Las ocurrencias de nuestros regidores.

Suelo leer el periódico mientas almuerzo (¡que lujo!) y repasaba mentalmente los muchos conflictos que tienen abiertos los responsables de las diversas áreas, tanto en la Generalitat como en el Ayuntamiento valenciano. Y la verdad es que cada vez los entiendo menos.

Nuestro Ayuntamiento goza de la increíble movilidad de nuestro muy desconcertante Giuseppe Grezzi que, por lo que parece, tiene cabreados a colectivos y asociaciones de todo tipo y color. Un experto en conducir bicicletas a una sola mano mientras se recrea en sus logros que tiene levantada la ciudad con un carril-bici que ya nace polémico. No quiero extenderme en detalles, pero la cosa empezó con los parkings de motos en la puerta del Principal que escandalizaron a los bomberos, y concluye con multas de 200 euros para los peatones transgresores de la Avenida de Barón de Carcer, que nacieron en la Avenida del Oeste y no acaban de darse cuenta de que cruzan mirando en la dirección equivocada. Como si estuvieran en Londres.

De la muy ocupada Pilar Soriano Rodríguez ya he hablado en otras ocasiones. La descubrimos muy preocupada por proteger nuestro descanso de ruidos molestos y decidió comenzar prohibiendo el sonido de nuestras campanas milenarias, dejando para otra ocasión el bullicio y la alegría de nuestras “jóvenes” fallas, con sus pirotecnias y sus verbenas, y los aún más jóvenes botellones. Me temo que no seguirá adelante porque bastantes críticas ha tenido con solo asomar la patita por debajo de la puerta, y porque entre los posibles contrarios a cualquier prohibición fuera de lugar estarían muchos de sus votantes.

De Pere Fuset no hace falta hablar mucho. El sábado se le veía muy ufano en las torres de Serranos, en la “cridá” de nuestro primer año de patrimonio inmaterial, como si no tuviera enfrente a gran parte del colectivo fallero y a entidades de mucha solera de la ciudad de Valencia.

La Consellera de Sanidad, Carmen Montón, llegó marcando terreno y, entre otras gestiones discutidas, tiene entre manos la cancelación de contratos de hospitales de gestión privada. No tengo capacidad para opinar si es una buena decisión, pero me temo que nadie puede asegurar que es lo más conveniente para la gestión sanitaria en general. Hoy mismo he visto una encuesta en Las Provincias en la que se dice que el 65% de los ciudadanos de la comunidad opinan que prefieren la gestión pública, pero me gustaría saber las razones, porque me cuesta creer que los usuarios del Clínico, por ejemplo, estén más satisfechos que los del hospital de la Ribera.

Y si hablamos de nuestro Conseller de Educación, Vicent Marzá, es un claro ejemplo de como buscarse enemigos en todas sus dependencias y competencias, desde la enseñanza concertada y las universidades privadas, hasta una parte de la pública que no entiende algunas de sus decisiones o sus “desdichos”. Teníamos un distrito único y una cierta paz en la política lingüística y está consiguiendo enfrentamientos y desconcierto generalizado con ribetes de ilegalidad en algunos casos.

Me preguntó el porqué de todo esto y no acabo de encontrar respuestas claras, salvo en el caso del Conseller de Educación que, respaldado por la propia Generalitat, no oculta un interés personal en imitar la senda de la Generalitat Catalana en los aspectos culturales, también en los políticos, y no hace más que seguir una hoja de ruta que tiene trazada, y que puede desembocar en las mismas consecuencias culturales, políticas y sociales, que las sufridas por nuestros vecinos del norte, antaño comunidad consistente, amiga, con “seny”, ejemplo y referente a nivel nacional, ahora sociedad dividida y enfrentada, incluso a nivel familiar.

Los demás también tendrán sus cargas ideológicas, por supuesto que sí, y muchas ganas de “hacer cosas” muy poco meditadas por su propia inexperiencia en gestionar y gobernar. Ocurrencias y voluntarismo.

Llegados a este punto recuerdo el fragmento de la fábula de Tomás de Iriarte “la ardilla y el caballo” que me recitaba mi muy recordado maestro Don Fidel cuando me veía disperso, alborotado, o poco centrado en mis asuntos. Decía el caballo a la ardilla:

Tantas idas y venidas; tantas vueltas y revueltas,
quiero, amiga, que me diga: ¿son de alguna utilidad?

Aunque en esta ocasión, porque viene “al pelo”, quiero continuar con las reflexiones del caballo:

Yo me afano, mas no en vano sé mi oficio; y en servicio
de mi dueño tengo empeño de lucir mi habilidad.

Cambiando escritores por políticos, ¿Quiénes son “los dueños” reales de nuestros regidores? No parece que seamos los ciudadanos normales, los de “a pie”. Más bien todo lo contrario.

Y termino con la moraleja de la fábula:

Conque algunos escritores, ardillas también serán,
si en obras frívolas gastan todo el calor natural.

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