¿Huelga o manifestación ilegal? El problema de los camioneros y la muy necesaria ley de huelga

Como España es como es, tan aficionada a empezar cosas brillantes y tan poco a rematarlas como se debe, en este momento nos encontramos en una situación totalmente esperpéntica, porque los cambios en los tiempos no se han acompañado con la actualización en las leyes. Y me explico:

El derecho de huelga, contemplado en la Constitución, está fundamentada en que los obreros, los empleados de una empresa, pueden convocarlas para denunciar irregularidades de patronos injustos y presionarles para que soluciones problemas salariales, de abusos, o de cualquier otro tipo. Es decir, las huelgas iniciales, las primeras, requerían la presencia de un patrón deshonesto y de trabajadores reivindicativos.

Planteamiento que prevalecía casi intacto cuando llegó la democracia, porque durante la dictadura, ese derecho quedó invalidado. Hubo algunas huelgas, sí, pero todas eran ilegales, lo que permitía a las autoridades reprimirlas con fuerzas de orden público, incluso con las de antidisturbios si era necesario. Y de eso saben mucho “los grises” de entonces que, en su mayoría, no hacían más que obedecer órdenes.

Pero los tiempos han cambiado y ha crecido de forma exponencial el número de autónomos, hasta el punto de que en este momento hay gran cantidad de colectivos de mini empresarios,  patrones de sí mismos, que no tienen a quién reclamar derechos si no es el gobierno de turno, que no es su patrón, pero es el que regula con leyes gran parte de las materias que les afectan directamente.

Y, por esta razón, no pueden convocar huelgas, solo cierres patronales y manifestaciones, porque, repito, el gobierno no es su patrón formal, ni tampoco acogerse a los derechos de los huelguistas convencionales. Son, en pleno Siglo XXI, una especie de proscritos legales, porque ni siquiera, siendo patrones, entran dentro de los supuestos legales para cesar en su actividad:

25.3. El cierre patronal

Es el cierre del centro de trabajo decidido por el empresario, en caso de huelga o cualquier otra modalidad de irregularidad colectiva en el régimen de trabajo, cuando concurra alguna de las circunstancias siguientes:

  • Notorio peligro de violencia para las personas o de daños graves para las cosas.
  • Ocupación ilegal del centro de trabajo o peligro cierto de que se produzca.
  • Inasistencia o irregularidades en el trabajo de tal volumen que impidan gravemente el proceso normal de producción.

Es decir, la sociedad ha evolucionado mucho, pero la legislación continúa exactamente igual que en los años 70, salvo algunas modificaciones que no afectan al hecho de que hay millones de colectivos en auténtica indefensión legal ante determinadas circunstancias que les perjudican.

Y tenemos el caso paradigmático y actual del colectivo de autónomos del transporte, los camioneros, la mayoría de ellos propietarios de un solo camión, cuyos ingresos proceden en su mayoría de subcontrataciones de empresas del llamado Comité de Transportes, muchas de las cuales casi no tienen camiones en propiedad y se valen de los autónomos para hacer frente a sus contratos.

Es decir: Tenemos empresas con pocos empleados y pocos camiones, únicos interlocutores con el gobierno de la nación y miles, muchos miles, de autónomos sin voz ni voto que son, en su mayoría, los que realmente realizan los trabajos.

Con la guinda de unos sindicatos absolutamente amortizados que viven de las subvenciones que recibe a cambio de servir de coartada legal para las decisiones del gobierno y a los que les importa un pito los trabajadores que “no trabajan”, los que están en paro o no están colocados en empresas, especialmente en grandes empresas o en la administración pública.

Y abriendo un paréntesis y hablando de huelgas legales, que no es el caso de las movilizaciones actuales de los camioneros, resulta que este gobierno clarividente, por dar satisfacción a sus socios de la izquierda, suavizó la ley que penalizaba las actuaciones violentas de los llamados “piquetes informativos”, concretamente el artículo 315 del Código Penal, pensando que los trabajadores solo hacían huelgas a los gobiernos del PP.

Y lo hizo con un preámbulo populista como es este gobierno, absolutamente impropio del BOE, que en uno de los párrafos decía: «Desde la llegada al Gobierno del Partido Popular en diciembre de 2011, se inició un proceso constante y sistemático de desmantelamiento de las libertades«.

Y se apostillaba con otro párrafo del mismo preámbulo que dejaba entrever que los jueces aplicaban la “forma agravada” a cada uno de los casos, con este texto:  “Así, se ha aplicado la forma agravada de coacciones prevista en el artículo 315, apartado 3, del Código Penal, sobre la más atenuada de coacciones genéricas, aunque en la mayoría de los casos los hechos no puedan ser entendidos como violentos o coactivos y, en consecuencia, como un riesgo cierto para la integridad de las personas o de los bienes o instalaciones donde se desarrollan. Con esta aplicación de la ley se ha tratado de disuadir a los ciudadanos de ejercer su derecho a la huelga y, en consecuencia, su libertad sindical”

Y digo que era un ataque directo a los jueces, porque son ellos los únicos que pueden aplicar la forma “más agravada” o más favorable para los denunciados en cada caso, dentro de la horquilla interpretativa que les permite la ley.

Y ahora se encuentran con las manos atadas porque parte de los desmanes que están cometiendo los camioneros, muy pocos, pero muy difundidos, pierden carga delictiva.

Es más, en ese mismo decreto, se pedía una revisión de las sentencias dictadas por alguna de estas causas: «Procederá la revisión de las sentencias firmes dictadas de conformidad con la legislación derogada«.

¿Y porqué ocurren todas estas cosas? Como siempre por la inoperancia y la cobardía de la clase política de todos los partidos, sin ninguna excepción, que no se han atrevido a abordar un problema, cada vez más complicado, haciendo lo que deben hacer:

Abordar y consensuar una ley de huelga que permita dejar de ir a remolque de los acontecimientos, aplicando parches legales para solucionar situaciones puntuales a conveniencia de los partidos en el gobierno.

Como ha sido el caso

El camino de VOX hacía la Ínsula de Barataria.

Lo sucedido recientemente en la Comunidad de Castilla-León como consecuencia del resultado electoral es algo casi imposible de valorar como bueno o malo a largo plazo, aunque de momento, invita a ciertas reflexiones. Reflexiones a pie de calle, naturalmente, porque las siempre falsarias “altas esferas de la política” hace mucho que no reflexionan. Se limitan a lanzar consignas interesadas, prefabricadas y acordes con el ideario de cada cual.

La primera es que a estas alturas parece que la decisión de convocar elecciones no tiene padre, que “entre todos la mataron y ella sola se murió”. Los mortales entendimos y nadie lo desmintió, que se adelantaron a instancias de la dirección nacional del PP, pensando que soplaban vientos favorables y que ocurriría lo mismo que en la Comunidad de Madrid con el tirón de Isabel Díaz Ayuso. Solo que algo se torció por el camino y las desavenencias de Casado con la que fue otrora su brazo armado, provocó un retroceso en las expectativas del PP y un ascenso, casi regalado, de VOX.

El pretexto, la posible moción de Ciudadanos, puede que fuera cierta, pero tenía toda la pinta de ser una coartada muy traída por los pelos.

Lo segundo es que, llegados a este punto,  Alfonso Fernández Mañueco se encontró con una patata caliente, muy caliente, porque una vez que el resto de los partidos representados en la cámara no aceptaron ningún acuerdo, solo tenía dos opciones: Pactar con VOX, o repetir elecciones, lo que hubiera resultado especialmente dañino para su comunidad y, muy posiblemente, para obtener los mismos resultados. Probabilidad que me viene al pelo para repetir una de mis frases favoritas, tan oportuna en este caso: “locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando resultados diferentes”.

Y, como era de esperar, el gobierno de la nación, el PSOE, todos sus aliados parlamentarios y los medios que les son afines, se apresuraron a rasgarse las vestiduras, a sacar de su jaula el sangriento dóberman de antiguas campañas y a anunciarnos catástrofes sin cuento, no solo para la comunidad en cuestión, sino para España entera e incluso para la propia Comunidad Europea.

Catastrofismo alentado por el propio Casado en su inoportuna visita al Grupo Popular del Parlamento Europeo, olvidando de forma inexplicable que fue él mismo el que alentó a que se disolviera el parlamento y que, por tanto, es responsable directo de sus consecuencias, por acción u omisión, aunque la idea partiera de su ex secretario de organización.

No voy a entrar en lo dicho por la oposición castellanoleonesa, aunque es de cajón plantearse qué si tanto interés tenían en que VOX no entrara en gobierno, les hubiera bastado con abstenerse en la elección del presidente, sabiendo que, de haberlo hecho, hubieran tenido al PP cogido de salva sea la parte y en total indefensión política.

Pero las cosas están como están: VOX tiene la presidencia de las cortes, la vicepresidencia del gobierno y creo que tres consejerías. Y se ha firmado un pacto de gobierno que no he leído porque, diga lo que diga y como ha ocurrido con todos los firmados a nivel autonómico, incluso a nivel nacional, o no se cumplirá literalmente o se buscarán fórmulas para que parezca que “sí”, pero que será que “no” en cuanto surjan verdaderos conflictos.

Y no olvidemos que el señor Mañueco está en debilidad, pero sigue teniendo la potestad de disolver las cortes y convocar elecciones si le aprietan más de lo que puede o debe soportar. Y puede que, si se da el caso, el no pasar por determinado aro le proporcione una autoridad que parece muy menoscabada en este momento. Y al señor Mañueco no le temblará el pulso como le tiembla al señor Sánchez, porque no creo que haya cambiado el colchón de su residencia oficial, si es que la utiliza y no tendrá ningún interés personal en mantener el cargo. Ninguno.

A partir de ahora y como voy a hablar de VOX y de sus circunstancias, recuerdo lo que he publicado en tantas ocasiones: es un partido con el que no comparto en absoluto parte de sus objetivos políticos, objetivos políticos, repito, pero que es legal y por tanto tan democrático como cualquier otro, o quizás más que otros. Y por eso he repetido lo de “objetivos políticos”.

Y, en mi opinión, puede resultar muy positivo que VOX, que nunca ha querido “mojarse”, pase de predicar a dar trigo y asuma responsabilidades de gobierno. Responsabilidades en una comunidad autonómica, lo que parece un contrasentido dado que una de sus manifestaciones más conocidas es cuestionar la utilidad del sistema autonómico, que pide eliminar o limitarlo a cuestiones puramente administrativas, sin capacidad para tomar decisiones políticas que solo deben corresponder a las Cortes o al gobierno de la nación.

Porque ahora, estando los amigos de VOX en el gobierno, no van a tener más remedio que gestionar los recursos de que dispondrán para la mejor atención y los servicios a la ciudadanía. A toda la ciudadanía y sin capacidad de modificar leyes estatales aplicando su ideario. Aunque se esforzarán, como no, de hacer parecer lo que no es, dejándose llevar por su populismo tradicional.

He leído en titulares acuerdos como promover una ley de “violencia intrafamiliar” que protegerá a “menores, mayores, mujeres, personas con discapacidad o personas vulnerables”,  o que “el gobierno de Castila y León promoverá una inmigración ordenada que, desde la integración cultural, económica y social, y en contra de las mafias ilegales, contribuya al futuro de la región

Son textos asumibles en sus planteamientos y puro humo desde el punto de vista legal, porque, repito, ninguna comunidad puede promulgar leyes que contradigan las estatales, de rango superior.

Y la prueba de fuego de su futuro como partido estará en su comportamiento en el gobierno de la comunidad y en sus iniciativas parlamentarias. Porque de los otros “ultras”, los de la izquierda o los nacionalistas, sí que sabemos lo que han hecho y lo que han pretendido hacer, entre otras cosas dar un golpe de Estado, trabajar para cambiar la forma de gobierno, deslegitimizar a los otros poderes del Estado cada vez que sus decisiones o sus sentencias no se ajustan a sus planteamientos políticos o sociales y, siempre, encubrir al gobierno cuando toma decisiones que debilitan el contenido de la Constitución o no practica esa transparencia informativa que tanto pregonó antes de alcanzar el poder, alegando inexistentes secretos de Estado.

Y, ya metidos a gobernar, de aquellos revolucionarios nacidos del 15M, el Podemos que defendía la democracia asamblearia, apenas quedan restos. Sus dirigentes viven en otros lugares, viajan en coche oficial y, todo lo más, hacen alguna declaración de vez en cuando sobre temas varios para hacerse ver. Para aparentar que siguen en la brecha.

Pero de VOX no hay ningún historial de gestión. Solo mucho bla, bla, bla y repetir una y otra vez lo que harán cuando lleguen al gobierno de la nación, cosa que nunca conseguirán.

Y hasta puede que aprendan la lección del casi extinto Ciudadanos, partido que tuvo un gran auge en un determinado momento de la historia reciente y eviten querer ser “califa en lugar del califa”, el gran error de Albert Rivera y limitarse a influir, que no es poco, en lugar de presidir gobiernos.

Porque no olvidemos que la mayoría de los actuales votantes de VOX fueron otrora el ala más conservadora de AP y del PP, sin que eso supusiera un grave problema de convivencia con el resto de las “familias” internas.

Por lo que, en mi opinión, tenemos por delante un interesante experimento político que valdrá la pena seguir y del que podremos sacar conclusiones.

Hablemos de Ucrania y de lo que Putin nunca conseguirá de los ucranianos

Estamos asistiendo casi en directo a los terribles sucesos de Ucrania en los que las verdaderas víctimas, como en casi todas las guerras, es la población civil. En este caso no hay una guerra formal porque no hay dos bandos enfrentados, sino un invasor y un invadido, pero el resultado práctico es exactamente el mismo.

Estos días hemos memorizado la silueta de Ucrania, la nación más grande, detrás de Rusia, de las que en otros tiempos formaron parte de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que tiene un cierto parecido a la de los Estados Unidos,  .

Para ponernos en situación, conviene saber que la población de Ucrania es una mezcla de tendencias culturales siendo lo más destacado que las dos provincias orientales, las que hacen frontera con Rusia, hablan ruso y tienen una buena parte de sus habitantes favorables a la anexión con esta nación. Pero la inmensa mayoría de los ucranianos hablan la lengua nacional, el ucraniano y son mucho más proclives a integrarse en la Unión Europeo, incluso a entrar en la OTAN.

De hecho, ya hace años que la inmensa mayoría de la emigración ucraniana se dirige a las naciones de la Comunidad Europea, en las que, pese a las diferencias de idioma, se integran sin ninguna dificultad. Solo en España hay censados 112.034, una gran parte residentes en Madrid, aunque hay otros núcleos importantes en otras comunidades españolas.

Por otra parte, Ucrania resulta atractiva para los ciudadanos rusos, como lo demuestra que en los últimos censos figura un total de 4.964.293 inmigrantes de esa nación, casi el 12 % de la población. En el desglose por nacionalidades del total de inmigrantes en Ucrania, la mayoría es de procedencia rusa, el 66,65 %, seguida por Bielorrusia, con un 5,00 % y por Kazajistán con el 4,52 %. El resto de proceden de otras naciones.

En términos comparativos con España, Ucrania tiene una extensión de 603.548 km² y España de 505.990.  Su población es de 41.418.717, con una densidad de 69 habitantes por Km2, mientras que en España somos 47.326.687, con una densidad de 94 habitantes por Km2. Es decir: La superficie de Ucrania es mayor, pero tiene menos habitantes y están menos concentrados en grandes ciudades.

Lo que, para efectos de este comentario, permite suponer que Ucrania y España son muy parecidas en tamaño, aunque Ucrania se “estira” más en lo horizontal en su forma y menos en lo “vertical”.

La primera conclusión es que las imágenes que aparecen en las pantallas de televisión dan una falsa idea del despliegue militar del ejército ruso dentro de Ucrania, porque la distancia real entre las columnas que la invaden por el norte, desde Bielorrusia, o por el nordeste por Járkov están separadas por distancia muy superiores a las que hay entre Barcelona y La Coruña, pongo por caso, siendo mayores todavía las que hay entre las de Kiev y las que entran por Rostov o de las que puedan entrar desde la península de Crimea.

En cuando a la pretendida ocupación de Odesa, objetivo prioritario para Rusia porque cerraría todos los accesos al Mar Negro,  parece muy complicada realizarla por tierra desde Crimea, por lo que se supone que necesitarían un desembarco en sus playas, también muy arriesgada porque las fuerzas desembarcadas, como ocurrió en Normandía, quedarían muy desprotegidas si encuentran resistencia en tierra.

Es cierto que mi conocimiento sobre estrategias militares es más bien escaso, pero el sentido común me dice que si entre Dnipró e Ivano-Frankivsk hay más de 1.000 km., no creo que sea fácil moverse entre estas grandes ciudades, o cualquier otras, a velocidad de columna motoriza, con una logística complicada y hostigada por enemigos poco controlados.

Y es razonable pensar que no es esto lo que pretendía Putin porque, repito, no va a tener tanques en cada uno de los de esos 603.548 km² del país.

Es de suponer que su plan era una guerra relámpago, de tres días máximo, aterrorizando a los ucranianos con bombardeos selectivos por aire o con misiles para eliminar bases militares, depósitos de armamento y otros objetivos estratégicos, acompañados por una gran exhibición de fuerza militar por tierra, para conseguir el cambio del gobierno actual por otro, modelo Bielorrusia, totalmente pro-ruso, que no pidiera entrar en la Comunidad Europea, ni mucho menos en la OTAN.

Porque, de ninguna manera, podrá soportar una ocupación larga y en toda la nación.

Y fallado el plan inicial, su opción “B” es casi aterradora para Ucrania, para Rusia y para el resto del mundo “occidental”: mantener un goteo de muertes y acorralar a los habitantes de las grandes ciudades dejándoles sin alimentos, sin agua, sin luz, sin calefacción, sin medicinas y sin posibilidad de salir de sus ratoneras si no es por corredores humanitarios abiertos a Rusia o Bielorrusia.

Y a los lugares del oeste donde no pueden llegar los tanques, el terror llegará por el aire utilizando aviones y misiles.

Se me ocurre, desde mis escasos conocimientos sobre estrategias militares declarados anteriormente, que las enormes columnas de carros de combate que ha exhibido estos días tenían un mucho más de escenografía que de utilidad real, porque un tanque no es nada si no tiene combustible y tantos tanques necesitan cantidades ingentes de combustibles que deben llevarles cubas que, a su vez, necesitan protección porque son muy vulnerables. Tanques si, pero no tantos.

Es obvio que Putin conseguirá esa sumisión inevitable de madres con hijos o con personas mayores que mueren de frio e inanición en su casa y también las deseadas fotos propagandísticas de camiones rusos dando alimentos a los “pobres ucranianos”, hasta ahora martirizados por un gobierno nazi, según esta propaganda y aterrorizados por la violencia de los mercenarios entrenados por la CIA, pero esa boca que recibe alimentos morderá la mano que se los da en cuanto tenga ocasión.

Porque si los ucranianos sentían una progresiva desafección de Rusia en favor de la unión Europea, pasarán de desafección al odio y odio al máximo extremo, porque las naciones eslavas, como pasó con Polonia o Hungría, tienen un nacionalismo muy especial que hace que la guerra contra un invasor dure mucho más que el final de las batallas o que las rendiciones oficiales.

Y porque muchos de los que suplicarán alimentos han perdido sus casas y sus servicios básicos y tienen a sus maridos, a sus hijos, o a algunos familiares luchando contra los rusos por pueblos y ciudades de Ucrania.

Y es seguro que Rusia, la que se permite amenazar a Finlandia, a Suecia y a las naciones bálticas, no podrá soportar el coste económico de una invasión a largo plazo en Ucrania, ni tampoco el coste emocional de enterrar rusos muertos en tierra extraña por la gloria del gran líder.

Una Rusia, cuya ciudadanía está absolutamente desinformada porque Putin sabe muy bien que la nación no soportaría conocer lo que realmente está sucediendo. No se si habría una revuelta o no, porque los regímenes totalitarios lo primero que hacen es asegurarse el control de la policía estatal y de las fuerzas armadas, pero, como siempre ha ocurrido en la historia, su caída sería cuestión de tiempo.

Y a nosotros nos corresponde soportar con paciencia y resignación el sobrecoste de nuestras materias primas y de nuestra energía. No todo, como ha asegurado nuestro presidente, pero si el que sobrepase ese 7,5 % de inflación que ya teníamos antes de la invasión.

Y rogar para que el loco causante de todo este desastre no decida suicidarse si se siente acorralado y abandonado por sus fieles en el futuro,  como hizo Hitler, porque, de decidirlo, no optaría por dispararse un tiro en la cabeza, como hizo su referente más reciente, sino provocando algún tipo de masacre colectiva como acto final de sus delirios de grandeza. Porque Putin tiene “botones” y recursos armamentísticos de los que, afortunadamente, no dispuso el führer.

Los detonantes de la historia: Sarajevo ayer, Ucrania hoy.

Es curioso como un suceso aparentemente menor puede desencadenar acontecimientos insospechados. Lo mismo que el detonante de la primera guerra mundial fue el asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona austrohúngara, la invasión de Ucrania ha sido la gota que ha rebosado el vaso del rechazo que estaba provocando en el mundo civilizado el sociópata asesino Vladímir Vladímirovich Putin, presidente actual de la Federación Rusa, posiblemente el hombre menos empático y más despiadado entre los actuales dirigentes mundiales.

Ha conseguido que la Comunidad Europea actúe con una sola voz, el reverdecimiento de la OTAN, un refuerzo de los lazos de los líderes del mundo libre, especialmente entre Estados Unidos y Europa, que Suiza abandone su tradicional neutralidad, que la ONU, ¡la ONU! vote una resolución condenatoria de la invasión, que naciones que permanecían fuera  de la OTAN, Suecia y Finlandia, estén pensando en participar en el tratado, que Turquía, la del imprevisible Erdogan, bloquee el paso de naves de guerra en el Bósforo, que la economía rusa se esté yendo al garete, que rusos de todos los niveles hayan manifestado su desacuerdo con la invasión, afrontando con valentía las inevitables represalias y, en resumen, una ola de solidaridad con el pueblo ucraniano absolutamente imprevista en este mundo que utiliza la globalización a su conveniencia y tan acostumbrado a mirar para otro lado cuando mirar de frente resulta incómodo.

Solidaridad generosa, de la que nos cuesta dinero y bienestar a todos nosotros y, muy especialmente, a algunas de las naciones clientes mayoritarias del gas o las materias primas que llegan de Rusia.

Invasión que, por otra parte, ha puesto de manifiesto que el gran dictador ni siquiera es un estratega de media capa. Se ha limitado a hacer un alarde de fuerza mandando miles de tanques y otros vehículos militares sin tener en cuenta la logística, de forma que muchas columnas se quedan paradas en espera de víveres o combustible, o llegando a la tan temida guerra de guerrillas urbanas, en la que un ucraniano armado con un cóctel molotov puede inutilizar un tanque de doce millones de euros.

Seguro que en el entorno militar de Rusia están rodando cabezas, pero hasta llegar a la del propio Putin hay que escalar muchos peldaños en la jerarquía de esa hermosa nación que tanto me sorprendió cuando la conocí.

Ucrania caerá porque es imposible evitarlo, pero el prestigio del loco homicida también. Prestigio que ya nunca recuperará porque no habrá en el mundo nadie capaz de creer en su palabra y en sus buenos propósitos. Excepto Cuba, Venezuela y alguna que otra nación dirigida por dictadores falsarios disfrazados de demócratas, como el mismo Putin.

Y me permito terminar con este enlace con el discurso de Borrell. Un socialista de la vieja escuela, sin bandazos y claro, muy claro, exponiendo sus convicciones.

Democracia versus dictaduras.

El caso Ucrania pone en evidencia otra de las debilidades de la democracia, debilidad afortunada, por supuesto, pero evidente. Las democracias creemos en los derechos humanos, respetamos la vida humana y establecemos controles para que los gobernantes necesiten recabar autorizaciones para hacer según que cosas. Invadir países, por ejemplo.

Putin ha podido mover tropas como ha querido y ordenar lo que ha ordenado por su cuenta y riesgo, aunque haya disfrazado algunas de sus decisiones como consentidas por su parlamento de cartón. Parlamento que puede convocar en media hora con el orden del día que él indique y que aprobarán por unanimidad lo que él proponga.

A diferencia de las naciones democráticas en donde los gobernantes necesitan pasar filtros y respetar normas antes de aprobar medidas drásticas como la que nos ocupa. De hecho, la facultad de declarar una guerra, que es lo que ha hecho Putin, en España está reservada al Rey, único que puede hacerlo a propuesta del gobierno.

Y esta diferencia de condicionantes crea una brecha temporal inevitable en la toma de decisiones, por lo que un loco como Putin podría invadir Europa mientas cada una de sus naciones y la propia comunidad se toman su tiempo discutiendo si son galgos o podencos.

Repito que afortunadamente.

¿Cuál es la solución? Muy complicada, pero seguramente lo más eficaz y casi lo único que se puede hacer es lo que se está haciendo con Rusia: estrangularla económicamente, cerrando sus canales de acceso a los mercados exteriores, de forma que se resienta la economía del país y provoque una reacción de la ciudadanía. Y, por supuesto, bloquear o embargar todos los bienes de los dictadores y de los componentes de sus núcleos duros, siempre cuantiosos y “colocados” en países terceros.

Pero eso no es eficaz para evitar disparates como el de Ucrania si se aplican sobre hechos consumados. Hay que ponerlos em marcha cuando se ven síntomas evidentes de sus intenciones. En el caso de Rusia hace más de siete años, cuando empezó la operación de acoso a las regiones del este de Ucrania.

Ególatras históricos: Alejandro Magno, Napoleón, Hitler, Putin…

Putin ha seguido la hoja de ruta que había planeado hace años invadiendo Ucrania. Seguramente apurando el calendario porque el plan inicial, una vez absorbida Crimea, parecía ser anexionar las regiones del este por el procedimiento habitual de los malditos dictadores que quieren parecer libertadores: Convencer a una parte de la población de las maravillas de la patria rusa, completar la población con rusos reales, hacer la vida imposible a los ucranianos desafectos de Rusia para que se vayan o se resignen a ser ciudadanos de segunda, provocar que estas regiones pidan la independencia, reconocerla y apoyarlos miliarmente para proteger a “los pobres rusos” y pro rusos de esos lugares de la maldad de sus opresores ucranianos. De manual.

Pero esta vez ha dado un salto cualitativo y parece que, además de las regiones del este, tiene prisa por ocupar las del sur, incluida la ciudad de Odesa y su puerto, con lo que deja a Ucrania sin costa en el Mar Negro y, como consecuencia, cercada por todos los flancos y estrangulada en sus vías de salida al resto del mundo.

Espero que Estados Unidos y Europa sean tan contundentes como dice que serán y consigan con sanciones económicas y otras medidas, dejar a Rusia fuera de las finanzas y los mercados del resto del mundo. Incluido, si es posible, cortar cualquier posibilidad de acceder a las redes de internet del mundo libre para evitar pirateos, bloqueos y ataques de cualquier tipo.

Y lo lamentable es que no hay absolutamente ninguna razón que justifique semejante despropósito, invadir terceros países y causando muerte y destrucción, que no sea la egolatría de un enfermo de vanidad, Putin, que engrosa la lista de los otros grandes ególatras de la historia mundial, como Alejandro Magno, Napoleón o Hitler, pongo por caso.

Y, curiosamente, los cuatro han sido, como Putin, bajos de estatura, tan cortos de estatura como gigantes en vanidad. Y no es que ser bajo de estatura sea una deshonra, pero no deja de ser una curiosidad

Porque no eran, como no lo es Putin, los líderes de países amenazados por el hambre que necesitaban invadir para subsistir. Tampoco ninguno de ellos lo hizo porque el pueblo les empujara a hacerlo.

Todos han sido, como lo es Putin, enfermos de soberbia y con delirios de grandeza sin límites ni control. Verdaderos monstruos versados y tratados como grandes hombres por gente indigna de versar ni de glosar, que solo ven la punta deslumbrante de un enorme iceberg de muerte y destrucción. Muerte y destrucción inútil y despiadada.

Lo pienso ahora y lo pensé cuando vi el enorme esplendor de la tumba de Napoleón en la Iglesia de los Inválidos, en el Museo del Ejército de París. Restos colocados en seis féretros, uno dentro de otro, siendo los dos últimos de ébano y de porfirio rojo el exterior, el último visible.

Un hombre que, según la historia escrita por franceses, personifico la “grandeur” de Francia. Grandeza sustentada por cadáveres, como la de sus compañeros Alejandro Magno o Hitler y como será la de Putin si el tiempo y los rusos, que son los primeros que sufrirán las consecuencias, bien luchando y muriendo por una guerra absurda e injustificada, bien empobrecidos, faltos de productos del cada día y aislados de ese otro mundo que tanto gustan de visitar.

Y nosotros, ¿Cómo podemos ayudar al hundimiento de Putin? Apoyando las decisiones del gobierno dentro del marco de la Unión Europeo y de la OTAN y aguantando las consecuencias de las sanciones económicas que impondrán a Rusia sin quejarnos. Nos quejemos o no son inevitables, pero está claro que lo que a nosotros nos supondrá un aumento importante en el coste de materias primas, a ellos, a los rusos de a pie, les supondrá perder mucho más.  Que no deja de ser una forma de que vean que esos lujos del Klemlin, ese pasear ufano de su líder con pie de barro, tiene consecuencias.

Hay algo evidente: Rusia tiene un gran ejército, pero carece de los recursos económicos necesarios para soportar un conflicto armado por mucho tiempo. Y a China, aunque parezca aliada de Rusia, tampoco le interesa el conflicto si pasa de ser otra “Chechenia” a un enfrentamiento con el resto del mundo, por lo que puede ser un moderador conveniente o, simplemente, les abandonará a su suerte.

¿Díaz Ayuso en VOX?

A la vista de la dimensión de la brecha abierta en el PP, alguien ha planteado la posibilidad de que Díaz Ayuso se pasara a VOX.

Pues no creo que lo haga porque de lideresa indiscutible en un partido de gobierno, pasaría a ser una simple tránsfuga, demostrando que, como dicen que dijo Groucho Marx, “estos son mis principios y si no le gustan tengo otros”. Aunque en este caso más bien sería  “estos son mis principios y si no me interesa mantenerlos, tengo otros”.

Tránsfuga de partido como otros, tipo Gil Lázaro, que después de toda una vida de juramentos y adhesiones al PP, la primera vez que no le metieron en listas ni le dieron puestos de prestigio, vio la luz y se dio cuenta de que ese no era el partido de su vida. Mejor en VOX, donde está muy bien colocado en una de las vicepresidencias del Congreso.

Porque ni siquiera tendría el pretexto de Abascal y de parte del PP vasco, que dejaron el PP porque entendían que los gobiernos de su partido habían sido muy tolerantes con los herederos de ETA y poco comprometidos con las víctimas. Aunque es cierto que hubo formas diferentes de gestionar la desilusión: los desengañados con el partido, siendo del partido, dejaron la política, como ocurrió con María San Gil y tantos otros, mientras que otros, más cabreados o con más ego, cómo Abascal, fundaron VOX u otras plataformas con menos éxito.

Pero Díaz Ayuso solo puede alegar que cambia de partido porque se ha sentido atacada o poco valorada, no porque su partido haya cambiado de ideología o de objetivos políticos, por lo que no creo que tome esa decisión por la pérdida de imagen que le supondría.

Sus dos opciones son dimitir y dejar la política, o solucionar, dialogando con los inquilinos de la calle Génova, este entuerto que tanto daño está haciendo a su partido de toda la vida, el que la apoyó y el que la hizo candidata al puesto que ocupa y a ella misma.

Pero, como estamos en España, prever lo que pueda decidir es pura ciencia ficción. Y ahí no llego.

Lo cierto y real es que los dos grandes partidos que tanto hicieron por la democracia y la modernización de España, PSOE y PP, están seriamente dañados y es urgente, muy urgente, su regeneración para que sean alternativas reales de gobierno. Solos, con apoyos, o con pactos de gobierno, pero alternativa creíble.

Castilla y León, la gran encrucijada

Hemos tenido elecciones en esta comunidad y los resultados plantean una situación realmente interesante. Muy interesante. Son elecciones autonómicas, pero no hay ninguna duda de su inevitable proyección nacional, como demuestra el hecho de que el sanchismo esté tan volcado en valorar los resultados como lo estuvo en defender su opción política durante la campaña.

Cosechando un gran fracaso, dicho sea de paso, por mucho que el gobierno y sus potentísimos medios de comunicación afines, traten de dirigir el foco donde no corresponde.

El que el PP no haya conseguido una mayoría suficiente para gobernar en solitario, pese a su modesto avance, ha convertido a VOX en un participante incómodo, pero muy a tener en cuenta, dando pie al gran debate, tan artificial como tantos otros, de si es bueno o no que se forme un gobierno PP-VOX

¿Bueno para quién? ¿Para VOX? ¿Para el PP? ¿Para el gobierno de Castilla y León? ¿Para los castellanoleoneses? ¿Para España? ¿Para el sanchismo?

Porque desde foros exteriores a la propia comunidad, partidos interesados únicamente por sus  votos en las nuevas elecciones en clave nacional, pretenden condicionar el futuro inmediato de la comunidad, sin considerar los daños o beneficios que cualquier opción puede causar a los propios castellanoleoneses .

Y me explico.

Si nos limitamos al entorno objeto de las elecciones, la Comunidad Castellano Leonesa, los ciudadanos han votado lo que han votado: el partido más votado ha sido el PP y la mayoría de los votos han sido, con una notable diferencia, para las opciones “de derecha”. Es decir, parece que es voluntad inequívoca de los votantes que sea ese bloque el que gobierne la Comunidad los próximos años.

Pero eso es lo que dicen los votantes, los que deberían ser los que deciden cual debe ser el próximo gobierno y otra muy diferente lo que opinan los dirigentes de los diversos partidos, que se han apresurado a etiquetar a todo y a todos con el tradicional lenguaje populista y con etiquetas falsas.

Porque, en primer lugar y por mucho que se diga, VOX es un partido homologado que nunca ha hecho nada en contra de la Constitución ni contra las libertades. Ha manifestado ideas, eso sí, con muchas de las cuales estoy en completo desacuerdo, como su opinión sobre la Unión Europea, sobre la inmigración, sobre la España autonómica y alguna que otra de igual o menor calado, pero hacer, lo que se dice hacer, no ha hecho nada, en contra de lo que ha sucedido con algunos de los partidos que apoyan al gobierno actual, principal escandalizado por lo “que puede pasar”, acusados de sedición o de ser los herederos políticos de ETA.

Gobierno que, repito, se rasga las vestiduras y tilda de enorme catástrofe la posibilidad de que se forme un gobierno con el PP y VOX.

En segundo lugar, porque estamos hablando de una autonomía, no del gobierno de la nación, desde la que no se pueden dictar normas ni promulgar leyes que contradigan las del Estado. En una autonomía se gestiona y se regula, pero no se cambian ni recortan leyes estatales. Y puede ser bueno que VOX deje de torear desde la barrera y participe en conseguir el pan, la sanidad y tantas otras cosas del cada día para los castellanoleoneses, desde puestos de responsabilidad en lugar de pasarse el día diciendo “lo que harían” si pudieran.

Y en tercer lugar porque parece que los votantes, los únicos importantes en esta farsa, aunque parezcan el último mono, así lo han decidido. Con el agravante, o mejor el atenuante, de que, según los expertos, muchos de ellos han cambiado sus votos directamente desde Ciudadanos a VOX, lo que demuestra que no buscan tanto un determinado ideario, sino reforzar la idea de que sea un bloque conservador el que gestione su autonomía.

Porque, además, han barrido literalmente a Ciudadanos y a Podemos, entendiendo que solo son rémoras interesadas que no aportan nada al futuro de la comunidad.

Así pues, Señor Mañueco, haga lo que cree que debe hacer para garantizar una mejor gobernabilidad de su autonomía,  sin escuchar cantos de sirena ni las voces de los agoreros interesados. Ni siquiera si los cantos le llegan desde la calle Génova. No digo que vayan contra su partido, pero sí que negocien lo mejor para la autonomía.

Yo preferiría un gobierno PP-PSOE, otra posible mayoría mucho menos arriesgada, pero me temo que esa opción no entra en los planes inmediatos de Pedro Sánchez.

Y, muy especialmente, sin provocar una repetición de las elecciones que no harían más que empeorar la situación actual.

No a la guerra o la locura de Putin.

Supongo que los profesionales del “no a la guerra” se han quedado mudos porque no hay forma humana de hacer creer que la posible defensa de un pueblo invadido es una guerra contra el agresor. Aunque hemos visto y oído cosas más incomprensibles.

Lo que no tiene sentido, ninguno, es la actitud absurda de un dictador empeñado en resucitar a la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, llamándola la gran Rusia, aunque una cosa no tenga nada que ver con la otra ni en composición geográfica ni en estructura política,

Una URSS que se construyó atrayendo a unas naciones con futuros de grandeza o invadiendo a otras que no querían unirse, recordemos Hungría y tantas otras, exactamente igual que quiere hacer ahora con Ucrania. O quizás peor, porque Putin no habla de alianzas, sino de integración de la nación como una región más de la Rusia actual.

Repitiendo, casi paso por paso, lo que hizo en su día Hitler con sus locuras de la Gran Alemania y de la primacía de la raza aria sobre todas las demás. Putin no ha llegado todavía a ese punto, pero lleva camino de hacerlo.

Sacrificando a una nación que todavía está lejos de llegar a niveles de prosperidad deseables, no digamos de derechos y libertades de sus ciudadanos, dedicando muchos recursos, eso sí, para seguir siendo una potencia mundial en armamento y capacidad militar.

Pero hoy, en pleno siglo XXI y estando el mundo como está en avances y globalizaciones, no puedo por menos que preguntarme ¿quién es el enemigo actual de Rusia? ¿Quién puede tener la tentación de atacarles o invadirles? ¿Europa? ¿Estados Unidos?

He dicho en otras ocasiones que Rusia es de hecho una nación europea, aunque tenga parte de su territorio en Asia y que es en este continente en donde tiene que establecerse buscando un encaje apropiado y justo. Rusia no puede formar parte de la Unión Europea, claro que no, pero si que puede establecerse un estatus de relaciones comerciales y sociales similares a las de otras naciones del continente o del resto del mundo.

Porque lo que no son, de ninguna manera, es un enemigo militar. Pueden ser un competidor comercial, pero también un suministrador de materias primas y productos básicos que vendrían muy bien a nuestras naciones. Lo que nunca ocurrirá mientras existan personajes endiosados como Putin, que encarcela o elimina a sus adversarios políticos y que necesita inventarse enemigos externos para justificar sus desmanes armamentísticos, como hacen los otros tiranos disfrazados de demócratas en el continente americano y en otras regiones del planeta.

Yo he estado en Rusia en dos ocasiones y, aunque desconozco la forma de pensar de los rusos actuales por razones de idioma, he visto gente como la que hay en otros muchos rincones de nuestra Europa conocida. Gente acogedora que va y viene a sus tareas, con un aspecto más boyante en las grandes ciudades, mucho más atrasados socialmente en los pueblos del cauce del Volga. Gente acogedora a la que de ninguna manera deseo invadir y que no tienen pinta de querer invadirme. De venderme sus productos sí y de presumir de su pasado y de su cultura también. Exactamente como hacemos nosotros.

Gente que lleva en sus genes parte de los grandes escritores que me hicieron felices a lo largo de mi vida o de esos grandes músicos que me emocionan cada vez que los vuelvo a escuchar, incluso más, porque descubro nuevos matices en sus melodías. Un regusto especial.

Recuerdo que mi padre, que era Guardia Civil y con pocos recursos, tenía un modesto tocadiscos en el que ponía discos de compositores rusos, especialmente de Tchaikovsky y de Rimski-Kórsakov que, junto a las Czardas rusas o húngaras eran sus preferidos. Seguro que es de ahí de donde procede mi admiración por todos ellos, especialmente por mi mejor ruso, Tchaikovski, en todas sus formas musicales.

¿Guerras? ¿Invasiones? Contactos personales, comercio, literatura, música…

Los famosos partidos o gobiernos de derechas que nunca han existido.

Acabo de leer un resumen de la entrevista de Lola Herrero, excelente actriz donde las haya, en las que reafirma su ideología de izquierdas, cosa a la que tiene todo el derecho del mundo y que fundamenta en sus raíces familiares.

No es la primera vez que lo declara y, como no puede ser de otra manera, me parece bien, entre otras cosas porque una nación necesita contar con alternativas de gobierno para facilitar la alternancia o la amenaza de alternancia para estimular al bloque gobernante. 

Pero hay alguna cosa que me ha sorprendido y aprovecho la ocasión para aclarar hechos históricos y puntualizar alguna de sus manifestaciones.

En primer lugar y por mucho que se diga, ni ella ni yo hemos conocido gobiernos de derecha como los que se pintan en los estereotipos de la izquierda: retrógrados, minusvaloradores de la mujer, defensores de “los ricos”, explotadores de los trabajadores, etc.

Porque en España solo han gobernado partidos conservadores elegidos en urnas desde la llegada de la última democracia y en ellos han coexistido varias corrientes y ninguna de ellas extremista. Y el primero fue el de Adolfo Suarez. También hubo una derecha de pacto en el segundo bienio de la Segunda República, pero nada más.

Lo anterior no fueron “gobiernos de la derecha”. Porque, por mucho que se empeñen los que lo dicen y lo digan cuantas veces lo digan, fue una dictadura surgida de un golpe militar. Y como los militares no se rebelaron por ideología, sino por lo que ellos entendían como “defensa del orden”, una vez que terminó la guerra, Franco tuvo que inventarse una y de ahí lo de la “Falange Española, Tradicionalistas y de las JONS”, todos ellos partidos de derecha desconectados entre sí y ponerse una camisa azul con emblemas de los otros partidos cuando convenía.

Incluso en algún momento, los dirigentes de los partidos ensamblados por la dictadura y muy especialmente algunos de la Falange, manifestaron discrepancias con algunas medidas de los gobiernos de Franco y fueron objeto de alguna que otra purga.

Quiero aclarar mi opinión de que las fuerzas armadas, que basan su forma de ser en el honor, la disciplina y el orden, siempre han sido respetuosos con los gobiernos legalmente elegidos, siendo muy minoritarias las asonadas o las rebeliones, aunque, eso sí, siempre han tenido consecuencias políticas importantes, como el fin de las dos repúblicas. Lo singular de la de 1936 es que ha sido la que más tiempo ha mantenido el poder en la historia de España.

Es evidente que lo que convivió con la dictadura no fue una “derecha” política. Fueron grandes capitales que especularon y se enriquecieron más aprovechando las circunstancias. Porque el dinero, como los ejércitos y salvando las distancias, tampoco tiene ideología y podría convivir sin problemas con cualquiera, incluso con la Rusia de Putin o la China en desarrollo.

Así que, querida Lola y todos los que confunden la realidad con el deseo, que quede muy claro que en España no ha gobernado ningún partido de derechas que sirva de referencia al PP, a Ciudadanos, ni siquiera a VOX, o de los que sean sus “herederos”. Porque incluso este último, siendo el más extremo, tiene unos estatutos perfectamente compatibles con la democracia y han prometido o jurado defender la constitución y someterse a sus reglas.

Cosa que han hecho hasta el momento. No como otros, que han sido sentenciados por el Constitucional por tomar decisiones impropias de lo enmarcado por nuestra Carta Magna.

Y, por supuesto, nunca darán un golpe de estado, ni entrarán a caballo en el parlamento como se dice que hizo el general Pavía, el que dio un golpe de estado que acabó con la primera república, también para “terminar con los desórdenes” del país.

Como tampoco el hecho de que gobernara en Alemania un partido conservador liderado por nuestra gran valedora, Margaret Tacher, supuso ninguna nostalgia del nacismo ni que fuera su referencia.

Obviaré sus comentarios a la presidenta Ayuso, aunque me resultan un poco sorprendentes. Pero eso sí que forma parte de la libertad de opinión.  

En resumen y para evitar malos entendidos: En España solo han existido partido “de derecha”, democráticamente elegidos, en el segundo bienio de la primera República y los de Adolfo Suarez, Calvo Sotelo, José María Aznar y Mariano Rajoy.

Y todos ellos, junto a los del PSOE, han contribuido de forma muy evidente a la modernización y al progreso de España y al gran avance en libertades y en garantías sociales.

Ningún otro. Y tengo que manifestar que considero que todos estos, incluido VOX, son mucho más de fiar que algunos de izquierda, como Podemos, que nunca ha ocultado su ideología comunista y eso sí, el comunismo, es muy conocido por sus trágicas consecuencias en los países en los que ha gobernado y por su habilidad para conseguir el poder por medios democráticos y derivar hacia el totalitarismo. ¿Hablamos de Venezuela o de Nicaragua?

Conclusión: Solo gente poco informada o mal intencionada puede afirmar que los partidos conservadores actuales en España son herederos de “los anteriores”, aludiendo a la dictadura, porque son exactamente iguales que los conservadores de Alemania, Francia, Gran Bretaña, Italia y de todos los países democráticos, excepto en Estados Unidos, donde los Republicanos parecen vivir en el pasado.