Cuando Arias Navarro se dirigió a la nación diciendo: “El hombre de excepción que ante Dios y ante la historia asumió la inmensa responsabilidad del más exigente y sacrificado servicio a España ha entregado su vida quemada día a día, hora a hora, en el cumplimiento de una misión trascendental”, no podía suponer que, cincuenta años más tarde, un jefe de gobierno socialista dedicara todo un año a rememorar la memoria del caudillo Franco, del que, por lo visto, es un profundo admirador.
Porque, pasados los tres o cuatro primeros años de la transición, nadie lo ha invocado tantas veces y con tanto fervor.
Algunos de sus fieles dicen que lo hace porque, a falta de otros argumentos que aglutinen a toda esa colección de raritos que le apoyan, democráticos todos porque han sido elegidos democráticamente, se ve obligado a sacar de vez en cuando a esa especie de tótem sagrado para provocar que sus ovejas se apretujen dentro del redil, bajo la amenaza de que, fuera de sus cercas, acecha el lobo de la derecha con las fauces abiertas.
Pero lo cierto es que ya no sé qué pensar. El otro día escuché a un tertuliano decir que Pedro Sánchez desenterró a Franco del Valle de los Caídos porque quiere cambiarle el nombre, “valle de las utopías y la resistencia” o algo así, y que le entierren allí libre de vecinos molestos. Era broma, naturalmente, pero, en la seguridad de que no tiene ninguna prisa en morirse, como no la tenemos nadie, puede que, llegado el momento, le gustaría disponer de un buen mausoleo o algo parecido.
No como la momia de Lenin, que es muy cutre. Un mausoleo de verdad.
Porque las historias de Sanchez y la del dictador empiezan a tener un cierto parecido, aunque se trate de trayectorias históricas totalmente opuestas: Franco asumió el poder asegurando que convocaría elecciones y resultó lo que resultó, una dictadura pura y dura, pero, poco a poco fue suavizando el hierro del régimen para acabar dirigiendo un país con algunos amagos de libertad.
Pedro Sanchez, por su parte, consiguió ocupar la Moncloa tras una moción de censura, democrática pero extraña, prometiendo barrer de la nación la podredumbre política y ahora, cuestionado en tantas cosas, muestra una deriva peligrosísima hacia el autoritarismo, agarrándose al poder a toda costa y tomando decisiones claramente amenazadores para la democracia y en demérito de la libertad y la intimidad personal, (la última, el gran hermano montado para inscribirse en un hotel), y de la independencia de las instituciones incluidas en la constitución.
Y hasta ocurre que su mujer, como la de Franco, también se está comportando de forma claramente impropia. No digo, porque hay una diferencia muy, muy notable, que visite joyerías sabiendo que algún regalo le harán, según decían las malas lenguas de doña Carmen Polo, pero un ejemplo de saber estar tampoco es.
En fin. En este momento se mueve en un terreno sumamente confuso y peligroso: gran caudillo político, por un lado, gran rehén de gente peligrosa que le sacan hasta el hígado en cada votación, por el otro.
Un equilibrio claramente inestable y una situación insostenible que en algún momento le estallará en las manos, aunque sea dentro de algunos años.
Durante la que, a diferencia de su vicepresidenta primera, no pone en el fugo por nadie. Él es más bien de usar y tirar a quién ya no le sea útil.
Valencia, 12 de diciembre de 2024
José Luis Martínez Ángel.