Ya ha ocurrido en otros tiempos y otros lugares: ¡Quememos libros, derribemos estatuas!

Por mucho que parezca que no es así, la humanidad está rebajando los niveles de cultura a una velocidad muy alarmante. Tenemos más “conocimiento”, eso sí, y somos capaces de hacer aterrizar a un mini satélite en una roca que viaja a una velocidad endiablada y a muchos miles de kilómetros de la tierra. Y seremos capaces de descubrir una vacuna contra el COVID19 en tiempo record, pero  es muy posible que muchos de los que son capaces de conseguir estas maravillas de la tecnología no sepan contestar a preguntas elementales sobre la historia de la humanidad o sobre conceptos básicos de lo que antes se consideraba como “humanismo” que en su segunda acepción, la RAE define como:

Movimiento intelectual desarrollado en Europa durante los siglos xiv y xv que, rompiendo las tradiciones escolásticas medievales y exaltando en su totalidad las cualidades propias de la naturaleza humana, pretendía descubrir al hombre y dar un sentido racional a la vida tomando como maestros a los clásicos griegos y latinos, cuyas obras redescubrió y estudió”.

Que perdemos cultura es un hecho, esa cultura que define la RAE como:

  1. Conjunto de conocimientos e ideas no especializados adquiridos gracias al desarrollo de las facultades intelectuales, mediante la lectura, el estudio y el trabajo.
  2. Conjunto de conocimientos, ideas, tradiciones y costumbres que caracterizan a un pueblo, a una clase social, a una época, etc…

Y, a eso me refiero. Hemos conseguido enormes avance en lo específico, pero hemos perdido muchísimo en lo genérico y eso, en mi opinión en malo, muy malo. Ya no se estudia filosofía y se pasa de puntillas por la historia, sino se imparte tergiversada y manipulada, como ocurre con la ética y otras materias que deberían ser soporte del conocimiento. No hay tiempo para todo y “hay que priorizar”.

La falta de cultura debilita muchísimo a las personas porque la ignorancia las pone en manos de dictadores fanáticos, como fue Hitler, o de líderes populistas de causas sin fundamento.

Y viene a cuento de lo que está pasando en los Estados Unido y no solo allí, que comenzó con una protesta contra la brutalidad de un policía, no muy desconocida por esos lares, que se agravó con el hecho de que la víctima fuera de raza negra y que, como tercera derivada, despertó el movimiento antirracista en esa gran nación. Protesta, muy especialmente, centrada en la discriminación racial de los negros, más formal que legal en este momento, pero que continúa siendo un problema evidente.

Y siguiendo la estela de las primeras manifestaciones, grupos de personas de allí y del resto del mundo se han dedicado a derribar estatuas de personajes históricos partiendo, supongo, del principio de que todos “los de antes” eran racistas o esclavistas.

Teoría que lo mismo sirve para un roto que para un descosido y que iguala a personas como Fray Junípero Serra, gran defensor de los muy masacrados indígenas americanos, prácticamente desaparecidos, con otros que efectivamente eran esclavitas de profesión o de disfrute.

Y aquí se muestran los dos niveles de la incultura: El primero es querer juzgar hechos del pasado con la mentalidad de ahora. Pasado en el que era aceptable lo que ahora nos parecería monstruoso, pero que eran norma en la forma de vida de nuestros antepasados.

La segunda es mezclar las preñadas con las paridas y sentar un extraño precedente por el que todos fueron “igual de malos” fueran de la nación que fueran e hicieran lo que hicieran.

Y en lo que respecta a España es absolutamente falso. Es cierto que Colón llegó a América y que después de él llegaron conquistadores y comerciantes que, seguro, explotaron a riquezas y personas, pero no es menos cierto que nuestra nación reaccionó de inmediato poniendo las cosas en su sitio.

Y hago mención a dos hechos indiscutibles:

El estatus de los indígenas americanos, resultado de las grandes reservas morales de la Corona, muy especialmente de la Reina Isabel, enfrentada a dos problemas: uno era de conciencia y otro de orden práctico, pero ambos giraban en torno a la misma cuestión fundamental: los derechos y las libertades de los naturales del Nuevo Mundo.

Leyes y reglas de comportamiento que España redactó por propia iniciativa y sin ninguna presión de terceros países. Presión que prácticamente nadie podría ejercer en aquellos tiempos.

Y que constituye un caso inédito en la historia universal. Casi desde el inicio la Reina de Castilla, Isabel la Católica, defendió sin medias tintas la dignidad de los indígenas, hecho que se evidenció cuando algunos integrantes de la expedición del segundo viaje de Colón regresaron a España trayendo como única “riqueza” lograda, trescientos indígenas taínos en calidad de esclavos, argumentando que Colón les había autorizado a ello.

Y es historia que al conocer el hecho, la Reina, indignada preguntó: ¿”y quién le ha dado autoridad al Almirante para hacer esclavos a mis vasallos”?

Pero como este comentario no era suficiente, casi de inmediato, “el 20 de junio de 1500, la Reina Isabel, en el pórtico del siglo XVI, expedía una real cédula ordenando la libertad de unos naturales de América que Cristóbal Colón había enviado para vender como esclavos, de acuerdo a normas del derecho vigente en la época. Dijo entonces la reina que los indios eran vasallos de la Corona y, como tales, no podían ser esclavizados. No procede Isabel por consideraciones jurídicas ni económicas, ni siquiera oportunistas; se lo ha impuesto un deber de conciencia, es decir, uno de esos problemas que el hombre se plantea cuando es capaz de escuchar a Dios”.

O a la más elemental de las normas éticas, añadiría yo.

Y como evidencia de estas decisiones, en su testamento, dictado el doce de octubre del año 1504 en la villa de Medina del Campo, Isabel la Católica suplicaba “al Rey mi señor muy afectuosamente” y mandaba “a la princesa mi hija y al príncipe su marido” a que “no consientan ni den lugar a que los indios, vecinos y moradores de dichas islas y tierra firme, ganadas y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas y bienes.”

Es decir. Los indios americanos fueron considerados desde el principio como “españoles de ultramar”

El segundo hecho histórico es que España aceptó la legalidad de los matrimonios con indígenas, concediendo a los conyugues nativos los mismos derechos y el miso estatus que tenían los españoles casados con ellos.

Parte de un artículo del diario “El Mundo”:

Los contactos entre los conquistadores y las mujeres nativas fueron un problema y una característica de la conquista de América. La situación, aunque no siempre llegó a los extremos que narra Cuneo, estuvo llena de irregularidades y vacíos jurídicos. Fue la importancia de regularizar tales uniones lo que llevó al rey Fernando el Católico a aprobar en 1514 una real cédula que validaba cualquier matrimonio entre varones castellanos y mujeres indígenas”.

Otro hecho totalmente fuera de las normas de la época y que no se aplicó en otras naciones hasta siglos después.

Y eso es lo cierto. Las huestes de Hitler quemaban libros y figuras de autores “enemigos” por fanatismo. Las hordas de hoy derriban estatuas por ignorancia.

Malo, muy malo, es lo primero aunque tiene la ventaja de que, como ocurrió, detrás del dictador vinieron otros dirigentes y otras culturas que deshicieron sus locuras y recuperaron los valores de la ética social y política.

Veo mucho más peligroso lo que está ocurriendo ahora porque es consecuencia de la falta de cultura general de parte de las nuevas generaciones y eso es un hecho incuestionable que irá a más conforme avance la formación en tecnologías y que resultará prácticamente irrecuperable.

Y luego lo que resulta tan triste. El gobierno de la nación no está reaccionando de ninguna forma ante semejantes disparates e incluso me atrevo a decir que a parte de ellos, los de Podemos, les gusta la situación porque supone revueltas y conflictos que es el hábitat natural de sus acciones políticas. No importan las razones, importan las revueltas y los grandes movimientos de masas.

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