Parece que son obsesivos, pero no. La potencia del relato y la maldad de los relatores “sanchistas”.

Yo mismo he comentado algunas veces, como hacen otros, lo inmoral y antidemocrático que es ver a ministros del gobierno o a su portavoz, cuestionando, casi atacando directamente, actuaciones de jueces, a los que tildan de tendenciosos y cargados de ideología.

Pero, como yo siempre me pongo en lo peor, pienso que el objetivo de lo que parece una torpeza no puede ser parar ningún proceso porque saben perfectamente que no lo pueden conseguir, como tampoco podrán influir, ni para asustar ni para cabrear, a los jueces afectados por las críticas.

El objetivo real, me temo, es machacarnos con los relatos de cada día para convencernos de que los jueces, al menos muchos de ellos, son como los políticos y, desgraciadamente, como cada vez más periodistas que se mueven a impulsos de ideologías o de intereses.

Y, como el sanchismo tiene el mejor marketing político de los que he conocido en democracia, aunque sea para mal, tan focalizado en meter en la cabeza de los españoles lo que ellos necesitan que creamos, como hacía la dictadura de Franco, lo están consiguiendo en una parte de la sociedad española, especialmente entre los que no siguen los detalles de la actualidad política y se alimentan de titulares de prensa, comentarios de terceros, en redes sociales o en tertulianos sabelotodo.

Ciudadanos que ignoran que los jueces son otra cosa. Hombres y mujeres que han dedicado muchas horas de su vida a prepararse para ganar una oposición durísima, que dedican su vida profesional a estudiar denuncias y dictar sentencias ajustadas a la legislación vigente, con muy poca horquilla para las interpretaciones

Sentencias que pueden ser recurridas, excepto las del Supremo y jueces que están sujetos a una vigilancia extrema por su propio organismo, que castiga de forma ejemplar la prevaricación o las desviaciones de cualquier tipo que no se ajusten a derecho.

Y que, además, en general, son impermeables a la opinión pública y a los juicios paralelos como se ha demostrado en muchas ocasiones desde que tenemos democracia.

Y si todo esto es cierto, los jueces del Supremo son el sumun de la experiencia, la profesionalidad y el magisterio legal.

Y como el sanchismo lo sabe, está empleando todo tipo de subterfugios para torcer en su favor la vara de la justicia, desde dejar caer propuestas de que a los jueces se les nombre sin necesidad de oposición o barbaridades similares, o cambios en las leyes, como ocurrió con la amnistía y pretenden hacer con la que ya llaman “ley Begoña” que podría dejar impunes al presidente y a todo su entorno de cualquier delito que hayan podido cometer.

O hacernos creer que el Constitucional, trufado de adictos a la causa, es un tribunal de casación cuando no lo es porque no pertenece al Poder Judicial. Su función se limita a comprobar si en las causas recurridas se ha dictado sentencia de acuerdo con la Constitución, sin interpretaciones folclóricas, como la que facilitó la amnistía de los ERES de Andalucía, la que según los sanchistas <<han puesto las cosas en su punto>> y se han respetado los derechos de los encausados.

Si las sentencias se han ajustado a derecho, lo dictamina el Tribunal Supremo de Justicia que es el máximo organismo capacitado para hacerlo.                 

Y lo mismo, exactamente lo mismo, digo de los fiscales, que sufren los rigores de las mismas oposiciones y que tienen como misión defender la verdad, no acusar a los investigados como opinan muchos españoles.

Fiscales que, para su mal, tienen una dependencia orgánica del fiscal general, que a su vez es elegido por el gobierno, aunque tengo la seguridad de que la inmensa mayoría de ellos son independientes en sus actuaciones.

Con el daño añadido de la contaminación sufrida por la actuación del propio fiscal general, el que debería ser paladín de la defensa de la verdad, como he comentado, y se ha dejado involucrar en tramas políticas inconfesables por ilegales.

Como pedir que Dios nos proteja, cosa que espero, puede ser considerado como fuera de lugar por algunos, repetiré la frase con la que el adivino Espurina advirtió a Cesar de los males que le iban a sobrevenir: “¡Guárdate de los idus de marzo!”, le dijo.

También, visto lo visto, marzo de 2025 puede ser un mes de muy mal augurio para todos nosotros.

Valencia, 16 de enero de 2025

José Luis Martínez Ángel

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