En serio. ¿Quién puede enfadarse con Giuseppe Grezzi?

Lo cierto es que he criticado algunas de sus decisiones, pero siempre he evitado “meterme” con Giuseppe Grezzi. ¡Que quieren! Me caen bien los italianos y soy un admirador de su hermosa, bulliciosa, e imprevisible ciudad natal. Nápoles.

Admiro su hermosa bahía, vista desde las islas hacia la costa, vista desde la costa hacia las islas. Con el Vesubio omnipresente como un dios mitológico hecho montaña. Vigilándolo todo.

La primera vez que estuve allí coincidí con un fin de semana y recuerdo que no había forma humana de cruzar las calles porque cuando los semáforos se ponían verdes para los peatones, ni coches, ni motos hacían la más mínima intención de parar.

Sin embargo, observé y así lo hice notar, que había gente paseando por la acera de enfrente, el paseo marítimo próximo al Castillo de Huevo, por lo que en un esfuerzo de imaginación deduje que habrían cruzado en algún momento. Mi mujer, haciendo gala de su socarronería valencia, me contestó que “habrán nacido allí”.

Lo cierto es que la duda terminó cuando observamos que una señora cruzó la calle cuando el semáforo se puso en verde sin amilanarse por la velocidad de los vehículos que venían en su dirección. Y entonces ¡Oh milagro!, las motos y los coches frenaban justo cuando llegaban a su altura entre un chirriar de frenos y olor a goma quemada, y la buena señora llegó a nuestra orilla sana y salva y con gesto de absoluta tranquilidad. ¡Era la costumbre!

Así que al próximo “verde” abordamos con bastante miedo el paso de peatones pero, efectivamente, nadie nos atropelló. Como en el caso anterior el tráfico rodado venía amenazante pero en el último minuto, y haciendo alarde de buenos frenos, se detenían. Nos sentimos como Moisés cuando abrió las aguas del Jordán, pero esta historieta, real, no ha dejado de ser una anécdota divertida que recordaré toda la vida.

Y ¿porque la cuento? Cuando el Sr. Grezzi comenzó con sus bolardos pongo, bolardos quito, carriles elimino, carriles repongo y cosas similares, entré en internet para conocer su biografía y me encontré con la sorpresa de que, nacido en Nápoles, pasó algunos años en Nueva York y Bolonia, y acabó en Valencia en el año 2000, donde empezó a colaborar con “els Verds del País Valencià”, pasándose después a “Els Verds –Esquerra Ecologista”, partido en el que militaba cuando fue elegido concejal del Ayuntamiento de Valencia.

Es decir, un napolitano, residente en Valencia menos de diez años, y sin ninguna experiencia en gestión pública, pasó a ser el dueño y señor de la movilidad de una de las ciudades más importantes de España.

Y, ¡cómo no iba a hacerlo!, descargó todo su furor romántico en una ciudad que se le presentaba como una especie de tablero virtual en el que se podía jugar a los supuestos. Y como prueba de su entrega y dedicación a la causa hizo un recorrido en bicicleta mientras se auto grababa con el móvil, para que comprobáramos que si se hace eso, que está muy mal, te tienen que multar, y tuvo un accidente con otro ciclista para hacernos ver que, incluso en el carril bici, hay que guardar precauciones porque también hay riesgos.

He mantenido una clara postura en favor de que se “ecologice” la ciudad de Valencia, pero discutiendo los tiempos y las formas. Porque un cambio tan radical como el que se está haciendo tiene un claro tufillo de “obra política” y, por tanto, sus plazos de ejecución están condicionados por inauguraciones y boatos. Es decir: Estoy en desacuerdo con la precipitación en la planificación de la obra, en la ejecución, y en la poca sensibilidad que se ha tenido con los “anti” que iban a surgir. Porque era evidente que surgirían “resistencias al cambio” ante la amenaza de perder la comodidad de “lo conocido”.

Alguien me dijo un día: es que si no se hace así, no se hace. Es una afirmación demasiado rotunda que no comparto en absoluto. Y si tienen dudas, comprueben como se ha avanzado, en cuantos años, en ciudades que podían habernos servido de referencia.
El truco consiste en decir “lo hacemos como otras ciudades del mundo”, pero sin entrar en detalles de los plazos, de la pedagogía, y de las alternativas.

Pero claro. Eso es mucho más que pedir peras al olmo, porque en este caso se ha juntado el barroquismo y la euforia napolitana con el “pensat y fet” tan nuestro.
Hay un tercero en discordia, el Sr. Ribó, al que intuyo como “empujador” de parte de las iniciativas, pero solo es una suposición porque no tengo suficientes elementos de juicio.

Solo he podido comprobar que el día del traslado de la Virgen, cuando gran parte de sus conciudadanos estaban participando en los actos religiosos y civiles que se celebraban en el centro histórico de la ciudad, él se hacía fotos paseando muy ufano por el carril bici acompañado por un “muy satisfecho” Sr. Grezzi.

Y miren. Con el Sr. Ribó estoy bastante enfadado, no por sus obras, que ese es otro cantar, pero sí por sus actitudes tan poco próximas a las sensibilidades de los ciudadanos. Y por su “estar” por encima de la gente.

Me lo figuro mirando desde un balcón al monumento de Francesc Vinatea en la plaza del Ayuntamiento soñando que algún día puede ocupar esa peana en una estatua ecuestre, como la de Franco, solo que en vez de caballo montaría una bicicleta. El gesto y el donaire de la escultura lo pueden sacar directamente de la foto que vi en el periódico. Todo un cesar.

En cambio mantengo todas mis simpatías por el sr. Grezzi. ¿Cómo me puedo enfadar con un paisano de Sophia Loren, de Renato Carosone, de Enrique Caruso o de Gian Lorenzo Bernini?

Los napolitanos son como son y mejor que no cambien. Son italianos, que ya es mucho decir, y han tenido influencias españolas ¿Cómo no van a ser así?

Lo único que siento es que si está pensando en acumular experiencias para retornan a su ciudad y poner orden en su circulación y en “sus cosas”, me temo que allí no le dejarán. Supongo que Nápoles ha cambiado mucho desde que estuve allí la última vez, pero recuerdo asombrado que cuando un motorista circulaba contra dirección y tocando el claxon en un equivalente a nuestra calle Colón, los policías volvían la mirada hacia los escaparates que, por cierto, eran dignos de ver.

He escuchado muchos comentarios sobre esa preciosa ciudad llena de vida y de contradicciones. Uno de ellos me agradó especialmente “Nápoles ordenado no sería Nápoles, sería la ciudad más bella de Italia con permiso de Venecia y de Roma o junto a ellas.” Pero, claro, entonces habría que inventar otra Nápoles.

Me temo que si Giuseppe Grezzi vuelve a Nápoles algún día, que supongo que lo hará, será para disfrutar de sus encantos y de su vida callejera vociferante y bullanguera. No para convencer a los motorizados de que vayan dejando en sus garajes las motos o los coches porque han llegado nuevos tiempos. No le harían ningún caso.

Aunque no pertenezcan a la Camorra

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