Acoger, escuchar, entender, ayudar.

Esta mañana me he enorgullecido y emocionado al ver varios miles de años sentados en sillas y atendiendo con interés los temas propuestos por Cáritas Diocesana, tan sencillos en sus definiciones como complicados en sus soluciones y aportando lo que pueden y saben. Lo que han aprendido de su experiencia vital y empapándose de la experiencia vital de los muchos que han acudido a sus Cáritas Parroquiales pidiendo ayuda, pidiendo consejo y, sobre todo, pidiendo ser escuchados.

Y esta vez, perdonad la inmodestia, actitud tan poco cristiana, no quiero hablar de los que llaman a  sus puertas cada día en busca de soluciones, sino de ellos, de los ocupantes de la sala habilitada en la parroquia de Nuestra Señora del Socorro, de Valencia, pidiendo vuestra indulgencia porque no se trata de hablar de mí, más en segunda línea por razones de edad, sino de ellos, los ayudadores que también necesitan ser ayudados y reforzados por sus desazones de cada día: desazones por la duda de acertar, desazones por no poder resolver todo lo que quisieran, desazones por nuestros pocos éxitos y los demasiados fracasos.

Éramos casi todos de edades superiores a los sesenta años, muchos jubilados, muchos hombres, muchas mujeres, que dedican parte de su tiempo, de su valioso tiempo personal, a recoger en esos escasos espacios físicos que son las oficinas de Cáritas, pedazos de vida, pedazos de angustia, pedazos de esperanza de gente que necesita que alguien les entienda y les ayude.

Hoy hacía un día magnífico en Valencia, de esos que nos regala tantas veces nuestra ciudad, y sábado, día en el que apetece reunirse con los hijos, con los nietos o con los amigos. Pero allí estaban. Faltaban los más jóvenes, pero, claro, ellos tienen más obligaciones familiares en un día de jugar con los niños o visitar a los padres.

Y allí estábamos, cada uno con sus propios talentos y su disponibilidad de tiempo, tiempo en cantidad, porque siempre lo es en calidad de intenciones.

Mañana en la que hemos escuchado, nos hemos relajado y luego hemos soñado aportando soluciones, algunas de ellas imposibles, casi todas difíciles. Pero sabemos que toda idea es buena, aunque luego hay que valorar si es posible o imposible de ejecutar, porque son pocos los factores que facilitan la labor de los voluntarios y muchos los que la dificultan: la magnitud de los que viven al borde de la miseria o sumergidos en ella, la realidad social del país, las ayudas oficiales y que se yo cuantas piedras en el camino que no se pueden desplazar a la orilla.

Pero hoy no es ocasión de quejarme, ni tampoco hablar de lo que hacemos bien. Hoy hemos tratado de mejorar lo mejorable y, sobre todo, pretendo poner en valor la tarea de ellos, los voluntarios de Cáritas y mandar un abrazo a los muchos que se han reunido en nuestra parroquia esta mañana, miles en toda España.

Que tienen en común una sola ideología, un solo mandato: Hacer por los demás lo que haríamos por Él.

Y que pensamos, como el lema de Cáritas de este año 2026, que <<mientras haya personas hay esperanza>>.

Valencia, 21 de febrero de 2026

José Luis Martínez Ángel.

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