Me dice una amiga que me conoce bien que yo tengo muy desarrollado mi lado femenino y que por eso tengo tanta sensibilidad.
Y yo le digo que sí, pero no.
Nunca he sabido bien que se esconde detrás de los cromosomas o del ADN de nosotros, los humanos, pero siempre he estado seguro de que, si analizamos nuestras energías psicológicas utilizando como representación gráfica la Campana de Gauss, la gran mayoría de las mujeres son diferentes a los varones, por suerte para ellas y para nosotros, y que esa diferencia se asocia más a la intuición, la creatividad, la receptividad o la generosidad.
Y que, por tanto, suertudas ellas, la sensibilidad les viene de fábrica, mientras que nosotros tenemos que trabajarla para llegar a los mínimos deseables para conseguir disfrutar de lo que nos rodea y convivir con los demás en un mundo, la sociedad en general y los acontecimientos en particular, que no siempre nos facilita las cosas.
No tengo nada claro en que momento el varón de los primeros tiempos, el destinado, casi condenado, a luchar para defender territorios, cazar o recolectar para proporcionar alimentos y utilizar su sexo compulsivamente para perpetuar la especie, se dio cuenta de que el animal que cazaba o la fruta que recolectaba, además de apetecible para comer, también era admirable de contemplar.
Cuando, casi con toda seguridad, fueron las mujeres, desde la primera, las que protegieron a los débiles o reconfortaron a los abatidos. Desde la primera.
Puede que fuera el pintor de Santillana el que descubrió que esos bisontes o ciervos que cazaba tenían formas hermosas y, al representarlos, no solo se vanagloriaba de sus éxitos como cazador, sino que también alababa la hermosura de las presas. Puede que sí, porque los bisontes, majestuosos si los ves en la hermosa bóveda como yo he tenido el privilegio de verlos, están estáticos, mostrando la potencia de sus músculos, los unos, o la gracia de sus movimientos, los otros.
Porque es evidente que, a partir del momento en el que un cazador se detuvo un instante para contemplar esa flor que ofrecía sus colores a su paso, esas aves que surcaban sus cielos, o la belleza y la música de los arroyos en los que bebía, todo cambió. Y es ahí, justo ahí, cuando fue ampliando sus conocimientos contemplando más flores o más aves en el cielo, y cuando empezó esa carrera, dificultosa, para incluir la sensibilidad entre sus energías psicológicas.
Esas que solo la consiguen los varones, leyendo, viendo y observando a escritores sensibles, paisajes grandes o pequeños, que todos valen, o disfrutando del cambio de las estaciones, las de los hayedos ocres de otoño y flores primaverales en los frutales.
Y, llegado a cierto nivel, puede que una mujer, que reconoce la música porque nació con ella, aunque no acabe de recordar la letra, te diga que tienes muy desarrollado tu lado femenino.
Esa energía psicológica, ampliada y reconducida desde que naciste, que no tiene nada que ver con reconocerte como varón, como hembra, o como homosexual, que todos somos humanos en esas viñas del Señor
Y cuando te lo dicen, lo agradeces. Porque es un reconocimiento inconsciente de que has empleado parte de tu vida en leer a quien debías, escuchar a los que saben y disfrutar de lo mucho que se nos ha dado.
Puede que este sea un texto <<raro>> para muchos que no me conocen bien, pero es lo que soy y como pienso. No soy un hombre con un lado femenino. Soy un varón curioso que siempre ha agradecido a la vida lo que me ha dado, incluidos los malos momentos, porque me han servido para aprender y para reconocer el amor y la amistad en donde estaban.
Algunas veces un poco escondidos.
Valencia, 20 de noviembre de 2025
José Luis Martínez.
P.D. Este es un ejercicio romántico de deseos y de ilusiones. Desear que algún día podamos hablar y escribir de cosas como esta, mezcla de sensaciones y de sentimientos, las que nos unen como humanos, en lugar de sobre la basura política de cada día que nos distancia como ciudadanos.