La vicepresidenta Yolanda Díaz y el comunismo

Tengo que adelantar que la vicepresidenta Yolanda Díaz es una persona que cae bien. Es educada, de muy buen aspecto, muy trabajadora, de apariencia sosegada y de excelentes modales. Mucho más eficaz para su causa, seguro, que aquel Pablo Iglesias que fue, consumidor de series de televisión, de muchas palabras y pocos hechos, que ahora, después de fracasar en todo lo que ha intentado, se dedica a darnos consejos de lo que debemos hacer desde foros amigos.

Yolanda es más pragmática, de pocas palabras y muchas presencias en momentos oportunos, que gestiona con mucho éxito una estrategia cuidada y eficaz.

Si tuviera que compararla con una planta, diría que es una margarita silvestre, hermosa y resistente como ninguna. No como su antecesor, Iglesias, al que compararía con un “echinopsis turbárico”, un tipo de cactus engolado y pretencioso, pero con muchas espinas

Tengo la seguridad de que bajo ese manto de calma y serenidad se esconde una voluntad de hierro y una estructura mental muy preparada para la lucha y para la victoria. No es una libélula, no, mejor me parece una mantis religiosa.

Pero tiene un importante problema: es de Podemos y, por tanto, comunista.

Y como tal la aceptaría como amiga sin ninguna reserva e incluso la podría votar para una alcaldía, pero nunca para un gobierno. Porque los comunistas que yo he conocido son honrados administrando, pero muy peligrosos gobernando. Y porque todos los comunistas que conozco, históricos y actuales, cuando llegan al poder, incluso de forma democrática, no hay forma humana de que acepten perderlo. Y a los estados comunistas actuales me remito.

Con la decadencia de la Unión Soviética, el comunismo trató de participar en la Europa moderna con el famoso “eurocomunismo” francés, lanzado igualmente en Italia y en España, donde fue desapareciendo de forma inexorable, hasta diluirse en las profundidades de la actual Izquierda Unida.

Ese es el comunismo que ahora quiere resucitar Podemos, que quiere asociar de forma absolutamente interesada, falsa y mendaz con la figura de la República, para tratar de atraer al sector republicano español y que apenas podrá convencer a unos pocos románticos idealistas, aunque sean miles, que solo saben del comunismo lo que les han contado, la mayoría mentiras y fabulaciones.

Todo mi respeto, pues, para Yolanda Díaz persona, pero mis reservas, mis muchas reservas para la política         que se esconde detrás de tan buena presencia y exquisitos modales.

Porque el comunismo nunca, jamás, ha sido la solución en las naciones en las que se implantó. Es cierto que consiguió mejorar el nivel de vida de los rusos en un primer momento, pero es que tampoco resultaba tan difícil conseguirlo teniendo como tenían una vida realmente miserable en los tiempos de la gran Rusia de los zares.

Y luego, escasez, precariedad de vida, anulación absoluta de las libertades de los ciudadanos y adoctrinamiento. Mucho adoctrinamiento.

Los que sí que prosperaron, sin duda, fueron las clases dirigentes, militares y políticos de mayor nivel. Porque la famosa dictadura del proletariado se convirtió muy rápidamente en dictadura al proletariado y lo que fueron soviet de obreros y soldados durante la revolución rusa, no tardó en convertirse en el Soviet Supremo que gobernó con mano de hierro a la nación rusa y a los soldados rasos y los obreros que ganaron la revolución, bajo la dirección indiscutible del presidente de turno.

Es sabido que el comunismo no admite disidentes. Si no les puede convencer o amedrentar, los encarcela o los asesina. Y no es algo que diga por decir, es lo que fue y lo que sigue siendo en las naciones en las que actúa a pecho descubierto, como Cuba y en las del pro comunismo evidente, como Venezuela, China o Rusia, por ejemplo, nación, esta última, en la que los disidentes se auto envenenan o se inyectan sustancias radioactivas en vena creyendo inyectarse cocaína.

Y, señora Díaz, los soldados rusos destinados en las alambradas de Berlín no estaban precisamente para impedir que los ciudadanos del sector occidental se pasaran al oriental. Era para detener a tiros a los berlineses del este que querían huir del paraíso soviético y cruzar la barrera.

El comunismo murió con la llegada de la democracia, la cultura sin ataduras y la libertad de opción de los ciudadanos. Y murió porque ese sistema absurdo de las decisiones colectivas, absolutamente falso porque los ciudadanos no tenían opción a participar en nada, impedía el crecimiento natural de la nación porque coartaba la iniciativa y la capacidad de tomar decisiones de los ciudadanos que, solo podían obedecer y trabajar en los lugares donde les señalaban,  con e resultado que todas las naciones prosperaban mientras las de la URSS continuaban estancadas y cada vez más empobrecidas respecto a las naciones  libres

Y, por otra parte, el comunismo, en todas sus modalidades, es el sistema político que más muertes ha provocado. Con mucha diferencia. Y no solo en países que eran lejanos hace algunos años, como la China de Mao, también en otros más próximos como la Rusia de Stalin.

En un artículo publicado en mi blog el 11 de mayo de 2018, titulado “tus muertos, mis muertos, nuestros muertos”, decía que:

“….ni los muertos en China a causa de las directrices de Mao Zedong primero, y de las purgas de la Revolución Cultural. Los que fueron ejecutados por los Guardias Rojos que seguían las directrices de su famoso “libro rojo”, dirigidos por Jiang King, esposa de Mao. Y estas muertes se estimaron en muchos millones de personas. ¡Muchos millones de personas!

Tampoco se hizo nada para evitar los dos millones de muertos causados por Pol Pot y sus Jemeres Rojos en Camboya. Muertes, una economía desaparecida, y un patrimonio cultural totalmente destruido.

Ni por los más de 21 millones de ciudadanos de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas muertos bajo el mandato de Stalin. Y estos muertos, como todos, tampoco eran héroes. Fueron víctimas

Así que, querida presidenta, le deseo el más rotundo fracaso político en el gobierno de la nación porque, aunque la considero incapaz de hacer mal a nadie, el comunismo, su comunismo, es una política invasora y dañina, como las lenguas de la lava que están destrozando nuestra “isla bonita”.

Y uso esta metáfora, posiblemente impropia, con mis mejores deseos para los hermanos canarios que están sufriendo en sus carnes la furia de la naturaleza que, de vez en cuando, nos demuestra lo poco que somos por mucho que aparentemos.

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