El “cambio climático”. Mejor fabricar iconos que tomar decisiones.

Que estamos sufriendo un calentamiento de las temperaturas es un hecho. También es un hecho que los humanos tenemos una parte de culpa. No se cuanta, pero alguna.

Desconozco se si es un ciclo, como otros que ha tenido la tierra, o es un “cambio climático”, pero para todos los efectos es exactamente igual. En cualquiera de los dos supuestos suben las temperaturas y algo hay que hacer. Con urgencia.

A mí no me gusta que se hable de “cambio climático” porque, a su reclamo, Al Gore y otros muchos han ganado mucho dinero dando consejos y conferencias mientras viajaban de un lado para otro con sus muy contaminantes aviones privados. Hablar de “ciclo” tendría mucho menos tirón.

Pero llegados a este punto, ¿qué hacemos? Por lo que estoy viendo, las naciones se tiran los trastos a la cabeza, unos con más razón que otros, y se dividen en  tres bloques principales:

  • Los desarrollados que están tomando algunas medidas, como la Unión Europea
  • Los desarrollados que no quieren saber nada de asunto porque se niegan a frenar la locomotora de lo que ellos llaman “progreso”. Especialmente Estados Unidos.
  • Y los menos industrializados, especialmente la India y China, que argumentan, con razón, que no pueden pedirles que paren la industrialización cuando están tan retrasados con el mundo occidental y desarrollado.

De Rusia, ni sé ni donde está ni lo que está haciendo.

Con el segundo bloque, encabezado por EEUU, poco se puede hacer, salvo esperar un cambio de administración, y que Dios reparta suerte. Porque en este momento tienen el poder, la prepotencia y la inconsciencia. Y es utópico que Europa, más concienciada, trate de penalizarlos si no rebajan la contaminación. Seguro que a Trump se le pondría el dedo tieso.

Y el tercero necesita paciencia y ayudas para que avancen más rápidamente en el cambio de consumibles fósiles por energías renovables o menos contaminantes.

Pero, incluso en Europa, no todos los gobiernos tiran del carro con la misma fuerza. En España, por ejemplo, la consigna es muy clara: populismo, frases bonitas y, como se dice en Valencia, “de forment, ni un gra[1]. Postura bastante parecida a la de otros gobiernos que permanecen subidos a la escalera del miedo a las decisiones, agarrándose a la brocha delos símbolos, los iconos o cualquier otra causa que les permita ganar tiempo y esperar a que otros más concienciados, como los países nórdicos, compensen su falta de acciones efectivas.

Por lo que ahora, ¡que descanso! aplauden rabiosamente a una niña sueca que, muy cabreada,  riñe a mandatarios de la tierra, algunos con botón rojo nuclear, porque, gracias a ella, descubren que “algo hay que hacer”, y además “con urgencia”.

Supongo que no tendrá una intervención directa ante las delegaciones de esta cumbre, pero seguro que recibirá mucha pleitesía por parte de personalidades y autoridades.

¿Se ha visto un cinismo mayor? Es cierto que los ciudadanos necesitamos símbolos visibles, referencias que nos visualicen determinada campaña o determinado proyecto: Iconos, lazos, carteles, pins, banderines, etc.

Pero ¿los gobiernos? ¡Anda ya! A otro perro con ese hueso. Se trata de ganar tiempo y conseguir fotos. Hoy nuestro “en funciones” y parte de sus ministros han ido a IFEMA en coches poco contaminantes, pero ¿a Segovia, a Albacete, o a un concierto en Castellón? ¡Por favor, “que soy el presidente”, tengo mucho que hacer y poco tiempo para hacerlo! Y para eso están “mi” helicóptero y “mi” Falcon.

Y en eso no se diferenciará mucho de otros jefes de gobierno “anti cambio climático”. Los muchos miles de asistentes a este foro, por ejemplo, habrán contaminado en estos días más que muchas industrias en años.

Consigamos titulares y distraigamos al personal. ¡Ni Franco! Aprended del ejemplo. ¡La “niña” cruzando el Atlántico en catamarán! Hay que ofrecerle trenes, coches eléctricos, o alfombras voladoras para que llegue a Madrid como Cleopatra al encuentro de Cesar en la película de la 20th-Century-Fox. ¡Que viene “ella”!

Sigo pensando que los niños y los jóvenes, donde mejor están es en los colegios o los institutos. Y, eso sí, hay que mentalizarlos y educarlos en la protección y el disfrute del medio ambiente. Con la ayuda de los profesores y el ejemplo de los padres.

Y me parece bien que esta niña o cualquier otra persona consiga concienciar a cuantos más mejor. Y que vaya a manifestaciones, como la de esta tarde en Madrid, dé charlas o publique libros. O  que se presente en los botellones afeando a los presentes la suciedad que están provocando.

Y no se trata de criticar a la niña o a su entorno porque no tengo razones para hacerlo. Me falta información, Lo que me parece impresentable es que los responsables de cada gobierno finjan que acuden a su convocatoria para escucharla con aspecto de que van a descubrir cosas,  y de que tomarán nota para hacer algo.

¿Y las soluciones? He leído un artículo de prensa con este titular “las redes sociales son el campo de batalla donde se ganará esta lucha”, contra la contaminación, naturalmente.

Es decir, parece que la batalla se ganará educando, mentalizando, debatiendo. Me temo que con el mismo éxito que se está consiguiendo para erradicar el sexismo, el machismo, el odio al diferente, la violencia doméstica, los botellones invasores y tantas otras anomalías sociales que cada vez tienen más practicantes.

Naturalmente hay que insistir en la mentalización y la educación, pero si los gobiernos no legislan y reprimen infracciones, poco se conseguirá.

Pero, claro, legislar “contra” los usos ciudadanos resulta impopular y hace perder votos.

Un ejemplo de ciencia ficción:

El gobierno español redacta un anteproyecto por el que los plásticos en general, y todo lo no reciclable sea ilegal en un plazo de dos años. Como primera medida, todos los alimentos deberán estar envasados en papel, cartón,  cristal, o metal.

Esta medida se discutirá  en el parlamento y, de aprobarse, que se aprobará porque todos los grupos parlamentarios son “super , super, ecologistas”, entrará en vigor tres meses después de publicarse en el BOE, y se desarrollará en un faseado de implantación que finalizará dos años después de la fecha de inicio.

Naturalmente este decreto obligaría a un reciclado de las industrias de envasados plásticos hacia otros tipos de materiales, y a que las tiendas y las grandes superficies empaqueten las compras de los clientes que no lleven sus propias bolsas, en las que les proporcione cada establecimiento.

Bolsas que deberían cobrar a un precio realmente disuasorio porque la fabricación de papel también es altamente contaminante y deforesta la tierra.

Como es inevitable, esta medida hará que los precios finales de alimentos o materiales envasados suban de precio. Y notablemente, pero será una medida realmente efectiva. Que se podría acompañar incentivando la venta a granel de productos como legumbres, etc., de la misma forma que se hacía hace cuarenta años, cuando se presentaban en sacos de arpillera o en recipientes de madera.

¿A que sería eficaz?

Pero  no soñemos. Pocos gobiernos se atreverán a tomar medidas como esta porque sabe que  nosotros, los compradores ecologistas que vamos a las manifestaciones y nos indignamos cuando vemos imágenes de plásticos en los ríos o en los mares,  o envolviendo a los pobres animales marinos, encajaríamos muy mal el sobrecoste de la decisión.

Y porque las decisiones de algunos gobiernos, el de España muy especialmente, están menos condicionadas por el bienestar de los españoles que por la opinión de los Iván Redondo o de los otros asesores de turno.

Porque estamos en una cultura de los gestos y no de los compromisos y los sacrificios. En una sociedad que reclama derechos y no acepta las obligaciones, que se presentan como “limitaciones”. Recoger plásticos en las playas, sí. Queda bonito. Aceptar  que no se utilicen a cambio de perder “calidad” de vida, no. Y cuando digo calidad de vida, me refiero a la calidad del ocio, no a la verdadera calidad de vida.

Y esto será así hasta que todos entendemos que la calidad ambiental tiene un coste y exige sacrificios. Tendríamos que renunciar a alguna que otra cerveza, a recortar las vacaciones anuales, a no gastar tanto en caprichos varios, etc.

Pero tomar decisiones como las del ejemplo es lo que se le llama gobernar. Sin necesidad de niñas reñidoras que nos cubran las espaldas políticas. Como hizo un gobierno que, hace años,  decidió la muy controvertida ley que prohibía fumar en los bares y sitios oficiales que suscitó una reacción furibunda de los fumadores, pero que terminó imponiéndose.

Ley que se aprobó en el año 2010, siendo presidente del gobierno Rodríguez Zapatero. Presidente que cometió bastantes errores, pero que nunca se movió por intereses personales, sino por su ideología política que superponía a cualquier otro condicionante.

Desconozco cuantos seguidores o “amigos” tiene Greta en las redes sociales, pero seguro que son muchos millones.  Y, esto, que seguramente no utilizará más que para defender sus campañas a favor de la ecología, quiere decir que se ha convertido en una “influencer” muy potente. Puede que la más potente del mundo. Y que si mañana aparece en las redes con un jersey  naranja con cuadros verdes, seguro que los fabricantes de moda juvenil queman las hilaturas fabricando ese modelo.

Insisto. No digo, ni siquiera insinúo que Greta o sus padres estén dedicados a esta lucha por interés, pero puede que más de uno estará ganado dinero a su costa, quizás algunos de los que están soportando económicamente su campaña, que alguien, o muchos, lo están haciendo.

Y, tal como están las cosas, irán apareciendo “niñas símbolo” (digo niñas por la cosa del feminismo) de toda clase y condición.

No tiene que ver con el caso que nos ocupa, que tiene otro color, pero hemos tenido niñas “gravísimas” que han supuesto un gran negocio para sus padres.

Que en todos estos asuntos, y al margen de la nobleza de cada causa, siempre aparece  alguien que, en algún momento, percibe el olor del dinero.

Mi conclusión: que teniendo como tenemos un problema grave, es de exigir a los gobiernos que tomen decisiones aunque sean dolorosas para sus administrados. Y que no pierdan tiempo esperando posibles mentalizaciones de los ciudadanos con mensajes bonitos o potentes campañas de marketing. Y si necesitan a alguien que les riña, que convoquen a los científicos y a los técnicos que, ellos sí, les dimensionarán el problema y les sugerirán soluciones.

Y nosotros, los que podemos hacer algo práctico, menos actos multitudinarios  y más evitar consumos de materiales y combustibles contaminantes, y más obedecer a los gobiernos cuando dictan leyes o recomiendan comportamientos “limpios”.

Y todos, ellos y nosotros, sin hacer política con la ecología.


[1] “Ni un grano de trigo” equivale a mucho hablar y poco resolver.

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