La maltratada memoria de Don José Belda Domínguez, sacerdote bocairentino y arqueólogo.

El año pasado lo dedicamos a recuperar la memoria del Padre Belda, y con el material recopilado abrí dos fichas con retales de su vida y su obra en la página web de Aculliber, Asociación sin Ánimo de Lucro. Por ese motivo fui descubriendo las luces y las sombras de este personaje singular y contradictorio que consiguió, entre otras rarezas, ser un auténtico desconocido en Bocairent, su pueblo natal.

Pero el otro día, concretamente el pasado día 22 del presente mes de marzo, tuve el acierto de asistir a la defensa de la tesis doctoral de D. Antonio Castañer Llinares titulada “el Padre Belda (1890-1969). Arqueólogo” en la Universidad de Alicante, y disfruté con la presentación del ponente que resumió buena parte de la vida y la actividad profesional de Don José Belda en los años de referencia.

Porque mi condición de profano entre intelectuales y prestigiosos expertos en arqueología y museística, me permitió escuchar las palabras del doctor Castañer desde una perspectiva totalmente horizontal, casi de hombre a hombre, no de sabio a sabio, que me permitió comprender más al personaje conforme avanzaba la presentación, entender gran parte de sus comportamientos, algunos no, y sentir la pena de no haberle conocido en vida para decirle “modérese, pero no se detenga”.

No estoy capacitado para juzgar la estructura ni la bondad del contenido de la tesis porque ni tengo formación, ni la he leído, ni conozco la historia que en ella se narra. Tampoco podría aportar otras versiones a los hechos narrados porque las desconozco.

Terminada la presentación tomó la palabra la Doctora Sanz Gamo, directora del Museo de Albacete y secretaria del tribunal, que cuestionó seriamente el trabajo de campo de Don José Belda y su perfil humano, llegando a tacharle de “cazatesoros” y hombre “tortuoso”. También criticó su labor como director de museo, en lo que estoy más de acuerdo porque todo lo que sé de él evidencia que era más hombre de monte que de despacho.

La doctora Sanz Gamo también manifestó algunas críticas a la estructura y el formato de la tesis, a la que tachó de “farragosa, repetitiva en parte y sobrecargada de notas al pie de página”. El Doctor Castañer contestó aportando datos reales sobre los trabajos del sacerdote y comentando que no había preparado la tesis para publicarla, sino para ponerla a disposición de los arqueólogos y los estudiosos como su aporte personal al mundo científico. De ahí su aridez en cuando a lo extenso de la bibliografía y la gran cantidad de notas a pie de página.

Don Bernat Martí Oliver, investigador del Museo de Prehistoria de Valencia y vocal del tribunal, tuvo una intervención más abierta, alabando las memorias de algunas excavaciones del Padre Belda, y criticando la falta de rigor documental de otras.

También afirmó que la historia del padre Belda está muy relacionada con los grupos de Alcoi, Alicante y Valencia, y sus críticas, más bien comentarios, se centraron en la exposición de los enfrentamientos que el arqueólogo mantuvo con Don Isidro Ballester Tormo director del Servei d’Investigació Prehistòrica de la Diputació de Valencia, y su opinión de que, en gran medida, se debían a los planteamientos y la forma de ser de Don José. Como en el caso anterior, el doctor Castañer defendió la obra del sujeto de la tesis y opinó que ambos eran caracteres fuertes y de fácil enfrentamiento.

Posteriormente, Don Antonio Castañer me ha comentado que el peor enemigo del Padre Belda en el mundo científico fue el Comisario General de Excavaciones en Madrid, Don Julio Martínez Santa-Olalla quién, entre otras cosas, se encargó personalmente de que fuera expedientado y separado de la dirección del museo.

Solo un pero a los comentarios del Doctor Martí Oliver. Desde mi posición de no-letrado, de hombre de la calle, no acabé de entender que le recriminara cariñosamente por no haber tomado partido, por no haber manifestado su opinión sobre estas disputas. El ponente comentó que, aunque la tuviera, se había limitado a señalar los hechos porque era una publicación técnica y resultaba científicamente peligroso decantarse por las razones de cualquiera de las partes.

Y en eso, desde mi formación profesional como antiguo ejecutivo de una multinacional, no puedo estar más de acuerdo. La expresión anglosajona “by facts” (por hechos) siempre fue una condición exigida en nuestras presentaciones internas. El porqué de las cosas se analizaba posteriormente, en otros círculos y buscando más opiniones.

Hubo otras intervenciones, entre ellas las de D. Lorenzo Abad Casal, director de la tesis, que comentó que conforme avanzaba el trabajo comprobó que se trataba mucho la trayectoria personal del Padre Belda, pero que decidió animar al redactor a que siguiera en esa línea, muy necesaria para ilustrar su obra dada la complejidad del personaje.

De hecho, y en conversación personal posterior, me confesó que conforme avanzaba la tesis iba descubriendo a un arqueólogo mucho más sólido que el que aparecía enmascarado por todo un anecdotario sarcástico que circulaba entre el mundo científico,

En resumen: entre lo que ya sabía y lo que escuché, y desde mi escaso conocimiento de los hechos y de las circunstancias, mi opinión es que:

1.- No hay ninguna duda de que el mundo científico opinaba que D. José Belda era un advenedizo, un autodidacta que no disponía de títulos académicos y, por lo que he podido comprobar, todavía hay quién así lo considera. Es evidente que la falta de formación académica le dificultaba el “acabado” de los trabajos, pero no es menos cierto que en el mundo de la arqueología, como en todos los ambientes científicos, había y sigue habiendo “piques” y controversias, y se afirma que más de un encumbrado por la fama publicó trabajos ejecutados por otros en yacimientos que, prácticamente, no habían visitado.

Si eso era así entre académicos, tanto más cuando se trataba del Padre Belda, el intruso, blanco fácil de muchas iras y muchas frustraciones.

También es cierto, y así lo comentó el doctor Castañer mostrando sus rostros en una especia de orla en una de las pantallas de la presentación, que también fueron muchos los que valoraron su trabajo y reconocieron sus méritos.

2.- Se ha dicho que “se quedaba con los objetos que encontraba”. En aquella época cuando se daba autorización a un arqueólogo para excavar, los objetos hallados pasaban a ser de su propiedad, probablemente compartida con los propietarios de los terrenos. Semejante barbaridad se mantuvo hasta que la II República rectificó el ordenamiento sobre el Patrimonio Histórico-Artístico, ordenando una nueva regulación de las excavaciones, dejándola en los términos que comenta la revista “e-rph”, en uno de los párrafos:

Ley de 7 de julio de 1911, dictando reglas para efectuar excavaciones artísticas y científicas y para la conservación de las ruinas y antigüedades (G.M., núm. 189, de 8 de julio de 1911). Fue la primera gran Ley española reguladora del Patrimonio Histórico-artístico. Daba un concepto jurídico de excavación y de antigüedades, ordenaba la formación de un Inventario de ruinas monumentales, reservaba al Estado la realización de excavaciones en propiedades particulares, atribuía también al Estado las antigüedades descubiertas casualmente, otorgaba al Estado la concesión de autorizaciones para hacer excavaciones, concedía la propiedad de los objetos descubiertos a los autores de las excavaciones autorizadas, salvo que se tratara de descubridores extranjeros (cuyo acceso a la propiedad se dificultaba sin llegar a prohibirse), se legalizaba, en cambio, la posesión de antigüedades antes de la entrada en vigor de la Ley y autorizaba a realizar duplicados de los hallazgos para los Museos provinciales o locales.

En conjunto, era una Ley aceptable para su tiempo que permitió ordenar el ejercicio de las excavaciones aunque no dejó de crear problemas a la hora de atribuir la propiedad de los hallazgos, si bien más allá de sus deficiencias técnicas ya fue objeto, con ocasión de su debate parlamentario, de críticas desde presupuestos conservadores que se resistían al control de la circulación de los bienes y a la apropiación por el Estado de todos los descubrimientos. Esta Ley fue desarrollada por el Reglamento provisional para la aplicación de la Ley de 7 de julio de 1911 de 1 de marzo de 1912 (G.M., núm. 65, de 5 de marzo de 1912) que añadió el límite cronológico preciso para calificar las antigüedades (hasta el reinado de Carlos I), dio instrucciones más precisas para combatir la expoliación, atribuyó la ejecución de ambas normas al Inspector General de Bellas Artes y creó, regulándola con precisión, una Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades así como los Delegados especiales de excavaciones. Por último, dio reglas para la formación del Inventario”.

En el caso del Lleo Iberic de Bocairent, por ejemplo, fue su descubridor casual y propietario del terreno, D. Vicente Calabuig y Carra, el que lo donó voluntariamente al museo de arqueología porque siendo un hombre culto, catedrático de la Universidad de Valencia, renunció a su propiedad.

En la tesis se afirma que los trabajos del padre Belda se sufragaron, sobre todo, con su propio patrimonio, aunque también consiguió algunas ayudas puntuales, organizó excursiones guiadas a alguno de sus yacimientos para obtener fondos, y vendió algunos de sus hallazgos.

3.- Se ha dicho de él que era un furtivo, y fue cierto en algunas ocasiones.

Como he comentado anteriormente, la arqueología no solo era una ciencia. También era un negocio y, como tal, los propietarios negaban el acceso a personas no autorizadas reservándolo para los que conseguían autorizaciones oficiales con los que pudieran llegar a acuerdos.

Naturalmente, era más fácil que las consiguieran los titulados y reconocidos por las entidades de la época. También se daba el caso de terratenientes que negaban cualquier actuación porque no querían intrusos en sus propiedades. Por lo que deduje de la presentación, el Padre Belda nunca intervino en excavaciones autorizada para otros arqueólogos, aunque sí que lo hizo en terrenos en los que no tenía autorización, o antes de obtenerla.

Parece que era una práctica bastante extendida porque para pedir autorización hacían falta indicios, pero claro, ¡si lo hacía el Padre Belda…!

4.- Otro de sus estigmas es que había utilizado pólvora para abrirse paso en alguno de los yacimientos. El ponente negó rotundamente que este hecho se hubiera producido, y se apoyó en testimonios de personas que colaboraron directamente con el Padre Belda. Antes bien, afirmó que, contra la leyenda, era muy meticuloso en las excavaciones, y especialmente cuidadoso en reforzar paredes y puntos débiles para evitar derrumbes. El Doctor Castañer afirmó que este rumor se originó a raíz de una denuncia maliciosa e infundada de uno de sus colaboradores, con el que se había enemistado, y al que, curiosamente, había dado trabajo tiempo atrás por encontrarse en una situación delicada en el aspecto personal. Aunque conozco el nombre no creo que deba hacerlo público, pero es muy probable que figure en la tesis.

5.- Por lo que escuché, el Padre Belda fue sujeto de muchos expedientes y mantuvo sonoras diferencias con estamentos y autoridades: por excavaciones no autorizadas al ser denunciado por terceros, con las académicas valencianas porque trataron de atraer sus fondos a Valencia y no lo consiguieron, con las de Alicante, más tarde, por intereses políticos, ya que preferían otro director del museo con ciertos apellidos. También con las autoridades civiles por visitar a los excombatientes del bando republicano presos en una cárcel próxima a una de sus excavaciones, con el Obispado, etc.

Unas batallas las ganó y otras las perdió, pero de todas ellas salió con cicatrices que ni le amilanaron ni le frenaron en su obsesión de seguir adelante según su propio criterio, equivocado en ocasiones, pero inalterable ante las dificultades.

Decía antes que el Padre Belda era fuente de inspiración de anécdotas y chascarrillos de los que se consideraron mejores que él porque formaban parte del Olimpo de la ciencia. Curiosamente y tal como transcurría la presentación, aprecié que, según pasó el tiempo, muchos de los que disfrutaron ridiculizándole, cosa que parecía sencilla porque nunca protegió su imagen física ni guardó las formas fuera de sus círculos de confianza, tuvieron que reconocer que sus trabajos no eran tan inútiles ni tan zafios como parecía, y que estudiar sus fuentes no era perder el tiempo.

Por ejemplo: en alguna de las intervenciones posteriores a la presentación de la tesis escuche que una arqueóloga que está interviniendo en la actualidad en un yacimiento de la zona, descubrió que de todas las memorias publicadas por diferentes arqueólogos que habían operado en ese lugar, la mejor y la que más le había ayudado en su trabajo era la del Padre Belda.

Cuando termino la defensa de la tesis, mientras esperábamos fuera del Aula Magna el veredicto del tribunal, le pregunté a Don Lorenzo Abad Casal cual era, en su opinión, la mayor carencia del Padre Belda como arqueólogo, y me contestó: “que publicó muy poco”.

Conforme sé más de su vida, más admiro a este hombre anárquico, tozudo, trasgresor, que intentó derribar molinos durante toda su vida, de la que solo una parte, de 1980 a 1969, ha merecido una tesis doctoral de cinco tomos bien dotados de textos, citas, bibliografía, imágenes, planos, esquemas y notas a pie de página. Muchas notas a pie de página.

Luchó y sufrió heridas, tomo iniciativas constantemente y se equivocó en muchas de ellas, quiso romper lo establecido y lo establecido trató de arrollarlo, pero ni los hombres ni las circunstancias pudieron con él.

Ya lo suponía, pero en este momento su figura no me parece la de un loco egoísta, prepotente y ególatra, sino la de un genio excéntrico que convirtió lo que pudo haber sido una vida cómoda y regalada en una carrera de obstáculos dedicada al conocimiento de lo que fuimos, buscando entre las piedras los restos y los signos de nuestros antepasados.

Y, a su manera, lo consiguió. Lo certifica la frase con la que cerró la sesión el presidente del tribunal, Don Mauro Hernández Pérez: “no se podrá estudiar la historia de la arqueología española sin tener en cuenta la figura de Don José Belda Domínguez

Es evidente que mi comentario no trata de juzgar la labor del Padre Belda en el mundo de la arqueología. Eso lo han hecho y lo seguirán haciendo los expertos en la materia, y es seguro que la tesis del Doctor Castañer, probablemente el mayor conocedor del personaje en la actualidad, ayudará a desmentir parte de sus mitos y leyendas, y aclarará muchas dudas sobre la importancia de sus descubrimientos.

Mi intención es destacar la faceta humana de un bocairentino ilustre, casi desconocido en su pueblo natal, que siempre presumió de sus orígenes. Así nos lo dijeron en el MARQ y lo repitió Antonio Castañer en la defensa de su tesis.

José Luis Martínez Ángel
Valencia, 25 de marzo de 2016

El plano adjunto señala los yacimientos en los que trabajó el Padre Belda hasta 1969:

Yacimientos
Yacimientos explorados por el Padre Belda hasta 1969

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