Óscar López y Diana Morant, las manos sucias que hurgan en la podredumbre.

El presidente Sánchez decidió emplear su arma más rastrera contra la presidenta Ayuso y nombró ministro a Óscar López Águeda, uno de los más cualificados en la guerra sucia contra el PP en general y la presidenta Ayuso en particular, para que, inmediatamente, se postulara para la secretaría del PSOE-M después de que el aparato descabezara a Juan Lobato, un hombre mucho más correcto que los que le han sucedido, aunque también mantuviera duras batallas contra la presidenta de la comunidad.

Y a fe que se ha notado la nueva estrategia: resucitar causas archivadas del entorno de Ayuso y, lo que es imperdonable, desenterrar a los muertos del Coronavirus para volverlos a matar, esta vez por orden directa de la presidenta.

Basura y podredumbre. Todos sabemos que los muertos del Coronavirus lo fueron por muchas causas, siendo la ignorancia de la magnitud de lo que se nos venía encima y, por tanto, la falta de medidas preventivas o ejecutivas en los primeros momentos, lo que más influyó en que tuviéramos el enorme número de fallecidos.

Muertes que, por cierto, son muchas más que las contabilizadas por el gobierno de la nación.

Y, claro, según esta propaganda rastrera, parece que, entre todas las residencias de España, solo murieron ancianos en las de la Comunidad Madrileña, cuando, desgraciadamente, es un hecho que murieron muchos y en otras muchas.  Injustamente, de muy mala manera, pero, posiblemente, de forma inevitable.

Porque la tropa canallesca sabe perfectamente que la sanidad pública se vio ampliamente superada por el número de urgencias, ya que no hay sanidad pública en el mundo capaz de soportar semejante avalancha, incluso con la ayuda de la privada, que también se produjo.

Y fue inevitable que los responsables de esta sanidad establecieran un triaje previo para determinar a quién podían atender en las camas de UVI disponibles, muchísimos menos de los que realmente deberían haber sido atendidos. Y, aplicando decisiones de guerra, fijaron prioridades en los ingresos tomando decisiones tan drásticas como necesarias.

Y así determinaron que muchos enfermos se quedaran en sus casas en habitaciones aisladas del resto de los habitantes de la vivienda, muchos de los cuales murieron después de contagiar a alguno de sus familiares. Incluso cerraron ambulatorios y determinaron que se utilizaran las citas telefónicas, cuando la atención se demoraba días o era imposible establecer cualquier comunicación telefónica con los propios ambulatorios y mucho menos con los médicos de familia.

O, también, que muchos ingresados en residencias se quedaran en ellas atendidos lo menos mal posible por los empleados de dichas residencias y por personal sanitario que los visitaba puntualmente, estimando que muchos de los residentes no podrían soportar los traslados a un hospital, ni mucho menos el durísimo tratamiento necesario para sobrevivir. Y que otros más jóvenes, es muy duro decirlo, tendrían más esperanzas de conseguir superar la enfermedad.

Y eso es lo que pasó en Madrid y en toda España. Nadie que no fuera el virus mató a nadie, bien directamente, porque se añadió a otras patologías ya existentes en los afectados, por la falta de atención médica de muchos, o por la debilidad física de los más mayores.

Medidas muy duras, insisto, que causaron la muerte de unos, pero también salvó la vida a otros. Medidas que también traumatizaron a los que debieron tomarlas, muchos de los cuales también fallecieron tratando de salvar vidas y que habían estado aislados voluntariamente de sus familias para no contagiarlas.

Me refiero, naturalmente, a los héroes de la pandemia, el personal sanitario y también muchos cuidadores de ancianos en las residencias que no quisieron dejarles solos en semejante situación y decidieron seguir ayudándoles.

Y el inestimable papel de los farmacéuticos de toda España que se dejaron la piel ayudando como podían a los que acudíamos a las farmacias y buscaban mascarillas por todos los laboratorios, mascarillas que compraban y tenían que vender a precio de oro.

Y a los miembros de las fuerzas de orden público y de otros colectivos, también con muchas bajas, que se mantuvieron al pie del cañón hasta el día en el que pudimos quitarnos las mascarillas y recuperamos aquella extraña especie de <<vida normal>> que sucedió a la pandemia.

Y dos consideraciones: En aquel momento Pablo Iglesias era vicepresidente del gobierno y responsable de Derechos Sociales y Agenda 2030 y Salvador Illa ministro de sanidad. ¿Qué cometieron errores? Claro que sí. ¿Qué fueron responsables directos de algunas muertes? Claro que no.

Porque en la pandemia, visto de modo global, hubo mucha gente que salvó vidas y nadie que deliberadamente, o por falta de atención, provocara muertes.

Y eso es lo que sucedió en Madrid y en toda España.

Por cierto: la presidenta Ayuso fue la única que decidió montar en tiempo récord un hospital de emergencias, el Enfermera Isabel Zendal, que sustituyó al provisional montado en el IFEMA y que tenía como destino final quedar como <<reserva durmiente>> en previsión de nuevas pandemias.

Decisión que provocó manifestaciones y más manifestaciones encabezadas por la ahora ministra de sanidad Mónica García, entonces portavoz de Mas Madrid en la asamblea de su comunidad y azote personal de la presidenta Ayuso, alegando falta de medios y otros pretextos políticos.

La misma estrategia política canallesca que está empleando la actual ministra de Ciencia, Diana Morant, recién nombrada secretaria del PSPV-PSOE, que desveló públicamente que, en las autopsias de los muertos en la Dana valenciana, se descubrió <<que tenían los pulmones llenos de barro>>.

Algo, lo de Madrid y lo de Valencia, que va contra el mínimo sentido común y contra cualquier estrategia recomendada por psicólogos y psiquiatras, que tratan de que las personas que han perdido familiares en cualquier catástrofe lloren el duelo y asuman la pérdida.

Estos canallas, repito, prefieren mantener vivo el dolor de los familiares, incluso avivarlo, para que odien a supuestos asesinos, Ayuso y Mazón y obtener rédito político a su sufrimiento.

Me temo que es tal la degeneración personal de muchos de los cargos actuales de la política que, encima, dormirán felices pensando que lo prioritario es <<servir a la causa>> que, en definitiva, es como servirse a si mismos, aunque tengan que destrozar la vida a personas en debilidad y con los sentimientos a flor de piel.

Maldita sea su causa porque no respeta los mínimos fundamentos de la ética ni del respeto que merece el resto de los ciudadanos.

Esto no va de política, sino de humanidad, en Valencia, el 16 de marzo de 2025

José Luis Martínez Ángel    

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