Derechos de la mujer, igualdad de género y feminismo

Una de las cosas buenas de las reuniones de amigos, sean con el pretexto que fueren, es que se habla de todo y siempre nos sorprendemos con el rumbo que ha tomado la vida de algunos de nosotros.

En una comida navideña de “ex”, Xerox en este caso, una de las comensales, Rosa, “Roseta” para mí, mujer inteligente y dinámica, me dijo que ha trabajado en actividades varias, una de ellas defendiendo los derechos de la mujer.

Tema interesante este. Muy interesante. Y muy importante. Ninguna duda de que entiendo y defiendo la igualdad e incluso el feminismo, que parece igual pero no es lo mismo, con algunas excepciones si se llega al histrionismo.

En un momento de la conversación salieron a relucir los nombres de las que considerábamos las primeras defensoras de la igualdad en la historia conocida, y Rosa mencionó el nombre de Hipatía.

No tengo la más mínima intención de desmerecer la figura de esta filósofa, matemática y muchas cosas más, defensora del helenismo en perjuicio de algunos sectores de la iglesia católica, absolutamente singular porque siendo mujer fue ilustrada, y consiguió influir en una sociedad de hombres hasta el punto que ordenaron su muerte.

Sin embargo, en mi opinión, ella no luchó y murió por defender a las mujeres, ni, que yo sepa, lo argumentó como fundamento de su filosofía vital. Murió por defender su identidad y sus creencias, y por negarse a ceder en sus convicciones o a compadrear con los cristianos fundamentalistas de la época. Ella murió por ser diferente y porque sentaba un precedente peligroso.

Salvando las distancias, como ocurrió con algunos negros que se atrevieron a destacar intelectual o socialmente en el sur de los Estados Unidos, y que acabaron linchados por el Ku-Klux-Klan.

Tampoco luchaba por la igualdad de la mujer Marie Curie, nacida Maria Salomea Skłodowska, aunque, queriendo o no, la galardonada con el Premio Nobel demostró al mundo que la capacidad intelectual de su género era, como mínimo, igual a la del más capacitado de los varones. Desde el punto de vista del feminismo, ese fue el gran triunfo de la ilustre polaca, que acabó siendo trasladada al Panteón de París, ¡60 años después de su muerte!, considerado por la tradición como el de “los hombres ilustres”.

Como tampoco luchaba su marido, Pierre Curie, por la supremacía del varón como soporte de la especie. Los dos desarrollaron sus capacidades intelectuales, que eran muchas. Y punto.

En resumen: opino que la vida y ejemplo de estas mujeres demostraron, sin ninguna duda, la igualdad intelectual de la mujer, y, claro que sí, ayudaron a la causa del feminismo, aunque fuera de forma tangencial.

Sin embargo, y dentro de mi limitado conocimiento de la historia de la humanidad, yo defendía que un ejemplo muy claro de defensa de los derechos de la mujer, el más antiguo que conozco, es el de Isabel de Trastamara, posteriormente Isabel de Castilla, que se negó a ser reina consorte de su propio reino cuando se casó con Fernando de Aragón, como era la costumbre de la época.

Y que convocó cortes para que la nombraran reina de Castilla en ausencia de su esposo, que no se podía creer lo que había sucedido, y que, al final, no tuvo más remedio que aceptar los hechos consumados.

Y la lucha de Isabel no fue solo de índole intelectual. Defendió su legalidad y sus derechos con uñas y dientes, contra todo y contra todos, incluso usando la autoridad, como hubiera usado la fuerza de ser necesario.

Y que un lema paradigmático de la igualdad de géneros debería ser el “tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando”, que acabó siendo el de la pareja real.

Pero claro, defender cosas como esta en los tiempos que corren es tanto como opositar a que te etiqueten de facha, fascista, o, como mínimo, de miembro de la derecha más retrógrada. ¡Isabel y Fernando! ¡Los líderes paradigmáticos del imperialismo y la opresión! ¡Los que expulsaron a los judíos y sometieron definitivamente al pueblo andalusí!

Son tiempos en los que la gente no dice lo que piensa por temor a los “líderes de opinión”, muchos de ellos atacados por el virus de la cortedad cultural e intelectual.

Porque la historia, que tan mal se enseña en la actualidad, solo es válida si sus protagonistas son de nuestro agrado. La hemos convertido en una sucesión de personajes “buenos” y “malos”, que hacían cosas buenas y cosas malas.

Como si cada uno de nosotros fuéramos descendientes de los unos o de los otros, y no de todos ellos. Como si no lleváramos una mezcla de sangre íbera, celta, romana, cristiana, judía y árabe, de conquistadores y de conquistados, en lo más profundo de nuestras venas.

Y que nos mostramos tan orgullosos de ser lo que somos, ignorando deliberadamente que tenemos un ADN en un 90 % similar al del chimpancé, un 88 % al del ratón, y un 85% al de la vaca.

Pero claro, nuestra superioridad moral y la miseria de “los otros” es parte de lo que ahora se llama “memoria histórica”.

De mí pueden decir lo que quieran, porque me da lo mismo. Ya estoy acostumbrado. Y siempre he sabido que si alguna vez me tienen que hacer un trasplante de corazón, recibiré con gusto el de cualquier humano compatible, sea de derechas o de izquierdas, incluso nacionalista.

Y que si no lo encuentran, parece ser que el del cerdo es el que tiene más posibilidades de éxito.

¿Seríamos diferentes si a todos nos hubieran trasplantado un corazón de cerdo?

Otra vez me he ido por los cerros de Úbeda. ¡Maldita sea!

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