La despedida del Juan Sebastián de Elcano, esta vez más mediática porque entre los guardiamarinas embarcados figura la princesa Leonor, nos ha servido para recordar, en muchos casos descubrir, una serie de protocolos de la España de siempre, la que convive con las tormentas políticas, tormentas de tierra, mucho más dañinas que las de mar,
Protocolos que yo, como antiguo marino de guerra, recuerdo perfectamente.
No estoy muy seguro, pero por lo que he encontrado en las redes, parece que la primera unidad militar española fue la Compañía de Mar de Melilla, que, como su nombre indica, era una unidad naval que en 1497 salió de Sanlúcar de Barrameda para conquistar la ciudad de Melilla, siglos antes de que se reconociera el Reino de Marruecos, hecho que aconteció el 7 de abril de 1956.
En aquellos tiempos eran tierras sin fronteras, con ciudades aisladas y sin zonas singularmente reconocidas hasta que algunas potencias europeas, especialmente Francia y España, comenzaron un proceso de colonización de algunos territorios del norte de África.
Pero esta expedición, muy anterior, tenía como objetivo proteger las costas del poder de los piratas que pululaban alrededor del Estrecho de Gibraltar.
Por lo que, por historia, la Marina de Guerra es la más antigua de las tres Fuerzas Armadas de la actualidad y doy fe, porque lo he vivido personalmente, de que es muy celosa de sus tradiciones.
Como lo demuestra en parte lo que hemos visto en los noticiarios de estos días:
Los buques de guerra, considerados como unidad militar independiente de una flota y representantes de España cuando navegan, tiene dos mástiles para banderas: el de proa, llamado torrotito o de tajamar, que solo luce una bandera antigua, de ceremonial, en circunstancias especiales, concretamente cuando está atracado o fondeado en países extranjeros y, si están en España, los domingos y fiestas señaladas, o cuando atraca a su costado un buque de bandera extranjera.
Esta bandera tiene cuatro cuarteles, con la representación de los antiguos reinos de Castilla, León, Aragón y Navarra, los que configuraron la nación española.
Y siempre que los buques de guerra están atracados o fondeados, estén donde estén, también mientras están zarpando o atracando, tienen izado en el mástil de popa, el de mesana, la bandera de España, que se sustituye por otra, también de España, que se iza en los palos de los barcos cuando navegan.
La bandera de popa, la del palo de mesana, se iza a las ocho de la mañana y se arría cuando llega el ocaso. Esta bandera también es obligatoria en todos los buques de bandera española, aunque el reglamento de uso puede variar algo según el tipo de buque y las circunstancias.
Y, naturalmente, los izados y arriados de esta bandera de los buques de la Armada se realizan con honores, como ocurre en todos los cuarteles de España.
Habrán observado que todo el que accede a un buque de guerra, antes de pisar la cubierta se gira hacia popa e inclina la cabeza, si es un civil, o saluda militarmente si es un uniformado. La razón es que cada uno de los buques de guerra simboliza a la propia nación y los que suben a ellos le muestran su respeto.
Después se giran al interior y piden permiso para subir a bordo a la autoridad que mande la guardia en el portalón, que es la <<Abertura a manera de puerta, hecha en el costado del buque y que sirve para la entrada y salida de personas y cosas.>>.
La petición reglamentaria es precisamente esa, <<permiso para subir a bordo>>, a la que se corresponde con un escueto <<permiso concedido>>.
Lógicamente, cuando se trata de un subir y bajar continuado de la marinería por algún tipo de trabajo, o como se ha visto en el embarque de los guardiamarinas que entraban en formación, se les exime de pedir permiso para subir al barco, pero no el de saludar a la bandera, que ejecutarán cincuenta veces seguidas si son las veces que tienen que subir y bajar del barco al muelle.
Y, como estas, muchas otras tradiciones, como la que obliga al jefe de la guardia anunciar en voz alta la llegada al portalón de alguien con autoridad en el propio barco o en la flota. En esos casos, el jefe de la guardia lo anunciará con un escueto y potente, << comandante a bordo>> o, en este caso <<Su Majestad el Rey a bordo>>. Y cuando se trata de alguien de respeto con visita anunciada, al pisar cubierta, la guardia militar le presenta armas y un contramaestre hace sonar su chifle entonando las notas que se correspondan a la categoría del recibido.
Y concretamente, en lo que compete al Juan Sebastián de Elcano, en cada uno de los puertos en los que atraque, actuará como una embajada de nuestro país y será recibido con los honores y protocolos que son de rigor, con visitas de cortesía de las máximas autoridades de cada ciudad, correspondidas con visitas del comandante del buque a estas mismas autoridades.
En fin, hermosas tradiciones que nos recuerdan que somos miembros de una nación antigua, que no vieja, de muchos valores y también de formalidades que nos reconocen como hombres y mujeres de bien, orgullosos de lo que somos y de lo que hemos sido, por muchos errores que hayamos cometido como nación, porque la evolución siempre nos ha hecho mejores de lo que habíamos sido. Al menos hasta ahora.
Nación que en este momento alterna las leyes y la Constitución más moderna de Europa, seguramente del mundo, con respetos y tradiciones seculares, como la que hemos podido disfrutar con la salida de nuestro gran embajador en la América hermana. Un buque de guerra que cambió armas por respeto y agresividad por convivencia.
Honor a la Marina de Guerra española y a todos los que la han servido a lo largo de su historia.
Y a los guardiamarinas, la dotación y la oficialidad del Juan Sebastián de Elcano, mi deseo tradicional entre los hombres de la mar: que los vientos y los mares os sean propicios.
Tradiciones seculares, perfectamente compatibles con las clásicas batucadas en alguna manifestación o una maratón oficial.
Valencia, 12 de enero de 2025
José Luis Martínez Ángel