El presidente Sánchez anunció ayer una partida para reforzar las asignaturas peor valoradas en el informe PISA: las matemáticas y la comprensión lectora.
Parece que parte del dinero se dedicará a mejorar el nivel de los profesores, no sé de qué forma, a reducir el número de alumnos por aula o quizás a dar clases de refuerzo. Ya lo dirán.
Pero, según mi impresión personal y a la vista de lo que observo en mis nietas, hay mucha más presión en la sintaxis, porque las faltas de ortografía castigan mucho una buena redacción, y menos en obligarles a leer textos determinados y discutirlos luego en clase.
Puede que hable de la prehistoria educativa, pero en mis clases de niño existía algo llamado dictado, que no se si se sigue practicando de la misma forma, durante el cual un alumno leía algo y los demás escribíamos.
El lector era rotatorio, de forma que todos leíamos alguna vez, el maestro recogía nuestros cuadernos para corregir lo escrito y, normalmente, nos hacía preguntas sobre lo dictado.
Eso, añadido a que nosotros, o sacábamos nota o nos examinábamos en septiembre. Y si no aprobábamos no pasábamos de curso. Es decir, nuestra enseñanza estaba basada en los méritos del profesor y el esfuerzo del alumno, muy apoyada por nuestros padres que nunca nos protegían frente al maestro ni cuestionaban sus decisiones. Todo lo contrario, las apoyaban sin preguntar siquiera porque nos habían “castigado” o nos habían puesto una mala nota.
Las matemáticas es un caso diferente y tiene mucho que ver, lo descubrí estando ya en la Armada, con la ilusión que ponga el profesor en hacer llegar a los alumnos las maravillas de una ciencia que casi no tiene fin y que puede responder a casi todas las preguntas.
Yo fui víctima en carne propia, porque me pilló en la época de las distracciones, de que esta asignatura es muy especial y que el profesor tiene mucha más influencia en el éxito que en las otras. Que aquí no vale solo la voluntad del alumno
A mí me parecían un peñazo y el profesor del instituto de Albacete en el que estaba matriculado, pasaba olímpicamente de mí y de los “peores”, recreándose en ayudar mucho más a los más brillantes, con los que se sentía más cómodo.
Y si alguien cree que puede aprender matemática solo memorizando, se estrellará una y mil veces contra el mismo muro.
Hasta, que repito, ya con 18 años, un profesor civil de nuestra escuela de electrónica de Vigo nos vio el pelaje y empezó por ponernos algunos ejemplos simples de lo maravillosas que pueden ser las matemáticas. Y, a partir de ahí, continuó avanzando en la enseñanza teórica, que aplicaba siempre a casos prácticos.
No necesitábamos un gran nivel para entrar en el terreno de la electrónica y de la física, pero si uno adecuado para entender el mundo de los radares, los sonar y de la lógica de la transmisión de las ondas electromagnéticas por nuestros cielos. Y lo consiguió plenamente.
El gran problema es que la propia ley de educación actual, tan focalizada a pasar cursos, no ayuda a que el alumno busque mucho más el adquirir conocimiento y, siento decirlo, no todos los profesores de hoy tienen la vocación de mis maestros, así les llamábamos, teniendo muchas más herramientas y facilidades para enseñar.
La gran mayoría son buenos y se esfuerzan, pero no todos, lo que da más mérito a los vocacionales. El éxito de la formación depende de la propia ley de la enseñanza, que es la que marca las pautas, y del interés del profesor que, francamente, tampoco lo tiene fácil.
Sin contar con que la otra pata del banco, la educación, está en manos de familias que van mucho más aceleradas de lo que iban las nuestras.
Para mayor abundancia y afortunadamente, no teníamos móviles, ni calculadoras, ni “tablets” con las que maleducarnos viendo lo que no debíamos ver, o adquiriendo comportamientos y “valores” que no son, ni mucho menos, los adecuados.
Mis mayores deseos de que el presidente tenga éxito con su propuesta, pero mucho me temo que, si no hay un pacto de gobierno para una Ley de Educación que dure muchos años, que tenga en cuenta las necesidades del futuro y el ambiente desfavorable de hoy, lo va a tener muy, pero que muy crudo.