La política sexista, el léxico, y el “no es no”

El otro día escuché las declaraciones de la vicepresidenta, y no puedo por menos que manifestar mi sorpresa al comprobar que el gobierno tiene un plan prioritario, prioritario, entre los varios planes prioritarios que ha anunciado: Impulsar la terminología de géneros, animándonos a desmontar los genéricos para utilizar los masculinos y los femeninos. Perfecto. A eso se llama economía de lenguaje y rascarse la cabeza cuando lo que nos pica son otras partes del cuerpo. Avanzando hacia una sociedad modelo “¿Cómo están Uds.?”, para lo que están buscando asesores y asesoras en el mundo de la diversión y de la farándula, me figuro, porque no los encontrarán en el de la Academia.

Recuerdo que de niño jugábamos a modificar el idioma de diversas maneras. Una de ellas era añadir una especie de sufijo, solo que no era al final de cada palabra, sino después de cada sílaba, y que se componía de la letra “p” y la vocal contenida en la sílaba. Por ejemplo: Sí la frase era “mañana nos veremos en clase”, teníamos que decir “mapañapanapa nospo veperepemospo enpe clapasepe”. Supongo que mis amigos y amigas de mi misma edad de Bocairent lo recordarán. Lo cierto es que conseguíamos bastante fluidez en la conversación y era divertido.

Naturalmente eran juegos de niños y, como es lógico, me refiero a una época sin teléfonos móviles, tablet’s, televisiones, ni internet, donde nuestro mejor escenario cuando salíamos de clase era la calle o el monte, y nuestro mejor juguete la imaginación. Juguete que no consumía pilas ni necesitaba recargarse, y que se ajustaba a cualquier momento y a cualquier situación.

Época de solidaridad y convivencia necesaria porque todos, y me refiero a los mayores, se necesitaban los unos a los otros para salir adelante. Era una época en la que la sencillez en las relaciones y las comunicaciones entre personas era lo habitual. La gente se entendía porque la ignorancia de algunos sectores de población que vivían aislados en las masías, y el analfabetismo de muchos mayores, convivía con la buena voluntad general, y todos acomodaban, acomodábamos, la comunicación y los mensajes al nivel de los menos “estudiados”. Sin utilizar palabras grandilocuentes ni pasarnos de listos.

Pero ahora no se trata de juegos de niños. Son problemas muy serios que hay que atajar, porque hay toda una batería de reclamos para que nos salgamos de la ortodoxia de los comportamientos sensatos, y la sociedad ha perdido gran parte de la solidaridad.

Cuando hacía alguna trastada, una de mis abuelas me decía, “cuando el diablo no tiene nada que hacer mata moscas con el rabo”. Los mayores de Bocairent eran menos sofisticados y cuando veían que alguien hacia o decía alguna inutilidad, lo que ahora llamamos “una parida”, lo simplificaban diciendo que era como consecuencia de la “falta de faena” del promotor de la iniciativa. Y, como era habitual en la filosofía popular, no andaban muy desencaminados.

El problema es que esta sociedad de ilustres subvencionados ha sido caldo de cultivo de los que tienen demasiado tiempo libre en la administración, y necesitan inventar normas y reglas para justificar sus sueldos y hacerse notar. Dar la impresión de que hacen algo.

Y, francamente, todo esto de miembros y miembras, portavoces y portavozas, suena un poco a broma. A “porpotapavopocespe”. Es correcto decir parlamentarios y parlamentarias o jueces y juezas. El diccionario, por ejemplo, contempla la voz “juez, a”, por lo que decir “la señora jueza” es igual de correcto que “la señora juez”, y lo mismo ocurre con “parlamentario, a” y con “ministro, a”. Pero de ahí a tener que “feminizar” todas las voces hay todo un mundo de trabajo innecesario y de postureo. Mucho postureo.

El que manda en el idioma es la Academia que, afortunadamente, es independiente de los gobiernos y de los parlamentos, y es la que se encarga de admitir nuevas voces cuando son de uso popular o utilizadas por escritores acreditados. Y no todo lo contrario. Lo correcto, lo práctico, lo pedagógico, y lo establecido, es que el gobierno y los parlamentarios utilicen las palabras registradas en el diccionario, y no que el diccionario, y el habla del pueblo, tenga que aceptar el uso de las palabras, palabros, que se les ocurra a los gobiernos de turno o a nuestros muy insignes representantes en el parlamento.

¡Faltaría más!

En cuanto a la supuesta protección de la mujer via léxico, no pueden estar más equivocados. Hay depredadores, demasiados, pero son minoría entre los varones. Como hay depredadoras entre las mujeres, y asesinos, por poner un caso, en ambos sexos. ¿Creen que decir portavoces y portavozas hubiera detenido a “la manada” o a los violadores reincidentes?

Mi opinión es que cuantas menos distancias se marquen, menos barreras se levanten y menos tabúes se manejen en las relaciones hombre/mujer será mejor para ambos y muy especialmente para la mujer. La mujer no necesita semejantes majaderías para que se la respete. Y el que no quiere respetarla no se parará por giros gramaticales ni juegos de palabras. Ni siquiera, lamentablemente, por la amenaza de sentencias muy severas, que hay que aplicar, porque los que cometen delitos graves suelen hacerlo por pasión, maldad, o impulso irrefrenable que les nubla la mente. Y lo harán “pase lo que pase”, excepto algunos que suponen vanamente que no les descubrirán.

Parte de la violencia de género tiene su origen en la tan mal entendida filosofía tradicional de “la maté porque era mía”, tan extendida por la cultura popular, que incluso inspiraba canciones tan difundidas como “en la cárcel de Villa”

“En la cárcel de Villa – hoy me van a encerrar – pues los jueces castigan – el delito de amar – Ella fue mi tormento – ella fue mi pasión – pero un día la ingrata – de mi amor se rió”.

Lo que justificó que:

Por sus malas acciones – la partí el corazón – pues el mío partío – me dejó su traición”.

Y estas actitudes, la de considerar “delito de amar” a una mujer el partirle el corazón con un cuchillo, no se resuelven con sentencias que, repito, deben de ser muy severas, sino con educación escolar, familiar, cívica y social. Empezando por los propios políticos, varones y hembras, que en muchas ocasiones hacen gala de un machismo o feminismo inculto, desproporcionado, e inaceptable en cargos de representación. Y no quiero citar casos concretos.

O son muy lo uno o lo otro según quién ofenda a las mujeres, porque también aquí hay bandos. En algunos casos son actitudes muy reprobables que merecen todo el desprecio social, y en otro, las mismas frases dichas por otras personas son bromas inocentes, están “sacadas de contexto”, o se apela a la libertad de expresión.

Y a la historia de los últimos cien años me remito. Bajo la apariencia de que la mujer de entonces aparecía como subida a un pedestal, por conveniencias de los varones naturalmente, tenía que someterse si era esposa, esconderse si era amante, trabajar en según qué oficios, y pasear con sus novios con “carabina”.

Dando un salto en el tiempo, la mujer se ha liberado de perjuicios y tiene reconocidos los mismos derechos que el varón, pero este nuevo estatus ha provocado situaciones desconocidas hasta ahora. La igualdad, tan justa como necesaria, ha originado nuevos problemas porque una parte de las mujeres, especialmente las jóvenes, han querido emular al varón, si no igualarlo, recuperando en un tiempo record el tiempo perdido. Digamos mejor que el que perdieron sus madres y sus abuelas.

No es el mismo caso, pero también ocurrió con el famoso “destape” que, con un disfraz de libertades, consiguió que se usara a la mujer como objeto de taquilla a base de desnudarla viniera o no viniera a cuento. A cuento que nunca venía con los varones que, como máximo, se presentaban en las pantallas en ropa interior. Y cuando yo me asombraba del hecho, me decían que la mujer tenía todo el derecho a desnudarse. Claro que sí, pero también tenía todo el derecho a ver hombres desnudos en las pantallas, cosa que no ocurría. Al final lo que se disfrazaba de libertad, no era más que otra forma de manipulación, en este caso por motivos económicos.

Y cuando se asumen libertades y nuevos roles, también se tienen que asumir los nuevos peligros y tomar más medidas preventivas. Como la mujer fuma más, padece más cánceres de pulmón que sus antecesoras. Como sale a la calle con más libertad y con horarios ilimitados, tiene más riesgos de sufrir percances. Como acuden a lugares masificados donde se bebe, es más fácil que las agredan. Como a los hombres. Solo que ellas tienen un riesgo añadido por ser mujeres.

Porque, hay que decirlo y repetirlo hasta la saciedad, con reconocer derechos y promulgar leyes no basta. De hecho solo nos sirve a los que, de natural, respetamos las leyes y a las mujeres.

Es necesario reforzar la educación de niños y niñas, y tomar medidas preventivas. Me gusta la de una ciudad, no se si Bilbao, que ha decidido que sus autobuses hagan paradas intermedias por la noche si las mujeres lo solicitan. ¡Eso está muy bien! Y es una medida sencilla y práctica.

Porque pregonar a los cuatro vientos que el “no es no” solo valdrá si la pareja respeta las normas. No solamente estas, sino las normas en general. A los varones que se consideran por encima de la ley, a los sociópatas, a los ebrios, a los drogados, o a los que tienen trastornos mentales, no les parará un millón de “noes”.

Lo práctico es pues potenciar la prevención con la educación, y advertir a los jóvenes de ambos sexos de los peligros que tiene el alcohol, las drogas y el exceso de confianza. Y muy especialmente esta última que parece la más inofensiva: el exceso de confianza.

Y con esto no quiero decir, de ninguna manera, que una mujer que se ha tomado unas cervezas sea la responsable de su violación, pero debe evitar los ambientes por donde pululan hombre poco de fiar, varones que también han tomado alcohol y que, desinhibidos, pueden sobrepasarse, y varones u otras mujeres, que las inciten a beber alcohol o las droguen para abusar sexualmente de ellas.

Parece que la multitud protege, pero es mentira porque depende del tipo de multitud que te rodea. Si estás en un botellón, es muy probable que nadie haga nada por evitarlo. Que no te vean. Que ni se den cuenta de que te están violando. Incluso puede parecerles que “estás de marcha”.

El otro día, hablando de estos temas con una persona joven y muy querida le pregunté qué pasaría si, después de decir que “no”, el varón no paraba. Y me contestó que se le podía parar con una “hostia”. Craso error propio de la ignorancia y el subidón de moral y de falta de realismo que han dado a las mujeres con el tema de la igualdad. Si son varios no tendrá remedio, y si es uno solo, lo más probable es que tampoco. Seguramente abusarán de ella y, según quien sea su agresor, puede acabar maltratada o muerta.

Porque la mujer, que suele ser más inteligente que el hombre, no es más fuerte que el varón salvo en contadas ocasiones. Yo le decía que lo único práctico era marcar el “no” mucho antes de que se llegara a un nivel de intimidad peligroso, pero no creo que aceptara mi consejo. Se la veía muy segura de su fuerza. Muy “gallito”.

Situación tan peligrosa como ir de noche, sola, por calles poco frecuentadas y mal iluminadas. El terreno preferido de ladrones y de acosadores. Nosotros, los varones, también las evitamos. Prevención por nuestra parte, y vigilancia y protección por parte de las autoridades competentes.

Por cierto y volviendo al “nuevo idioma”. Tal como están las cosas me extraña que los colectivos gay no hayan reclamado para sí artículos determinantes. Ni “los” ni “las”. ¡Otra complicación!

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