Recuerdo a mis amigos que los pasos de la justicia son los del encabezamiento: si un ciudadano o una entidad sospecha de alguien, presenta una denuncia en un juzgado. Y si el juez y el fiscal (creo que en caso de que discrepen prevalece la decisión del juez) ve que las sospechas son fundadas, se arranca una instrucción. En caso negativo se archiva la causa.
Si la denuncia es aceptada, el juez que la recibe inicia la instrucción y tratará de averiguar si hay indicios de que las sospechas están fundamentadas, lo que se consigue citando a testigos y buscando la colaboración de la policía judicial que necesite.
Si no es así declara nula la instrucción, pero si la investigación descubre que los indicios tienen solidez, pasa la causa al juez que ha de juzgar el caso, un Juez Superior que, a la vista de lo instruido, determina si hay fundamento o no para continuar o anular la causa.
Y si la sigue, su obligación es encontrar pruebas de que los indicios eran ciertos, ampliando la investigación con su propio equipo. Y, en cualquier caso, dictará sentencia que puede ser absolutoria, o condenando a las penas que se ajusten a las pruebas encontradas.
Cada uno de los pasos tiene sus protocolos de defensa, acusaciones, recusaciones de jueces, o recursos a instancias superiores, excepto en el caso del Tribunal Superior de Justicia, porque, en España, es el de mayor rango para dictar sentencias.
Y hablando de las venturas y desventuras del juez Peinado, tengo que descubrirme porque, una vez más, la maquinaria de propaganda del gobierno está convenciendo a la ciudadanía de que buena parte de la Judicatura está trufada de jueces fachas que hacen política con sus togas.
Y he oido hace tiempo que la solución, según el relato del gobierno y sus afines, es que la instrucción la lleven los fiscales, y no los jueces, teniendo como tienen dependencia jerárquica del Fiscal General, elegido por el gobierno.
Y que los jueces no lo sean solo por oposición, si no a dedo, a partir de ciertos supuestos que, naturalmente, fijaría el gobierno, o, lo que es lo mismo, las Cortes españolas. Cortes que, en este momento, encabezadas por Francina Armengol, no son más que un apéndice del propio gobierno
Lo que ha sucedido con el juez Peinado y sus circunstancias es absolutamente normal en el mundo de la justicia, por mucho que se trate de un personaje peculiar, ya que como es habitual en las instrucciones, se ha sometido al control de la Audiencia Provincial de Madrid que, siempre por unanimidad, le ha dicho qué líneas de investigación debe seguir y cuáles no.
Es decir, no es una cabra loca que tira al monte por libre, por mucho que sus autos anden sobrados de literatura en muchas ocasiones, algo que no es lo habitual, pero más frecuente de lo que la gente piensa.
Y resulta que estos días, después de tanto acusarle de todo lo acusable, hemos visto al ministro de justicia poner al juez Peinado a caer un burro. Precisamente ahora, cuando se lo quitan de en medio porque ha decidido cerrar la instrucción y pasar el caso a un juez de enjuiciamiento, que es el que debe decidir si la instrucción ha conseguido suficientes indicios para aceptar el proceso, o sobreseerlo, en cuyo caso se archivará.
Por lo que mi pregunta es ¿Por qué ahora, cuando se han deshecho de Juez Peinado, están más cabreados que nunca?
Ya que, si es tan inocente como asegura el abogado Bolaños, el actual Ministro de Justicia, si <<no hay nada>>, deberían alegrarse de que la causa esté en otras manos. Manos <<imparciales>>, como siempre han reclamado.
Yo, que soy muy <<navaja de Ockham>> y siempre creo que los problemas complejos tienen soluciones sencillas, opino que lo que siente en este momento el batallón de defensores a ultranza de nuestro presidente y su entorno, es puro cabreo y frustración, porque se temen que han perdido su gran oportunidad.
Porque hay una posibilidad real de que el nuevo juez no anule la causa por ver indicios suficientes y, con ello, se derrumba su mejor estrategia defensiva: conseguir a toda costa que alguna instancia de la Judicatura frenara la investigación del juez Peinado, o que el propio juez se acojonara, como mejor y más eficaz método para salvaguardar a Begoña Gómez Fernández consiguiendo, por alguna de estas estrategias, que se archivara la causa.
Causa que puede prosperar y acabar bien o mal, sin que lo puedan controlar, si el nuevo juez consigue pruebas de que eran ciertos los indicios presentados por el instructor, el que siempre ha sostenido que la afectada cometió los posibles delitos que se dice en los autos, <por ser la esposa “de”>>.
Continuará
Pero, para el gobierno, la nueva situación es la que describe el sesudo refranero español cuando se queja de que <<éramos pocos y parió la abuela>>
Valencia 16 de abril de 2026
José Luis Martínez Ángel