País de miserias, o las miserias de este país. Juan Carlos I

Como no entiendo nada, voy a escribir lo que pienso y luego intentaré comprender lo que escribo.

Tenemos a un ciudadano, Juan Carlos de Borbón, el que fue Juanito para los íntimos, que cometió errores importantes, mucho más importantes teniendo en cuenta su relevancia nacional y por los que tuvo que abdicar, dar cuentas a Hacienda, tener que salir del país para no perjudicar la imagen de la monarquía y sufrir penas de telediario y persecuciones sin cuento por parte de gente interesada en amplificar lo que había hecho para favorecer objetivos políticos o, simplemente, para tratar de conseguir tiradas de prensa, carnaza para las tertulias radiotelevisivas u horas de emisión en las cadenas de televisión. Es decir: intereses espurios y/o negocio.

Y no me refiero a lo que fue noticia, que debía difundirse, sino a las especulaciones y juicios de valor de personas interesadas o, simplemente, deseosas de obtener notoriedad ante según que audiencias.

Pero también existe, sigue existiendo, la figura de Juan Carlos I, anterior Jefe del Estado, que ha prestado servicios impagables a España en la gestión de la transición y en otras muchas ocasiones en las que ha actuado como moderador de tensiones, freno de intentos de golpe de Estado o impulsor de iniciativas positivas para la nación. Y que supo actuar por todo el mundo como la imagen de la España nueva, moderna y dinámica, que fue modelo por la forma de pasar de una dictadura a una democracia.

La primera y más poderosa “marca España” que abrió muchas puertas que teníamos cerradas y nos facilitó muchas posibilidades impensables muy poco antes.

No digo que fuera el único motor de la transición, ni tampoco el que consiguió cambiar la imagen de España en el exterior, pero afirmo y no me equivoco, que sin él nunca hubiéramos conseguido la democracia de una forma tan natural como la conseguimos. Sin ninguna duda.

Porque Juan Carlos estuvo desde el principio en el grupo que preparó la transición durante años y, siendo ya Jefe del Estado, el que destituyó a Arias Navarro, incapaz de avanzar en la reforma necesaria, y nombró en su lugar a Adolfo Suarez, otra pieza importante de la transición, aunque se incorporó al grupo muchos años después.

Pues bien. Llegados a este punto resulta que grupos y partidos supuestamente poseedores de la verdad y la rectitud, entre ellos muchos miembros del gobierno, que nunca, nunca, hicieron nada por su país y que fueron votados, si, pero gracias a que lo permitió una Constitución redactada y aprobada por sus padres o sus abuelos, se consideran moralmente capacitados para decir, entre otras cosas, que el Rey Juan Carlos I no puede alojarse en la Zarzuela.

Personajes como un tal Baldoví al que no se le conocen hazañas, ni grandes ni pequeñas, pero que ha sabido culebrear hábilmente para vivir a costa del erario público, sin más méritos que soltar de vez en cuando una frase supuestamente ingeniosa para destacar que él no es como los demás, siendo “los demás” los votantes de partidos de centro o de derecha, incluso el mismo Rey Emérito. Y seguramente es cierto que no es como los demás, porque, a diferencia de la mayoría de los españoles, siempre ha vivido de la sopa boba y con privilegios que yo nunca he tenido.

Y me centro en él porque se ha permitido decir de alguien que llenará muchísimas más páginas de la historia de España por lo que ha hecho bien que las que él llenará, si es que hay alguien fuera de su familia que le recuerde dentro de treinta años, que el Rey Emérito “tiene más cara que espalda”.

Pues bien, es por esto por lo que pongo al señor Baldoví como representación de todos estos ilustrados que pontifican, teniendo como tienen becas cobradas y no trabajadas, asalariados sin dar de alta en la Seguridad Social, cobros por trabajos confusos o no realizados, másteres no acreditados, o sentencias por sedición y malversación de fondos, entre otras anomalías ética y/o legales.

Pero ha sido tal la degradación ética y política de este país, que la palabra de cualquiera de estos impresentables parece tener más peso que los deseos del Rey, al que odian, y que son los que deben decidir si un padre puede o no pernoctar en la vivienda de su hijo, por muy Patrimonio Nacional que sea.

Una noticia de prensa del 24 de marzo de 2012, concretamente de Las Provincias, decía:

El Ayuntamiento de Sueca es, de largo, el más opaco de la Comunitat Valenciana. El municipio que durante la legislatura pasada gobernó el actual diputado nacional de Compromís, Joan Baldoví, no ha entregado en tiempo y forma sus cuentas a la Sindicatura de Comptes desde 2006. Una etapa que coincide fundamentalmente con el mandato de Baldoví en el Consistorio, que fue alcalde gracias al pacto que alcanzó con PSPV e Iniciativa (antes Esquerra Unida).

Estoy seguro de que al final volverá la cordura y todo esto, como tantas campañas de “paja en el ojo ajeno” que han promovido desde que no tienen otros argumentos, les saldrá mal, como ocurrió en las últimas elecciones de la Comunidad de Madrid. Pero mientras siguen envenenando la convivencia de los españoles y tratando de lesionar la institución monárquica, que es la cabeza actual del Estado Español.

Ellos alegan que la Zarzuela es Patrimonio Nacional, como si no lo fueran las residencias donde pasa sus vacaciones nuestro presidente y en las que invita a sus amigos personales cuando le parece, La diferencia es que eso, a quién invita o deja de invitar, que en mi opinión es un tema menor,  es “secreto de Estado”.

En la Zarzuela residen funcionarios y empleados y, sobre todo, por mucho Patrimonio Nacional que sea, es la residencia oficial, “la casa”, de los Reyes de España. Y los Reyes, como hijos que son, tienen derecho a invitar a sus padres, aunque uno de ellos fuera el mismísimo Al Capone si hubiera redimido sus penas. Tanto más cuando el suyo no tiene ninguna causa pendiente y ha regularizado sus cuentas con Hacienda.

Y mientras la portavoz del gobierno dice con esa sonrisa suya tan impostada que el que se quede allí o no es cosa de la Casa Real, el periódico oficial del gobierno, El País, publica hoy que es el gobierno el que impide que Juan Carlos I duerma en casa de sus hijos, aunque a ellos les parezca bien.

Sabiendo como saben que la Casa Real no puede rebatir ninguna información, porque su papel institucional se lo prohíbe, y que no debe provocar conflictos con el gobierno de turno porque las dos instituciones deberían estar muy por encima de los cotilleos, las zancadillas y los personalismos autocráticos. Y una de ellas sí que lo está. ¿Adivinan cuál?

Seguro que a estas horas alguien estará fletando autobuses y preparando pancartas para protestar por la visita del Rey Emérito a Sanxenxo (¿Cómo tiene el cuajo de ir a una regata, con todo lo que ha hecho?), pero me temo que van a hacer el más espantoso de los ridículos porque en España, afortunadamente, hay mucha gente sensata y agradecida que sabe separar las preñadas de las paridas, o dicho con más finura, distinguir entre churras y merinas.

Desde mi condena por todo lo que ha hecho mal en lo personal, mi agradecimiento al que fue Jefe del Estado por todo lo que hizo por mí y por la nación en la que vivo. Y en la que también vivía cuando en España la forma de Estado era una dictadura y ya había gente trabajando para que dejara de serlo.

Valencia, 18 de mayo de 2022

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