Como en España todo acaba siendo artificial gracias al Muro de Adriano construido por los partidos de izquierda, encabezados y dirigidos en estrategia por nuestro presidente, el del <<no es no>>, la decisión de prohibir o no el burka femenino en lugares públicos españoles se ha convertido en otro motivo para enfrentarnos los unos a los otros, estando como estamos mayoritariamente de acuerdo con la decisión en sí.
Y nos dividimos porque los interesados en ello lo consiguen buscando razones secretas y letras pequeñas que puedan enfrentarnos o, sencillamente, el no estoy de acuedo <<porque lo dices tú>>
No hay ninguna duda de que esta práctica, según dicen unos, va en contra de nuestra cultura occidental porque atenta contra la dignidad de la mujer, supuestamente obligada a esta práctica.
Pero eso no debe ser el motivo de la prohibición porque, según su cultura, es tradición consentida por las mujeres, motivo que no podemos aceptar una parte de nosotros y, por tanto, es causa de división entre españoles.
Otros dicen que es una práctica religiosa, algo que nunca he creído porque, por lo que sé, el Koran no pasa de decir <<Y di a las mujeres creyentes que bajen la mirada y guarden su pudor; que no deben mostrar su belleza y adornos excepto lo que (normalmente debe) aparecer en ellos; que se cubra el pecho con el velo>>, nada que no mandara nuestra tradición Cristiana no hace tanto tiempo.
Pero, si se tratara de razones religiosas, también nos dividiríamos porque, según muchos, España debería de ser un Estado laico y no aconfesional, como dice el artículo 16.3 de nuestra Constitución. Porque, si fuera laico como pretenden los progresistas, se podría prohibir el uso del burka y cualquier otra manifestación religiosa, como las procesiones de Semana Santa, por ejemplo.
Curiosa defensa de prácticas ancestrales viniendo de las defensoras del <<no es no>> y de que las mujeres puedan ir por la calle de noche y borrachas sin sufrir daño alguno.
O que no se manifiesten contra el nuevo código penal aprobado en Afganistán este més de febrero que << permite a los esposos golpear a las mujeres siempre que no haya fracturas o marcas visibles, reduciendo las penas a apenas 15 días de prisión si hay lesiones comprobadas>>
Hay una razón mucho más simple y aséptica: alegar motivos de seguridad y de buenas costumbres en España, porque, tal como está el mundo, necesitamos saber quién es el que se esconde bajo esa cortina de tela para evitar que sirva de camuflaje a un posible terrorista o a un acosador de niños.
Porque alegar que lo impiden las leyes españolas o comunitarias tampoco sería cierto, ya que ni nuestra Constitución ni su desarrollo lo prohíbe específicamente.
Y ese punto también es motivo de división, como se ha demostrado en la votación de ayer en el Congreso, en la que solo han estado a favor de la ley el PP y Vox, incluyendo entre los <<noes>> a Junts, que, según creo recordar, fue la que hizo la propuesta.
Un <<me niego a votar lo miso que tú>>, marcando distancias, aunque sea yo el promotor de la ley.
Mi posición personal es muy clara: siendo como soy un convencido de que todo hombre, en genérico, es igual que cualquier otro hombre y defensor de aceptar y legalizar a los inmigrantes que están en España, tanto como que debemos regular una inmigración descontrolada que no solo nos afecta a nosotros, sino también al resto de Europa, creo que nadie debería ser aceptado y regularizado si no acepta nuestras leyes y nuestras costumbres, que muchas veces tienen un peso paritario a las propias leyes.
Y es costumbre, casi necesidad, que sepamos quien llama a nuestra puerta o quien se cruza con nosotros por la calle, sin ningún tipo de discriminación a las diferentes razas que me describieron en el colegio cuando era niño, blanca, negra y amarilla, que, entonces, solo eran agrupaciones raciales y no discriminaciones.
Discriminados estaban los rusos, los malos de la película según decisión de la dictadura, y un poco los británicos, posiblemente porque Gran Bretaña era para entonces un modelo de democracia y libertades. O quizás por los restos de la falsa leyenda de la Armada Invencible.
Y, desde este punto de vista, mi conclusión es muy clara, no al burka o al niqab, prendas que tapan el rostro, sí al hiyab o el abaya, que permiten mostrarlo.
Y, como anécdota, nunca olvidaré una de tantas escenas de Londres hace muchos años, cuando desayunábamos en un hotel de buen nivel y en una mesa contigua había un matrimonio con un hijo varón. Ellos, padre e hijo, llevaban prendas, no ya europeas, sino más bien americanas porque era la época de Elvis y los grandes de la música, y ella con un burka que solo dejaba libre un limitadísimo espacio para los ojos.
Ellos bromeaban y comían con libertad, mientras ella tenía que pasar los alimentos bajo una especie de cortinita casi invisible en el burka que, incluso franqueando el paso a la taza de café o a los dulces que estaba consumiendo, no dejaba ver su rostro.
Aunque sí unas manos cuidadas y unos dedos enjoyados.
Por supuesto que lo respeté porque eran sus costumbres y porque no tenía otro remedio, pero no lo comprendí.
Valencia, 18 de febrero de 2026
José Luis Martínez Ángel