Otra vez llega la hora de guardar trajes de fiesta y armamento entre bolas de alcanfor, los primeros, lejos del alcance de los niños, los segundos.
Un año más, los empleados municipales terminan de retirar los últimos restos de confeti por las calles del pueblo, que aparece limpio y como recién lavado, como si no hubiera pasado nada.
Pero si que ha pasado. Un año más las fiestas de Moros Y Cristianos han coloreado las calles del pueblo, mientras el fuerte trompeteo y el rotundo percutir de los timbales han hecho temblar las paredes de las calles en un sonido que agradecen como contraste al incómodo petardear del tráfico rodado tan habitual el resto del año.
Y la gente que no nos conozca se irá satisfecha de lo que ha visto, pensando que estas fiestas patronales, las principales, son un disfrutar durante cuatro o cinco días, luciendo palmito y aguantando los rigores de un febrero que en muchas ocasiones se muestra poco colaborador.
Porque ellos no saben que no, que estos días son el culmen de todo un año de trabajo, de proyectos, de reforzar la camaradería de cada comparsa en esos sábados de <<maset>> o esas fiestas intercaladas a lo largo del año.
Los <<forasteros>> se habrán sorprendido de ver lágrimas en muchos ojos cuando San Blas recorre las calles del pueblo y entra en esa plaza de luces apagadas y corazones encendidos, anunciado por el voltear de las campanas de la iglesia, siempre capitaneadas por esa que bautizaron como <<Blaii>>, en honor del Santo Patrón, poderosa, solemne y grave, secundada como pueden por la <<Santa Teresa de Jesús>>, la más pequeña, y por el resto de las que pueblan ese antiguo campanario restaurado en su día, cuando el terrible terremoto de Montesa decidió abatirlo para que renaciera de sus cenizas, como el Ave Fénix.
<<Laudate Deum insimbalis dene sonantibus>>, <<alabad a Dios con campanas sonoras>>, reza la leyenda de la maza mayor del reloj que marca las horas en el mismo campanario, lamentando no poder unirse a la alegría de sus hermanas mayores, las que durante siglos anunciaron al pueblo tristezas y alegrías, o acompañaron al culto de cada día como era su obligación y su devoción.
Y luego, la locura. San Blas cruza el dintel de la iglesia de vuelta de su paseo anual por esa parte del barrio medieval y esa otra del más evolucionado, y la bóveda de cañón del templo, recibe y rebota los miles de <<¡¡Vitol al patró Sant Blai!!>> que lanzan en su honor los allí presentes, en su propio nombre y en el de sus familiares ausentes por enfermedad o porque pasaron a esa mejor vida que se nos ha prometido.
Todos, absolutamente todos, nos acordamos de nuestros padres. Todos, absolutamente todos, vibramos de tradición y devoción. La primera en todas las gargantas, la segunda según conciencias. Pero todos, absolutamente todos, seamos más o menos de iglesia, rogamos a San Blas por nuestras familias y, como no, por nuestras gargantas.
Y ese es un vínculo muy fuerte con la Divinidad, aunque sea a tiempo parcial, como tantas otras cosas en este mundo tan confuso que nos ha tocado vivir.
Y luego el himno, a toda voz, que finaliza con esa alzada de la imagen que los Granaderos ejecutan cada año con la misma emoción que el anterior.
Con un <<Honra y gloria…> arranca el himno, con lágrimas y emociones termina.
Y luego, al día siguiente, la batalla y las embajadas que recuerdan la conquista y la reconquista, condensado en unas horas de la mañana y otras de la tarde lo que fueron siglos de nuestra historia y nuestra cultura.
Garrido el atacante que ha llegado al pie del castillo abriéndose paso hasta el lugar disparando sus arcabuces y sus mosquetes. Digno el perdedor que se defiende como puede del enemigo con todo su armamento, sabiendo que ha llegado la hora de la rendición o la muerte.
Y luego, en algún rincón de nuestra ermita mayor, la situada en una colina despoblada de nuestro límite norte, un capitán moro que reflexiona sobre lo esencial de la vida y su razón de ser antes de tomar una gran decisión.
Todo termina, pero no, todo continúa. Continuará en actos y fiestas gracias al entusiasmo y el buen hacer de los que sobrevivan los trecientos sesenta y cinco días de un año, y continuará siempre, mientras vivan, en los corazones de ese enorme porcentaje de bocairentinos que son parte activa de la fiesta y la devoción.
Y mucho más, muy especialmente, en el recuerdo más íntimo de los que han sido capitanes en este año 2026, que guardarán sus bandas y sus estrellas en el mejor cajón de su casa y sus recuerdos en ese rincón de las emociones que siempre permanece abierto para nuestro bien.
Son las reflexiones de un bocairentino vocacional, que este año ha tenido que conformarse con seguir los actos de fiesta por esos canales digitales, tan mal utilizados por muchos, tan útiles en esta ocasión para los que necesitamos sentirnos unidos a Bocairent, aunque sea a distancia.
Valencia, 14 de febrero de 2026
José Luis Martínez Angel