La productividad española, el gran problema nacional.

Tenemos el mayor paro de Europa, con el agravante de que dentro de la ocupación oficial se ocultan muchas realidades de “no trabajo”, como los fijos discontinuos, los que están siguiendo cursos u otras situaciones especiales. Y también tenemos una tasa de absentismo laboral situada en el 6,5% de las horas pactadas, lo que significa que “1,4 millones de personas no acudieron a su puesto de trabajo de promedio diario”.

Todo ello supone que las horas trabajadas por español en edad de hacerlo es realmente lamentable y, como consecuencia, la productividad en España, comparada con la de la Comunidad Europea, está a la altura del betún.

Pero, como vivimos en Jauja, la batalla actual de nuestra lúcida Yolanda Díaz es la reducción de la jornada de trabajo, porque, según ella, es la mejor forma de mejorar la productividad.

Otro “invito yo y pagas tú” a cargo de los empresarios.

Y no es porque yo esté en total desacuerdo con la propuesta, porque, de hecho, hay muchas empresas que ya la han aplicado, sino por la generalización de siempre, sabiendo que hay sectores de actividad en los que esta medida es casi imposible.

La mejora de productividad depende exclusivamente de factores como la organización de las empresas, incluidos procesos de trabajo claros y detallados, lo que les permitirá tener plantillas ajustadas y rentables, y de mantener la disciplina necesaria para asegurar que los empleados los cumplen.

Asociar productividad a la satisfacción de los empleados tiene mucho de peligrosidad conceptual, porque, según esta teoría y por poner un ejemplo absurdo, el siguiente paso podría ser que los empleados elijan libremente sus vacaciones en las fechas que más le interese a cada uno de ellos, lo que supondría que los empleados serían muy felices y productivos cuando trabajaran, pero con un grave riesgo de acabar en el paro si la empresa no es productiva por caos y descoordinación.

Y pongo este ejemplo con cierto temor, porque si la vicepresidenta lo leyera, cosa que considero imposible, podría apuntarse al carro y conseguir un magnífico titular:

<<Vamos a incluir en “el estatuto de los trabajadores” el derecho de los empleados a elegir libremente sus vacaciones”>>

¿A que triunfaría?

Valencia, 10 de octubre de 2024

José L. Martínez Ángel.