He repetido en muchas de mis reflexiones que Franco es historia
desde hace muchos años, especialmente para los que vivimos en tiempos de la
dictadura, como lo es el franquismo, que murió con el jefe del estado por mucho
que algunos nostálgicos quisieran alargarle la vida artificialmente, como
ocurrió con el propio general.
Y si queda
alguno a la sombra de esa ideología, que nunca pude identificar porque Franco
no la tenía, son muy pocos. De hecho, y por esa carencia, tuvo que fagocitar a
la Falange de la época, debidamente modificada en sus fundamentos para que
fuera útil al régimen. Por lo que sería más apropiado decir que “quedan
falangistas” que catalogarlos como franquistas.
Pero eso “no
vende” porque los falangistas son reconocibles, se les puede
identificar y son pocos. Es mejor continuar con la cantinela del
“franquismo” que, como se está quedando pequeña y sin contenido, se está
modificando hacia la denominación de origen “fascismo”.
Bandera a
derrotar de una España inexistente, alimentada por colectivos de izquierdas
interesados en dinamitar los pactos de la transición y reescribir la historia.
O, mejor dicho y en el orden correcto, reescribir la historia para
dinamitar la transición. Utilizando la misma técnica que se
está utilizando para blanquear a ETA, por ejemplo.
Seña de
identidad inexistente, porque decir que la derecha actual de España es
franquista está tan fuera de lugar como decir que la izquierda es marxista,
leninista o trotskista. Seguramente más fuera de lugar.
Una posible
reacción ante estos “historiadores” de partido o de tertulia puede ser no
hacerles caso y tomarlo como una broma. Y en esa línea quiero expresar mi
sorpresa al enterarme por los telediarios que la Guardia Civil está “ensayando”
un traslado del féretro de Franco en helicóptero. ¿La Guardia Civil convertida
en empresa funeraria?
Insisto en
que debe de ser una broma. Lo del helicóptero no es ninguna tontería porque
sería un transporte eficaz y discreto, pero ¿uno de la Guardia Civil?
Yo creo que
sería mucho más apropiado utilizar el del presidente en funciones, que se
podría hacer una foto para la campaña electoral con sus gafas de sol junto al
féretro. Aunque quizás no se atreva a estar tan cerca del finado porque ¿quién
sabe?
Y siguiendo
la broma, sería mejor llevar el féretro colgado del helicóptero con Sánchez a
caballo sobre el ataúd por los cielos de Madrid, agitando una bandera del PSOE.
Es una imagen
trágico cómica que recuerdo de una película que vi hace muchos años en la
que un piloto de un B54 de EEUU recibe la orden de atacar Moscú con una bomba
nuclear. El gobierno intenta anular la orden, pero el protocolo indicaba que
esa orden, una vez dada, no se podía revocar.
En resumen.
Después de muchas peripecias, la película acaba con el comandante del avión
cabalgando por los cielos sobre una bomba nuclear que se ha lanzado desde el
avión sobre Moscú, agitando un sombrero tejano entre gritos típicos de un
rodeo.
Pero, pese a
lo escrito anteriormente, este no es un tema que se pueda tomar
a broma. Y no por Franco, sujeto pasivo de todo este
culebrón y que me despierta pocas, muy pocas emociones. Es porque los
guionistas de esta farsa son los que están intentando torpedear, sea por
intereses políticos o por intereses electorales, lo que tanto costó de
conseguir. La transición.
Y, en
cualquier caso y sean cuales fueren sus intereses, no
me merecen ningún respeto. Absolutamente ninguno.
Porque ese
hecho histórico fue una mini epopeya protagonizada por mucha gente generosa que
acordó pasar página, en un momento político-social que los menores de cincuenta
años de hoy no puede ni imaginar.
Hubo una
parte, una minoría, que no estuvo de acuerdo con el pacto, pero en una
democracia deciden las mayorías. Y este referéndum no dejó ninguna duda sobre
lo que pensábamos los españoles.
No os dejéis engañar con mentiras o falsas
interpretaciones.
El 15 de diciembre de 1976 se celebró el
referéndum sobre el Proyecto de Ley para la Reforma Política, con el siguiente
resultado:
Sobre un
censo de 22.644.290 electores votamos 17.599.562, el
77,8 %.
Se
contabilizaron 16.573.180 votos a favor, uno de ellos el mío, lo
que suponía el 94,17 % de los votantes.
450.102 votaron en contra, el 2,56 %,
Otros 523.457
votaron en blanco, el 2,97 %, y se contabilizaron 52.823 votos nulos, el
0,30 %.
Quiere
esto decir que 450.102 votantes, solo un 2,56 % de los votantes, estaban en
contra de pasar página, que 523.457, el 2,97 % no lo tenían claro,
y que hubo 52.823 de los que no sabemos si estaban a favor o en contra.
Y que
5.044.728, ejercieron su derecho de no ir a votar, o no pudieron hacerlo, y se
quedaron en sus casas. Nunca sabremos porque lo hicieron ya que en aquellos no
eran tan fáciles ni los desplazamientos, ni los votos por correo. Y porque los
censos electorales tenían deficiencias, especialmente en las zonas rurales.
Es decir: que
en un referéndum libre, sin presiones, y con una población con muchas ganas por
ejercer su derecho a opinar, solo 450.102 españoles, el
2,56 %, no estuvieron de acuerdo con la transición.
Y casi podría
asegurar que una mayoría de ellos eran gente de
ideología de derechas, por nostalgia, o porque veían peligrar
sus prebendas. Porque los partidos comunistas y socialistas de la época
defendieron el “sí” con muy pocas reservas. Diría que con profundo
convencimiento de que era lo que debían hacer por el bien el país y para
consolidar la democracia.
Y porque
fueron conscientes de que era una forma inédita de pasar de una dictadura a una
democracia, en la podrían ejercer sus derechos, participar en las decisiones
políticas y cambiar a la sociedad, sin ninguna violencia
Y si alguien
os dice que aquello fue un “pacto del silencio” o que la gente voto
atemorizada, os miente muy descaradamente. Maliciosamente. Como
bellacos que son.
El franquismo
ya hacía años que había dado paso al “tardo franquismo”, y se habían superado
muchas de las presiones de la dictadura. Y hasta gente que había estado en las
cárceles franquistas por sus ideas políticas defendieron la iniciativa con
entusiasmo.
No fue “un
pacto de silencio”, porque se siguió hablando de lo ocurrido y de sus terribles
consecuencias. Los hechos eran los hechos y no desaparecieron de la memoria de
los españoles. Se miró hacia delante, esos sí, tratando de compensar de alguna
forma, como se hizo en muchos casos, a los perjudicados por la guerra y
por la dictadura, reconociendo los derechos civiles y militares de los
que habían pertenecido al bando republicano, por ejemplo.
La transición
no fue un “reset”, un reinicio en la memoria de los españoles. Ni mucho menos.
Los recuerdos
y las vivencias permanecieron en las mentes de los individuos, de las familias
y de los colectivos, pero todos tratamos de buscar puntos de concordia y metas
comunes. Y es evidente que se consiguió. Y digo que es evidente porque, en
contra de la teoría actual de toda esta sarta de falsarios, la sociedad de la
época dio un suspiro de alivio y supo rehacer su
futuro sin renunciar al pasado.
Yo, por mi
edad, no tenía ni pasado ni cargas emocionales, pero sí que las tenían mis
padres, mis abuelos, mis suegros y todos los mayores de la época. Y doy fe de
que, sin olvidar lo que pasó, supieron convertirlo en “lección
aprendida” en lugar de mantener cuentas pendientes.
Por mucho que
quieran vendernos el burro pintado a rayas como si fuera una cebra, la
transición fue un “pacto de concordia”.
Un compromiso de la ciudadanía para buscar el objetivo común de la convivencia
pacífica y de aunar esfuerzos para perdonar los errores pasados, los de todos,
y de trabajar por el bien de la nación.
Muy pocas
personas en el mundo han vivido situaciones como esta, incluso en una época de
terrorismo asesino. Yo sí la tuve, y nadie me distorsionará la realidad por
mucho que se empeñe.
Ninguno de
esos emponzoñadores de mentes poco informadas me cambiará esa historia con
“relatos”, medias verdades, posverdades, o mentiras.
Yo estuve
allí, lo viví, y en una muy pequeña escala, participé en los hechos.
Y deseo lo peor, en lo político naturalmente, a los que mienten sabiendo que lo
hacen. Porque muchos de ellos no participaron por edad en
los hechos históricos de 1976, pero saben perfectamente lo que ocurrió, y
tratan de distorsionarlo mezclando el
hecho de la transición con otros ocurridos en la República, en la guerra civil,
o en la dictadura de Franco.
Los mismos
que serían capaces de afirmar, con todo cinismo y sin pestañear, que Don Pelayo
era franquista, por ejemplo.
Post data:
decir que con la exhumación de Franco “se cierra el círculo democrático”,
como ha dicho nuestro presidente en funciones, es una manipulación
falsa y rastrera. Ud., Sr. Sánchez, no es el que nos ha traído
la democracia.
La democracia
la trajimos nosotros, los españoles, el 15 de diciembre de 1976, cuando
Ud., nuestro gran libertador, andaría por los cuatro
años, y los padres de Iván Redondo, su gran
guionista y excelente “apuntador”, nacido en 1981, es
posible que ni se conocieran.