Los tiempos y los espacios de la cultura – No poner puertas al campo.

El otro día asistí a una pequeña discusión entre dos buenas amigas, que también lo son mías, sobre si el Centro de Interpretación de la Mariola debía o no señalar la localización municipal de las piezas que se exhiben en su mini museo.

Y resultó un cambio de impresiones muy interesante para mí porque, de alguna forma, se estaba cuestionando algo esencial. Los límites de la cultura histórica.

Y digo que me resultó interesante porque el que me conoce sabe que soy muy poco aficionado a poner puertas al campo o a parcelar como propio lo que debería ser universal. O, simplemente, lo que no es propio.

No quiero remitirme al bíblico “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”, ni tampoco a la muy científica hipótesis del Big Bang para explicar el origen del universo, porque si para la primera hipótesis se necesita tener fe, para la segunda también. Será muy científica, pero hay que reconocer que está muy traída por los pelos.

Pero hay una cosa que siempre he afirmado, y cada día más: nadie, ninguno de los que vivimos en la actualidad tenemos el más mínimo mérito del pretérito, de lo que sucedió en el pasado, bueno o malo. No hemos hecho nada ni influido en nada antes de que tuviéramos la más mínima capacidad de intervenir en los acontecimientos del tiempo y el espacio.

Y de ahí mi sorpresa, cada vez mayor, al encontrarme con personas que se arrogan como suyo lo que hicieron otras personas, las que le precedieron, que ni siquiera eran sus antepasados en línea directa. Se adjudican lo bueno, claro está, porque lo malo, todo lo malo, lo han hecho “los otros”.

Lo que no deja de parecer un intento de engrandecer su personalidad, mejor su ego, añadiendo a su currículo los méritos de otras personas. Quizás porque quieren aparentar más de lo que son, o porque no les gusta lo que ven de si mismos.

Será porque no han llegado a esa edad en la que nos damos cuenta de que, hagamos lo que hagamos, somos mucho más poquita cosa de lo que nos creíamos. Ni siquiera tenemos la capacidad de afirmar que nuestras opiniones, las que emitimos libremente creyendo que solo son nuestras, no están influenciadas por terceros. Por lo que lo mejor es opinar partiendo de la base de que podemos estar equivocados. Sin dogmatizar.

Por eso, y recobrando el hilo argumental del artículo, cada vez creo menos en las culturas locales, planteadas como “nosotros fuimos los que..”. Ni mucho menos.No hemos hecho nada ni influido en nada antes de que tuviéramos la más mínima capacidad de intervenir en los acontecimientos del tiempo y el espacio

Cada uno de nosotros, cada comunidad cultural, o cada uno de nuestros pueblos o ciudades no somos entes que hayan salido de la nada. Somos “la consecuencia de”, “el sedimento de” o “el fruto de”.

Y, en el caso que nos ocupa, entendiendo a la parte reivindicante porque son muchos los intentos de robar identidades locales por la clásica rivalidad entre pueblos vecinos, entiendo mejor a la que defendía la denominación Mariola para todo lo incluido en el parque natural.

Y por eso comenté que los hallazgos origen de la discusión datan de mucho antes de que Bocairent existiera, luego no se puede decir que se descubrieron “en Bocairent”. Tampoco, mucho menos, podían adjudicarse a otros pueblos del Parque Natural, por lo que me parecía bien que se definieran como “de la Mariola”, cultura específica, pre localista, que nace con el Neolítico y continúa con la fundación de los asentamientos ibéricos, primero, y las localidades actuales, después.

Y por eso, cada vez más, me enroco en que nuestra historia es una historia común, con sus blancos y sus negros, y que los méritos de cada uno, siempre escasos, se limitan a lo que haya podido hacer a lo largo de su existencia. Y que ni siquiera esos le pertenecen en su totalidad, porque han contado con el aporte de padres, familiares, maestro, amigos, etc.

Defendamos opiniones, eso sí, pero nunca éxitos como si lo hecho por cada uno le perteneciera a uno solo. De ninguna manera.

Revisando mi vida reconozco que mi educación me la dieron mis padres y mis maestros, especialmente Don Fidel al que cito tantas veces, y la lectura de muchos libros que escribieron otros. También las charlas con mis amigos del pueblo, primero, y de otros lugares, después. Que mis posibles éxitos profesionales se debieron a mi interés, a mi buena voluntad y, en gran medida, a las enseñanzas de los profesionales que me transmitieron conocimientos y experiencias. Y así ha sido todo. Tan sencillo como parece.

Aunque es casi imposible evadirnos de una sociedad como la nuestra donde el cacareo, el postureo, los títulos, acreditados o no, y lo que cada uno dice ser, parece valer más que lo que uno es.

Pero eso no cambia mi forma de pensar. Me siento cómodo con mi origen prehistórico, ibérico, godo, romano, árabe y cristiano, sin renunciar a lo “mamado” en mis dos comunidades de referencia: Valencia y Cantabria.

De la misma forma que cada vez, sin dejar de amar las culturas de mi infancia, me siento más cómodo reconociéndome europeo, porque creo que ese será el mínimo común denominador que acabará con tantas tonterías, egoísmos locales, y afanes de poder que amargan nuestra existencia.

Y que conste que mis dos amigas terminaron reconociendo que cada una de ellas tenía sus razones, por lo que mantuvieron sus ideas, pero respetaron las normas. Como debe ser.

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