La carta que no escribió Julia Otero

He leído con atención una carta falsamente atribuida a Julia Otero, que en realidad había escrito una bloguera llamada Cristina Andrade a la que, por cierto, no le habrá vendido nada mal la publicidad.

No voy a caer en el absurdo de discutirle las citas porque ni soy historiador ni tengo tiempo para documentarme. Por lo que intuyo de lo que ha publicado, ella tampoco lo es. Me figuro que, como muchos otros, habrá bebido en fuentes afines a la causa independentista, que hay muchas y bastante cuestionables, por cierto. Aunque opinen tan enfáticamente y con tanto conocimiento de causa como Pilar Rahola, por ejemplo, que tampoco es historiadora.

La carta famosa solo contiene una serie de girones de historia que no son más que los antecedentes, las causas y los efectos que han dado forma a la actual Cataluña. Razonamiento que produciría el mismo efecto si habláramos de cualquiera de las otras regiones o comunidades españolas. Todas ellas, de norte a sur y de este al oeste, tuvieron un origen más o menos oscuro. Todas pertenecieron a reinos, como los de Galicia, Navarra, León, por ejemplo. O Señoríos, como los vascos, o Condados, como el citado de Barcelona, uno de los integrantes de la Marca Hispánica, o ciudades estado, como Toro o Zamora.

Todos fueron libres y fueron sojuzgadas, todos conquistaron y fueron conquistados, todos se aliaron y se separaron, todos guerrearon, siendo el denominador común, la única razón de todas estas idas y venidas, los intereses materiales de hermanos, primos, padres e hijos que se mataron cuanto pudieron para ser reyes o gobernantes en lugar de los reyes o gobernantes de cada lugar. Con la complicidad necesaria de los notables que les secundaron siguiendo sus propios intereses, y a costa de la sangre y la miseria de sus vasallos que, como siempre, fueron los que sufrieron las consecuencias.

Pero, ¡qué casualidad! Lo mismo, exactamente lo mismo, paso en todas las regiones francesas, desde su histórica Borgoña hasta la actual República. O en Italia, que es nación desde hace cuatro días, en tiempos de Víctor Manuel II. O en los Estados Unidos de América, uno de los referentes de los revisionistas españoles, forjada a base de genocidios, egoísmos, conquistas y victorias de unos sobre otros. La mayoría de ellas a sangre y fuego.

O Alemania desde la profunda Germania. O la Gran Bretaña, desde las luchas fratricidas de vikingos, normandos y sajones. Y lo mismo en todos los países del mundo más evolucionado.

Y la misma Cartagena, nuestra Cartagena, fue independiente durante varios meses hasta que tuvo que rendirse ante el asedio del ejército de la nación, no sin antes pedir formalmente su integración en los Estados Unidos, cuyo gobierno, por cierto, se lo pensó seriamente. ¡No le hubiera venido mal tener un Gibraltar en el Mediterráneo!

Y algo de lo que entonces pasó y ahora intentan reproducir algunos, ya lo vimos en nuestras absurda Primera República, la de los cantones y las independencias, como la sublevación Cantonal de la citada Cartagena, o la de Jumilla. O los diversos intentos de Valencia, Alcoi, Murcia o Andalucía.

Entonces, ¿Hablamos de pasados, o de presente y futuro? Porque todas está naciones, construidas y forjadas a base de horca y cuchillo son hoy estados sólidos, modernos, que han asumido el concento de la unificación, que han encontrado un mínimo común denominador, y que han llegado a la conclusión de que es mucho mejor permanecer unidos, sin pasarse las horas lamentándose de lo que pudieron ser y no fueron, sabiendo que nunca lo serán. Y que tampoco les conviene serlo.

Las conclusiones lógicas o el fin deseado de escritos como el mencionado son:

 Como mis antepasados, que probablemente ahora son los de todos nosotros porque nadie se quedó quieto en ningún sitio, pertenecieron a parcelas geográficas o históricas singulares, recuperemos la antigua situación y los antiguos derechos. Que se rompa España en los reinos que fueron y/o los antecedentes a los propios reinos. Pero también Francia, Alemania, los Estados Unidos y todo lo que ahora son estados. Justo lo contrario al concepto de unión, como el de nuestra Comunidad Europea.

 Como mis antepasados, que probablemente ahora son los de todos nosotros porque nadie se quedó quieto en ningún sitio, pertenecieron a parcelas geográficas o históricas singulares, tráteseme mejor que al resto de mis actuales compatriotas. Tenga yo más privilegios, pero no me hable Ud. de que los demás tuvieron antepasados, porque yo tengo algo que solo algunos poseen: una lengua.

Y pregunto yo ¿a mí que me importa que Cataluña, Galicia, el País Vasco, Navarra, Castilla, Aragón, León o cualquier otro de los antiguos reinos, estados o condados hayan sido lo que hayan sido? ¿A mí que me importa que tengan una lengua a la que, por supuesto respeto profundamente porque, prácticamente, es la mía? ¿Tengo acaso que seguir pagando vasallaje a sus descendientes? ¿Estamos locos?

Pero, por lo que se ve, a algunos, no les importa que existan leyes, ni normas, ni pactos. Quieren ser “más que el que más”. Por cierto. El decir que España lo es porque tiene ese nombre desde hace relativamente poco es un poco jugar con trampa. Aquí lo que importa es conocer desde cuando se unificaron los territorios españoles y comenzaron una historia común. Y lo fue bajo las coronas de Castilla y Aragón, las del tan denostado “tanto monta monta tanto” que utilizó la falange y que, desde entonces y para muchos “conocedores” de la historia, es un símbolo franquista.

Porque, claro, la frase se utilizó mientras se forjaba un imperio. ¿Se han dado cuenta de que esta frase solo define la forma de relacionarse de dos reyes consortes? Puede que sea la primera vez que se estableció la igualdad de géneros en la historia de España, porque una mujer se negó a ser reina consorte de Castilla, supeditada a la autoridad de su marido, el rey de Aragón. Pero, claro, insisto en que es una frase franquista.

Ese fue el momento en que castellanos, aragoneses, catalanes, gallegos, vascos, valencianos, andaluces, extremeños y los habitantes de cualquier territorio de lo que, en efecto, eran reinos de Castilla y Aragón, comenzaron a navegar, descubrir, comerciar y compartir proyectos de expansión haciendo causa común los unos con los otros. Y también proyectos culturales.

Dejémonos de cuentos chinos e historias de pasadas grandezas. Estamos en 2017 y lo que vale, lo único que vale, es que hay un pacto, llamado Constitución, que refrendamos los españoles años después de la dictadura de Franco.

Así pues, querida Cristina, si quiere discutir con quien le apetezca criterios históricos o ideología política es muy libre de hacerlo y hasta es bueno que lo haga. Según con quien hable es posible que aprenda. Pero mire el calendario, por favor.

¿Qué hay muchos interesados en confundir y mienten descaradamente? Claro que sí. ¿Qué hay otros que juegan a la ambigüedad porque buscan provocación, titulares y audiencias? Por supuesto. ¿Qué algunos ponen una vela a Dios y otra al diablo esperando sacar provecho creyendo que “todo vale” en política? Es evidente.

Pero son los menos, por mucho ruido que quieran hacer. Y perderán.

Resumo diciéndole que no tengo demasiado claro el objeto final de su escrito, pero le puedo asegurar que a muchos de los que lo han leído, y así lo manifiestan, entienden que su mensaje es “España nos roba”.

Dicho sea con profundo disgusto.

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