos. Muy pocos.

Digan lo que digan los historiadores influenciados por sus propias ideologías, la guerra civil no fue una gesta. Fue, como todas, una guerra sucia y sin más razones que la falta de criterio de los políticos de la época. Y de los intereses.

Aunque también hubieron, ¡cómo no!, héroes en los dos bandos, porque ambos eran pueblo, que ayudaron a quienes pudieron, incluso con riesgos de sus vidas. Y no lo hicieron por ideales ni por romanticismo. Lo hicieron por lo que les quedaba de sentimientos y de solidaridad entre combatientes o entre gente de retaguardia.

Así pues, amigos míos, y salvando de la famosa “memoria histórica” a los anónimos que todavía quedan en las cunetas y que se merecen un entierro digno y el respeto de sus familias, todo esto es una gran farsa al servicio de una imagen desenfocada deliberadamente por intereses partidistas. Otra vez.

Y, por cierto, han cometido un gran error. Quitando tantos símbolos de la época de la dictadura, están eliminando la visualización del gran referente del mal. Por mucho que se empeñen, el franquismo no existe. Franquismo es el “régimen político de carácter totalitario que fue implantado en España por el general Francisco Franco desde 1936 hasta su muerte en 1975”, o en una segunda acepción que lo enmarca en el tiempo, “período histórico durante el cual hubo este régimen en España”.

Por lo que no dándose ninguna de estas circunstancias, el franquismo desapareció con la muerte de Franco, por un lado, y con la transición por el otro. Por mucho que se empeñen en mantenerlo con respiración asistida como en su tiempo se hizo con el propio general.

Y no sigan esparciendo la falsedad de que el Partido Popular es franquista, por favor. Es un partido conservador, demócrata, más que algunos de izquierda, mejor de extrema izquierda, que defienden la dictadura del proletariado por mucho que la envuelvan en las sedas y los tules del lenguaje y de los eufemismos, y similar, si no idéntico a los partidos conservadores de la Europa actual, que no han mamado en los pechos de Franco, ni compartieron su ideología.

Sin olvidar que la inmensa mayoría de nuestros padres, si fueron funcionarios u ocuparon algún tipo de cargo público, juraron fidelidad al Jefe del Estado y a los Principios Generales del Movimiento, por lo que según el leguaje de los puristas de la izquierda, fueron franquistas. ¿Memoria histórica? ¡Ya está bien de mirar a un pasado que los que lo vivieron tuvieron mucho interés en olvidar! Mi padre nunca me contó nada de la guerra, ni tampoco lo hizo mi suegro, si no fue para narrar alguna anécdota sin trascendencia. Tampoco lo hicieron mis abuelos maternos que vivieron a muy poca distancia de uno de los frentes, en la provincia de Palencia.

Pero ahora resulta que nuestros hijos y nuestros nietos, en sentido figurado, reclaman reparaciones por unos hechos que ni conocieron ni acaban de entender. Y quieren reclamar la “memoria histórica” de una historia distorsionada, contada por personajes que no la vivieron, pero que la utilizan como banderín de enganche para una supuesta justicia que ya saldó sus cuentas en el momento de la transición.

Porque de lo que no se habla, precisamente, es del mayor y mejor pacto que hicieron los políticos de la época renunciando a parte de sus reivindicaciones históricas en bien de la convivencia y del interés común. En bien del futuro.

Y ese pacto favoreció una transición, la española, que se estudió en todo el mundo occidental como modelo de cambio de régimen sin violencias ni rencores, y que propició una constitución de las más avanzadas de Europa y unas leyes modernas y garantistas. Incluso excesivamente garantistas.

Pero de eso no hablan los que defienden ideas totalitarias, porque es este pacto el que ahora quieren destruir, minimizando su importancia, y maximizando sus carencias y lo que se perdonó a unos y a otros. Son los que, en el fondo, no creen en la democracia representativa. Puede que crean en la asamblearia, pero solo si les conviene.

Excluyendo de estos grupos políticos a los independentistas que por su fanatismo y su sentido de la supremacía, quedan fuera de toda lógica y de todo análisis racional.

Y eso, a grandes rasgos, es lo que sucedió. Lo demás, no lo dudéis, son milongas interesadas de unos y de otros.

Las cosas en su punto – Iñaqui Urdangarin.

Dios me libre de defender a uno de los personajes más necios de la historia de la España moderna que teniéndolo casi todo y una vida cómoda y asegurada, se lanzó a empeños inexplicables, no se si por propia iniciativa o por pura estupidez al escuchar cantos de sirena de gente interesada y mucho más inteligentes que el propio personaje. Pero las dos alternativas del dilema no me suponen ninguna ventaja sobre su identificación como tramposo o como tonto útil.

Todo ello con grave perjuicio a la imagen de la Casa Real y a la propia monarquía, desconcertando a la opinión pública, empañando la imagen de su familia paterno-materna, y destrozando su propio núcleo familiar, especialmente sus hijos, a los que ha marcado con el estigma del abuso y la corrupción.

Dicho lo cual, me sorprende comprobar como somos y como nos comportamos. No hemos ganado nada. El ahora condenado ha pasado por las manos de la justicia sin ventajas y con algún que otro inconveniente, pero no, queremos más. Más sangre. Más morbo.

Urdangarin ha sufrido una Instrucción con bastantes sombras, con pena de paseíllo y telediario, y por la intervención dura de una acusación particular posiblemente más corrupta que el propio reo. Y por la propia instrucción del juez Castro que parecía querer estirar límites y razones.

Aunque todo esto, el castigo añadido por su popularidad, era de esperar por su propio comportamiento y por los delitos que cometió siendo quien era. Nunca me ha dado lástima.

Pero la justicia española, digan lo que digan, lo diga quien lo diga y lo diga todas las veces que quiere repetirlo, funciona con lentitud pero de forma implacable, y tras los dos recursos, el Supremo dictó sentencia definitiva. Hecho, el de la verdad judicial, que debería enorgullecernos por tener una justicia que aplica las leyes dentro de un estado democrático y con todas las garantías legales. Sea quien sea el infractor.

Y que contrasta con toda la propaganda maliciosa e interesada que los independentistas catalanes, encabezados por el Sr. Puigdemont, han lanzado por oriente y occidente cuestionando esta imparcialidad y hasta nuestra democracia.
Pero llegados a este punto, el Sr. Urdangarin ha sido condenado por la justicia y es hora de que recuperemos la razón. En contra de lo que se está diciendo como si fuera verdad, ha pagado las cantidades que le exigieron los jueces, incluso tienen que devolverle una pequeña parte, y tiene condena firme.

Y, como todos los reos en sus mismas condiciones, puede elegir la cárcel en la que quiere ingresar porque no ha sido encarcelado directamente por orden del juez, aunque la justicia se reserva el derecho de cambiarle a otra si lo estima conveniente. Es un derecho que tiene él y que tendríamos todos en sus mismas condiciones. Todos. Sin excepción. Sin ninguna excepción. Sin que este hecho suponga un trato de favor.

Y ha elegido una cárcel que se titula como “de mujeres” porque, efectivamente, casi todos los módulos son para mujeres. Pero también tiene un módulo de hombres, aunque sea de poca capacidad. Luego, en contra de lo que se está divulgando intencionadamente, es una cárcel “mixta”.

Y este señor, ejerciendo sus derechos, como hacen todos los que están en sus mismas circunstancias, la ha elegido por las razones que estime conveniente. Supongo que por su proximidad a Madrid y porque tiene garantizada la intimidad a cambió de la soledad. La misma cárcel y la misma celda que ocupó en su día Roldán, el que se quejó del frio y provocó una reparación en la calefacción del módulo de hombres.
Pero en esta España de nuestras desdichas surgen como moscas los salvapatrias y las “tricoteurs” o “tricoteuses” ociosas que esperan las ejecuciones públicas haciendo punto. Y no solo esperan la ejecución. Esperan contemplar el entierro y como se descompone el cadáver del ajusticiado.

Tengo la absoluta seguridad de que este está pagando en justicia por los delitos que ha cometido. Y también su familia. ¿Qué más se espera que hagamos? Pero para muchos no es suficiente. En una España de “realitis” quieren fotos en la cárcel, ver como sufre. Y para algunos, no estaría de más que le violaran en las duchas o en cualquier rincón. Como les ha ocurrido a otros hijos de vecino.

Lo que me desconcierta y desmoraliza es que actitudes como las que describo no están limitadas a “gente ignorante”. Hay mucho supuesto intelectual que defiende que el morbo y la sangre debe incorporarse a la identidad española. A nuestro perfil psicométrico como españoles.

Conmigo que no cuenten.

Inmigrantes y refugiados. Una aclaración necesaria.

Es muy frecuente que las redes sociales crucen mensajes malintencionados sobre el tratamiento que España está aplicando a los extranjeros que llegan a nuestro país por alguna razón. Ahora mismo se está diciendo que todos los que están a punto de llegar a España serán tratados como refugiados políticos.

Mensajes destructivos, xenófobos, racistas, y falsos, que comparan supuestas injusticias entre jubilados o parados españoles, con pocos recursos, con la abundancia de “favores” que recibe cualquiera que llega a nuestro país.

“Cada moro nos cuesta entre 10mil y 20mil euros”, acabo de leer.

El primer supuesto es el del inmigrante. Su definición es “persona que llega a un país o región diferente de su lugar de origen para establecerse en él temporal o definitivamente”.

Y puede llegar al país de destino de forma legal, con permiso de trabajo, incluso amparado por algún convenio entre países. Pero muchos de ellos entran de forma irregular, por lo que son ilegales.

En este caso las normas de la UE, no solo las de España, dictan que cada país debe identificar a los que están dentro de sus fronteras y devolverlos a sus países de origen. Mientras deberían estar en centros de acogida, (la mayoría no quiere porque tiene amigos o familiares que les ayudan a sobrevivir) y lo normal es que se atiendan algunas de sus necesidades básicas, como la sanidad en las urgencias hospitalarias o en los ambulatorios, según criterios de cada comunidad.

Pueden recibir alguna ayuda social de entidades y ONG’s, pero en ningún caso perciben salarios del estado, ni tienen acceso a viviendas gratuitas.

¿Cuál es el problema? Que muchos de ellos tratan de evitar las deportaciones destruyendo su documentación y ocultan su procedencia, lo que complica mucho la extradición. También es frecuente que finjan tener menos años que su edad real porque hay un tratamiento especial para los menores de edad. Es picaresca de inmigrante, pero muy comprensible dada su situación personal y lo mucho que les ha costado llegar a España.

El otro gran colectivo, aunque sea menor que el que sale de su país en busca de una vida mejor, es el de los refugiados. Su definición es: “persona que se ha refugiado en un país extranjero a causa de una guerra o de sus ideas políticas o religiosas”, y su tratamiento está reglado por la ley “12/2009, de 30 de octubre, reguladora del derecho de asilo y de la protección subsidiaria”.

Es decir, son personas que huyen de una situación de riesgo por circunstancias determinadas y ajenas a su voluntad, y que tienen intención de regresar en cuanto pase el peligro porque mantienen propiedades y lazos afectivos con su país de procedencia.

La ley sí que protege a este colectivo y les presta ayudas importantes por un período de tiempo, creo que son dos años, durante los cuales tienen derecho a vivienda, a escolarización de sus hijos, a cursos de idioma y de adaptación a su país de destino, permiso de trabajo a partir del sexto mes, y una asignación económica mensual. Todo ello proporcional a la composición de cada núcleo familiar.

Terminado este periodo, y si continúan en España porque no se han resuelto las condiciones que les obligaron a salir de su propio país, se quedan sin las ayudas y las prestaciones, y pasan a depender de sus propios recursos y/o de las ayudas que reciban de Cáritas o de las otras ONG’s.

La acreditación de refugiado es muy complicada de obtener, especialmente si proceden de naciones que no están en guerra y aluden persecución política o similares.

Así pues, y se diga lo que se diga en los medios de comunicaciones o en alguna declaración confusa de responsables de la administración, los que llegarán a Valencia a bordo del Aquarius y de los otros dos barcos recibirán un tratamiento individualizado para saber a que grupo pertenece y obrar en consecuencia.

Por lo que, lamentablemente y después de todo un periplo de miserias, peligros y desventuras, muchos de ellos serán repatriados a sus países de origen meses después de su partida, deteriorados físicamente, y más pobres porque han sido engañados por las mafias que se ocupan de estos menesteres. Otros no podrán regresar porque habrán muerto.

Por lo que es muy peligroso y especialmente indignante que se haga demagogia política con un tema tan sensible. La única solución posible al fenómeno de la inmigración ilegal pasa por un acuerdo firme de la Comunidad Europea en cuanto a los cupos de recepción que corresponden a cada país, negociando con terceros países la forma legal de que vengan a España sus ciudadanos, potenciar el desarrollo en esos mismos países de origen para que no tengan que buscar otros horizontes de progreso, y perseguir duramente a los que hacen negocio con este fenómeno. Y no solo a los patronos de las pateras, también a muchos gobernantes corruptos de sus países que se apoderan de una parte considerable de lo que reciben como ayudas para el desarrollo.

Todo lo demás son mentiras. Y no cabe el desconocimiento de la realidad porque los populistas que utilizan la sensibilidad como argumento para lo que sea, conocen mucho mejor que yo la normas y la leyes, y también saben que los países tienen el derecho y el deber de proteger sus fronteras.

La sentencia sobre el caso Nóos e Iñaqui Urdangarín.

El Tribunal Supremo ha fallado sentencia definitiva sobre el caso Nóos y, en el caso de Urdangarín, le ha condenado a casi seis años de cárcel. Cometió delitos desde una posición privilegiada, con lo que robó a los entes autonómicos que se dejaron robar, perjudicó la imagen de la Casa Real y hasta la de la propia nación, aunque no tanto como dicen porque, mire Ud. por donde, el que se haya producido la sentencia acallará muchas voces que pregonan en el extranjero que España no es un país democrático.

Nada que objetar porque ni entiendo de leyes ni entendería los argumentos jurídicos que ha empleado el tribunal para justificar la sentencia, pero tengo claro que este país necesita mucho detergente y mucha lejía para lavar y desinfectar los malos hábitos, y que es bueno, muy bueno, que el que comete o ha cometido delitos responda por ellos.

Y también tengo claro que existe lo que se llama “verdad judicial”, que es la que se describe en los autos, basados en hechos probados. Lo demás son opiniones más o menos interesadas y juicios de valor.

Y me parece comprensible que “el vulgo”, entre el que me incluyo, dicte sentencias en juicios paralelos y condenen a imputados o investigados con solo verles la cara, como si cada uno de nosotros fuéramos el mismísimo tribunal de la Haya. ¡A nosotros no nos engañan!

Creo firmemente que las leyes españolas, intoxicadas por “buenismos” y excesivamente garantista, necesitan una actualización urgente, pero es la que tenemos y la única que los jueces pueden aplicar, con mucho menos margen de interpretación de lo que creen los sabios por un día en las tertulias radiofónicas o televisivas. Los que tendrán o no carreras universitarias, pero no han opositado para la judicatura ni para la carrera fiscal. ¡Para que, teniendo ciencia infusa!

Visto desde fuera, no parece que haya un equilibrio justo entre según que delitos, porque se dictan sentencias por robar, en cualquiera de sus formas, castigadas con muchos años de cárcel, y otras, también por robar, con condenas más livianas según todos los agravantes que concurran en cada caso a criterio del tribunal. Y, con total seguridad, todas ellas perfectamente justificadas.

O que Correa tenga una condena muy superior a muchos asesinos. O que un joven pueda salir prácticamente limpio de polvo y paja tras cometer delitos extraordinariamente graves porque es menor de edad, cuando no lo es para tomar otras decisiones de mucho calado, como cambiar de sexo o abortar sin autorización de sus padres y sin necesidad de que se les consulte, o como que el estar drogado pueda ser un atenuante en muchos casos de homicidio imprudente, por citar algunos ejemplo.

Por eso dejo que los jueces dicten sus sentencias, en primera instancia o tras los recursos, en todos los casos, sin tratar de enmendarle la plana, como tampoco se la enmiendo al cirujano que interviene a un familiar, o al piloto que nos lleva a diez mil metros de altura en cualquier condición meteorológica. Ellos son los expertos, los profesionales.

Pero estamos en España y, aunque afortunadamente parece que el fenómeno va remitiendo, tenemos nuestros jueces estrella, pocos entres los muchos miles que se ponen la toga cada día, y/o nuestros políticos estrella, en este caso casi todos, que tienen que decir la última palabra, porque, naturalmente, saben más que todos, y de todo.

Y todo esto viene a cuento de que he leído declaraciones del Juez Castro y de Ximo Puig, más papistas que el papa, poniendo peros y puntualizando aspectos de la sentencia. Que no se si habrán leído, por cierto. El mayor error real, el que les anima a juzgar lo juzgado y sentenciado, es que la sentencia no se corresponde con lo que a ellos, como a muchos otros, les gustaría. Pero uno es juez, y el otro Presidente de la Generalitat Valenciana. Y deberían ser mucho más prudentes porque están obligados a una pedagogía social por los cargos que ocupan.

Al parecer, el juez Castro sabe más de leyes que el Supremo de Baleares y el Supremo-Supremo de Madrid. Y Ximo Puig da la impresión de que está poniendo sus barbas a remojar, porque la corrupción del PP valenciano no dará mucho más de sí, y puede que el PSOE y alguno de sus socios de gobierno se lleven algún disgusto.

De otros no opino porque casi me produce ternura por la magnitud del disparate, cuando escucho argumentos contundentes en favor de que Urdangarín, no el resto de los presos, entren en prisión “ya”. O las conclusiones que se derivan de esta sentencia para familiares, amigos e incluso la Casa Real.

Pero nosotros a lo nuestro. A criticar a los profesionales. A decirle a cada entrenador que alineación debe poner sin haber visto los entrenamientos el equipo, sin conocer los informes médicos, sin haber hablado con los jugadores, y sin tener, ¡para qué!, carnet de entrenador.

España, país de expertos en todo.

Hablemos de la FAES, Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales

Animado por la actitud versallesca de José Maria Aznar con su partido, y con su generosa oferta de ayudarles a volver al redil, me he interesado por “quién y qué” es la Fundación FAES. Y me he llevado varias sorpresas.

En primer lugar he podido identificar a los vocales de la Fundación. Unos me gustan mucho, otros me gustan, y algunos no me gustan nada. No daré los nombres de cada una de estas agrupaciones porque es una opinión muy subjetiva y no acostumbro a opinar sin conocimiento de causa, pero constato que uno de ellos es Eduardo Zaplana.

Se trata de personas que, en general, han prestado grandes servicios a la nación, servicios muy importantes y con un gran esfuerzo personal, pero en otros tiempos y otras circunstancias.

La España de 2018 se parece muy poco a la de hace quince o veinte años, y sus riesgos, sus retos y sus oportunidades son totalmente diferentes. No parece, en términos generales, el equipo más adecuado para aportar ideas de futuro porque casi todos ellos tienen marcas y heridas de guerra que pueden condicionar sus opiniones. Es un grupo demasiado compacto, con poca mezcla de edades y de sensibilidades. Dando por sentada su honorabilidad y su mejor intención, que la doy, han asistido a demasiados funerales y visto morir a muchos amigos.

Y ¿cómo se financia?

En un momento dado José Maria Aznar decidió que FAES debía desvincularse del PP, con lo que ganaba en libertad de acción y de opinión, y que se financiaría por aportaciones de entidades o de particulares, que podían hacer donaciones públicas o anónimas.

Donaciones de las que, por lo que parece, FAES “no estará obligada a informar al Tribunal de Cuentas de las que superen los 25.000 euros”.

Entiendo, y es una suposición, que FAES no está obligada a informar porque la información la habrán proporcionado los donantes a Hacienda, si son particulares, o a los organismos correspondientes si son entidades.

Pero, leyendo sus normas de funcionamiento, en el apartado de “Transparencia y control”, se dice textualmente:

FAES se financia con aportaciones privadas, tanto de particulares como de empresas, cuya transparencia está garantizada con el cumplimiento de los requisitos establecidos en la legislación vigente. Adicionalmente, la Fundación hace público el informe anual de auditoría.

Los donativos realizados a la Fundación son fiscalmente deducibles. La Fundación se encuentra acogida al régimen fiscal de la Ley de Mecenazgo (Ley 49/2002, de 23 de diciembre) y, por ello, los donantes personas físicas tienen derecho a aplicar una deducción en la cuota íntegra del IRPF de 2015 del 50% (75% a partir de 2016) de los primeros 150 € donados (por contribuyente/año respecto a cualquier donación a entidades beneficiarias del mecenazgo) y del 30% o del 32,50% (35% a partir de 2016) del resto de la donación efectuada, todo ello en función del importe de los donativos realizados a la Fundación en los últimos dos años.

En el caso de donantes personas jurídicas, la deducción en la cuota del Impuesto sobre Sociedades será del 35% o incluso de 37,50% (40% a partir de 2016), todo ello en función del importe de los donativos que nos hayan realizado los últimos dos años. Esta información fiscal es meramente informativa y la Fundación no se responsabiliza de una incorrecta aplicación de la misma.

Mi primera sorpresa es que FAES está acogida a la Ley de Mecenazgo, como si fuera una empresa de interés social, como Cáritas por ejemplo, por lo que sus donantes gozan de beneficios fiscales. ¿Por qué razón?

Seguro que no es la única fundación asociada a otros partidos, sindicatos o entidades similares que tienen los mismos privilegios, pero el hecho es que estamos subvencionando con nuestros impuestos a fundaciones y grupos de opinión creados para apoyar a partidos o a determinadas corrientes ideológicas.

Y luego viene lo inesperado. Buscando información de prensa, no tengo otra, leo en el diario Público que “FAES recibió más de 26 millones en subvenciones en los últimos diez años”, con algunas curiosidades. Reproduzco parte de la información:
FAES (Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales), la fundación presidida por José María Aznar ha recibido, al menos durante estos dos últimos años, una subvención anual de la Generalitat de Catalunya de 67.703 euros, según la información publicada en Vozpópuli, que ha tenido acceso a las últimas cuentas de la fundación del expresidente del Gobierno.

Según las últimas cuentas de FAES, el motivo de esta donación es el de “estudios o actividades para entidades vinculadas a partidos”. La Generalitat de Catalunya no ha sido la única que ha subvencionado a la FAES. La Diputación de Barcelona proporcionó a la fundación de Aznar una subvención “para actividades de concesión directa”: un total de 24.069 euros en 2014 y 25.000 euros en 2013.

A pesar de la conocida oposición de José María Aznar al desafío soberanista de Artur Mas, la fundación que preside, tal y como aparece en su memoria de actividades, ofreció durante el año pasado una serie de cursos centrados en el proceso de secesión de Catalunya, “especialmente el que el presidente de la Generalitat Artur Mas ha puesto en marcha”.

´

Realmente extraño. FAES recibiendo dinero de los organismos oficiales de Cataluña, partidarios de la secesión.

Desconozco el contenido de los cursos, pero parece una gran contradicción. Y en cualquier caso, es evidente que FAES, que arrancó como Fundación al servicio del PP, ha ido derivado hacia posturas incomprensibles para los que lo vemos desde fuera. Como si fuera un pedestal para soportar el ego de nuestro ex presidente.

Zapatero decía que “la tierra no pertenece a nadie, salvo al viento”, otros que “la nación es un sentimiento”. A Fraga se le atribuye la frese “la calle es mía”, que parece que nunca dijo. El presidente actual Sánchez dice que España es “una nación de naciones” y otros, muchos, dicen directamente que España es una mierda, con perdón, o que los españoles no catalanes de cincuenta generaciones, sin mezcla, somos una raza inferior.

Cosa que ya dijo nuestro recordado Javier Arzallus, el ex jesuita, cuando proclamó la peculiaridad del ADN de los vascos.

Divide y vencerás. ¿Alguien se está dando cuenta de que están pretendiendo fraccionarnos genéticamente de forma artificial como lo estábamos, de verdad, cuando llegaron las tribus celtas a la península ibérica? Entonces eran grupos de población aislados y “puros” como raza. Ahora no hay nadie en el mundo, afortunadamente, que no incluya en sus marcadores genéticos muchos registros de mil razas, como ocurre con los antiguos perros callejeros.

Y que todos nosotros, incluso los más sabios del mundo, los vascos, los catalanes más catalanes, o los neozelandeses más negros de Nueva Zelanda, tenemos un ADN común en un 90 % con los chimpancés, en un 88 % con los ratones, o en un 84% con los perros.

Hace sesenta años el régimen afirmaba con grandilocuencia que España “era una unidad de destino en lo universal”. Ahora, gracias a los que ahora nos dirigen, mejor manipulan desde la política, las fundaciones, el gran capital, los sindicatos, los “club de encuentro” con trampa, o desde cualquier punto sostenido por dinero interesado o por subvenciones que pagamos nosotros, esta sociedad que tanto adelantó gracias a la transición y a la generosidad de todos los españoles, deberían decir que a España “la tenemos hecha unos zorros”.

O eso parece. Pero, créanme, no es verdad.

José María Aznar López, paradigma de mesianismo político

Acabo ver al que quiere seguir siendo el muerto en este entierro, Don José María Aznar López, y me he quedado de piedra. No solo fue el que nombró a casi todos los que han acabado con el partido y en la cárcel, sino que, atrincherado en su puesto en FAES, la que tiene como objetivo “nutrir el pensamiento del centro liberal reformista con propuestas políticas que influyen en la toma de decisiones y repercuten en la opinión pública”, ha estado torpedeando a Mariano Rajoy, porque no le ha hecho ni caso. Y ha hecho bien en ignorarlo.

Él, que tuvo la enorme generosidad democrática de designar a dedo a su sucesor, se encontró con la ingratitud de que no atendiera sus acertadas sugerencias. Incomprensible.

Y en pleno ataque de despecho, Incluso ha coqueteado con Ciudadanos porque su líder, no se si aconsejado por su sus patrocinadores, se apunta “a lo que haga falta”.

Me he quedado de piedra, repito, cuando se ha atrevido a ofrecerse para la reconstrucción del centro derecha español. Ese que él, con su actitud, ha ayudado a debilitar.

Hizo cosas buenas en su primera legislatura, pero la verdad es que cada vez me acuerdo menos de cuales fueron. Con amigos poco recomendables y revestido de un mesianismo que no le corresponde, cada vez tiene más un aire de momia política que se resiste a convertirse en polvo.

Por cierto y por si los jóvenes no lo recuerdan, creo que José María Aznar también tuvo mucho que ver con que el PP perdiera las elecciones en el año 2004. Y lo fue porque siendo presidente le faltó la iniciativa política de dar la cara por el gobierno y controlar el flujo de información, permitiendo que Ángel Aceves se dijera y contradijera de forma precipitada, apuntando diversas auditorías del atentado a remolque la presión de los medios de comunicación, con el resultado de que el PSOE, en aquel caso Rubalcaba, acuñara el slogan de que “el gobierno nos miente”.

Lo mismo había ocurrido en el año 2002 cuando se produjo la catástrofe del Prestige y mandó a Mariano Rajoy a que se comiera el marrón de la reacción ciudadana, cuando debería haberse personado en Galicia el mismo día del hundimiento, asumiendo las responsabilidades políticas, si las hubo, y haciendo frente a las protestas de los afectados.

Así que, Sr. Aznar, menos lobos. Porque lo único que ha encabezado fueron los primeros planos con Nixon en la casa blanca, cuando creía que ese apoyo le iba a proporcionar un importante rédito político en lo personal. Otro acierto.

No se quien soporta a FAES ni que se trae entre manos, pero sugeriría que le den las gracias por los servicios prestados, y le liberen de sus obligaciones en la fundación para que vaya a ganar dinero con sus cosas y sus asesorías.

O que se ofrezca a liderar a Ciudadanos y a Vox. Seguro que cualquiera de los dos le recibirían con los brazos abiertos. O tampoco.