Decía a un amigo que lo de Montoro era esperado, pero de no creer. Y digo de no creer porque el daño causado por este sinvergüenza a unos, a otros y a cada uno de nosotros, los españoles, tanto como ciudadanos como contribuyentes de la Hacienda pública, ha sido mucho mayor de lo esperado.
Y, analizando lo sucedido y enlazándolo con todo lo que se ha descubierto de este y otros gobiernos, he llegado a la triste conclusión de que no tenemos un problema de corrupción de un determinado partido, o un determinado gobierno, porque es una lacra que se ha extendido tanto y ha afectado a tantos, que, en este momento afecta a toda la Administración Pública y a una parte muy importante del mundo empresarial.
Sin contar que lo que aquí suena, lo que más se entiende, es la podredumbre relacionada con el dinero, pero que hay otras tan importantes como esta, como el desmantelamiento socavado y paulatino de nuestra Constitución y de sus valores.
Porque las empresas <<corruptoras>>, al pagar, entraron en el mundo de la corrupción, lo hicieran porque les obligaron a hacerlo para conseguir contratos o, simplemente, para conseguirlos buscando atajos. Porque en este caso, fueran tentadores u obligados, el orden de los factores no altera el producto.
Pero es sabido que las mesas de contratación, los que dicen la última palabra en las adjudicaciones, la componen funcionarios y no políticos, por lo que estos funcionarios, los que adjudicaron a dedo, <<obligados>> o comprados, y/o los que accedieron a que las bases de los concursos incluyeran condiciones que solo podía cumplir determinadas empresas o marcas, son tan corruptos como los políticos corruptos.
En el país de los poderes y las facilidades, ¿quién puede decir <<no>> a un ministro o rechazar una buena mordida?
Pero estamos viendo que no hay ministerio que se libre de corrupción, en la que los funcionarios han sido el vehículo necesario. Como ha ocurrido en el caso de la Hacienda de Montoro, con tanta corrupción que no se si me quedará vida para conocerla toda.
Y vemos, condenándolo unos, justificándolo otros, a abogados del Estado defendiendo al gobierno en lugar de al Estado, a un fiscal general plegado a las exigencias del gobierno o a ¡un Constitucional!, consiguiendo votos de independentistas para mantener al presidente.
No digo, claro que no, que todos los miembros de la Administración sean corruptos o corruptibles, pero insisto en que la corrupción es un cáncer con metástasis por todos los estamentos del Estado. Una mancha de aceite que se extiende por cada rincón de la nación.
Y no podemos permitir más, de ninguna manera, que los responsables de protegernos y de cuidar por nuestros intereses se pasen el día apaleando basura de unos y otros.
De ninguna manera.
Ni esperar a que la Justicia, que está defendiendo con mucho tesón y muchísimas presiones la legalidad en España, o la Comunidad Europea solucione lo que nosotros, los españoles, hemos permitido.
Porque solo una catarsis real, profunda, puede salvarnos de la maldición bíblica que nos ha tocado vivir.
Catarsis que pasaría por una auténtica rebelión popular de gentes de todos los partidos, porque, al final, el incendio provocado por los pirómanos que nos gobiernan o pueden gobernarnos nos quemarán a todos.
Urnas llenas de votos en blanco en las elecciones generales para demostrar que creemos en la democracia, que queremos votar, pero que no encontramos a nadie digno de representarnos.
Para provocar un gran pacto de Estado que le de la vuelta a este estado de cosas como se hace con un calcetín, empezando por la maldita ley electoral de listas cerradas, causa raíz de todos nuestros males.
Es lo que recomendaría a todos los españoles, voten a quien voten, si pudiera hacerles llegar esta desesperación mía, fechada en Valencia, el 20 de julio de 2025
Haré llegar este comentario a todas las redacciones de periódicos que me sea posible y a los partidos no independentista con representación parlamentaria. No servirá de nada, pero, por mí, que no quede.
José Luis Martínez Ángel.