La ética social y los comportamientos grupales.

Ayer estaba recordando otros tiempos, cuando yo tenía la responsabilidad de dirigir a un grupo importante de empleados para conseguir determinados objetivos, tarea que compaginé con darles formación en relaciones interpersonales, puesto que su trabajo consistía en reparar equipos en los domicilios de los clientes, y en algunas otras áreas de sus competencias.

No se trata de hacer alardes de mi vida profesional como dirigente de una multinacional, tarea que cumplí con un éxito razonable, como tantos otros, muchos de los cuales fueron mis referentes y de los que aprendí tantas cosas, sino comentar que cuando empecé a actuar como “jefe” decidí conseguir formación e información sobre estilos de dirección, porque necesitaba saber más sobre cómo actuar en mis nuevas obligaciones.

Porque, claro, aquí nadie nace aprendido. Yo recibí formación y apoyo de la dirección de la empresa, pero traté de localizar literatura sobre “comportamientos grupales”, y entre lo leído y lo aprendido de mis fracasos o mis errores, también de algunos éxitos, llegué a un punto en el que confirmé que ese camino era un buen camino, porque me permitía compaginar la obtención de resultados con una adecuada motivación de los empleados.

Y así llegamos a formar un equipo en el que cada uno tenía su rol, pero en el que todos interactuábamos focalizando esfuerzos y estrategias  en un objetivo común.

Y ese momento llegó cuando todos aprendimos a no jugar con cartas marcadas, a trasmitir la información, la buena y la mala, con toda transparencia y sin letra pequeña.

Como he dicho, no es que fuera el único con ese estilo de dirección en mi empresa, pero en lo que a mí concierne, la practicaba si reservas. Las dos claves que facilitaron mi labor fueron manejar adecuadamente los comportamientos grupales, a nivel personal, y el soporte de la Calidad Total como marco de la gestión profesional de todo el equipo.

Por cierto y como anécdota. Hablando de obtener información, en los años 60/70, cuando en España gobernaba la dictadura, era casi imposible encontrar literatura al respecto porque en aquellos tiempos parte de la cúpula política entendía que controlar y armonizar los comportamientos grupales equivalían a facilitar riesgos de sedición o de movimientos revolucionarios.

Pero como siempre hay un cosido para cada roto, yo descubrí una librería, Isadora, en la que, junto  a los libros “legales” se  podía conseguir algunos en “B”. La librería estaba en la plazoleta que hay al final de la calle San Martín, la que tiene el busto de Luis Vives, y los propietarios, una pareja de jóvenes, corrían un doble riesgo porque, además de vender libros clandestinos, parecían ser homosexuales, cosa que en aquellos tiempos suponía una temeridad social evidente.

Tanto es así que, perdónenme los titulares de la noticia si estaba en un error, que siempre pensé que la policía secreta, la misma que tenía informadores de barrio, sabía quién compraba y que compraba, cosa que nunca me preocupó porque mis adquisiciones, por muy prohibidas que estuvieran, eran totalmente inofensivas para el régimen.

Y hablado de grupos y sus comportamientos, en la página web de C. Organizacional IBQ, en la Unidad 4, titulada “Comportamiento Grupal”, se dan algunas definiciones como estas:

John W. Santrock, Hilda L. González y Ma. De Lourdes Francke en su libro “Introducción a la Psicología” (Psicología Industrial), nos dice: “Un grupo se define como el conjunto de dos o más personas interdependientes e interactuantes que buscan una meta u objetivo en común”.

 El Dr. Eduardo Soto en su libro “Comportamiento Organizacional”, define un “grupo como el conjunto de personas unidas con un objetivo, finalidad o meta común”. 

Huse y Bowditch: En la terminología de los sistemas, lo definen como un “conjunto de sistemas de comportamiento mutuamente interdependientes que no sólo se afectan entre sí, sino que responden también a influencias exteriores”.

Así también hay definiciones como las de: Stephen P. Robbins en su libro “Comportamiento Organizacional” define grupo “como el conjunto de dos o más individuos que se relacionan y son interdependientes y que se reunieron para conseguir objetivos específicos”.

 John M. Ivancevich y Michael T. Matteson (“Organizational Behavior and Management”, Burr Ridge, III, 1993, p.286). Nos menciona que una definición general señala que los miembros de un grupo en una organización:

1. Están motivados para trabajar juntos,

2. Perciben al grupo como una unidad de personas que interactúan entre sí,

3. Contribuyen en distinta medida a los procesos grupales, lo cual significa que algunas personas aportan más tiempo y energía que otras, y

4. Asumen distintas formas de interacción que las llevan a tener coincidencias y desacuerdos.

Definición que, por cierto, me parece la más acertada.

Ni que decir tiene lo que disfruté con algunas lecturas relacionadas con este tema y lo que me ayudaron en mi vida profesional. Y como es inevitable en casi todos los casos, estos comportamientos, buscar objetivos comunes incluso en los grupos más dispares, y el uso adecuado de la calidad total como marco de actuación en los procesos, de trabajo y personales, pasaron a formar parte de mi personalidad y marcaron el entorno de mis relaciones personales con mis amigos o mis interlocutores.

Lo que me ha causado más de un problema, pero me resulta inevitable y gratificante.

Y todo esto viene a cuento de la frustración que me supone ver como han cambiado los roles sociales a una búsqueda de las diferencias, a la falte de colaboración grupal, y un desprecio por trabajar por la convivencia, suponiendo que, como ocurre con el bienestar y tantas otras cosas, que  “nos viene dado”.

Cuando deberíamos  saber que la amistad real, la convivencia y la búsqueda de proyectos comunes, solo puede triunfar como fruto de mucho esfuerzo por comprender, mucha paciencia, mucha tolerancia, y mucho distinguir argumentos y personas, de forma que nunca superemos esa línea roja que debe separar las confrontación de ideas de los ataques personales.

Ese espacio de muy difícil retorno que en la terminología de las relaciones interpersonales se define como entraren una “espiral de violencia”.

La falta de valores y de coherencia en nuestras comunidades es, y será, una de mis mayores decepciones personales. El bienestar, el “ser más que el que más” y el bombardeo en los medios de comunicación de un marketing pernicioso que nos invita a ser egoístas, a tratarnos los unos a los otros como enemigos potenciales o como objetos de placer.

Y todo esto, junto al uso inadecuado de la tecnología, nos hace volver al sexismo, a discriminar a los diferentes, a actuar con comportamientos excluyentes, o a seguir, si no a encabezar, pancartas contra los corrutos cuando acaban de pagar una factura en “B”, sin IVA.

Pero ¡qué le vamos a hacer! Espero no rendirme y seguir como hasta ahora. No va a servir de nada, pero dormiré un poco más tranquilo.

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