Los detonantes de la historia: Sarajevo ayer, Ucrania hoy.

Es curioso como un suceso aparentemente menor puede desencadenar acontecimientos insospechados. Lo mismo que el detonante de la primera guerra mundial fue el asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona austrohúngara, la invasión de Ucrania ha sido la gota que ha rebosado el vaso del rechazo que estaba provocando en el mundo civilizado el sociópata asesino Vladímir Vladímirovich Putin, presidente actual de la Federación Rusa, posiblemente el hombre menos empático y más despiadado entre los actuales dirigentes mundiales.

Ha conseguido que la Comunidad Europea actúe con una sola voz, el reverdecimiento de la OTAN, un refuerzo de los lazos de los líderes del mundo libre, especialmente entre Estados Unidos y Europa, que Suiza abandone su tradicional neutralidad, que la ONU, ¡la ONU! vote una resolución condenatoria de la invasión, que naciones que permanecían fuera  de la OTAN, Suecia y Finlandia, estén pensando en participar en el tratado, que Turquía, la del imprevisible Erdogan, bloquee el paso de naves de guerra en el Bósforo, que la economía rusa se esté yendo al garete, que rusos de todos los niveles hayan manifestado su desacuerdo con la invasión, afrontando con valentía las inevitables represalias y, en resumen, una ola de solidaridad con el pueblo ucraniano absolutamente imprevista en este mundo que utiliza la globalización a su conveniencia y tan acostumbrado a mirar para otro lado cuando mirar de frente resulta incómodo.

Solidaridad generosa, de la que nos cuesta dinero y bienestar a todos nosotros y, muy especialmente, a algunas de las naciones clientes mayoritarias del gas o las materias primas que llegan de Rusia.

Invasión que, por otra parte, ha puesto de manifiesto que el gran dictador ni siquiera es un estratega de media capa. Se ha limitado a hacer un alarde de fuerza mandando miles de tanques y otros vehículos militares sin tener en cuenta la logística, de forma que muchas columnas se quedan paradas en espera de víveres o combustible, o llegando a la tan temida guerra de guerrillas urbanas, en la que un ucraniano armado con un cóctel molotov puede inutilizar un tanque de doce millones de euros.

Seguro que en el entorno militar de Rusia están rodando cabezas, pero hasta llegar a la del propio Putin hay que escalar muchos peldaños en la jerarquía de esa hermosa nación que tanto me sorprendió cuando la conocí.

Ucrania caerá porque es imposible evitarlo, pero el prestigio del loco homicida también. Prestigio que ya nunca recuperará porque no habrá en el mundo nadie capaz de creer en su palabra y en sus buenos propósitos. Excepto Cuba, Venezuela y alguna que otra nación dirigida por dictadores falsarios disfrazados de demócratas, como el mismo Putin.

Y me permito terminar con este enlace con el discurso de Borrell. Un socialista de la vieja escuela, sin bandazos y claro, muy claro, exponiendo sus convicciones.

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