Francina Armengol, presidenta del Congreso de los Diputados.

A lo largo de nuestros tiempos de democracia, el Congreso de los Diputado ha visto ocupar el puesto de presidente del Congreso a los siguientes:

Fernando Álvarez de Miranda, de UCD

Landelino Lavilla, de UCD

Gregorio Pérez-Barba, del PSOE

Félix Pons, del PSOE

Federico Trillo-Figueroa, del PP

Luisa Fernanda Rudí, del PP

Manuel Marín, del PSOE

José Bono, del PSOE

Jesús Posada, del PP

Patxi López, del PSOE

Ana Pastor, del PP

Meritxel Batet, del PSOE

Y, finalmente, a Francina Armengol, del PSOE

Todos ellos elegidos por sus propios partidos o con el apoyo de algún otro más próximo, siendo el caso más curioso el del olvidadizo Patxi López, que consiguió el nombramiento, como había ocurrido antes con la presidencia del gobierno vasco, con el apoyo del PP.

Como es de suponer, sus preferencias políticas coincidieron con el partido titular del gobierno en cada momento, pero la gran mayoría de ellos cumplieron su cometido con dignidad, incluso con gran dignidad.

La menos independiente fue Meritxel Batet, seguramente porque debe ser casi imposible liberarse de la presión de Pedro Sánchez, pero, salvo algunas intervenciones de “mejor olvidar”, mantuvo el tipo mejor de lo que cabía esperar y seguramente acabó tan harta de su propia situación que en las elecciones de julio, renunció a volver a participar en política.

Y todos ellos cumplieron tres condiciones importantes:

  • Una trayectoria personal sin manchas conocidas.
  • Un currículum político lo suficientemente limpio para evitar que les sacaran los colores por errores cometidos mientras desempeñaron otras tareas.
  • Un buen nivel de aceptación por parte de los partidos que no les habían votado.

Y así, no todos fueron igual de brillantes en su cometido, pero todos supieron ejercer la presidencia con la independencia suficiente para mantener a salvo el respeto que se merece el Congreso de los Diputados, lugar en el que reside la democracia y casa común de todos los que han sido elegidos desde la transición.

Hasta que llegamos a la presidenta actual, Francina Armengol, nombrada sin los méritos suficientes y con la misión evidente de ser correa de transmisión del gobierno, casi una delegada del gobierno en las Cortes, y satisfacer la estrategia de Pedro Sánchez sobre el independentismo catalán.

Y digo que no merece el aprobado por estas razones:

  • No cumple en lo personal, porque en plena pandemia, por ejemplo, la sorprendieron tomando copas con un grupo de amigos en un lugar cerrado para ellos, saltándose las restricciones horarias que ella misma había impuesto a los mallorquines desde su presidencia. Recordemos que un hecho similar le costó el cargo de primer ministro de Gran Bretaña al insensato Boris Johnson.
  • Siendo presidenta de Baleares sucedió el muy lamentable caso de las menores prostituidas mientras estaban tuteladas por el gobierno de la comunidad, sin que ella tomara las decisiones apropiadas para un suceso de tanta gravedad. Más bien trató de amortiguar en lo posible lo sucedido.
  • Y, en aras de su dogmatismo manifiesto, cometió algunas insensateces, como la exigencia de saber catalán para ocupar cargos públicos en las islas, personal sanitario incluido, una de las razones por las que perdió las elecciones autonómicas en favor del PP.
  • Y que, llegada a la cámara y obedeciendo al presidente del gobierno porque era una exigencia de los independentistas catalanes, decidió la majadería de que en el parlamento se pudiera hablar en todas las lenguas oficiales de España, sin molestarse siquiera en esperar a que se cambiara el reglamento de la Cámara. Reglamento que se cambió a posteriori.

Un “porque lo digo yo” que va a crear muchos conflictos en el Parlamento, que supone un gasto innecesario y que puede provocar antipatía a las lenguas regionales españolas, a las que se debería mantener entre algodones para no perjudicarlas ante la opinión pública.

En fin. Este es el perfil y las primeras muestras de lo que podemos esperar de la tercera autoridad del Estado. Espero que aterrice y mejore, porque empeorar no lo va a tener fácil.

Valencia, ‎19‎ de ‎septiembre‎ de ‎2023

José Luis Martínez.

Como se puede ver, este comentario lo escribí el 19 de septiembre del pasado año, pero no lo publiqué esperando darle un poco más de tiempo para ver si conseguía ajustarse a su papel de tercera autoridad de la nación, no subordinada a la segunda, y responsable de algo tan preciado como es el Parlamento.

Pero no ha sido así porque en este tiempo ha tomado decisiones que han deteriorado gravemente la ya maltrecha credibilidad del Legislativo, como ha sido destituir al Letrado Mayor, abogado del estado de reconocido prestigio, para poner en su lugar a Fernando Galindo, rescatado de los alrededores de la Moncloa, y con un claro perfil de “lo que usted mande”

Nombramiento que ha provocado la solicitud de pasar de las Cortes al Senado de varios de los letrados, huida despavorida para no comprometer su prestigio obedeciendo a alguien que no consideran con la suficiente autoridad para liderarlos, aunque sea un nombramiento legal. Malestar que ha culminado hoy mismo con la dimisión del interventor del Congreso por su «radical incompatibilidad con lo que representa el letrado mayor

Presidenta que, entre otras cosas, ha marcado los tiempos de la Mesa para favorecer los de las propuestas del gobierno, o que ha guardado en un cajón hasta pasado el debate parlamentario, el informe de los letrados del Congreso en el que se manifestaban totalmente en contra de la opinión de su jefe, el tal Galindo, que declaró en su día que la Ley de Amnistía era constitucional. Informe que hubiera favorecido, evidentemente, las tesis de la oposición.

Pero la gota que ha hecho rebosar el agua y la razón de que publique este comentario hoy no es por todo lo expuesto hasta ahora, porque era lo esperado, sino el que no hubiera puesto freno a los insultos de parte de los portavoces parlamentarios a jueces, señalándolos por sus nombres, sin que la no tan respetable Armengol, cada día más portavoz del Ejecutivo en el Legislativo, les llamara al orden o se inmutara lo más mínimo, limitándose a contestar a la queja de una diputada de VOX, que ya había pedido a la cámara “que se portaran bien”. No fue la contestación literal, pero, más o menos.

Cuando ninguno de sus predecesores, incluida Meritxel Batet, lo hubiera permitido.

Apoyando con su actitud las ideas de los “anti” de toda clase y condición, y desprotegiendo, como era su obligación, al Poder Judicial español, uno de los más acreditados y garantistas de Europa.

En fin. Siempre he dicho que uno de los grandes problemas de la democracia es que no se protege de vividores y tramposos, porque supone, ¡vana suposición! la buena voluntad de todos los que vivimos en ella.

Y así le ha ido con personas que ganaron elecciones democráticamente, como es el caso de Maduro y otros presidentes de América Latina, o a Putin,  Xi Jinping,  o el mismísimo Hitler.

Ayer tomó la decisión, esa sí, de cortar el micrófono al líder de la oposición, cosa que nunca había ocurrido, pero eso lo considero “peccata minuta”, una descortesía, porque es mucho menos importante que permitir que parlamentarios sujetos a su control como presidenta de las Cortes, insulte gravemente a jueces en ejercicio sin llamarles al orden ni mostrar ni el más mínimo gesto de desaprobación.

¡País este!

Valencia, 31 de enero de 2024

José Luis Martínez Ángel