Tengo el privilegio de haber vivido más de un año en ese maravilloso lugar llamado Vigo, en la antigua Escuela de Electrónica y Transmisiones de la Armada, hoy desaparecida, enclavada en su preciosa ría, y también de tener muchos amigos gallegos, conocidos aquí y allá a lo largo de mi vida.
Y de haber leído mucho de lo escrito por los genios de la literatura gallega, hombres y mujeres, siempre nostálgica, siempre intimista, siempre cuidada y brillante.
Y desde el primer momento me sorprendí al descubrir lo que aparecía oculto a juzgar por la tradición humorística española de que los gallegos son como despistados, primitivos, aislados del mundo en sus lugares y con sus tradiciones.
Nada más lejos de la realidad. Los gallegos son, lo aseguro, inteligentes y eminentemente prácticos, que juegan al despiste y que alientan su estereotipo, si no lo inventaron ellos mismos, porque, supongo que esa es su opinión, más vale hacerse el tonto que pasarse de listo.
Porque de acobardados y conformados con su suerte, nada de nada. Ellos fueron de los primeros que hicieron sus petates y decidieron buscar nuevos horizontes y nuevas oportunidades allende los mares cuando el trabajo escaseaba “na súa terra”. Los que, a la chita callando, en este caso más bien haciendo mucho ruido, reaccionaron cuando vieron que el contrabando de tabaco, después de droga, era un peligro para el futuro de sus hijos y se enfrentaron decididamente con los Oubiña, los Carlines y a todos los capos gallegos hasta hacerlos desaparecer, los que han sabido compaginar el fomento del turismo con el de una industria creciente y consolidada, los que han pasado miserias y calamidades cuando no tenían más remedio que pasarlas, pero luchando siempre para salir adelante, sin la resignación que se les atribuye.
Es cierto que los gallegos no se sienten “tan de Bilbao” como los bilbaínos, tan de Madrid como los madrileños, ni tan diferentes como se sienten los de otras regiones, pero también lo es que han sabido mantener esencias y capear temporales agarrados a sus minifundios o pescando lo que podían con sus barcos o con el más minúsculo de los chinchorros.
Hombres y mujeres, porque recuerdo perfectamente la imagen de mujeres con pañuelo en la cabeza y manos cuarteadas, con sus hijos pequeños tapados con mantas para protegerlos del frio, recogiendo patatas u hortalizas en sus pequeños huertos, seguramente después de haber repuesto lo consumido el día anterior en esa olla de lacón con grelos.
Decía que son inteligentes, sardónicos y con un sentido del humor tan peculiar que nos han hecho creer que cuando nos encontramos con alguno de ellos en una escalera era imposible distinguir si “subía ou baixaba”, como si eso fuera importante.
“E que máis dá? Que che importa?”, dirán riéndose para sus adentros.
En Vigo me encontré con compañeros que me invitaban a ir a sus casas si estaba “franco de ría”[1], ¡que expresión tan gallega y definitoria! O que compartían conmigo amistad y confidencias. También me encontré con alguno cabezón que, siendo cabezón y gallego, era cabezón, cabezón. Como mi amigo “o cangrexo”, paradigma de la cabezonería, el que, si creía que tenía razón, era casi imposible hacerle cambiar de opinión, por mucho que su error le perjudicara.
Recuerdo que el buen “cangrexo” tenía una novia, creo que en Timoeiras y quería ir a verla, pero no podía porque la ETEA era una “escuela” y estábamos en régimen de internado. Pero él, cabezón, cabezón, saltaba la valla y, como casi siempre le pillaban, siempre estaba arrestado.
También recuerdo a un suboficial instructor de electrónica especialmente inteligente, del que no doy su nombre, que una vez nos dijo en clase: “vivan, pero no intenten analizar la vida”. Años después me enteré con tristeza que se había suicidado, posiblemente porque no había seguido su propio consejo y porque las penas y las tristezas, en la negrura de los inviernos y las lluvias de aquellas tierras, tienen un peso especial. Son “penas negras”.
Pero, dejando a un margen estos extremos, si alguna cualidad caracteriza especialmente a los gallegos, como he dicho antes, es ser prácticos, el no luchar contra imposibles y ser coinventores de la resiliencia. La dureza de su tierra y de su historia así los ha forjado.
Lo afirmo desde el privilegio de haber crecido en un lugar tan amigable, tan acogedor, como es mi Valencia de mar y montaña, de sol y de bonanza.
Por eso, pese a escuchar los mensajes de la durísima campaña electoral, esperaba que votaran lo que era más conveniente para ellos sin caer en las redes de la palabra fácil y del populismo. Así lo han hecho otras veces y también en esta ocasión,
De la misma forma, aunque con mayor rotundidad, que sucedió en julio del año pasado con los castellano-manchegos. Que conociendo como conocían quienes eran y que hacían los gobiernos de su autonomía, se mantuvieron impermeables a promesas de terceros, en aquel caso de los candidatos del PP.
Y ha sido este hecho, las elecciones, el que ha servido para recordad mis tiempos de “gallego de adopción”, en los que conocí y reconocí la realidad de su tierra y sus habitantes, imperfectos como somos todos, pero mucho menos de lo que son los de otras regiones españolas que presumen de listos y adelantados.
Dicen que hay siete clases de gallegos y seguro que es verdad, pero me temo que los de la clase “menos lista”, saben cómo hacer relojes de madera.
Lo cierto es que “teño morriña” de esa maravillosa tierra de brumas y meigas, que “habelas, hailas”, mar bravío y sol escaso pero muy de agradecer, en la que, por un momento, temí ver aparecer la “Santa Compaña” durante una guardia nocturna entre el bosque de eucaliptus que marcaban el linde oeste de los terrenos de la ETEA.
Tierra que descubrí un día del año 1960, a la que volví en varias ocasiones y a la que, lamentablemente, es muy probable que no pueda volver.
Son páginas queridas de mi vida, recordadas sin nostalgia, que me han hecho recordar unas elecciones celebradas en el mes de febrero de este año de gracia, 2024.
Valencia, a 20 de febrero de 2024
José Luis Martínez Ángel
[1] Franco significa “de permiso”, y “ría” era una especie de medida de distancia para considerar a quienes les permitían pasar el fin de semana, con su familia, fuera de la escuela. Realmente no se refería a los que tenían familia “en la ría” como tal, sino a los que la tenían en los pueblos del alrededor. También se permitía este favor si demostrabas que estabas invitado por la familia de algún compañero que cumpliera esta condición.