Los gallegos de Galicia y del resto del mundo

Tengo el privilegio de haber vivido más de un año en ese maravilloso lugar llamado Vigo, en la antigua Escuela de Electrónica y Transmisiones de la Armada, hoy desaparecida, enclavada en su preciosa ría, y también de tener muchos amigos gallegos, conocidos aquí y allá a lo largo de mi vida.

Y de haber leído mucho de lo escrito por los genios de la literatura gallega, hombres y mujeres, siempre nostálgica, siempre intimista, siempre cuidada y brillante.

Y desde el primer momento me sorprendí al descubrir lo que aparecía oculto a juzgar por la tradición humorística española de que los gallegos son como despistados, primitivos, aislados del mundo en sus lugares y con sus tradiciones.

Nada más lejos de la realidad. Los gallegos son, lo aseguro, inteligentes y eminentemente prácticos, que juegan al despiste y que alientan su estereotipo, si no lo inventaron ellos mismos, porque, supongo que esa es su opinión, más vale hacerse el tonto que pasarse de listo.

Porque de acobardados y conformados con su suerte, nada de nada. Ellos fueron de los primeros que hicieron sus petates y decidieron buscar nuevos horizontes y nuevas oportunidades allende los mares cuando el trabajo escaseaba “na súa terra”. Los que, a la chita callando, en este caso más bien haciendo mucho ruido, reaccionaron cuando vieron que el contrabando de tabaco, después de droga, era un peligro para el futuro de sus hijos y se enfrentaron decididamente con los Oubiña, los Carlines y a todos los capos gallegos hasta hacerlos desaparecer, los que han sabido compaginar el fomento del turismo con el de una industria creciente y consolidada, los que han pasado miserias y calamidades cuando no tenían más remedio que pasarlas, pero luchando siempre para salir adelante, sin la resignación que se les atribuye.

Es cierto que los gallegos no se sienten “tan de Bilbao” como los bilbaínos, tan de Madrid como los madrileños, ni tan diferentes como se sienten los de otras regiones, pero también lo es que han sabido mantener esencias y capear temporales agarrados a sus minifundios o pescando lo que podían con sus barcos o con el más minúsculo de los chinchorros.

Hombres y mujeres, porque recuerdo perfectamente la imagen de mujeres con pañuelo en la cabeza y manos cuarteadas, con sus hijos pequeños tapados con mantas para protegerlos del frio, recogiendo patatas u hortalizas en sus pequeños huertos, seguramente después de haber repuesto lo consumido el día anterior en esa olla de lacón con grelos.

Decía que son inteligentes, sardónicos y con un sentido del humor tan peculiar que nos han hecho creer que cuando nos encontramos con alguno de ellos en una escalera era imposible distinguir si “subía ou baixaba”, como si eso fuera importante.

“E que máis dá? Que che importa?”, dirán riéndose para sus adentros.

En Vigo me encontré con compañeros que me invitaban a ir a sus casas si estaba “franco de ría”[1], ¡que expresión tan gallega y definitoria! O que compartían conmigo amistad y confidencias. También me encontré con alguno cabezón que, siendo cabezón y gallego, era cabezón, cabezón. Como mi amigo “o cangrexo”, paradigma de la cabezonería, el que, si creía que tenía razón, era casi imposible hacerle cambiar de opinión, por mucho que su error le perjudicara.

Recuerdo que el buen “cangrexo” tenía una novia, creo que en Timoeiras y quería ir a verla, pero no podía porque la ETEA era una “escuela” y estábamos en régimen de internado. Pero él, cabezón, cabezón, saltaba la valla y, como casi siempre le pillaban, siempre estaba arrestado.

También recuerdo a un suboficial instructor de electrónica especialmente inteligente, del que no doy su nombre, que una vez nos dijo en clase: “vivan, pero no intenten analizar la vida”. Años después me enteré con tristeza que se había suicidado, posiblemente porque no había seguido su propio consejo y porque las penas y las tristezas, en la negrura de los inviernos y las lluvias de aquellas tierras, tienen un peso especial. Son “penas negras”.

Pero, dejando a un margen estos extremos, si alguna cualidad caracteriza especialmente a los gallegos, como he dicho antes, es ser prácticos, el no luchar contra imposibles y ser coinventores de la resiliencia. La dureza de su tierra y de su historia así los ha forjado.

Lo afirmo desde el privilegio de haber crecido en un lugar tan amigable, tan acogedor, como es mi Valencia de mar y montaña, de sol y de bonanza.

Por eso, pese a escuchar los mensajes de la durísima campaña electoral, esperaba que votaran lo que era más conveniente para ellos sin caer en las redes de la palabra fácil y del populismo. Así lo han hecho otras veces y también en esta ocasión,

De la misma forma, aunque con mayor rotundidad, que sucedió en julio del año pasado con los castellano-manchegos. Que conociendo como conocían quienes eran y que hacían los gobiernos de su autonomía, se mantuvieron impermeables a promesas de terceros, en aquel caso de los candidatos del PP.

Y ha sido este hecho, las elecciones, el que ha servido para recordad mis tiempos de “gallego de adopción”, en los que conocí y reconocí la realidad de su tierra y sus habitantes, imperfectos como somos todos, pero mucho menos de lo que son los de otras regiones españolas que presumen de listos y adelantados.

Dicen que hay siete clases de gallegos y seguro que es verdad, pero me temo que los de la clase “menos lista”, saben cómo hacer relojes de madera.

Lo cierto es que “teño morriña” de esa maravillosa tierra de brumas y meigas, que “habelas, hailas”, mar bravío y sol escaso pero muy de agradecer, en la que, por un momento, temí ver aparecer la “Santa Compaña” durante una guardia nocturna entre el bosque de eucaliptus que marcaban el linde oeste de los terrenos de la ETEA.

Tierra que descubrí un día del año 1960, a la que volví en varias ocasiones y a la que, lamentablemente, es muy probable que no pueda volver.

Son páginas queridas de mi vida, recordadas sin nostalgia, que me han hecho recordar unas elecciones celebradas en el mes de febrero de este año de gracia, 2024.

Valencia, a 20 de febrero de 2024

José Luis Martínez Ángel


[1] Franco significa “de permiso”, y “ría” era una especie de medida de distancia para considerar a quienes les permitían pasar el fin de semana, con su familia, fuera de la escuela. Realmente no se refería a los que tenían familia “en la ría” como tal, sino a los que la tenían en los pueblos del alrededor. También se permitía este favor si demostrabas que estabas invitado por la familia de algún compañero que cumpliera esta condición.

¿Necesita Pedro Sánchez al PSOE?

El pasado domingo se celebraron las elecciones en Galicia y se cumplieron los pronósticos que aseguraban la mayoría absoluta del Partido Popular. Les pusieron muchas minas por el camino en forma de pellets, casi más peligrosos que la famosa marea negra del Prestige según el relato, salieron a la luz supuestas conversaciones secretas del partido con Junts, se habló de un “off the record” en el que Feijòo había confesado poco menos que haber ofrecido un puente de plata a Puigdemont, pero, como yo me suponía conociendo a los gallegos como los conozco, y de eso hablaré en otro momento, los electores decidieron que, conociendo lo que habían hecho o dejado de hacer los sucesivos gobiernos del PP y ante posibles saltos en el vació, optaron por ser prácticos como es habitual en los habitantes de aquellas tierras y votaron continuidad, con un crecimiento importante del PNG-PG y un gran descalabro del PSOE .

Al día siguiente, lo previsto: Pedro Sánchez volvió a entonar el “yo no he sido” y, pese a haber estado muy presente en la campaña electoral, ha afirmado por bocas de sus relatores que la votación se ha producido en clave local y, curioso, que el PSOE pierde fuerza porque están faltos de líderes territoriales. Cabezas de lista “sin tirón”, según él, que son los que ha nombrado casi a título personal.

Pero eso, como he dicho en el párrafo anterior, son las cosas de un caudillo sin valores que nunca asume en primera persona los errores que el mismo propicia. Él y su valedor Zapatero, que es el que faltaba para completar ese dúo del disparate capaz de afirmar las cosas más falsas y absurdas sin que se les arrugue la ceja o se le endurezca la mandíbula.

Pero hay un tema mucho más preocupante que se venía venir y que se ha concretado en estas elecciones. Pedro Sánchez “pasa” olímpicamente del PSOE, del que solo necesita las siglas y al que considera en clara decadencia y sin tirón electoral, para decantarse por la recua de partidos separatistas y anti España porque sabe que siempre serán su apoyo incondicional, digan lo que digan desde los estrados, porque son conscientes de que oportunidad como la que les brinda este gobierno, ni la han tenido a lo largo de la historia ni la volverán a tener, gane el PP por mayoría o en coalición con algún otros partido, incluido un posible PSOE “tradicional”.

Hecho que no ha dudado en manifestar en el comunicado de esta mañana, en el que Sánchez urge a “consolidar liderazgos” en las comunidades “que incluso trasciendan la marca” del PSOE.

Es decir, que el líder del PSOE, anima a apoyar a otros partidos, como ha ocurrido subliminalmente en Galicia con el BNG, al que no atacó en ningún momento, sabiendo como sabía que, si conseguían buenos resultados lo harían restando votos al Partido Obrero Socialista Español, su partido.

Con lo que pone en evidencia, sin la más mínima duda, que renuncia a ser el líder de un partido, para convertirse en caudillo de un “bloque”.

Sería muy osado por mi parte afirmar que soy politólogo o un buen analista político porque no lo soy, pero si que leo, escucho y empleo el sentido común para afirmar hechos evidentes y demostrables y, de vez en cuando, para especular con posibilidades de futuro.

Y en esa línea, el pasado mes de septiembre publicaba uno de mis comentarios en el que decía textualmente:

Y, por el contrario, y ese es el arranque de mi nueva forma de ver las cosas, tenemos un PSOE fraccionado y sin tener nada claro ni que son ni que están haciendo. Y es así porque Sánchez necesitaba ser caudillo, no líder, de la formación y por eso, a su regreso, se rodeó de una auténtica guardia de corps absolutamente incapaz de discutir ninguna de sus decisiones, bien sea por temor, por conveniencia, o por esa suerte de hechizo personal que tiene Pedro Sánchez, el de la sonrisa inocente y/o la mandíbula tensionada.

Un partido que, de la mano de su secretario, ha ido perdiendo fuerza y votos elección tras elección, como se demostró en las autonómicas y municipales de mayo y las generales de julio.

Pero eso parece no preocuparle en absoluto a Pedro Sánchez porque sabe, y esa es mi especulación de esta noche, que un PSOE resucitado, potente, sería, como lo fue antaño, el de las corrientes, familias y diversidad de pensamiento entre el socialismo más de izquierda y la socialdemocracia.

Dirigentes y afiliados que solo tenían en común lo más importante, ser socialistas, pero que discutían opciones y criticaban públicamente decisiones del propio secretario general.

Y, seguramente estando muy equivocado, imagino que, a un autócrata de manual, lo que le interesa es gente a su alrededor que le necesite de forma inequívoca, sin matices, capaces de decir hoy blanco y mañana negro sin más motivos que haber recibido un email que así se les ordenaba, y otros que saben que, sin él, solo tendrán oscuridad, como ocurre con separatistas y otras gentes de mal vivir.

Y para sujetar a estos por donde les favorece, tiene dos herramientas potentísimas: el BOE y dinero, mucho dinero, que no tiene que devolver. Dinero que no es suyo, pero legalmente “regalado” si las adjudicaciones están debidamente justificadas y aprobadas por el gobierno.

Evidentemente era un análisis muy aventurado, pero quizás no tan desencaminado.

Lo siento porque, de ser así, me he quedado sin alternativa a un posible mal gobierno futuro del PP. Y porque la situación actual de la política española, siendo legal, no tiene nada que ver con la esencia de unas reglas democráticas basadas en la buena voluntad de las partes y unidad de esfuerzos para conseguir mejoras para la ciudadanía. Las de la transición.

Cualquier parecido con la realidad de esta situación con un estado democrático de libro es pura coincidencia, con el agravante que la ligazón de los miembros del bloque liderado por Pedro Sánchez, su mínimo común denominador, no es la ideología, sino los intereses de cada cual, absolutamente diferentes en cada uno de ellos.

También podría hablar del papelón de VOX, de Sumar y de Podemos, pero, amigos míos, hoy “no toca”

Valencia, 20 de febrero de 2024

José Luis Martínez Ángel

Rita Maestre, Àgueda Micó y las montañas de petardos.

El otro día leí que Rita Maestre, la portavoz de Más Madrid, dijo que la «mascletà» que se va a disparar en su ciudad es una «montaña de petardos» y una “lamentable idea», «intento absurdo de colocar la atención en ideas y en espectáculos que nadie había pedido en Madrid y que nadie ha echado de menos en Madrid» y a la que suponía serios peligros por la contaminación que produciría y por el riesgo físico a las edificaciones próximas a la zona de fuego.

Lo esperado, siendo quien es y que ideas tiene. Oponerse a todo lo que disponga la alcaldía de la ciudad, sin tener en cuenta otras consideraciones.

Razón por la que no hice ningún comentario sobre el hecho en sí, ni sobre la opinión de la política madrileña que, como dicen los niños “se me importa”

Pero el otro día me encuentro con la sorpresa de que “la portavoz de Compromís en el Congreso, Àgueda Micó, afirmó este martes que la “mascletá” que se celebrará en Madrid el 18 de febrero «solo sirve para quedar bien con el PP de Madrid» y pidió que la alcaldesa de Valencia, María José Catalá, se centre en los «intereses de los ciudadanos«.

Y, claro, no puedo por menos que extrañarme de que una fuerza política valenciana, que debería defender las costumbres de nuestra región, se meta en camisa de once varas con un comentario que, como en el caso de Maestre, no tiene más objeto que atacar a su alcaldesa.

Y entristecerme porque la política haya llegado a un extremo tan lamentable, aunque parezca un tema menor.

A la señora Maestre le diría que tranquila, que los valencianos llevamos siglos jugando con la pólvora y que, desde hace bastantes años, las “mascletás” de Valencia, como las de otros lugares de la comunidad, se celebran en plazas o recintos cerrados sin que se caigan los edificios ni los vecinos tengan que huir despavoridos por el tremendo ruido del material pirotécnico.

Mas bien, todo lo contrario, suelen invitar a sus amigos o sacar algún rendimiento alquilando balcones a quien quiera sufrir más de cerca la “contaminación” de la pólvora quemada. Y que, de quejarse de algo, lo hacen de que la “mascletá” del día no haya sido “un poco más ruidosa”.

Pero ¿Qué le puedo decir a Àgueda Micó que ella no sepa? Quizás que el acto programado es un acercamiento entre comunidades, siempre deseable, y una oportunidad para abrir un nuevo mercado a la industria pirotécnica en la seguridad de que si se celebra se repetirá, claro que se repetirá.

Es posible que esta inteligente opinadora no haya asistido a ninguna mascletá porque mientras se disparaba estaba trabajando intensamente por los intereses de los valencianos, como ella recomienda a la alcaldesa, pero no me lo creo. Ni de coña.

Lamentar que, ¡maldita sea!, la política intente contaminar algo tan popular, tan del pueblo, como es una buena “mascletá”, a las que, posiblemente, tengamos que calificar como progresistas o de derechas según el ritmo y la intensidad.

¡Váyanse todos y todas a freír espárragos y dejen en paz tradiciones que no les pertenecen! Las fiestas populares, como los idiomas y tantas otras cosas, son propiedad exclusiva de la ciudadanía, de la gente normal, y no tienen ningún derecho a tratar de domesticarlas en su favor.

De potenciarlas, sí. De regular normas que ayuden a proteger a los participantes mientras se celebran, también. Pero “hacerlas suyas”, ni de lejos.

Y si la señora Maestre quiere localizar “montañas de petardos”, haría bien en fijarse en quien ocupa muchos de los sillones de los parlamentos autonómicos o del Parlamento español. Y asegurarle qué si la mascletá se repite en Madrid, como así será, también los vecinos de la zona de fuego invitarán a sus amigos o alquilarás los balcones. Se lo aseguro.

Dejen en paz las “mascletás”, que ya han estropeado demasiadas cosas.

Valencia, 11 de febrero de 2024

José Luis Martínez Ángel.

Ana Belén excelente cantante, especialmente por su sensibilidad, intérprete aceptable y, seguro, buena gente.

Pero la ideología es la ideología y la pasión es la pasión, factores que nublan la inteligencia del más pintado. Ocurre con la política y ocurre con el futbol, donde un obispo puede ponerse en pie y llamar cabrón al árbitro que había pitado una falta muy dudosa contra el Valencia, yo lo he visto hace muchos años, o una persona inteligente y con formación puede decir las cosas que vemos o escuchamos cada día en televisión o en las tertulias radiofónicas.

Y así, cuando Évole le sacó la muleta “antiayuso”, entró como un Miura comparando la libertad proclamada en los derechos del hombre con el tomarse unas cañas.

Y en el colmo del cabreo ideológico, hizo la gran repregunta: «¿¡El comunismo aquí en España a ti te ha hecho algo malo!?».

Pregunta que tiene una contestación muy sencilla: No.

Entre otras cosas, supongo, porque no ha tenido la oportunidad, ya que nunca consiguió el poder. Y porque nuestros comunistas, lo que nos ha llegado aquí, ha sido un Eurocomunismo edulcorado que nunca llegará a mayores por mucho que lo intente nuestra Yolanda Díaz, porque en una sociedad democrática como la nuestra, el comunismo, como VOX, son ideologías legales en sí, pero solo actúan como refugio de nostálgicos de uno u otro signo que nunca alcanzarán el poder.

Pero, querida amiga, la historia es la historia y no hay una sola nación en el mundo en la que, gobernando el comunismo, los ciudadanos no hayan sufrido purgas y represalias que han costado la vida a muchos millones de ciudadanos. Ni uno.

Y si hablamos de libertades públicas, ni la de tomarse una cerveza en la terraza de un bar.

Y, aún hoy, en la Rusia de Putin, oficialmente democrática, pero con muchos “tics” del antiguo comunismo, sus detractores, sus enemigos políticos, se caen accidentalmente desde balcones y ventanas o se envenenan con venenos sofisticados que no se encuentran en el chino de la esquina.

También en España tenemos memoria relativamente reciente, ahora medio enterrada, de hechos cometidos por los comunistas durante nuestra maldita guerra civil, porque eran los más represores del bando republicano. Los que dirigían checas, como nuestro blanqueado Santiago Carrillo, o sacaban de sus casas a ciudadanos para asesinarlos en alguna cuneta.

Que también los había en el otro bando, claro que sí y ya lo sé, pero ahora hablamos de actos realizados por comunistas con nombres y apellidos.

Si bien es de justicia aclarar que nuestros comunistas de la transición, los modelo Marcelino Camacho, eran auténticos idealistas incapaces de matar una mosca, que entendieron que había que poner pie en pared con el pasado y abrirse a nuevos horizontes.

Así que, amiga mía, si España fuera comunista es muy posible que usted viviera bien, no estoy seguro porque se rebelaría contra injusticias manifiestas, pero tenga la seguridad de que yo no.

No sé qué habría sido de mí, pero nada bueno, seguro. Al menos en cuanto a poder opinar con la libertad con que lo hago ahora sin temor a represalias.

Valencia, 7 de febrero de 2024

José Luis Martínez Ángel

Francina Armengol, presidenta del Congreso de los Diputados.

A lo largo de nuestros tiempos de democracia, el Congreso de los Diputado ha visto ocupar el puesto de presidente del Congreso a los siguientes:

Fernando Álvarez de Miranda, de UCD

Landelino Lavilla, de UCD

Gregorio Pérez-Barba, del PSOE

Félix Pons, del PSOE

Federico Trillo-Figueroa, del PP

Luisa Fernanda Rudí, del PP

Manuel Marín, del PSOE

José Bono, del PSOE

Jesús Posada, del PP

Patxi López, del PSOE

Ana Pastor, del PP

Meritxel Batet, del PSOE

Y, finalmente, a Francina Armengol, del PSOE

Todos ellos elegidos por sus propios partidos o con el apoyo de algún otro más próximo, siendo el caso más curioso el del olvidadizo Patxi López, que consiguió el nombramiento, como había ocurrido antes con la presidencia del gobierno vasco, con el apoyo del PP.

Como es de suponer, sus preferencias políticas coincidieron con el partido titular del gobierno en cada momento, pero la gran mayoría de ellos cumplieron su cometido con dignidad, incluso con gran dignidad.

La menos independiente fue Meritxel Batet, seguramente porque debe ser casi imposible liberarse de la presión de Pedro Sánchez, pero, salvo algunas intervenciones de “mejor olvidar”, mantuvo el tipo mejor de lo que cabía esperar y seguramente acabó tan harta de su propia situación que en las elecciones de julio, renunció a volver a participar en política.

Y todos ellos cumplieron tres condiciones importantes:

  • Una trayectoria personal sin manchas conocidas.
  • Un currículum político lo suficientemente limpio para evitar que les sacaran los colores por errores cometidos mientras desempeñaron otras tareas.
  • Un buen nivel de aceptación por parte de los partidos que no les habían votado.

Y así, no todos fueron igual de brillantes en su cometido, pero todos supieron ejercer la presidencia con la independencia suficiente para mantener a salvo el respeto que se merece el Congreso de los Diputados, lugar en el que reside la democracia y casa común de todos los que han sido elegidos desde la transición.

Hasta que llegamos a la presidenta actual, Francina Armengol, nombrada sin los méritos suficientes y con la misión evidente de ser correa de transmisión del gobierno, casi una delegada del gobierno en las Cortes, y satisfacer la estrategia de Pedro Sánchez sobre el independentismo catalán.

Y digo que no merece el aprobado por estas razones:

  • No cumple en lo personal, porque en plena pandemia, por ejemplo, la sorprendieron tomando copas con un grupo de amigos en un lugar cerrado para ellos, saltándose las restricciones horarias que ella misma había impuesto a los mallorquines desde su presidencia. Recordemos que un hecho similar le costó el cargo de primer ministro de Gran Bretaña al insensato Boris Johnson.
  • Siendo presidenta de Baleares sucedió el muy lamentable caso de las menores prostituidas mientras estaban tuteladas por el gobierno de la comunidad, sin que ella tomara las decisiones apropiadas para un suceso de tanta gravedad. Más bien trató de amortiguar en lo posible lo sucedido.
  • Y, en aras de su dogmatismo manifiesto, cometió algunas insensateces, como la exigencia de saber catalán para ocupar cargos públicos en las islas, personal sanitario incluido, una de las razones por las que perdió las elecciones autonómicas en favor del PP.
  • Y que, llegada a la cámara y obedeciendo al presidente del gobierno porque era una exigencia de los independentistas catalanes, decidió la majadería de que en el parlamento se pudiera hablar en todas las lenguas oficiales de España, sin molestarse siquiera en esperar a que se cambiara el reglamento de la Cámara. Reglamento que se cambió a posteriori.

Un “porque lo digo yo” que va a crear muchos conflictos en el Parlamento, que supone un gasto innecesario y que puede provocar antipatía a las lenguas regionales españolas, a las que se debería mantener entre algodones para no perjudicarlas ante la opinión pública.

En fin. Este es el perfil y las primeras muestras de lo que podemos esperar de la tercera autoridad del Estado. Espero que aterrice y mejore, porque empeorar no lo va a tener fácil.

Valencia, ‎19‎ de ‎septiembre‎ de ‎2023

José Luis Martínez.

Como se puede ver, este comentario lo escribí el 19 de septiembre del pasado año, pero no lo publiqué esperando darle un poco más de tiempo para ver si conseguía ajustarse a su papel de tercera autoridad de la nación, no subordinada a la segunda, y responsable de algo tan preciado como es el Parlamento.

Pero no ha sido así porque en este tiempo ha tomado decisiones que han deteriorado gravemente la ya maltrecha credibilidad del Legislativo, como ha sido destituir al Letrado Mayor, abogado del estado de reconocido prestigio, para poner en su lugar a Fernando Galindo, rescatado de los alrededores de la Moncloa, y con un claro perfil de “lo que usted mande”

Nombramiento que ha provocado la solicitud de pasar de las Cortes al Senado de varios de los letrados, huida despavorida para no comprometer su prestigio obedeciendo a alguien que no consideran con la suficiente autoridad para liderarlos, aunque sea un nombramiento legal. Malestar que ha culminado hoy mismo con la dimisión del interventor del Congreso por su «radical incompatibilidad con lo que representa el letrado mayor

Presidenta que, entre otras cosas, ha marcado los tiempos de la Mesa para favorecer los de las propuestas del gobierno, o que ha guardado en un cajón hasta pasado el debate parlamentario, el informe de los letrados del Congreso en el que se manifestaban totalmente en contra de la opinión de su jefe, el tal Galindo, que declaró en su día que la Ley de Amnistía era constitucional. Informe que hubiera favorecido, evidentemente, las tesis de la oposición.

Pero la gota que ha hecho rebosar el agua y la razón de que publique este comentario hoy no es por todo lo expuesto hasta ahora, porque era lo esperado, sino el que no hubiera puesto freno a los insultos de parte de los portavoces parlamentarios a jueces, señalándolos por sus nombres, sin que la no tan respetable Armengol, cada día más portavoz del Ejecutivo en el Legislativo, les llamara al orden o se inmutara lo más mínimo, limitándose a contestar a la queja de una diputada de VOX, que ya había pedido a la cámara “que se portaran bien”. No fue la contestación literal, pero, más o menos.

Cuando ninguno de sus predecesores, incluida Meritxel Batet, lo hubiera permitido.

Apoyando con su actitud las ideas de los “anti” de toda clase y condición, y desprotegiendo, como era su obligación, al Poder Judicial español, uno de los más acreditados y garantistas de Europa.

En fin. Siempre he dicho que uno de los grandes problemas de la democracia es que no se protege de vividores y tramposos, porque supone, ¡vana suposición! la buena voluntad de todos los que vivimos en ella.

Y así le ha ido con personas que ganaron elecciones democráticamente, como es el caso de Maduro y otros presidentes de América Latina, o a Putin,  Xi Jinping,  o el mismísimo Hitler.

Ayer tomó la decisión, esa sí, de cortar el micrófono al líder de la oposición, cosa que nunca había ocurrido, pero eso lo considero “peccata minuta”, una descortesía, porque es mucho menos importante que permitir que parlamentarios sujetos a su control como presidenta de las Cortes, insulte gravemente a jueces en ejercicio sin llamarles al orden ni mostrar ni el más mínimo gesto de desaprobación.

¡País este!

Valencia, 31 de enero de 2024

José Luis Martínez Ángel