El fraude de los debates electorales

Somos un país de muchas leyes y pocos desarrollos, incluyendo los capítulos de nuestra Constitución. Y así nos va, porque de vez en cuando se produce alguna circunstancia en la que ni el ejecutivo ni el judicial tienen muy claro que  deben hacer.

Como sucedió con el artículo 155, que no se había desarrollado, como también ha ocurrido en tantos otros casos, porque nadie suponía que sería necesario aplicarlo.

Otra regulación pendiente es la de los llamados debates electorales. He comprobado si hay alguna norma sobre el particular en las competencias de la Junta Electoral Central y, como me suponía, ni se menciona.

Y, como no, los medios de comunicación, especialmente las televisiones,  se han apoderado de ese vacío legal en su propio beneficio, montando supuestos “debates” que no están enfocados, de ninguna manera, a que el ciudadano conozca las ofertas electorales de cada candidato, sino a conseguir audiencia.

Lo primero sería más bien aburrido y serían menos los  televidentes interesados. Una buena bronca, venga  o no a cuento y sobre temas menores, es lo más de lo más.

Los “a mi partido nadie le da lecciones de democracia”, o “de honradez”, o de “patriotismo”, o los “tú más”, que enfervorizan a los entusiastas del amarillismo, es lo que prima.

Y cuando terminan, se vota para saber quién ha sido el “ganador”. ¿Por la calidad y solvencia de su programa? ¿Qué programa? Seamos serios: por la “personalidad”, la agresividad, e incluso la mala leche de los participantes.

No seamos ingenuos. Las televisiones privadas, lo disfracen como lo disfracen, solo buscan fórmulas para mejorar su negocio, lo que resulta lógico y legítimo, pero  sería conveniente que respetaran ciertos límites que se sobrepasan con mucha frecuencia.

Sin embargo yo creo que los debates parlamentarios sí son importantes  sí son serios. Y para que lo sean deben realizarse en la televisión pública, la única que no debería regirse por criterios económicos, y moderados por alguien imparcial y con prestigio.

Con preguntas obligatorias sobre los puntos que más interesan a los ciudadanos y, naturalmente, con una parte de debate sobre esos mismos puntos para que cada uno de los participantes intente demostrar que su solución es la mejor.

Sin insultos ni salidas de tono.

Sería más aburrida, por supuesto, pero tendría más audiencia de lo que se supone y resultaría mucho más clarificadora.

Pero me temo que en este momento ni siquiera los líderes de los partidos están por la labor, y mucho menos los favorecidos por las audiencias.

Un debate comporta el riesgo de tener un “mal día” que empañe una campaña, y les resulta mucho más confortable montar una legión de mini mítines en los que lanzar frases preparadas, consignas, y ardientes soflamas que siempre terminan con una gran subida de volumen en la voz del candidato, voz potente y venas del cuello dilatadas, según manda el manual de estilo. Mítines muy controlados y sin ninguna oposición.

Y, por supuesto, disponen de las redes sociales, donde se puede volcar toda la malicia y la basura que quieran contra los adversarios. Porque en los Twitter, en los Facebook o en cualquiera de las plataformas digitales, no esperes mensajes sobre los programa.

Algunas alusiones suaves y de pasada si los titulares son los líderes, pero detrás y en tromba, aparecen los simpatizantes o supuesto simpatizantes que en una gran mayoría son voceros del partido, si no “replicantes” digitales o  falsos usuarios, disparando con la artillería pesada de los bulos y las descalificaciones.

Hoy he recibido los sobres de cuatro candidaturas, en las que una cara amable me pide el voto para que pueda arreglar España.

En lugar de las papeletas, que no me molestan, preferiría que me mandaran su programa y una declaración jurada de que iban a cumplirlo. Pero, claro, esto no es Brigadoon, el mundo feliz y protegido de los males exteriores.

Es un mundo real en el que, elección tras elección, me piden plena confianza y, elección tras elección, me defraudan. Y lo hacen siguiendo una línea descendente cada vez más inclinada.

Acabo de abrir una página en la web buscando un producto y me aparece la muy fotogénica cara de nuestro presidente con el lema “haz que pase” y la frase “vota al PSOE”

Son los nuevos tiempos y hacen bien en aprovechar las nuevas tecnologías y sus oportunidades, pero la gran pregunta es “vota al PSOE, al PP, a Ciudadanos, o a Podemos…”

¿Para qué? ¿Qué vais a hacer con mi voto?

Me temo que no conseguiría más que frases estereotipadas,  viejunas y desgastadas por el uso:

“Para eliminar la corrupción”, “para cambiar las cosas”, “para defender las libertades”, “para proteger las pensiones”, “para que no nos roben”, “para proteger a la mujer”, “para …”

Lo del “cómo” no viene a cuento ni necesitan explicarlo. Tenemos la obligación de asumir que cada uno de ellos tiene  su “cómo” y que es el mejor. 

Porque, o no se han enterado de que estamos en abril de 2019, o creen que los que no nos hemos enterado somos los ciudadanos.

El otro día me decía un amigo que me veía desmoralizado y le contestaba que a corto plazo sí, pero que a la larga tengo la seguridad de que España, una vez más, saldrá adelante.

Pero si me preguntas “cómo”, la verdad es que no sabría decirte. No llego a tanto.

Había acabado este comentario cuando me entero de la maniobra del presidente para contraprogramar el debate de Antena 3 convocando otro el mismo día en “su” televisión pública por mano de Rosa María Mateo. Dirán que ha sido ella y no el presidente, pero ni me lo creo yo, ni se lo creen los colectivos de empleados de la propia televisión que se han manifestad en contra de esta decisión.

Y, mira por donde, el presidente tuvo un momento de debilidad en la entrevista con Julia, en Onda Cero, cuando la comunicadora le comentó que podrían realizarse los dos debates en días sucesivos.

Sánchez, que tiene ese enorme aplomo y seguridad para contestar todo lo que le preguntan, aunque tenga que desdecirse poco después, se vio obligado a utilizar ese recurso del que no sabe que contestar y necesita lanzar una frase hecha para ganar un segundo de tiempo.

En este caso fue decirle “y yo estoy de acuerdo con usted” para, a continuación, manifestarle la razón por la, pese a lo dicho un segundo antes, no estaba de acuerdo con ella: La Junta Electoral había obligado a cambiar el formato  de Antena 3 excluyendo a VOX.

Con lo que incurrió en un doble fallo y algún contrasentido: La decisión absurda de cancelar su asistencia alegando ese pretexto, y la evidencia de que necesita a VOX, que no es su adversario, como arma arrojadiza contra el PP y Ciudadanos.

Otra novedad y segundo añadido a esta nota: Hoy, día 19, a las nueve y cuarto, he escuchado que Sánchez rectifica y acepta los dos debates.

Mi impresión es que no ha tenido más remedio por la reacción que había provocado con la negativa, pero esta nueva rectificación indica que, importante novedad, en este momento no tienen muy clara la estrategia más adecuada para ganar las elecciones.

Lo tenían todo perfectamente programado y todo transcurría como estaba previsto, pero ha bastado este contratiempo, contratiempo menor por supuesto, para abrir alguna brecha en su equipo de campaña.

Será porque continúan existiendo demasiados indecisos y las encuestas, por muy sólidas que parezcan, las carga el diablo.

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