El hecho y la moraleja – como engañar a los mayores o a personas de buena fe.

Esta mañana han aparecido dos jóvenes de buena presencia en mi casa, chico y chica, diciéndome que cuando me cambiaron el contador de la luz, de Iberdrola, a uno digital, tenía que haber ido a sus oficinas para firmar un documento. “Muchos, como yo, no lo habíamos hecho por lo que Iberdrola había decidido facilitarnos el trámite mandándonos a un empleado a casa”.

Me ha parecido muy extraño porque no había recibido ninguna notificación, y porque las relaciones con esta empresa tienen un buen soporte digital, pero les he seguido la corriente y les he permitido el paso a mi casa para saber la verdadera razón de su visita.

Les he pedido alguna identificación, y me han enseñado una de “EDP”. Les digo que no son de Iberdrola, pero me dicen que EDP es una compañía subcontratada para estas gestiones, y para corroborarlo, me muestra una factura real de la compañía, en la que aparecen tres logos en vertical en la parte de derecha. Los logos se corresponden a tres certificados de calidad, (Aenor, Iqnet, y Arbitraje de Consumo) y me señala el del centro.

Le digo que en ese logo no pone ENP y el varón, que llevaba la voz cantante, me dice que es un segundo logo y que “lo acaban de poner”. Les vuelvo a preguntar si realmente están trabajando para Iberdrola y me asegura que sí, por lo que continúo siguiéndoles la corriente.

Me preguntan si tengo contratos de otras viviendas. Les digo que sí y les doy dos direcciones falsas.Sacan unos impresos y me piden datos de identificación para cumplimentarlos. Son datos que no necesitarían si realmente trabajaran para la empresa suministradora, porque ya los tienen.

Se los doy sin mirar el impreso, y cuando terminan me los pasan para que los firme, con un “ya no le molestamos más”.

Veo que los documentos, uno por cada supuesta vivienda, tiene un logo “EDP”, y un encabezamiento que dice “contrato de suministro de energía y /o servicios”.
Mientras lo estudio, y en su presencia, marco al teléfono de atención a clientes de Iberdrola y pregunto a la operadora si tienen algún tipo de contrato de gestión con esta empresa. Me dice que no.

Ellos ya se han puesto nerviosos y les digo que no les denuncio a la policía porque son jóvenes y, probablemente, alguien les ha aleccionado en una estrategia de marketing de muy malas artes, fingiéndose representantes de una empresa ajena a la suya, y haciendo firmar, con engaños, un contrato de servicio eléctrico con su compañía. Todo ello con una parafernalia documental de contratos reales de Iberdrola y supuestas notificaciones de la compañía a sus clientes.

Y les aseguro que a su coordinador, supervisor o lo que sea, no le pasará nada porque nadie podrá demostrar que les ha dicho lo que, indudablemente, les ha dicho, pero que ellos están estafando a los que les atienden y, me temo que con el agravante de buscar como víctimas preferentes a personas mayores, o menos conocedoras de lo que es normal y lo que suena raro.

En resumen: esperaba que hubieran atendido mi consejo, pero cuando bajo a la calle y pregunto si les han visto, me dicen que habían entrado en la finca de al lado, donde viven bastantes personas mayores. Llamo a los timbres de las viviendas para que no les atiendan, y, desde la escalera, les conmino a que salgan del edificio.

Y cuando lo hacen, entonces sí, les abronco con más energía porque, lamentablemente, me estaban demostrando que participaban, conscientemente y sin ningún pudor, en la estafa propuesta por alguien, no sé quién, de su línea de mando.

Y que conste que no digo que la dirección de la empresa EDP sea consciente de las malas artes de las escalas más operativas de su red comercial, supongo que no, pero, sin duda alguna y, como mínimo, son responsables de no controlar las estrategias de venta con los que sus comerciales consiguen algunos de sus contratos.

Y la moraleja es que, comprendiendo la necesidad de trabajo de los jóvenes, no todo vale. Y que, lamentablemente, ellos eran conscientes de participar en una estrategia de mala fe y de la que se beneficiaban económicamente. El peor comienzo de una vida laboral.

Y que todos somos muy dignos denunciando la corrupción y las malas prácticas de los demás, pero que a algunos, demasiados, no les duelen prendas en engañar a personas en debilidad si se les presenta la ocasión, celebrando como un éxito lo que es una inmoralidad y, posiblemente, un delito.

Mi consejo fue que no traspasaran una puerta sin decir “soy un comercial de EDP, y vengo a hacerle una oferta comercial”.

Pero, claro, pedir honestidad es mucho pedir. Son tiempos muy complicados.

Eso sí. En el papel del contrato figura un sello que dice “impreso en papel ecológico”. ¡Faltaría más! El paso siguiente es ser tan respetuosos con las personas como parece que lo son con el medio ambiente.

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Mando información de este comentario a Iberdola y a la empresa EDP Energía, S.A.U. y /o EDP Comercializadora S.A.U.

El juego de la verdad y la mentira – Los pensionistas y otros colectivos con problemas

Es evidente el malestar de muchos colectivos, muy justificado en buena parte de los reclamantes. Pero siendo cierto el problema, es muy probable que muchos de los afectados no conocen su causa raíz y, como consecuencia, tampoco aciertan ni en el planteamiento de sus reivindicaciones ni en las soluciones sugeridas.

Y esto ocurre, en gran parte, porque la clase política aprovecha cualquier hecho para intentar obtener un rédito electoral, y en este afán de buscar bolsas de votos, no han dudado en presentar los problemas y las carencias de cada uno de los colectivos, teniendo mucho cuidado de no entrar en el “todo” que los engloba.

Y de esta manera la oposición, la que sea en cada legislatura, nos denuncia los recortes de gastos en sanidad, que no suben las pensiones, apoyan la igualdad salarial de las fuerzas de seguridad nacionales y autonómicas, y la actualización de retribuciones de los funcionarios, por ejemplo. Reclaman inversiones en campañas de igualdad de género, de memoria histórica, para la dependencia, y tantas otras que, por muy reales que sean los problemas, suele manipularse como una oportunidad manifiesta de aparecer como los “solucionadores”.

Solucionadores de problemas que, en muchos casos, han creado o permitido ellos mismos cuando estaban en el gobierno o tenían poder para influir en las políticas del gobierno de turno.

Sin embargo, nadie dice, de ninguna manera, antes muerto que sincero, que cada una de esas partes componen un todo limitado, que es el presupuesto general de cada año, y que es imposible aumentar el gasto de una de ellas sin perjudicar a alguna otra.

Muy de tarde en tarde algún ministro, el de hacienda, por ejemplo, lanza la pregunta de ¿a quién se lo quito?, muy especialmente cuando alguna autonomía reclama para sí un aumento de su presupuesto, sabiendo que el total es inamovible, incluso por mandato de la Comunidad Europea.

Hagamos un pequeño ejercicio de racionalidad:

En el año 2017, los Presupuestos Generales del Estado, preveían un gasto total de 443.133 millones de euros, de los cuales 139.647 se destinaban a la política de pensiones, partida que, como es fácil de calcular, supone el 31,51 % del total del presupuesto.

Pero si a esa cantidad se le suman los gastos de la política de sanidad y del resto de prestaciones sociales, el total del gasto supone un “cuarenta y mucho por cien” del total del presupuesto. Casi la mitad.

Pero claro, en ese momento intervienen los sabios de las redes y las tertulias, no todos y no todos políticos, que nos machacan continuamente aportando soluciones muy simples, elementales, para problemas muy complejos: “si devolvieran lo robado”, “si los congresistas no tuvieran…”, etc.

¡Claro que quiero que devuelvan todo lo robado! ¡Claro que reclamo que se reforme el congreso disminuyendo el número de congresistas y rebajando sus gastos de estructura!

Pero eso, aunque ayude, no es la solución.

Vistos objetivamente, estos datos demuestran lo que ya sabíamos: que España es una nación profundamente comprometida con el bienestar, y que sus políticas de cobertura social están entre las más avanzadas del mundo, si no son las mejores.

Pero las circunstancias cambian, y fenómenos nuevos como la disminución del empleo y de los salarios medios de los empleados, el aumento de vida de los españoles, o la atención a extranjeros, que yo defiendo, pero que tiene un coste, hace que se ciernan amenazas evidentes sobre el sistema, incluso que se empiece a dudar de su viabilidad.

Analicemos uno de los asuntos de mayor confusión: las pensiones.

Es claro que mes tras mes el gobierno tiene que hacer juegos malabares para mantener el pago de pensiones porque su fuente de ingresos, la contribución de los empleados ha disminuido en cantidad, menos empleados, y en calidad, salarios más reducidos.

No obstante, y aunque se hubiera mantenido el nivel salarial ajustado al IPC del año, cosa que ha ocurrido en los últimos porque tuvimos un IPC reducido o negativo que nos favoreció, los pensionistas han sufrido el impacto de la crisis con gastos no previstos, entre los que no es el menor la necesidad de ayudar a sus hijos y a sus nietos, afectados por los problemas de empleo o de ingresos insuficientes para mantener sus propias familias familia.

Situación imprevista que no se contemplaba cuando, en años en los que los jóvenes buscaban empleos “para toda la vida” y dignamente recompensados, se planificó un sistema que garantizara una vejez tranquila para los jubilados.

Pero es un hecho que, por unas causas u otras, el “no me llega” es un comentario habitual entre los mayores.

Entonces llega el listo de las soluciones o el agitador profesional por cuenta propia o al servicio de intereses políticos, y dice que “esto se arreglaría si…”, siendo los sueldos y las prebendas de los diputados uno de los argumentos habituales, excepto cuando son políticos activos los denunciantes.

En estos casos ni se nombra a la bicha. Se inventan fantasías como impuestos a los ricos, o a los bancos, o a la Iglesia, o vete tú a saber quién, y se sale adelante con excelentes palabras sin ningún contenido de sinceridad.

Un ejemplo de la inviabilidad de este tipo de soluciones:

Si no me he perdido en el laberinto de las cifras, en el presupuesto del año analizado, 2017, las Cámaras de Representantes, Congreso y Senado, tenían una asignación total de 207,30 millones de euros para gastos estructurales, financieros, de mantenimiento y para salarios de empleados, de congresistas y de senadores. Si esta cantidad, que equivale al 0,47 % del presupuesto, se asignara directamente al pago de pensiones, no sería, ni mucho menos, la solución. Y me explico.

Si dividimos los 207.000.000 euros entre los 8.698.160 pensionistas, nos corresponderían 23, 83 euros para todo el año, que, distribuidos entre nuestras 14 pagas, nos supondría un aumento de 1,70/mes.

Repito porque es un dato relevante: Si en lugar de recortar gastos a los diputados decidiéramos suprimir totalmente las Cortes Españolas, incluidos sus 350 congresistas, los 266 senadores, sus asesores, la logística, y los gastos de mantenimiento de los edificios, cada uno de nosotros recibiría 1,70 euros más en cada paga.

Pero claro, necesitamos unas cortes que legislen y controlen al gobierno.

Un caso similar, mucho más de pancarta callejera, ocurriría si se suprime la Casa Real, o los gastos de una hipotética Presidencia de la República Española, que una de las cosas tendríamos que tener, y los gastos serían similares.

A la Casa Real se le asignaron 7.818.890 euros. Si suprimieran este gasto y lo distribuyeran entre los pensionistas nos corresponderían 0,89 al año, equivalentes a 0,064 euros en cada una de nuestras catorce pagas.

Y no voy a perder el tiempo valorando el papel institucional de la Corona, del que hemos tenido claros ejemplos muy recientemente, o de los beneficios que el Rey está consiguiendo en su papel de primer embajador de España cuando acompaña a delegaciones de empresarios a países extranjeros, por ejemplo.

Una vez desmontada la demagogia de los que nos hacen parecer tontos, pasemos de la “parte” pensiones al todo “Estado”. La gran pregunta es ¿Qué se puede hacer?

Si a España la gestionara una gran empresa privada administradora de los principios sociales de que disfrutamos, seguro que no habríamos llegado hasta estos extremos por la mejora de la gestión y por la aplicación de los controles elementales establecidos por las empresas, pero de haberlo hecho, seguro que bastaría con aplicar el típico ejercicio de “mejora de procesos” para racionalizar la situación en los dos campos fundamentales:

La mejora de ingresos, con una adecuada política fiscal y eliminando las bolsas de la economía sumergida y los fraudes fiscales, por ejemplo, castigando de forma ejemplar a los infractores, grandes o pequeños, potenciando, al mismo tiempo, la educación sobre ética, solidaridad y valores, estimulando las denuncias de ciudadanos y mejorando sustancialmente, en cantidad y calidad, las inspecciones fiscales.

El fraude, a todos los niveles, se ha aceptado históricamente en nuestro país como parte de nuestra idiosincrasia, incluso como cosa de “listos”, y ya es hora de acabar con esas prácticas insolidarias tan habituales, que llegaron a crear una subtitulación de nuestra literatura: la “novela picaresca”.

Una mejora de la gestión, muy importante y fundamental, que elimine gastos absolutamente innecesarios en todos los campos y en todos los estamentos. Seguramente serían imprescindibles las auditorías externas, porque, en este momento, es impensable confiar en la imparcialidad de la administración, gobierne quien gobierne. Hay demasiados intereses personales y de partido.

Un ejemplo de la incongruencia y del interés que nada cambie es lo que ocurre en la Comunidad Valenciana, donde el gobierno de la Generalitat, que no hace ningún caso a la Sindicatura de Cuentas, organismo relativamente independiente, se reviste de honradez creando una Conselleria de Transparencia, con su estructura orgánica y los gastos correspondientes, formada por personal designado por la propia Generalitat.
Y es que son auténticos genios del disfraz y de las falsas apariencias. ¡Una Conselleria de Transparencia dependiente de ellos mismos!

Volviendo a las pensiones, ¡claro que hay un problema! O mejor dos: cómo mejorar las prestaciones de los pensionistas actuales, y como garantizar la viabilidad del sistema.

Pero seguro que hay soluciones. Las pensiones no se pueden retocar porque son un derecho adquirido, pero está la vía de beneficios personales o cargas fiscales, según convenga en cada caso particular. Y pongo un ejemplo muy simple: El ministro Montoro ha lanzado una sonda diciendo que Hacienda reducirá los impuestos a los pensionistas mayores de no recuerdo cuantos años. ¿A todos? ¿Incluso a los que tienen mayor poder adquisitivo?

Estos, junto al tema de Cataluña, son los dos grandes retos actuales del Estado Español, y nosotros, los ciudadanos, debemos castigar con nuestros votos a los que no sigan esta línea de racionalidad. Y hacerlo votando, porque las abstenciones, en la práctica, benefician a los radicales de cualquier signo.

Y una última reflexión: Todos los días pasan por mi ordenador montones de denuncias a fulanita o fulanito de tal que han hecho no se sabe cuántas cosas malas. Algunas de ellas compartidas y difundidas por personas a las que considero de buen nivel intelectual.

Ya está demostrado que algunos partidos políticos o grupos interesados han creado toda una estructura de falsas identidades para lanzar y difundir masivamente todas estas noticias.

También sabemos que algunas personas, como el famoso Julián Assange, han montado una red especializada en lanzar lo que sea. Puede que una parte obedezca a su propia ideología, pero es indudable que también “trabaja” para terceros. Hemos visto en la televisión sus entrevistas con personas influyentes y con poder económico, directamente comprometidas con el independentismo catalán.

Y que Rusia está interviniendo en todos los países del este en un intento de desestabilizar a la Comunidad Europea atacando a los países que la componen, y a Estados Unidos, por ejemplo. Y seguimos haciéndoles el juego.

Y pese a todo ello continuamos asumiendo que parte de lo que se recibe “será verdad”, e incluso lo reenviamos. Prácticamente he abandonado Twitter porque es el paradigma de la desinformación y de la locura, excepto algunas cuentas serias, como la de la Guardia Civil o la Policía Nacional, por ejemplo. Facebook me resulta más fácil de seguir porque la mayoría de las informaciones me gustan, pero también está plagada de personas que se lo creen todo y que contribuyen a la desinformación compartiendo noticias no contrastadas.

Es el mundo que nos ha tocado vivir, pero tenemos la obligación de mejorarlo.

La nueva política y su lenguaje: Insolencia creciente, reacción menguante

Son muchas las quejas sobre la intervención, mejor la interferencia, de los políticos en la vida ciudadana, de forma que están pasando de ser los responsables de cumplir las peticiones de los votantes o sus propios programas electorales, procurando nuestro bienestar, a considerar que las parcelas geográficas que les corresponde administrar son su cortijo, y actuar según su criterio personal o su conveniencia política.

Y no les lleves la contraria ni les critiques, porque serás rojo, facha, o como quieran adjetivarte.

Todos ellos, y muy especialmente algunos de los representantes de la “nueva política”, son, cada vez más, “casta” de iluminados. Los únicos que saben lo “que nos conviene”, practicando una especie de Despotismo Ilustrado que nos devuelve al siglo XVIII, cuando se suponía que los ciudadanos no tenían suficiente nivel cultural para aportar ideas o soluciones, y eran los ilustrados, básicamente los políticos, los que decidían por ellos: “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.

Y, como consecuencia natural de su pretendida superioridad, nuestros ilustrados de hoy tratan de invadir todas las áreas lúdicas o culturales organizadas o gestionadas por nosotros, los mortales, para reorientarlas hacia la buena dirección. Su dirección.

En Valencia ciudad hay ejemplos evidentes como el intento de controlar la fiesta de las fallas, y la mayoría de nuestros festejos “de siempre”, incluidas las celebraciones religiosas o culturales.

No se han atrevido a meterse con la cabalgata de Reyes Magos como ocurrió en Madrid hace dos años, por ejemplo, pero han montado su alternativa, la cabalgata de las “magas”, en un intento de reescribir una historia que más nos convendría olvidar, y en un esfuerzo por destacar las supuestas maravillas del modelo republicano que, por cierto, y por mucho que lo repitan, no es, ni mucho menos, patrimonio de las izquierdas. Ni siquiera en España

Pero ese es otro tema.

Me dicen que ocurre lo mismo con las fiestas de los pueblos y en las manifestaciones populares de “toda la vida”. Es un intento tan evidente como imparable.

Y en su política de invasión y de diferenciación, era importante crear un lenguaje especial. Porque el lenguaje, según la teoría de todos los movimientos excluyentes, incluido el político, deja de ser un vehículo de comunicación, para convertirse en un diferenciador de los grupos culturales, partidistas, étnicos, o gremiales.

Es el que marca las diferencias, el que pone a algunos grupos sociales, culturales o geopolíticos por encima del resto de los ciudadanos. Y, claro, los políticos no podían ser menos.

No solo nos machacan con eufemismos innecesarios, sino que intentan confundirnos con palabras extrañas que esconden la realidad porque no definen los hechos. Los enmascaran o los desdibujan para que parezca que se dice lo que no se dice.

Olvidando que la buena práctica de la comunicación impone que el lenguaje se acomode al más simple, al menos culto, o al más débil del auditorio, para que todos entiendan lo que se está diciendo.

Dicen Emilio A. Núñez Cabezas y Susana Guerrero Salazar que “Sea como fuere, nadie puede negarle al lenguaje de nuestros políticos tres características notables, cuyo peso es mayor o menor dependiendo de la situación o la oportunidad: ambiguo, polémico y agitador. Es ambiguo por necesidad y sobre todo porque la ambigüedad es útil -ya saben: “no se han interpretado correctamente mis palabras”, “esas declaraciones están sacadas fuera de contexto”-; es polémico porque una parte notable del discurso político va dirigido contra un adversario que, de no existir, hay que inventar; es agitador porque la retórica política persigue el movimiento de los afectos, las simpatías o las antipatías. Estas tres características hacen que nos encontremos ante unos usos lingüísticos que más que informativos son incitantes; más que intelectuales, afectivos; más que instructivos, emocionantes. Ello no quiere decir que la retórica política sea, simplemente, la retórica de la emoción. Hay mucho más en el camino del lenguaje político, o de la utilización de la lengua en la comunicación política: creaciones léxicas particulares, recreaciones de otros lenguajes (el deportivo, el científico, el taurino), utilización de siglas que pasan luego al lenguaje común, cruces léxicos, incongruencias o perlas como esta: “No es bueno que no se haga lo que se dijo que se iba a hacer; pero es peor no hacer ni siquiera lo que ahora se dice que se debe hacer”, laberinto verbal que sólo las novelas de caballerías ridiculizadas por Cervantes pueden mejorar.”

Antonio Elorza dice en El País, en un artículo titulado “El lenguaje del engaño«, que “los virajes políticos se cubren con falsas evidencias, con un juego de máscaras o con ambas cosas”. Y en ese mismo artículo cita una advertencia demoledora de Cicerón sobre Catilina: “No faltan en este lugar quienes no ven los peligros inminentes, o viéndolos, hacen como si no los viesen”.

Es un lenguaje lleno de frases hechas, de citas solemnes, vengan o no vengan a cuento, y de chascarrillos simpáticos con los que eluden contestar a preguntas concretas. Para ellos, si son los responsables de la gestión, no hay crisis ni decrecimiento. Es mejor decir “crecimiento negativo” o “desaceleración transitoria”. En su vocabulario, la palabra mentira está desapareciendo en favor de la “posverdad”. Hay que cuidar lo que se dice, no para decir la verdad, sino para que sea “políticamente correcto”.

Y, como no, buscando ser diferentes, es muy importante evitar el “lenguaje sexista”, ¡qué gran banderín de enganche!, empleando términos y modos absolutamente disparatados, que se podrían calificar de infantiles si no fuera porque detrás de ellos hay un algo de perversidad y de intento de aumentar la división social, acusando de “caduco” e inapropiado el castellano tradicional.

O como si lo importante para la igualdad de género no fueran las medidas eficaces y posibles, sino emplear términos rimbombantes y proponer utopías irrealizables. Lo que ahora se llama “postureo”.

Un ejemplo evidente del comportamiento inadecuado de políticos recién nacidos al mundo de lo público, es el de Irene Montoro, de buen verbo y de una cultura general, humanista y global, muy discutible por muchos títulos universitarios que la adornen, que se atreve a emplear palabras no registradas en el diccionario, como “portavozas” y a ¡presionar a la Academia! para que se apresure a incorporar “su” vocabulario al diccionario, especialmente en el tratamiento de los genéricos, en el colmo de la zafiedad y el oportunismo, dicho sea con poco respeto.

¡La Academia! La que tiene como lema el compromiso de limpiar, fijar y dar esplendor a nuestro idioma. No voy a defender a la Academia porque no lo necesita y porque otros lo harán, y seguro que con bastante vehemencia. ¿Sabrán algunos de nuestros nuevos políticos lo que es “dar esplendor”? Y no me refiero solo a la lengua, sino a los modos, las actitudes, los comportamientos, las relaciones sociales.

¿Será cierto que la insensatez y la simpleza de miras se contagia, como las enfermedades?

Yo creo que no: Simplemente tenemos una buena cosecha de simples endiosados. Esos a los que el diccionario define como “excesivamente tonto, estúpido o lelo”. Es decir, gilipollas.

Y de gilipollos, por supuesto.

Las fiestas de Moros y Cristianos de Bocairent. Mucho más que un espectáculo folklórico.

El día de ayer, bronco y lluvioso, me brindó la ocasión de recordar en muy buena compañía gran parte de mi vida festera y, sobre todo, lo que hay detrás de las fiestas de Moros y Cristianos en una localidad como Bocairent.

Y la razón de estas reflexiones es que me invitaron a un desayuno, un “almuerzo” en nuestra expresión local, con un grupo de veteranos de la comparsa Terç de Suavos. Veteranos pero con buen apetito, muy buen apetito, con los que visioné fotos antiguas y recordamos anécdotas relacionadas con lo que fue y sigue siendo uno de los aglutinantes de la vida social de Bocairent, y fundamento de la cultura local.

Porque, como digo en el título, las Fiestas de Moros y Cristianos de Bocairent son mucho más que esos espectáculos, vistosos en sí mismos e impactantes por la rotundidad de la música festera, con los que se adornan desde hace pocos años algunas de las fiestas de muchos pueblos de Valencia y la propia capital.

Las fiestas de Bocairent datan de 1859 y ya son varias las comparsas que han celebrado el 150 aniversario de su fundación, entre ellas la que fue mía y en la que milité, el Terç de Suavos. Y, para mayor abundamiento, cuando hablamos del inicio, hay que tener en cuenta que estas fiestas, en su formato actual, fueron una sucesión de otras anteriores, mucho más simples, llamadas “la Soldadesca”.

Pues bien, en un mundo sin televisiones, cuando apenas se estaban empezando las gestiones para hacer llegar la electricidad desde la central de Aielo, este pueblo de la montaña valenciana, el mayor titular de la Sierra Mariola, de inviernos largos, húmedos y oscuros, y veranos luminosos perfumados por los aromas de la sierra, las comparsas y sus masets fue uno de los estímulos para que los hombres, en sus orígenes solo los hombres, salieran de sus casas a reunirse con otros hombres, con los que mantenían una relación basada en un vínculo común, el más fuerte de la época. El pertenecer a una comparsa de moros o cristianos.

Estaba la iglesia, claro, pero la iglesia era para los creyentes y al templo se va a escuchar, no a hablar. También estaba la música, otra de las excelentes tradiciones bocairentinas de la que he escrito en otras ocasiones, pero el contacto personal, en los ensayos y fuera de los ensayos, se limitaba a los propios músicos. El resto de los ciudadanos solo podían asistir a los conciertos y discutir con vehemencia si su banda era mejor que “la otra”.

Y, claro, estaban los bares y los casinos, pero a estos establecimientos se iba a jugar, también a discutir. Sin embargo, y en mi opinión, estos establecimientos nunca tuvieron una verdadera función integradora, más bien todo lo contrario, porque eran básicamente gremiales o de clases.

Había casinos de ricos e industriales, y bares de clase media. También había alguna tasca frecuentada por la clase más humilde, la de los peones y los agricultores, que no se sentían cómodos en otros ambientes y otras compañías.

Por eso digo que no cumplieron una labor integradora en la sociedad bocairentina. Más bien compactaron cada una de las capas sociales del momento, aislándolas de las otras.

Luego aparecieron otros estamentos integradores, como el Patronato, pero esta institución era el lugar común, el santuario, de niños y jóvenes.

Y en paralelo con todo esto y durante más de 150 años, el único lugar neutral en el que cada uno se podía sentar al lado de cualquiera, consumiendo su bocata o el contenido de su tartera con “coradella”, “fetche amb allets”, “magre amb samfaina o amb tomaca”, o cualquier otro alimento que le hubiera preparado su mujer o su madre.

Todo ello acompañado por “vi amb adobat”, y rematado por una tacita de “timonet” y una copita de herbero.

Los masets no rompieron las barreras sociales, pero las redujeron más que cualquier otro lugar de encuentro. No todos los bocadillos o los contenidos de las tarteras eran iguales, ni todos podían aspirar a ser capitanes en las fiestas, ni tenían la misma influencia en las decisiones de las asambleas anuales, pero todos hablaban de las mismas cosas, todos desfilaban en las mismas escuadras, y todos trabajaban durante todo el año para que todo saliera bien el día de la entrada. Por encima de las diferencias tenían un objetivo común.

Y las posibilidades de hacer frente a los gastos de la fiesta se resolvieron de una forma muy ingeniosa: la “ratlla”.

La raya, o la línea, fue y es una especie de caja de ahorros puerta a puerta, y consiste en que los componentes de la comparsa que lo pidan, que son casi todos, se comprometen al pago semanal de una cantidad fija, la que decida cada uno en función de sus posibilidades.

En origen, un responsable de la “filá” visitaba las casas de los festeros, recibía la cantidad pactada, y trazaba una línea en la página de su libreta encabezada por el nombre del comprometido y la cantidad acordada.

Cuando llegaba la fiesta, el cobrador le devolvía casi todo lo pagado, (cantidad comprometida x número de rayas – un pequeño descuento para compensar los servicios del recaudador) y así podía contar con cierta liquidez para hacer frente a los gastos propios de esas fechas.

Y luego estaba el músico. Ninguno de los que desfilan triunfantes por las calles de Valencia, libres de todo compromiso el resto del año, han tenido que alojar a un músico en su casa. Ahora los masets tienen dormitorios y comedores privados para alojarlos con comodidad, pero en tiempos del frio y la oscuridad, y hasta no hace tantos años, había que acomodarlos y darles de comer en los domicilios de los festeros por riguroso turno de fechas.

El músico era una especie de invitado con horarios impensables y costumbres desconocidas, pero eran tiempos de menos remilgos y más solidaridad, y la cosa funcionaba.

Claro que también aquí había ciertas diferencias, porque los más pudientes solían pagar a terceros para que los alojaran en sus casas cuando les tocaba el turno.

Pero lo más importante es que ser festero, desde los primeros tiempos, era mucho más que participar en un acto social. Tenía mucho de vocacional, de tradición heredada y conllevaba un compromiso de trabajar durante todo el año para mayor honra del “Patró Sent Blai” y, por supuesto por el honor de la comparsa.

Hace algún tiempo escribí un artículo a propósito de la capitanía, en el año 2017, de la comparsa de Moros Viejos de María José Vañó Vañó. Reproduzco alguno de sus párrafos:

Porque nadie que no pertenezca a Bocairent o a los pueblos y villas de sus alrededores puede entender que estas fiestas son mucho más que lucirse o divertirse determinados días de todo un año. Ni mucho menos.

Ser festero en Bocairent, pertenecer a una “filá” (traducción al valenciano de la palabra “comparsa”), es tan natural para la mayoría de los bocairentinos como el instinto de picotear de los polluelos recién nacidos. No está en los ADN porque químicamente es imposible, pero casi casi. Del ADN no, pero de la cultura adquirida por la tradición, la mamada, sí.

Y acrecentada con el tiempo. El primer contacto con la fiesta lo tienes cuando tus padres, tus abuelos o ambos, te llevan a la primera “nit de caixes” de tu vida (traducción literal de noche de tambores, desfile) y, tras el rezo del Ángelus en la puerta del Ayuntamiento, pasacalleas un farol de papel con vela en su interior, empujado por el enérgico redoble de las cajas de todas las bandas de música.

Así fue, así es, y así será, o al menos eso espero. Porque las comparsas han podido superar con cierta dificultad el virus de la politización, han allanado de forma casi definitiva las diferencias sociales, y resisten la privacidad de su parcela contra la intervención de la política oficial.

Y, en los próximos años, los veteranos de la compasa se seguirán reuniendo para hablar de sus recuerdos y vivencias, en un ambiente de camaradería y disfrutando, eso sí, de la cordialidad y la buena hospitalidad de los responsables de la filá.

Mientras otros, en otras localidades, que no tienen maset, que nunca han pagado una “ratlla”, y que nunca han alojado a un músico, desfilan vistosos durante unas horas por las calles de pueblos y ciudades presumiendo de su condición de festeros de moros y cristianos. Que conste que no me parece mal porque una cosa no quita a la otra, pero hay ciertas diferencias.

Y termino como tantas veces he terminado. Con nuestro “festa avant” tan de uso como despedida, o para descargar tensiones cuando se defienden posturas con demasiada vehemencia. Aunque en esos casos la frase completa, la conciliadora, es “¡Som Suavos. Festa avant!”.

Un abrazo y felices fiestas.

Valencia, 29 de enero de 2018

Derechos de la mujer, igualdad de género y feminismo

Una de las cosas buenas de las reuniones de amigos, sean con el pretexto que fueren, es que se habla de todo y siempre nos sorprendemos con el rumbo que ha tomado la vida de algunos de nosotros.

En una comida navideña de “ex”, Xerox en este caso, una de las comensales, Rosa, “Roseta” para mí, mujer inteligente y dinámica, me dijo que ha trabajado en actividades varias, una de ellas defendiendo los derechos de la mujer.

Tema interesante este. Muy interesante. Y muy importante. Ninguna duda de que entiendo y defiendo la igualdad e incluso el feminismo, que parece igual pero no es lo mismo, con algunas excepciones si se llega al histrionismo.

En un momento de la conversación salieron a relucir los nombres de las que considerábamos las primeras defensoras de la igualdad en la historia conocida, y Rosa mencionó el nombre de Hipatía.

No tengo la más mínima intención de desmerecer la figura de esta filósofa, matemática y muchas cosas más, defensora del helenismo en perjuicio de algunos sectores de la iglesia católica, absolutamente singular porque siendo mujer fue ilustrada, y consiguió influir en una sociedad de hombres hasta el punto que ordenaron su muerte.

Sin embargo, en mi opinión, ella no luchó y murió por defender a las mujeres, ni, que yo sepa, lo argumentó como fundamento de su filosofía vital. Murió por defender su identidad y sus creencias, y por negarse a ceder en sus convicciones o a compadrear con los cristianos fundamentalistas de la época. Ella murió por ser diferente y porque sentaba un precedente peligroso.

Salvando las distancias, como ocurrió con algunos negros que se atrevieron a destacar intelectual o socialmente en el sur de los Estados Unidos, y que acabaron linchados por el Ku-Klux-Klan.

Tampoco luchaba por la igualdad de la mujer Marie Curie, nacida Maria Salomea Skłodowska, aunque, queriendo o no, la galardonada con el Premio Nobel demostró al mundo que la capacidad intelectual de su género era, como mínimo, igual a la del más capacitado de los varones. Desde el punto de vista del feminismo, ese fue el gran triunfo de la ilustre polaca, que acabó siendo trasladada al Panteón de París, ¡60 años después de su muerte!, considerado por la tradición como el de “los hombres ilustres”.

Como tampoco luchaba su marido, Pierre Curie, por la supremacía del varón como soporte de la especie. Los dos desarrollaron sus capacidades intelectuales, que eran muchas. Y punto.

En resumen: opino que la vida y ejemplo de estas mujeres demostraron, sin ninguna duda, la igualdad intelectual de la mujer, y, claro que sí, ayudaron a la causa del feminismo, aunque fuera de forma tangencial.

Sin embargo, y dentro de mi limitado conocimiento de la historia de la humanidad, yo defendía que un ejemplo muy claro de defensa de los derechos de la mujer, el más antiguo que conozco, es el de Isabel de Trastamara, posteriormente Isabel de Castilla, que se negó a ser reina consorte de su propio reino cuando se casó con Fernando de Aragón, como era la costumbre de la época.

Y que convocó cortes para que la nombraran reina de Castilla en ausencia de su esposo, que no se podía creer lo que había sucedido, y que, al final, no tuvo más remedio que aceptar los hechos consumados.

Y la lucha de Isabel no fue solo de índole intelectual. Defendió su legalidad y sus derechos con uñas y dientes, contra todo y contra todos, incluso usando la autoridad, como hubiera usado la fuerza de ser necesario.

Y que un lema paradigmático de la igualdad de géneros debería ser el “tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando”, que acabó siendo el de la pareja real.

Pero claro, defender cosas como esta en los tiempos que corren es tanto como opositar a que te etiqueten de facha, fascista, o, como mínimo, de miembro de la derecha más retrógrada. ¡Isabel y Fernando! ¡Los líderes paradigmáticos del imperialismo y la opresión! ¡Los que expulsaron a los judíos y sometieron definitivamente al pueblo andalusí!

Son tiempos en los que la gente no dice lo que piensa por temor a los “líderes de opinión”, muchos de ellos atacados por el virus de la cortedad cultural e intelectual.

Porque la historia, que tan mal se enseña en la actualidad, solo es válida si sus protagonistas son de nuestro agrado. La hemos convertido en una sucesión de personajes “buenos” y “malos”, que hacían cosas buenas y cosas malas.

Como si cada uno de nosotros fuéramos descendientes de los unos o de los otros, y no de todos ellos. Como si no lleváramos una mezcla de sangre íbera, celta, romana, cristiana, judía y árabe, de conquistadores y de conquistados, en lo más profundo de nuestras venas.

Y que nos mostramos tan orgullosos de ser lo que somos, ignorando deliberadamente que tenemos un ADN en un 90 % similar al del chimpancé, un 88 % al del ratón, y un 85% al de la vaca.

Pero claro, nuestra superioridad moral y la miseria de “los otros” es parte de lo que ahora se llama “memoria histórica”.

De mí pueden decir lo que quieran, porque me da lo mismo. Ya estoy acostumbrado. Y siempre he sabido que si alguna vez me tienen que hacer un trasplante de corazón, recibiré con gusto el de cualquier humano compatible, sea de derechas o de izquierdas, incluso nacionalista.

Y que si no lo encuentran, parece ser que el del cerdo es el que tiene más posibilidades de éxito.

¿Seríamos diferentes si a todos nos hubieran trasplantado un corazón de cerdo?

Otra vez me he ido por los cerros de Úbeda. ¡Maldita sea!