Montero – Marlaska.  “Tanto monta, monta tanto”.

Ni la Guardia Civil, ni el ministro de interior, ni ninguno de los responsables de la seguridad de Melilla tienen la culpa de lo ocurrido el pasado mes de julio. Claro que no.

Fue una avalancha inesperada que desbordó cualquier previsión y provocó el derrumbe de las vallas por la cantidad de asaltantes que se subieron a ellas, razón fundamental de las muertes, entre treinta y cuarentas según las fuentes, aunque el número en si no tiene importancia porque más de cero es un disparate y porque no son números, son personas con nombres y apellidos que terminaron una vida dramática de una forma miserable e injusta.

La responsabilidad del ministro Marlaska, antes juez Grande-Marlaska y ahora solo Marlaska, no ha sido por las muertes, sino por mentir desde el principio diciendo que Marruecos había actuado con proporcionalidad, y ocultar la verdad, que no es lo mismo, pero sí parecido, cuando se ha visto acorralado por las pruebas en forma de imágenes grabadas por la propia Guardia Civil y por terceros.

Pruebas que convencieron a todos los grupos parlamentarios, algunos de ellos con la idea equivocada de que este suceso podía salpicar la buena labor de la Guardia Civil, menos al PSOE, jugando de nuevo con la suposición de que los “mortales” somos tontos, cuyo portavoz dijo textualmente que no se había podido demostrar que hubieran muertos en territorio español.

¡Claro que no se podía demostrar! Y decía verdad, porque ninguno de ellos llevaba en sus manos un certificado de defunción, única prueba legal de su fallecimiento. Solo que, con esta conclusión tan simple, las imágenes no demostraban que se hubieran producido muertes en ninguno de los dos lados de la valla.

El que fue excelente juez, Grande Marlaska, ahora convertido en un personaje triste y gris, acorralado y desprestigiado gracias a la toxicidad de su amado presidente, no dimitirá porque Pedro Sánchez no puede entregar cabezas a la oposición, aunque les pillen en un millón de falsedades y renuncios.

Y ayer, para más inri, se nos apareció la extrañísima ministra de igualdad, la responsable de que todos seamos más diferentes cada día, a montar el pollo y retirar la atención del personal sobre un ministro con aspecto de conejo rodeado de perros, solo como imagen literaria de las dos partes, consiguiendo que toda la oposición y parte del mismo PSOE, apuntaran los dardos en su dirección.

Tanto es así que casi apostaría que fue un montaje: Marlaska se libra de la jauría que le perseguía y Montero consigue que no se hable de los beneficiados en sus penas y los excarcelados por su ley de “solo el sí es sí”, modelo de exquisitez legal.

Pues bien. Ninguno de los dos, ni la ministra digital ni el juez seducido, merece ser ministro, pero ambos seguirán siendo titulares de sus carteras. Uno para no dar la razón a la oposición y la otra porque el presidente no tiene la potestad de nombrarla o destituirla porque obedece a un pacto de gobierno.

Y claro, si la destituyera se rompería el pacto y como consecuencia, se caería la escalera. Y, el gobierno, el PNV, IU, Podemos, Bildu y algún que otro, son demasiados para quedarse en el aire agarrados a una sola brocha. Va contra las leyes de la física, una de las que no ha intentado alterar, al menos hasta ahora, nuestro admirado presidente.

El que acabará dando conferencias por todo el mundo mundial sobre como tuvo el valor de desenterrar a Franco. El que, en aras de su gloria personal, nos dejará una nación endeudada, dividida, desconcertada y desconcertante.