Albert Rivera cabalga de nuevo.

Parece que, ¡por fin!, y después de trece años desde que fundó el partido, hemos descubierto el verdadero objetivo personal del hiperactivo líder de Ciudadanos: ser líder de la oposición en el parlamento español.

Como es lógico necesitará cambiar algo en los fundamentos de las matemáticas porque, hasta ahora, ese título lo ostenta el que tiene mayor representación parlamentaria después del ganador,  pero no pasa nada. Aplicamos coeficientes correctores por tanto por cien de crecimiento, o por otros factores de valor añadido, le echamos valor y gesto de “es lo lógico”, y solucionado.

¿Y el partido? Seguimos sin saber qué es lo que quiere hacer además de coleccionar votos. De momento han retirado a Inés Arrimadas de la política catalana cuando ha sido un excelente contrapunto parlamentario a los independentistas, dejando esta función a otros con menor nivel. ¿Para qué?

Aunque es cierto que su mayoría en votos no sirvió de nada porque no quisieron “quemarse”, muy de Ciudadanos, con una moción de censura que iban a perder. Lamentablemente por una vez tengo que reconocer que Quim Torras tiene razón cuando dice que la única huella que dejará la excelente parlamentaria cuando se vaya es el silencio. Silencio en actuaciones reales, de utilidad para Cataluña y para sus votantes.

El líder en Madrid, Ignacio Aguado, se pasó toda la legislatura “aconsejando” a Cristina Cifuentes, que realizó una excelente tarea política enturbiada por sus graves problemas personales, sin dejar  de anotarse todos los éxitos de la presidenta como si fueran suyos porque, según ellos, se debieron  a su “marcaje”. Todo ello sin haberse despeinado.

Así, dando consejos sin asumir responsabilidades de gobierno, cualquiera triunfa. Ahora se dedica a pasearse del brazuelo con Angel Garrido, otro ejemplo de coherencia política, que se dio cuenta de que no estaba en el partido adecuado justo cuando no le nominaron para el puesto que él quería.

Y si Rivera cree que por ese camino va a llegar a alguna parte que valga la pena es que no conoce muy bien al electorado español. Yo tampoco, pero él menos.

Porque ha colocado a Ciudadanos en una especie de tierra de nadie, desde la que trata de crecer robando votos al PP, partido del que conocimos el techo y del que ahora conocemos el suelo, que no va a perder más votos que los que ya ha perdido, al menos en dirección Ciudadanos, porque por la derecha VOX sigue siendo una incógnita a corto plazo.

Ni tampoco va a conseguir más votos del PSOE, por muy desconcertado que esté su electorado y la “vieja guardia” por los quiebros del actual Partido Sanchista Obrero Español, porque en su gran mayoría tienen orgullo de su historia pasada y preferirán abstenerse, como han hecho en Andalucía, que votar a otro partido.

Por lo que, en mi opinión, Ciudadanos nunca serán el partido mayoritario del centro derecha y, aunque lo fueran, no contarán con los escaños necesarios para gobernar. Mucho menos si llegado el momento tiene en contra al que puede ser su aliado natural, el PP, seguramente muy cabreado con ellos por sus campañas y desahogos contra el partido y su líderes, y porque es el que más electores les ha “robado”.

Luego, si las cosas son como parece que pueden ser, y los votos del PP y Ciudadanos pueden estar en cualquiera de los dos lados, ¿hay alguna solución que no sea pactar acuerdos sólidos sobre temas de estado, e incluso acudir a las elecciones, según donde, con listas únicas?

Pero para ello es necesario visión de futuro, generosidad, e interés por España y los españoles. Sin tanto personalismo.

Algo parecido a lo que puede hacer el PSOE y Podemos, aunque, mira tú por donde, sería más difícil porque en esos dos partidos, especialmente si resucita la masa del antiguo PSOE, hay muchas más diferencias ideológicas y de cómo debe ser la organización social y del Estado.

Lo mío es pura ciencia ficción, pero, ¡que quieren! Yo sí que he visto OVNIS. Palabra de honor.

Por cierto. Lo de Iceta en el Senado no me parece nada mal, suponiendo que Sánchez lo haya hecho por lo que yo creo que lo ha hecho.

Aunque quizás sea mucho suponer.

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El panorama político y la nueva situación de los partidos.

Hace tiempo que no entro en Twitter,  entraba muy poco, y no frecuento más redes que Facebook, pero, por lo poco que veo, parece evidente que se ha producido una especie de corrimiento de tierras en los planteamientos políticos que, curiosamente, solo afecta a los que estamos a nivel de calle. Los ciudadanos de a pie.

Porque los políticos “consagrados” y sus acompañantes en listas electorales se mantienen en la cima de los montes o en lo alto de grandes torres, sin que les afecten las malas noticias de cada día. Es como si el pintor de la frase humorística se mantuviera en lo alto, agarrado a su brocha, aunque le quiten la escalera.

Y continúan hablando y actuando como si nada hubiera cambiado y aquí no pasara nada. Como si tuvieran la solución, cuando cada vez lo están enredando más por falta de entendimiento entre los que deberían entenderse.

Pero sí pasa. Seguro que ya me faltan neuronas, pero todavía recuerdo cuando los grandes partidos políticos tenían sus corrientes o sus familias, que eran su oposición interna a cara descubierta, pero que, pensaran lo que pensaran eran, ante todo, miembros del partido.

Y así, dentro del PSOE, estaba el grupo del PSP de Tierno Galván, la muy aguerrida Izquierda Socialista y algunos otros, aunque basta con estos ejemplos.

En el PP coexistían diversas familias, desde los antiguos “azulines” hasta los socialdemócratas, que alguno había, pasando por los liberales, los democratacristianos  y algunos más.

Pero, insisto, discrepancias e incluso enemistades personales al margen, todos “eran partido” y cuando el líder de turno hablaba, lo hacía en nombre de todos. Y todos formaban bloque.

Pero ahora no. Pedro Sánchez no representa, ni de lejos, a todo el socialismo español. Si a los órganos de gobierno porque ya se encargó de desalojar de ellos a sus enemigos internos, que los tiene. Y estableció aquella diferencia oportuna entre militantes y votantes.

Pablo Casado tampoco es la voz del PP. Ni mucho menos. Muchos de los antiguos dirigentes abandonaron el partido y otros se mantienen desconcertados y con muy serias dudas. En cuanto a los militantes, una parte permanece fiel  la causa, pero otros se pasaron a VOX, a Ciudadanos, o al nuevo gran partido de España, el de los indecisos.

En cuanto a Unidos o Unidas Podemos, de unidos nada. Pablo Iglesias no ha podido mantener a “las mareas”, y la mayoría de la cúpula fundadora se ha ido a su casa, a las buenas o a las malas, o se ha buscado otros acomodos. Por lo que tampoco él representa al partido original.

De Alberto Garzón, líder de IU, sedimento de los antiguos partidos comunistas, casi no vale la pena hablar. Fagocitado por Podemos, su voz es casi eso: su voz, porque, por lo que parece, tiene casi más disidentes que militantes.

Ciudadanos se salva de la quema por dos razones: Primero porque es un partido absolutamente presidencialista y su líder no permite bromas, y segundo porque nunca ha gobernado, por lo que no ha sufrido desgobiernos, ni fracasos, ni tiene muchos casos de corrupción. No ha habido lugar porque nunca han administrado fondos públicos “a lo grande”.

También VOX es un partido presidencialista. O mejor, partido con líder, que de momento no tienen fisuras. Pero es un partido de avalancha que se nutre de idealistas románticos y  de descontentos varios  que  solo tiene cabida en el espectro político si las cosas van mal. Como ocurrió con Podemos.

Y como nunca tendrán mayorías suficientes, el que las cosas vayan bien no depende de ellos. En cualquier caso, aunque sobreviva, es un partido con techo electoral evidente.

Así pues, no hagamos mucho caso a lo que dicen los grandes gurús de la política cuando hablan ex catedra en nombre de “su partido” porque no es verdad. No existe ningún “su partido”.

Y los que eran algo y alguien en los partidos se han retirado de la política si tenían alternativas, y el resto siguen reptando entre listas electorales y cargos de confianza, porque no saben hacer otra cosa. Incluso algunos son gerentes de grandes empresas públicas.

¿Quiere esto decir que todos los políticos en activos son inútiles o indeseables?

Ni mucho menos. Continúa existiendo una buena parte de gente que cree en que todo esto tiene remedio. Que ya hemos tocado fondo y que las aguas volverán al cauca de la racionalidad. Esperemos que así sea

La moraleja es que la política actual, la de las alturas, es una gran farsa. Nadie es lo que dice ser y todos ahuecan las plumas para aparentar más tamaño que el que realmente tienen. Y a los escaños me remito, incluso con el engorde artificial de la ley D’Hondt.

Decía que no escucho la voz del socialismo en boca de Pedro Sánchez, que nos va a freír a impuestos indirectos mientras dice a pleno pulmón que sangrará “a los ricos” y tontea con los independentistas.

Pero no rechistemos o nos anatemizarán. Los socialistas de nuevo cuño son así. Zapatero ya dijo que éramos “antipatriotas” si hablábamos de la crisis. Esa crisis que era absolutamente notoria para el resto de países, que ya preparaban sus defensas.

Y ayer se nos apareció en las pantallas nuestro ilustre paisano, el ministro Ábalos, para decirnos, con cara de contener sus impulsos naturales de darnos un cachete por bobos, que “atacábamos a la democracia”,  a la justicia social, y a no sé cuántas cosas más, si no estábamos conformes con los impuestos.

Y que la presión fiscal en España estaba lejos de la media europea. A la baja naturalmente.

Seguimos en las mismas: los españoles somos analfabetos políticos y debemos obedecer las consignas de los gobernantes, que ellos sí que saben.  ¡Cuánta razón tenían nuestras madres cuando nos decían que no nos metiéramos en política!

Lo que debemos hacer es votar al Sr. Ábalos y al resto de “los que saben”, y no molestarles con impertinencias. Volvamos al Despotismo Ilustrado. El de “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”

Pero, Sr. Avalos, nosotros, yo al menos, no discutimos la evidente necesidad de los impuestos en una nación solidaria y con tantas prestaciones sociales, pero como ciudadano español, tengo derecho, todo el derecho, a criticar los que no me gustan, no por excesivos, sino por injustos.

Como los que aplicarán al diésel, por ejemplo, que castigarán a la gente menos favorecida del mundo social y laboral, exceptuando a los parados,  y que fue el detonante de las manifestaciones de los “chalecos amarillos” en Francia. No lo olviden.

Solo que aquí no pasará nada porque lo ejecutará un partido de izquierdas, los que mantienen esa coartada tradicional de la superioridad moral y de su conexión con las realidades sociales. Ni protestas de la ciudadanía, ni condena de los Sindicatos pese a los evidentes perjuicios que van a causar a los trabajadores en general y a las familias en particular.

Y, Sr. Ábalos,  los que hemos ido a colegios sabemos diferenciar entre lo absoluto y lo relativo. Porque en términos absolutos es cierto que un alemán, un francés, o un británico paga más impuestos que nosotros, pero es igual de incuestionable que sus salarios son mucho más altos que la media española.

Y, como es evidente, si ponderamos ambos conceptos salimos perdiendo. Por goleada. Como dirían Epi y Blas, Sr. ministro, repita conmigo: “absoluto”, “relativo”.

“¡No os metáis en política!”, repito, nos decían nuestras madres.

Y estando así las cosas, resulta que los señores que mandan, que mandaron o que mandarán, han conseguido trasladar la presión política a la ciudadanía que, en buena parte, discute agriamente sobre si este insultó a este otro, o si saluda a unos o a otros, o si le entrega tal o cual libro en un debate. Siempre adjetivando. Adjetivando en letra mayúscula, por no decir gorda, en negrilla y subrayada.  

Y los sindicatos, esos que viven exclusivamente de las cuotas de sus afiliados,  se atreven a decir al gobierno que no pacte con Ciudadanos, que lo haga con Podemos. Seguramente es que solo defienden a los obreros de izquierdas aunque, eso sí y por casualidad, ya están recibiendo ayudas extras del ejecutivo.

Y nos insultamos cada vez con más virulencia por defender a terceros que, en muchas ocasiones, son indefendibles. Y si nos asomamos a los foros de opinión, que son más bien de agitación, parece  evidente que nos odiamos en su nombre, mientras “ellos” se enseñan las fotos de sus hijos al final de un debate agrio, bronco, leñero, de los que gustan a las televisiones porque les proporciona audiencias.

Y creemos que lo hacemos porque defendemos las ideas que ellos representan cuando, como digo, cada vez representan menos a las ideas de sus partidos y más a ellos mismos, sus egos y sus intereses personales.

Suena a cínico, pero es lo que pienso. ¡Ya vendrán tiempos mejores!

De momento seguimos como solía.  El agua del puchero se sigue calentado muy lentamente y la rana, que somos nosotros, acabará muerta por el exceso del calor sin darse cuenta de que la están cociendo.

¿No hay cursos de recuperación para políticos profesionales?

El prólogo de la novela “documento 303”

Una buena amiga, que ha leído y, según dice, disfrutado con mi novela “la cruz de piedra” me ha recomendado que lea “el documento 303”, de José Manuel Surroca, porque, lo mismo que en mi caso, fabula sobre hechos históricos, en este caso relacionados con los orígenes del Reino de Aragón, en una trama que, según me dijo, también  se desarrolla  en diversos momentos de la historia, incluido el tiempo actual.

Seguro que me gustará, pero no puedo opinar porque apenas he empezado a leerla. Lo que sí que me he encontrado es con  un prólogo de mucha calidad de María Luz Rodrigo Esteva, profesora titular del Área de Historia Medieval  de la Universidad de Zaragoza, según he podido comprobar en internet, en la que comenta la confusa  situación del conocimiento de la historia, vulgarizada, difundida e interpretada de forma poco profesional, si no utilizada con fines políticos o a favor de determinadas ideologías.

Eso no lo dice ella textualmente, pero lo añado yo porque es lo que está ocurriendo.

Y en un momento de sus reflexiones se hace la pregunta “¿qué hacer ante los cada vez más crecientes usos públicos de la historia?”

Y yo le contestaría: negarnos firmemente a aceptarlos. Luchar contra los timadores de tribunas, columnistas poco escrupulosos, tertulianos indocumentados, falsos protagonistas de redes sociales, docentes desaprensivos, y cualquier otro falseador de los hechos históricos.

Y denunciarlos con firmeza.

Siempre he asumido que la historia la escriben los vencedores, y que en las cortes medievales eran los escribanos reales los que narraban los hechos, por lo que, naturalmente, no escribían nada que perjudicara el buen nombre del rey su señor, o que cuestionara sus decisiones.

Pero los historiadores profesionales, conocedores como nadie de esta realidad, consultan los relatos de las cortes antagonistas o de las noblezas en conflicto para poder atisbar la verdad de los hechos.

Que complementan buscando donde deben: en las cartas de los interesados, en los pactos escritos, en las capitulaciones, en la correspondencia de particulares, y en cualquier fuente que permita crear una bibliografía que justifique los hechos que describen.

Y, sabiendo que nadie es totalmente imparcial a la hora de juzgar o interpretar los hechos históricos, cada vez se dispone de más información objetiva para analizar la verdad de la historia.

Pero ese nivel, ese magisterio, está reservado a los historiadores profesionales, no a la legión de arribistas que, utilizando parte de lo sucedido, incluso partiendo de oídas o leyendas, construyen historias muy a medida de sus intereses o de su ideología. O simplemente opinan por la vanidad de demostrar que “saben”.

Y que, citándose los unos a los otros, acaban construyendo  una verdadera red de citas y  bibliografías  circulares que no hacen sino dar un barniz de veracidad a lo que es pura invención o verdades a medias.

Y, estando totalmente de acuerdo con sus reflexiones, digo lo que siempre he dicho: pese al “empoderamiento” de la clase política, ningún congresista, o senador, o líder de un partido, tiene la autoridad de un historiador para describir hechos, ni la de un académico para regular el idioma.

Pero se ha perdido la vergüenza Y se atreven a hacerlo incluso cuando vivimos muchos de los que participamos de alguna forma con los hechos que se intentan tergiversar, o los negros acontecimientos que se quieren blanquear.

Y así hay partidos que afirman que debemos pedir perdón a Méjico porque Cortes y unos quinientos españoles masacraron a millones de indígenas, o que tal o cual régimen, excluida la dictadura porque no se puede considerar un régimen, eran “los buenos” y los otros eran “los malos”.

Y me pilla en un momento de especial sensibilidad porque solo hace unos días he publicado un comentario en mi blog sobre los desdichados hechos ocurridos en el parlamento vasco, donde un diputado de Bildu se dedicó a insultar a los que en su día fueron víctimas de ETA, sus antecesores, protegido por esa supuesta capa de impunidad por la que cualquier elegido en una urna puede decir lo que quiera mientras mantenga el uso de la palabra.

Afirmación que, por supuesto, es absolutamente falsa.

Y, aludiendo a esta intervención desdichada, decía entre otras cosas en mi artículo:

“Pasar página sí, pero no permitir ese continuo intento de blanqueo de la violencia y de los violentos, incluso propiciado por otros partidos como Podemos, Izquierda Unida, todos los nacionalistas y, en ocasiones, algunos miembros del PSOE, que quieren hacernos creer, y pueden hacer creer a los más jóvenes, que el lobo del cuento era una víctima de los tres cerditos”.

Y que conste que mi comentario no está alimentado por ningún color político. Cito a los que cito porque todos ellos han sido colaboradores necesarios para que lleguemos a esta situación en el caso de ETA y el relato de lo sucedido.

Espero, pues, disfrutar de la novela como, de momento, he disfrutado con el preámbulo.

Y espero también que alguien, algún día, entienda que esto es inadmisible. Y que la historia es la que es, y no como quieren algunos que hubiera sido.

Y que todos nosotros, sin ninguna excepción, asumamos que tenemos antepasados héroes y antepasados villanos. Antepasados que mataban y antepasados que morían.

Pero que hoy, en pleno Siglo XXI, lo único sensato y práctico es aceptar que la historia es como fue, que aprendamos, y que no repitamos los mismos errores que cometieron las generaciones que nos precedieron.

Que así sea.

La democracia, la política, y la “política real” – Elecciones en Bocairent

La palabra “política” tiene varias acepciones, pero a mí solo me interesa la que la define como “actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo.

Porque otras, como “arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados”, o “actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos” no las tengo muy bien consideradas en estos tiempos.

Porque creo firmemente en la democracia, esta democracia que no “nos vino dada” porque costó muchos sacrificios, muchas renuncias, mucha generosidad y muchas muertes, no empezó a regir, ni mucho menos, como consecuencia de la muerte de Franco, tan querido por las izquierdas con pocas ideas, porque la mayoría de las izquierdas, las que conocen los hechos, tiene muy claro que aquello fue una etapa cerrada.

Y dentro de las varias figuras de ejercer la democracia, mi preferida en estos momentos, como lo ha sido siempre, es la que llamamos “democracia real”, la practicada en los municipios de pocos habitantes, como Bocairent por ejemplo, en la que los rectores pisan las mismas aceras que sus votantes o los que no les han votado, y en donde debe primar la tolerancia y la transparencia porque los cargos electos están muy a la vista de la ciudadanía.

Y se vota por listas, naturalmente, y las listas indican tendencias e ideales, y las tendencias marcan una parte de las políticas municipales pero, normalmente, no las encorsetan porque unos y otros van a las mismas romerías, o son miembros de las mismas comparsas de Moros y Cristianos.

Esta introducción viene a cuento de que he sabido que Josep Vicent Ferre i Domínguez no se vuelve a presentar como alcalde. Yo no le voté, entre otras cosas porque no estoy censado en el pueblo en el que tengo alguna propiedad y muchos lazos afectivos, todos, pero creo que ha sido un buen alcalde. Y lo digo en su despedida y habiendo tenido, como así ha sido, muchos encuentros y algún que otro desencuentro que siempre ha acabado bien. Y me refiero a ese final feliz en el que los discrepantes mantienen sus posturas dentro de ese marco de cortesía, no me atrevo a decir cordialidad, que debe presidir, sobre todo, los desencuentros.

Josep Vicent es un hombre culto que ha trabajado por el pueblo, seguramente no a total satisfacción de todos, especialmente si se le juzga a través del prisma de las ideologías, pero lo ha dejado mucho mejor que lo encontró, y es de lo que se trata.
Y que siendo como es socialista, ha sabido sacar recursos de todas partes, incluido del PP cuando gobernaba la Generalitat o la Diputación.

Como no nos “deja” en el sentido más trágico de la palabra, dejaremos las cosas así y seguiremos manteniendo ese contacto esporádico que hemos tenido en los últimos años. Espero que le vaya muy bien en su vida personal.

Y he comprobado que el candidato del PSOE es Xavi Molina. A Xavi le conozco poco, pero siempre que lo he necesitado me ha respondido de forma muy satisfactoria y me parece un hombre cordial y “de fiar”. Y tengo buenas sensaciones transmitidas por otros bocairentinos amigos míos que son de fiar y que le conocen bien. Esos sí, con derecho a voto.

¿Quiere decir que me gustaría que fuera el próximo alcalde? Ni mucho menos. No conozco a los otros candidatos y es muy posible que me merezcan un juicio igual de favorable, pero los bocairentinos, y no yo, serán los que decidirán con sus votos llegado el momento. Y espero que decidan desapasionadamente entre los cabezas de lista, ponderando eso sí, su capacidad de diálogo y de entendimiento con todo el mundo.

Pero que Xavi sea uno de los candidatos me da una cierta tranquilidad. Espero una lucha noble y reñida, un nivel parecido, y que gane el mejor. Por cierto: tengo curiosidad por conocer los programas de los partidos, porque todavía hay algunos temas culturales pendientes de resolver.

Porque problemas ya tenemos bastantes. Demasiados. Sería bueno que la política local aprendiera de las comparsas de Moros y Cristianos que yo conocí, focos de pasión y acaloramiento, donde, por lo que recuerdo, cuando los ánimos se exaltaban más de lo conveniente, siempre surgía la iniciativa de una de las partas, o de un tercero, que lanzaba el grito mágico ¡festa avant!

Lástima que no esté bien visto, o quizás sí, el grito de ¡política avant!, entendiendo su verdadera etimología griega, “politeia”, la teoría de la polis (ciudad), de la convivencia basada en la ley y el orden, aunque, como sabemos, los que dieron ese primer paso hacia la democracia tampoco eran tan demócratas como nos hacen ver, porque solo podía participar en las decisiones los llamados “ciudadanos”. Pero eran otros tiempos y supuso algo muy diferente a los gobiernos de los “aristos” de Esparta. Su clase dominante.

Lo malo es que cuando salimos de la política real y asciendo a las comunitarias o a las nacionales, cada vez veo más “aristos” y menos “ciudadanos atenienses”.

Pero ese es otro tema.

Ha muerto Javier Arzalluz

Ayer falleció Javier Arzalluz y, como es natural, se han disparado los comentarios sobre su vida y su obra, la mayoría muy negativos, aunque también he escuchado alguna que otra alabanza a su aportación a la política o a la causa del nacionalismo.

Quiero aclarar que cuando hablo de Javier Arzalluz me refiero únicamente a su faceta de hombre público. De político. Ni le traté ni conozco a quien le tratara “en la intimidad”, por lo que no se lo que hacía su mano izquierda. Sin embargo sí que recuerdo, recuerdo muy bien, lo que hizo su mano derecha. Porque fue un personaje que despertó mi curiosidad desde el principio, y al que seguí con atención desde sus primeras actuaciones políticas.

Y pronto me di cuenta de que detrás de esa fachada elegante, de buen porte, con aire de profesor exigente y de buen negociador, había mucho más de lo que parecía.

Que era alguien muy poco de fiar.

Hoy he escuchado que era un personaje contradictorio, que “ponía una vela a Dios y otra al diablo”, que “nunca se sabía por dónde iba a salir”, y cosas semejantes. Pero no creo que nada de eso sea cierto. Javier Arzalluz sabía perfectamente a donde quería ir y tenía trazada una ruta hacia un destino final, al que nunca llegó. La independencia del País Vasco.

Javier Arzalluz era una persona de una gran cultura. Fue ordenado sacerdote en la Compañía de Jesús, aunque años más tarde abandonó la carrera eclesiástica para dedicarse a la política. Nacionalista de convicción, supo aprovechar los pactos con el PP y con el PSOE, ¡hay nuestros inteligentes partidos mayoritarios! para ir empedrando de concesiones y transferencias su ruta hacia la gran Euskal Herria.

Para entender al personaje hay que tener en cuenta que su etapa política coincidió con lo más duro de ETA, banda terrorista nacida en el seno de un grupo de disidentes del colectivo EKIN, que a su vez era una especie de rama joven del Partido Nacionalista Vasco, al que echaban en cara su lentitud en conseguir el objetivo final de sacar al País Vasco del Estado español.

No creo que Arzallus se alegrara de las muertes a manos de ETA, pero es cierto que hubiera podido acabar con ellos en una semana si hubiera querido. Porque en aquellos tiempos disponía de todo el poder y sabía perfectamente quienes eran, donde se escondían, y quién les protegía. Quizás sea muy aventurado por mi parte esta afirmación, pero no creo estar muy lejos de la realidad.

Una información de El Mundo publicada hoy mismo, el primero de marzo de 2019, dice textualmente:

Quizás un episodio antiguo contribuya a explicar la controvertida relación de Xavier Arzalluz con ETA. La historia la contó en varias ocasiones José María Bandrés, el abogado que fuera considerado el rostro de ETA polimili, disuelta en 1982. «Se estaba negociando el Estatuto con Madrid», relató también en su día a esta redactora, «un día quedé con dos personas importantes del PNV. Se comió, se bebió, y a los postres se dijo claramente que estábamos tocando la flauta, que a quién se le ocurría decirles a los polimilis que dejasen de dar golpes cuando estamos en un momento importantísimo en la profundización del autogobierno. Luego los propios polimilis me lo contaron: ‘Oye, que ha estado aquí Arzalluz para decirnos que no hagamos tonterías, que no nos disolvamos’». El presidente del Eukadi Buru Batzar (EBB) se reunió en aquella época dos veces con los peemes y una con los milis y la acusación era tan grave que valía la pena comprobarla.

Es decir. El Mundo confirma lo que opinábamos muchos de los que vivimos en aquella época: que el PNV, o al menos así lo creía Arzalluz, necesitaba la violencia de ETA para presionar al Estado. Su famosa frase de que “unos sacuden el árbol y otros recogen las nueces”, que se cita más adelante, es un resumen perfecto de su pensamiento sobre la violencia etarra.

Y no me extrañaría que se apoyara en su prestigio y su pasado de religioso jesuita para influir en el incomprensible apoyo que la iglesia vasca proporcionó a los etarras. Esos a los que él llamaba “los chicos” sin llegar más lejos que adjetivarlos como “descarriados”.

Y los que me conocen saben que tengo dos temas tabú en mis tertulias de amigos, y que uno de ellos es ETA. Porque me altera en lo personal que una banda que asesinó impunemente a 850 españoles de toda edad y condición, tenga el más mínimo apoyo para blanquear su historia como se está haciendo.

Y ninguna de sus víctimas, ni siquiera las que fueron especialmente duras con los terroristas, se merecían lo que les pasó. Y lo digo desde la tranquilidad de no haber dormido la noche anterior a que fusilaran a los condenados en el juicio de Burgos. Porque ninguna persona, ni siquiera los asesinos, se merecen la muerte.
Pero ¡blanqueos no, por favor! ETA dejó de matar cuando no pudo seguir haciéndolo porque estaban acorralados por las Fuerza de Seguridad del Estado, y porque se dieron cuenta de que su objetivo era inalcanzable. Pero, sin ninguna duda, todos ellos, ejecutores o colaboradores necesarios, fueron asesinos. Nunca patriotas, ni gudaris, ni nada que suene a civilizado. Asesinos cobardes que ni siquiera se jugaban la vida cuando asesinaban.

En cuanto a Arzalluz y por todo lo anterior, espero no encontrarme con ninguna placa en su honor ni escuchar que alguien le tilda de persona a imitar. Pudo evitar muchas muertes y no lo hizo y, que yo sepa, nunca asistió a funerales de los asesinados por la banda.

Y, como buen cínico, jugaba con las palabras y las situaciones tratando de tergiversar sus andanzas cuando ya se hizo mayor. Pero de nada le servirá.

No lo digo yo. Al pie de una entrevista que le hizo el diario El Mundo el 16 de abril de 1917, reproducían algunas de sus “perlas”:

Sobre el Rey: “Es tonto, porque aunque le escriban los discursos, que los lea antes para no decir tonterías” (2001).

“En Europa, étnicamente hablando, si hay una nación, ésa es Euskal Herria” (1993).

“La sangre de los primeros europeos corre hoy solamente por las venas de los vascos”, afirmó citando a un antropólogo alemán. “La sangre con el RH negativo confirma que este pueblo antiguo tiene raíces propias, identificables desde la prehistoria, como sostienen investigaciones de célebres genetistas” (2000).

“Nosotros no somos los violentos, ni siquiera ETA; la violencia viene de la derecha” (1987).

“No creemos que sea bueno para Euskal Herria que ETA sea derrotada” (1992).

“En una Euskadi independiente, los españoles serían tratados “como se trata hoy a los alemanes en Mallorca” (2000).

Y la más célebre, que confesó haber pronunciado en una reunión:

No conozco de ningún pueblo que haya alcanzado su liberación sin que unos arreen y otros discutan. Unos sacuden el árbol, pero sin romperlo, para que caigan las nueces, y otros las recogen para repartirlas“. (Más tarde matizó, echando mano de una distinción que de poco servía: “Me refería a HB, no a ETA…“).

Puro pensamiento de Sabino Arana.

En mi opinión, y en su faceta política, Javier Arzalluz fue un personaje maquiavélico que hizo mucho daño a España y a los españoles. Descanse en paz, lo digo sinceramente porque todo puede perdonarse, pero nunca olvidaré que, se arrepintiera o no, creo que es uno de los personajes más siniestros de la política española desde la transición.

Y tampoco tenía necesidad de publicar este comentario, pero lo he considerado conveniente porque, tal y como nos están cambiando la historia reciente, me puedo encontrar con que a Javier Arzalluz le pongan como referente de tolerancia y “buen hacer”. O de hombre de paz.

Como ocurre con Otegui.

La ministra de justicia y la exhumación de Franco

Hace unos días escuché a la actual ministra de justicia, Dolores Delgado, afirmar que la exhumación de Franco es un “asunto de estado”. No, señora ministra, no. La exhumación de Franco es un tema menor, muy menor, entre los asuntos importantes que nos ocupan y que amenazan a nuestra economía, nuestro bienestar, o nuestra calidad democrática.

Lo único cierto es que esta decisión se ha convertido en uno de los banderines de enganche de nuestro presidente, que acaba de insistir en su ejecución. Ni siquiera creo que sea una idea de Iván Redondo, al que he admirado en el pasado aunque empiezo a tener serias dudas de que no se esté convirtiendo en un personaje a poner en cuarentena si fuera el responsable de “todo”, el único guionista de lo que hace su aconsejado.

Porque no todo vale ni en política, ni en la abogacía, ni en los asesores de imagen o directores de campaña de políticos. Y estas campañas tan a la americana, basadas en gestos y en decir lo que sea, se pueda o no cumplir, que es exactamente lo mismo de lo que acusan a los populistas, están cruzando muchas líneas rojas.

Donde esté o no esté el cadáver de Franco puede interesar a la familia, a unos pocos nostálgicos, a una parte decreciente de la sociedad entre los que no estamos la mayoría de los que vivimos en la dictadura y, por supuesto, al gobierno de Sánchez. Y digo al gobierno de Sánchez y no al PSOE, porque mucha gente del partido se ha dado cuenta de que estas historias del pasado ya no “venden” como vendían.

El otro día decía de broma que la única explicación de las prisas de nuestro presidente para desenterrarlo es porque quiere incluirlo en las listas electorales del próximo abril, pero quizás me equivoque.

Asuntos de estado, señora ministra, son la ley de educación, la reforma del poder judicial, la posible reforma de la ley electoral, las políticas de inmigración, la solución definitiva al problema de las pensiones, y algunos otros de importancia similar y que condicionarán nuestro futuro como nación. Que no salen adelante porque los ciegos egoístas que nos dirigen, gobiernos y oposiciones, son incapaces de consensuarlos. Prefieren caer en manos de los nacionalistas, ahora separatistas, que hablar entre ellos para llegar a acuerdos de futuro en lo que son pilares básicos de la democracia, de la cultura y del bienestar social. Como si la otra opción, consensuar entre ellos temas de estado, fuera imposible.

Dialogar con los extremistas sí. Dialogar con los demócratas constitucionalistas ni hablar. ¡Hasta ahí podríamos llegar!

Lo demás son sandeces, paridas en lenguaje más coloquial, que lo único que demuestran es el enorme desenfoque de muchos políticos en activo, ¡algunos son ministros!, que siguen creyendo que los españoles somos tontos y que se nos puede confundir con cuatro eslóganes, cuatro frases brillantes, o cuatro poses del presidente diciendo lo que le aconsejan sus asesores.

Lo que me preocupa es que esta señora, de la que apenas tenía referencias salvo alguna noticia de prensa sobre su participación en cacerías y similares, y a la que he descubierto cuando ejercía de ministra, volverá a la judicatura y tendrá que participar en causas en los que estén involucrados miembros o simpatizantes del grupo de los “trifálicos”, de los separatistas catalanes, o tantos otros que han sido sus amigos o sus enemigos el tiempo que ha ejercido su cargo en el ministerio.

Una ministra que ha exigido que la iglesia le entregue un listado de sacerdotes involucrados en delitos de acoso sexual o de pedofilia, sabiendo que todos ellos ya están denunciados en los tribunales por cualquiera de las partes, pero que no ha incoado causa contra sus compañeros del estamento judicial a los que, según conversaciones grabadas por ese peligro público llamado comisario Villarejo, vio alternando con menores en un viaje a Sudamérica.

Una ministra que se mostró de acuerdo en que la casa de citas montada por el propio comisario Villarejo para obtener información de sus clientes, y así poder chantajearlos, iba a resultar todo un éxito.

Meterme con personas en concreto está muy lejos de mi manera de pensar. Critico hechos o decisiones, pero nunca personas, pero en esta ocasión sobrepaso mis propios límites porque esta señora, tan fuerte de carácter, me parece muy poco consecuente en sus hechos y dichos. Y me refiero a su etapa como ministra, porque he sabido de su gran profesionalidad y su compromiso contra el terrorismo cuando ejercía de fiscal. Cosa que le agradezco.

Señora Delgado: ya hace muchos años que ninguno de los que tienen poder en la España actual, sea político, económico, militar, religioso o de cualquier otro tipo, son “franquistas”. Serán de derechas, o de extrema derecha, o de extrema-extrema derecha, pero Ud. sabe muy bien, porque es cualquier cosa menos inculta, que el franquismo no fue un movimiento político ni una ideología concreta, sino un seguimiento al líder, por lo que desapareció cuando murió Franco. Como ocurre con todas las dictaduras. Y lo mismo que sucede con el franquismo, tampoco existe un “pinochetismo”, ni un “videlismo”.

Y le aconsejo que dedique su tiempo a temas más prácticos o más éticos, según como se mire. Determinar si los miembros de la judicatura que intervienen en la política deben de volver a ejercer su profesión si más es un asunto que despierta serias dudas desde hace años. Eso sí que me parece un tema importante. No digo que un tema de estado en sí mismo, pero sí que debería de ser uno de los puntos a analizar en esa reforma del poder judicial que estamos esperando.

Este, como todos los citados anteriormente, sí que son asuntos que nos interesan y afectan a la totalidad de los españoles.

Formar y educar – Carencias de la ley de educación

Hace unos días leí un buen artículo de Higinio Marín en el Levante, en el que intentaba ver la luz en ese laberinto de intereses y responsabilidades que enmarañan la formación y la educación española, sin que, en este momento, sepamos a ciencia cierta cuales son las verdaderas responsabilidades del docente, de los padres, del estado, o de la sociedad.

En mis tiempos, seguramente porque éramos más pobres y, sobre todo, más prácticos, los papeles de cada cual estaban perfectamente definidos.

Simplificando los roles y las responsabilidades, los maestro nos proporcionaban el ochenta por ciento de la formación y un veinte por ciento de la educación, los padres eran ochenta por ciento educadores y veinte por ciento formadores, y la sociedad colaboraba en ambas cosas con normas que ayudaban a desarrollarnos intelectualmente o que corregían, incluso con leyes, las desviaciones que pudieran producirse. Seguramente no estoy demasiado acertado diferenciando la educación de la formación, pero creo que se entenderá lo que quiero decir.

Lo que es absolutamente cierto es que el maestro “al que querer”, el “profe” cómodo, era un personaje desconocido para nosotros.

Yo siento una gran admiración por el que fue mi maestro, Don Fidel, en esos años de la infancia y la juventud en los que se forjan los caracteres. Nunca le agradeceré todo lo que hizo por mí, aunque trato de citarle cuantas veces puedo y se lo reconocí muchas veces siendo mayor, cuando me visitaba en mi lugar de trabajo para saber “cómo me iba”.

Pero entonces no. Entonces le respetaba, en ocasiones le temía, y raramente me resultaba cómodo. Era una figura severa, exigente y comprometida con mi futuro, apoyado sin reservas, eso sí, por mis padres. Mi maestro era la autoridad académica y nadie lo discutía. Mis padres, a los que mandaba de vez en cuando una nota en sobre cerrado dando sus opiniones sobre la marcha de mis estudios o sobre alguna actitud claramente mejorable en mi comportamiento, sí que reconocían la importancia de su papel. Y formaban un buen equipo.

Y, naturalmente, cuando hablo de mis padres lo hago extensivo a “los padres” en general.

Las asignaturas eran claras y universales, salvo alguna con más intencionalidad por mor de la época, pero los niños de toda España conocíamos los mismos ríos y los mismos montes, por ejemplo, y tratábamos de descifrar las mismas matemáticas.
Hace muchos años, y para nuestro bien, vino la transición y se cambiaron los hábitos y las leyes. Pero, como suele ocurrir en estos casos, sobrevino el “pendulazo” y empezaron a surgir formas nuevas y los convencidos de que autoridad y disciplina eran “cosas de la dictadura”. Y aparecieron los “profes colegui” a los que se debía tutear, y/o asociaciones de padres que trataban de invadir la necesaria independencia de los colegios. Y los padres que cuestionan las decisiones de los profesores cuando valoran o califican a sus hijos con algún insuficiente. O cuando les avisan de algún comportamiento inadecuado.

Porque, naturalmente, el profesor “tiene manía” a sus hijos, a los que dan más credibilidad que a los profesores.

Y claro, una parte de los docentes se rebelan, otros se deprimen y otros, la posición más lamentable, acaban aburridos de estar en esa tierra de nadie entre lo que deben hacer y las presiones del sistema y de las familias, y “pasan” olímpicamente, convirtiendo en oficio lo que era vocación.

Porque un daño colateral de la enseñanza en tiempos de la democracia y de las nuevas libertades, es que políticos tan sobrados de ganas de “hacer cosas” como faltos de la formación adecuada, pusieron sus zarpas en la educación e hicieron saltar por el aire las reglas del juego y el posicionamiento de las piezas en el tablero de juego. En tiempos de la dictadura la enseñanza tenía sus bastantes “peros” en algunos temarios y “disfrutábamos” de la “formación del espíritu nacional”, pero, lo digo desde mi edad actual y sabiendo lo que digo y en el charco en el que me meto, era mucho menos “adoctrinante” de lo que se dice ahora. Solo que no era nada sutil.

Ahora tenemos una educación dirigida, fraccionada por autonomías, con unos libros de texto en los que “cuelan” lo que quieren colar o, lo que es más grave, omiten cosas que no deberían omitirse. Y difícilmente aprovechables para otros alumnos, lo que, sin ninguna duda, es un gran negocio para algunos.

Y al amparo de este desorden, y como digo anteriormente, aparecen los padres que exigen responsabilidades a los profesores de los malos resultados de sus “pobres” hijos. Hijos a los que en la mayoría de los casos les permiten demasiadas horas de televisión, o a los que regalan un teléfono móvil demasiado pronto.

Lo que antes era un bloque educativo en el que encajaban todas las piezas, se ha convertido en un “tú la llevas” de agrupaciones o sectores de población que rechazan responsabilidades y culpan a la otra parte.

Y mientras, los gobiernos de turno, o cedieron su autoridad, o se sumaron a la sarta de despropósitos bajando el listón de la exigencia académica. No importa el conocimiento, facilitemos las titulaciones. Aceptemos que pasen de curso alumnos con asignaturas suspendidas y carca, facha, o franquista el que piense que eso es un gran error.

Eximir de exigencia a la educación es condenarla a muerte, y un método infalible de lanzar a la sociedad a oleadas de jóvenes que más tarde, cuando llegan a las universidades o al mundo laboral, o se dan cuenta de sus carencias y tratan de solucionarlas, los menos, o pasan a formar parte de ese lamentable grupo de personas con más dificultades para encontrar trabajo. Por lo que pedirán explicaciones al gobierno y se sentirán víctimas de la sociedad.

Y no les falta razón, porque la que fue su sociedad más inmediata, la de los padres y profesores, no pudieron ponerse de acuerdo y cooperar en su formación, en buena parte por las carencias de las sucesivas leyes de educación, y también por los intereses espurios de los políticos nacionales o de sus comunidades, tan condicionados por la comodidad del “buenismo” y con muy poca visión de futuro.

Es un tema complejo y que da para mucho más, pero en esencia opino que el problema no tiene solución a corto plazo, porque todas las partes comprometidas miran para otro lado. La política estaba presente y condicionaba en parte mi educación, pero ahora lo está mucho más y de forma mucho más dañina, porque nuestra clase política y su falta de autoridad, ha facilitado que nos encontremos en la situación actual, en la que no sabemos que hacer, pero que tenemos claro que la culpa la tiene “el otro”.

Y que a los responsables de arreglar este desaguisado, les preocupa menos la formación de los jóvenes que las tendencias de las encuestas de opinión. O tratar de adivinar cuantos votos ganarían si incluyen es su programa electoral que se pueda pasar de curso con más o menos asignaturas suspendidas. ¡Pobres niños!, es el lema de algunos responsables de la educación, incluidos los padres, ¡ya sufrirán cuando sean mayores!

Porque si no fuera así, y aquí los incluyo a todos, tendríamos una verdadera ley electoral estatal e inamovible, fuera de las tentaciones de su utilización política y del adoctrinamiento tan del gusto de los gobiernos de turno.