Los europeos, el falso ombligo del mundo.

Esta mañana he escuchado en la tertulia de la SER una severa crítica al PP por no denunciar abiertamente al presidente Trump ni las decisiones que está tomando y no he podido por menos que pensar en el nivel de inoperancia y de estupidez que estamos alcanzando los europeos.

Vaya por delante, cualquiera que me lea lo sabe, que nunca votaría a un candidato como Trump y que estoy en desacuerdo total con sus ideas de lo que es correcto en lo político y en lo social, pero yo soy un particular que tampoco estoy de acuerdo con las ideas y las decisiones de la extrema izquierda española, ni con las de VOX, aunque estos últimos, por su evidente falta de poder, son muy pocas las que pueden tomar, a diferencia de los del otro extremo, que forman parte del gobierno.

Aunque el gran cabecilla, Abascal, crea que fundando una agrupación a nivel europeo va a llegar a la cima en España.

Porque lo lógico es que el gobierno y los dos partidos de Estado, el PSOE y el PP, ni pueden ni deben juzgar lo que deciden hacen países terceros, por muy extraño que le parezca, siempre que no atenten contra los derechos humanos, cosa que si están haciendo naciones con las que mantenemos relaciones diplomáticas fluidas, como es el caso de algunas de centro y Sudamérica, países árabes o China, pongo por caso.

Ni tampoco la super burocratizada Comunidad Europea, la que se cree mejor que nadie y dedica gran parte de su tiempo a rizar rizos de buenismo, ética y buenas maneras, mientas China invierte en las mejores empresas del mundo y compra puertos o lugares estratégicos, como las dos entradas al canal de Panamá, por poner un caso de actualidad y razón por la que Trump quiere recuperar su control, inunda los mercados occidentales con artículos baratos y, en muchos casos, carentes de garantías y los países eternamente emergentes no hacen nada para acelerar esa salida de la emergencia, como India, nación en la que se explota y contamina el ambiente y a sus ciudadanos fabricando prendas de vestir que compramos en la muy sofisticada Europa.

Una Europa acomodada, repito, donde, en lugar de avanzar retrocedemos, creando tantas normas y poniendo tantos frenos a la agricultura, a la energía nuclear, sabiendo que es la menos contaminante de todas ellas y legislando tantos absurdos, que está consiguiendo aburrir a las naciones hasta el punto que algunas ya se manifiestan claramente discrepantes en temas fundamentales, como es avanzar hacia una auténtica confederación de intereses comunes en lugar de vivir a la sombra de otros y explotar recursos propios en lugar de comprar petróleo barato a Rusia o alta tecnología ya manufacturada basada en tierras raras, en lugar de obtenerlas o manufacturarlas nosotros mismos.

O potenciar una defensa propia y no tan dependiente de los tan denostados Estados Unidos y una política exterior potente y clara, sin fisuras, fuera de las conveniencias particulares de cada uno de sus miembros.

Y que no cometan la estupidez de condenar a un Trump que, lamentablemente, gobierna los Estados Unidos, que es su nación. Y lo hace por haber sido votado mayoritariamente en unas elecciones limpias. Y que está cumpliendo a rajatabla lo que, nos guste o no, prometió en su campaña electoral. Cumplimiento que, por cierto, están celebrando sus votantes y las bolsas internacionales.

Y no es porque los estadounidenses son unos tarados mentales. Es que parten de una historia y unos planteamientos que no son los nuestros y que hay que respetar.

Le decía a un amigo el otro día que puede que Trump nos venga bien, porque puede ser el revulsivo que necesita la Comunidad para desperezarse de una vez, buscar líderes consistentes y no únicamente “refugiados” políticos elegidos por las naciones, y recuperar el camino de eficacia que tenía como objetivo, abandonando la idea de ser únicamente  “económica” y avanzando hacia una unidad política y social consistente y no un monstruo de 27 cabezas imposible de coordinar decisiones de calado por los muchos intereses nacionales y los continuos debates internos que lo impiden.

Acabando de una vez con protagonismos interesados, como el de nuestro presidente de gobierno, que se está postulando como paladín de la superioridad ética del mundo, en lugar de potenciar políticas tipo “Europa lo primero”, del estilo de la de Trump, tomando decisiones en lugar de perder el tiempo dando lecciones.

Y, de esa forma, evitarán que el proyecto fundacional fracase porque los ciudadanos no entendemos las políticas comunitarias y, muchos de ellos, creyendo que vivimos en un paraíso terrenal   sin valores definidos, como es la propia Comunidad, piensen más en defender sus derechos, entre los que no son menos importantes sus vacaciones o sus salidas a tardear los fines de semana pagando los menos impuestos posibles, mientras otros apenas pueden sobrevivir en una sociedad consumista y canallesca como la que nos hemos fabricado.

Situación que facilita el alarmante avance de los “abascales” europeos, los que lanzan mensajes muy directos y esperanzadores, aunque sean utopías y falsas promesas, alimentándose con el caldo de cultivo de la frustración.

Helmut Kohl, el que fue gran líder europeo, aunque acabara de forma forzada por problemas de terceros, dijo en 1992:

«Sólo si Europa habla con una sola voz y pone en común sus fuerzas podrá hacerse valer como actor internacional»

Con esto me quedo.

Valencia, 10 de febrero de 2025

José Luis Martínez Ángel