Ha llegado lo que tenía que llegar. El Estado y los independentistas catalanes, un matrimonio que no se sostiene.

Leo en una nota de Europa Press, que “el presidente de la Generalitat, Quim Torra, ha reiterado este sábado que Cataluña debe decidir “o república catalana o monarquía española”, después de que el pleno del Parlament aprobara el viernes una resolución de JxCat, ERC y la CUP que declara Catalunya republicana y sin rey.”

¡Acabáramos! Esa especie de matrimonio de conveniencia que hemos soportado tantos años y que hemos intentado que funcionara no tiene ninguna solución. Y llegados a este punto, lo mejor, como en todos los casos de convivencia imposible, es que cada uno se vaya por su lado.

Pero no me refiero, ni mucho menos, a que Cataluña y el resto de España se repartan el ajuar y vaya cada uno a su propia casa. “No es eso, no es eso” como decía Ortega y Gasset en una situación parecida de confusión política. El Estado se queda dónde está y Quim Torra y todos los parlamentarios catalanes separatistas se van a donde quieran ir. Incluso se pueden quedar en Cataluña si lo desean. Y, por supuesto, sin ajuar.

Una de pedagogía elemental que el gobierno actual juega a ignorar. O al menos se hace el loco.

La Constitución española establece la existencia de las Comunidades Autónomas a las que se delega una parte de las funciones del Estado:

Definición de “delegar” en el diccionario de la RAR: Dar la jurisdicción que tiene por su dignidad u oficio a otra, para que haga sus veces o para conferirle su representación.

No se trata, de ninguna manera, de una cesión:

“Ceder”, según el mismo diccionario es: Dar, transferir o traspasar a alguien una cosa, acción o derecho”.

Es cierto que en el lenguaje político actual se habla de “transferencias”, término que puede provocar una cierta confusión muy al estilo de los políticos, pero si alguien tiene dudas de qué estamos hablando, puede consultar los puntos 1, 2 y 3 del artículo 150 de la Constitución que, en resumen, dicen que las autonomías son una representación del Estado en las competencias que el gobierno tenga a bien delegar y, en ningún caso, pueden apoderarse de competencias que no les corresponden.

Y como garantía de protección ante posibles excesos e incumplimientos, está el famoso artículo 155 que, en definitiva, dice que si una autonomía incumple el pacto se le pueden retirar parte o la totalidad de sus competencias hasta que se resuelva el conflicto.

Por poner un ejemplo entendible, el administrador de una propiedad o de una comunidad tiene delegados algunos de los derechos u obligaciones del propietario, pero en ningún caso puede autoproclamarse propietario de lo administrado, ni tampoco dictar normas para las que no está autorizado o que sean contrarias a la ley.

Pues bien: ya metidos en harina, mi opinión es que todos los cargos autonómicos, desde los presidentes hasta los congresistas, pasando por otros cargos de responsabilidad, consiguen dichos cargos tras unas elecciones que puede convocar la propia autonomía según lo previsto en sus competencias, pero los cargos adquiridos suponen una representación de la comunidad en primer lugar y del Estado en segundo, en su ámbito de actuación.  Y por tanto tienen el deber ineludible de cumplir y hacer cumplir la Constitución, único marco de actuación de todo este proceso

Es cierto que la permisividad del último gobierno, el anterior solo autorizó la coletilla de “por imperativo legal”, ha permitido que se escuchen fórmulas de toma de posesión que rayan en lo ridículo y lo pueril, pero en el fondo tampoco importa demasiado.

Uno es congresista o cargo autonómico según lo establecido por la Constitución y las leyes españolas  y no por decisión propia ni tampoco, como se dice tan frecuentemente, “porque lo han decidido los ciudadanos”. Naturalmente que sí, pero dentro de un contexto claro e inequívoco. Tú eres lo que seas porque el Estado ha autorizado que lo seas. Y punto pelota

Es un argumento tan falso, también aceptado de forma inexplicable por los gobiernos, de que los impuestos los pagan las autonomías. Ni de coña. Los impuestos los pagamos de forma individual cada uno de los ciudadanos, residamos donde residamos y las autonomías son, en todo caso, beneficiarios directos de parte de esos impuestos.

Volviendo al muy honorable señor Torra y a sus amigos independentistas, no hay ninguna duda de que son españoles. Han nacido en España y tienen la ciudadanía, porque de no ser así no hubieran podido ocupar el puesto que ocupan.

Podrían haberse declarado apátridas y no presentarse y no lo han hecho, por lo que desde un punto de vista legal  son españoles. Tampoco podrían haberse declarado de nacionalidad catalana porque no existe esa nación. Ya lo intentaron con el rollo de los DNI catalanes que no pasaron de ser un mero adorno, porque si tenían que realizar algún trámite oficial o cruzar fronteras no les servía para nada.

Y no hay mejor prueba que el hecho de que cuando les cita un juez, catalán o de la Audiencia Nacional, acuden a la convocatoria como los primeros. Y que cuando alguno intenta soltar sus rollos, como ocurrió en el juicio por el famoso referéndum, el Magistrado que residía la audiencia les cortaba la palabra y les recordaba que no estaban allí para soltar peroratas, sino para contestar a preguntas.

Y se tenían que callar. Recuerdo que en una de las sesiones, las vi casi todas, un listo dijo que estaba allí “por imperativo legal” y el juez le cortó con una contestación lógica e inteligente: “y yo, y todos los que estamos aquí”

Y entramos en lo que ya pasa a ser especulaciones mías. El Tribunal de la Rota de la Iglesia declara que un matrimonio canónigo es nulo cuando no se cumplen o no se cumplieron las condiciones para declararlo completo según la doctrina de la iglesia: Tienen que ir libres, no coaccionados, deben tener intención de tener hijos y no ir al matrimonio con algún otro tipo de reserva mental o moral que lo condicione.

Pues aquí deberá ser exactamente lo mismo: si los que juraron el cargo lo hicieron en falso o tenían reservas sobre respetar y hacer respetar la Constitución,  nunca “consumaron” el cargo. Es decir, desde el punto de vista Constitucional nunca fueron ni presidentes, ni parlamentarios. Aunque hayan ejercido durante años, como ocurre con los citados matrimonios cuando, pasado un tiempo, uno de los conyugues se entera de que el otro nunca quiso tener hijos.

Y como decía al principio: “llegados a este punto, lo mejor, como en todos los casos de convivencia imposible, es que cada uno se vaya por su lado”.

¿Qué haría yo si estuviera en el puesto de Presidente del Gobierno? Les haría la gran pregunta: ¿Tuvieron reservas? Es posible que digan que sí, que no, que si el pueblo catalán y otras zarandajas por el estilo, pero es una pregunta cerrada que solo se puede contestar con un sí o con un no.

Y si se atreven a decir que no por cobardía, es un hecho incuestionable que el día de ayer el Parlamento Catalán aprobó, en sesión plenaria, que  “que declaraba a Catalunya republicana y sin rey·

Blanco y en botella. Se declaran nulos los nombramientos y se convocan elecciones en Cataluña. En mi opinión, sin fundamento jurídico, podría decidirlo el propio gobierno, pero si tienen algún “miedo escénico” o dudas legales, siempre puede recurrir al Tribunal Constitucional.

Lo que no se puede admitir más, ni un solo día, ni con reyes de comportamiento impropios en lo personal, ni con ninguna otra ceremonia de la confusión, es tener como representantes del Estado a los que no reconocen al Estado. Ni un día más. Todo esto es y ha sido un fraude de ley inaceptable.

Otra cosa es que hubieran manifestado su intención de avanzar hacia un estado republicano  para que les concediera no sé qué forma autonómica. Eso sería legal. Pero lo que ha dicho no es eso. Han dicho que se manifiestan república y que no reconocen al Rey de su nación, que es España.

Podría ocurrir que convocadas elecciones los elegidos sigan en sus trece, pero para eso está el seguro del 155.

Y que conste que no pretendo, ni de lejos, ni crear conflictos, ni atacar a Cataluña como autonomía ni nada que se parezca. Es una gran región, ahora autonomía, que tiene todos los encantos de su historia, la real, de su cultura, de sus paisajes y de todo lo que puede hacer grande a una región. Pero también tiene locos fanáticos que están destrozando una parte de sus valores y consiguiendo que el resto de los españoles se formen una imagen falsa de lo que es Cataluña y los catalanes.

Tampoco quiero que se declare ilegal la Autonomía porque pueden y deben tenerla. Solo pretendo que se recupere la democracia y la legalidad real, tanto tiempo desaparecida en Cataluña por los tejemanejes de personajes chantajistas y corruptos, como Jordi Pujol y su entorno, o por descerebrados como los que actualmente controlan, aunque cada vez menos, las voluntades de los catalanes con mentiras y milongas.

Así que, mis muy queridos parlamentarios catalanes, devuelvan al Estado español esas acreditaciones que no les corresponden porque las obtuvieron con engaños.

Que así sea.

Sardanas sí, adoquines no.

Terminó la jornada de huelga en Barcelona, los radicales salvajes hicieron de las suyas otra vez, hoy es sábado, y en Valencia luce el sol.

¿Y ahora qué? Supongo que alguien, en algún momento tendrá que pensar en lo que está pasando. Los políticos por supuesto, pero también la ciudadanía, especialmente la catalana.

Lo ocurrido ayer, lo que está ocurriendo en los últimos dos años, no es más que un grandioso ejercicio de manipulación y de estrategias diseñadas con un objetivo final. Más poder y más riqueza para los poderosos catalanes. Y cuando utilizo la expresión “poderosos catalanes” no le aplico el concepto de catalanes como nación, sino a los catalanes de grandes fortunas con capacidad de decidir, manipular, intervenir en los negocios, y de transformar la Cataluña tradicional en otra más  acomodada a su voluntad y a sus intereses.

Pero, para llegar a este disparate, ha sido necesario trabajar con paciencia y sin desmayo, utilizando grandes cantidades de dinero, una parte salido de capitales privados, y otra de los Presupuestos del Estado via transferencia a la Autonomía.

La munición empleada ha sido el bombardeo de consignas falsas, populistas y mendaces. El caldo de cultivo la ignorancia política de los catalanes, por lo que veo aún mayor que la del resto de los españoles, que ya es decir.

Todos conocemos la frase “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”, atribuida a Göbbles, responsable de la propaganda del Partido Nazi primero, y del Tercer Reich después. Práctica que han utilizado y siguen utilizando sin ningún pudor nuestros muy democráticos y nobles responsables políticos, machacándonos con frases tan falsas como atractivas para la ciudadanía tipo “España nos roba”.

Ellos no serán nazis, pero a fe que utilizan sabiamente sus estrategias de propaganda.

Y han llegado más allá, mucho más allá, jugando con el lenguaje creando nuevas formas verbales para ocultar hechos, o desfigurarlos. Uno de ellos es el invento español de los últimos tiempos: la posverdad, que se define como “un contexto cultural e histórico en el que la contrastación empírica y la búsqueda de la objetividad son menos relevantes que la creencia en sí misma y las emociones que genera a la hora de crear corrientes de opinión pública

Es decir, en Román Paladino, la posverdad, una fórmula por la que la verdad de los hechos es menos relevante que el impacto emocional que causa en los que las escuchan”.

O la frase tan escuchada que define la  mala praxis periodística: “no dejes que la verdad te estropee un buen titular

Actitud tan contraria al “by fact” en el que me educaron en el mundo de la empresa privada, donde me obligaban a demostrar, sin ningún género de dudas, lo que estaba exponiendo.

Tan intransigente  que hizo que en el catálogo de las “frases hechas” de mi esquema mental, apareciera una que he utilizado muchas veces: “Nunca saques conclusiones por impresiones”. Frase que, por cierto, no sé si es mía o la he “copiado” de otro, lo más probable, pero no importa. Es clara y directa.

Y  expongo una premisa y dos ejemplos evidentes:

Tengo muy serias dudas de que en las escuelas españolas enseñen debidamente nuestro sistema de Estado, los fundamentos de nuestra democracia, la Constitución, y un mínimo de economía social. Me temo que muy poco, y tengo la seguridad de que en Cataluña, de enseñar Constitución Española, nada de nada.

A los escolares sí que les enseñan lo que es un lago, pongo por caso, y si un político les dijera que un lago es “la cima de una montaña”, no es que no se lo creerían. Es que se reirían  de él, y le catalogarían como un ignorante que, por pura lógica, perdería toda credibilidad.

Y viene a cuento por el eslogan tan repetido en Cataluña  que ha sacado a la calle a tantos miles de catalanes. “los presos políticos no han hecho nada para que los detengan, y están en la cárcel por sus ideas”.

La aceptación de este mensaje implica desconocer que los hechos demostrados figuran como delitos en las leyes españolas, y que las sentencias aplicadas se corresponden a las previstas en nuestras leyes para cada delito. Y no en su mayor rigor, porque teniendo algunas dudas, el tribunal se ha decidido por la menos dura para los condenados.

Leyes redactadas por el Congreso de los Diputados y ejecutadas por el Poder Judicial, libremente y con total autonomía. Porque no tengan ninguna duda de que la judicatura  es  otro de los poderes del Estado, una de las tres patas de la democracia, que nos permite tener la tranquilidad de que ningún crimen quedará impune si se descubre, y que todos los ciudadanos están protegidos por la ley de los abusos de otros ciudadanos.

Y, teniendo como tengo a Cataluña por una región avanzada y a los catalanes por personas razonables, con “seny”, ¿Cómo es posible lo que veo y escucho?

Solo tengo una explicación y, lamentablemente, esta vez me dejo llevar por las emociones y, en contra de mi propio criterio, no por hechos contrastados porque no estoy en la cabeza de cada catalán disidente, sino aplicando el método matemático de “reducción al absurdo”. O, como ocurre con los planetas que conocemos pese a no haberlos visto nunca, por los efectos que producen.

Así pues, y partiendo desde las consecuencias, la única explicación posible es que toda una generación ha crecido y ha sido educada en un ambiente en el que no ha reinado una verdadera democracia.

En el que la educación ha tenido un alto contenido de adoctrinamiento, en el que los gobiernos de la Generalitat sí que han intervenido en las decisiones de la justicia o en ámbitos que no les correspondían, y en donde, como en los principios de la Alemania nazi, se ha marcado a los ciudadanos como buenos o malos catalanes en función de si compartían o no  los criterios  del gobierno.

Los gobiernos de la Generalitat eran depositarios de la verdad absoluta y dirigían a los catalanes en la dirección correcta hacia esa patria de “leche y miel”, en expresión bíblica, donde los ciudadanos serían, por fin, libres y felices. Y, claro, “los malos catalanes” no hacían más que dificultar la marcha poniendo piedras en el camino.

Y no solo eso. Los mensajes de la “catalanidad” gubernamental siempre han tenido un cierto trasfondo de raza superior, de pueblo elegido, al que nunca se ha reconocido sus aportes culturales, sociales y políticos ni en Europa ni en el resto del mundo.

Así, en Cataluña se ha vivido una especie de “pax romana”, frase que también repito con frecuencia porque cada vez la identifico más en muchas sociedades, que parecía cómoda para la ciudadanía, pero que, al final, puede acabar destruyendo todos los valores de la Cataluña histórica, siempre a la cabeza de la modernidad y del progreso.

Región en continua  evolución social e industrial donde surgieron las primeras grandes industrias, los primeros sindicatos, las primeras luchas de clases hasta llegar al pacto, con diseño de gran prestigio, y una arquitectura modernista novedosa y pujante.

Y, lo que es peor, todo lo que está ocurriendo daña algo que debería ser sagrado: la convivencia.

Esa posibilidad de que catalanes de cualquier idea y de toda condición, puedan unir sus manos bailando una sardana, acunados por el tamboril, la tenora, el tible, y el resto de instrumentos de la cobla. Esa  danza casi mística que bailaron sus padres y sus antepasados, y que unía a los catalanes de cualquier lugar, como los residentes de Valencia que la bailaban rodeando la estatua ecuestre del Rey Jaime I los domingos por la mañana, y que les hacía sentirse hermanos de sangre cultural viviendo en tierra de acogida.

¿Nacionalismo? Mi respeto y mi apoyo porque todos nosotros debemos defender nuestra tierra y nuestra cultura.

 ¿Independentismo? Es una opción política a la que se tiene derecho y que se puede y se debe defender pacíficamente, como el cambio de modelo de Estado o cualquier otra opción que quepa en la Constitución Española, la que regula la forma de convivir y de conseguir objetivos políticos.

Pero defender que los políticos presos “no han hecho nada” solo puede deberse  a esa posverdad de Cataluña en la que a los catalanes les han hecho olvidar que le Generalitat es una representación del estado en su Comunidad, que se los elige según las normas de la nación española, y que, para ser nombrados deben jurar lealtad al Rey y cumplir y hacer cumplir la constitución.

Lo desleal es lo que están haciendo. Es como pedir empleo en un banco teniendo la intención de asaltarlo.

Porque los dirigentes políticos catalanes no han obtenido los cargos en una oposición, o por “insaculación”, fórmula medieval aplicada por Isabel y Fernando, no se si atreverme a decir los Reyes Católicos, para evitar tensiones, sobornos, o amenazas en las elecciones de los corregidores.

Los han obtenido en unas elecciones convocadas con un fin concreto, atender y proteger a toda la ciudadanía, y no  para representar a una parte de los ciudadanos de la autonomía.

Y del “España nos roba” casi ni quiero hablar. La España de la solidaridad  no concibe semejante eslogan, sabiendo que las regiones más ricas deben apoyar a las menos favorecidas. Porque las unas y las otras no lo son por razones ajenas a sus decisiones políticas, ni por propia voluntad. Es un hecho, por ejemplo, que Cataluña, como Valencia, es puerto de mar, y en pura lógica, ha tenido muchas ayudas del Estado para favorecer que esta circunstancia ayude a mejorar su economía, que es una parte de la economía de la nación.

Y Cataluña no sido habría “tan” grande sin la ayuda de los obreros andaluces, extremeños o manchegos que se desplazaron a aquellas tierras para ganarse el sustento. Últimamente he escuchado a algún desahogado “retuercehistorias” que los catalanes tuvieron la “generosidad” de acoger a “los de fuera”. ¿Generosidad? Si no hubiera sido por los padres de Rufián y de tantos otros, no hubieran podido salir adelante.

Y hablar del “me roba” sería como decir que en Valencia deberíamos cobrar un tributo al resto de los españoles por venir a disfrutar de nuestras playas porque somos nosotros los que las mantenemos.

Las mantenemos sí, pero tenemos un retorno económico en los gastos de foráneos que nos visitan. Y el Mediterráneo no es nuestro, ni tampoco el sol que bendice nuestras tierras.

Y ustedes han tenido la enorme ventaja de que el resto de España fuera el mercado natural de sus productos. En tiempo de los aranceles que los gobiernos de Franco mantuvieron cuanto pudieron por presión de los empresarios catalanes, y una vez aceptada España en los mercados internacionales y liberadas las importaciones, porque ya tenían conformada una industria muy potente, apoyada por el Instituto Nacional de Industria, el INI de aquellos tiempos, que les eliminaba cualquier competencia interna y facilitaba mejoras y financiaciones.

Por lo que pudieron seguir vendiendo en el mercado español, y exportar a todo el mundo.

Nadie decía entonces que España les robaba.

Y un ejemplo es la Olimpiada de Barcelona del 92, en la que yo me dejé la piel como muchos de los compañeros de mi empresa de entonces, una de las patrocinadoras. Fue un proyecto de Estado, que lanzó a Cataluña y que pagamos entre todos.

Entonces tampoco les robaba España.

Así que, amigos míos, no pongan en su boca posverdades de sus dirigentes políticos. España es una de las naciones más democráticas el mundo, sus leyes son justas, incluso excesivamente garantistas como se puede apreciar últimamente, y nadie, absolutamente nadie, está en la cárcel por sus ideas.

Y no quiero dar nombres de personajes españoles que se pasan el día ofendiendo al Rey, a la nación, a la iglesia y a todo el que se ponga por delante y viven felices y tranquilos en este país opresor. Algunos cobrando sueldos del Estado.

El mismo Qim Torra se pasa el día amenazándonos con lo que “hará”, insistiendo en sus ideas separatistas, lanzado amenazas al gobierno de la nación, y desoyendo los avisos del Tribunal Constitucional.

Pese a ello, el “molt honorable” tampoco está en la cárcel ni en la jaula dorada de su jefe y natural, el Señor Puigdemónt, porque hasta ahora, no ha hecho nada. Solo defender ideas.

Insistiendo en que el gobierno y el Tribunal Constitucional son los “de España”, y que no los reconoce. Excepto cuando le conviene. Entonces recurren, apelan, denuncian y hacen lo que haga falta.

¿Y dice que no es español? Si tiene DNI español, vive en España, ocupa un cargo público definido en el organigrama de la nación, y cobra del Estado  via presupuestos de la Generalitat, unos grandes ingresos por cierto, ¿Cuál es su nacionalidad? Blanco y en botella. Todo lo demás no deja de ser pura palabrería para enardecer a los crédulos.

Y créanme, medio millón de manifestantes no harán que la justicia cambie la sentencia y que los políticos presos por haber delinquido salgan de la cárcel.

Y si así fuera, yo me echaría a temblar porque no reconocería a mi país como Estado democrático y vería amenazada mi seguridad y mis principios basados en un Estado con normas y leyes, y con separación de poderes.

Puede que lo consiga un recurso a Europa, aunque no lo parece, pero la presión de la calle, no. Las presiones a los jueces solo han servido en el pasado hay en algunos lugares para que doblaran la vara de la justicia en favor de los poderosos de su comunidad.

¿Como la familia Pujol, pongo por caso?

Y lo escribo con el dolor del que ama a Cataluña, y de conocer el sufrimiento de los catalanes no independentistas que aman a su tierra mucho más que yo.

Por lo que recomiendo a todos los hijos de Cataluña y a los que, no habiendo nacido en esa tierra residen en ella y la sienten como suya, que liberen sus manos de adoquines, banderas partidistas y símbolos extraños al servicio del marketing de la desunión, para enlazarlas en esa sardana que acuna, adormece y vitaliza a la vez, y que invita al amor, a buscar lugares comunes, y a practicar la amistad.

Por su bien, y por el resto de españoles que sentimos a Cataluña como nuestra, y a los catalanes como hermanos.

Valencia, 19 de octubre de 2019

La verdadera historia de Ramón Berenguer IV y del inexistente reino de Aragón y Cataluña.

Estaba releyendo el  libro “El Tractat D’Almizra”, en el que se describe el acuerdo sellado en el Camp de Mirra el 26 de marzo de 1244 entre la Corona de Aragón y la Corona de Castilla que fijó los límites del Reino de Valencia, y en el que se cita en varias ocasiones a Ramón Berenguer IV como el “Príncipe de Aragón”, cosa que es cierta, pero que puede crear cierta confusión porque parece abundar en la teoría de los “historiadores” catalanes que defiende la existencia del reino de Aragón y Cataluña.

Por cierto: estos acuerdos se firmaban para repartir las futuras conquistas de cada uno de los negociadores. No era un reparto de tierras, era un pacto sobre qué tierras podía conquistar cada uno.

La verdad histórica sobre el supuesto reino de Aragón y Cataluña es la siguiente:

Alfonso I de Aragón, “el Batallador”, Rey de Aragón y de Navarra, había legado todos sus reinos a las Órdenes Militares (Templarios, Los Caballeros de San Juan, y los del Santo Sepulcro), cosa que no aceptaron los nobles de Aragón que vieron perjudicados sus intereses y se conjuraron en Huesca para nombrar Rey al hermano de Alfonso, Ramiro.

Ramiro, de vocación religiosa, era obispo de Roda-Barbastro, y es allí donde recibió la noticia de la muerte de su hermano, y la notificación de que era el nuevo Rey. El que pasó a la historia como Ramiro II “el Monje”.

Hubieron algunos movimientos en Navarra para nombrar otro heredero, y el mismo Ramiro intentó una solución via Navarra que no fructificó, pero esa es otra historia.

Y tampoco viene a cuento, aunque es una historia ilustrativa de cómo era la sociedad de aquellos tiempos, el cómo resolvió una rebelión de parte los nobles, que le amenazaron tan gravemente que tuvo que huir refugiándose en el monasterio de Besalú.

Ramiro, aconsejado por un antiguo abad, regresó a Huesca anunciando a los nobles rebeldes que iba a construir una campana tan grande que “se escucharía en todo el reino”.

Los rebeldes quisieron reírse del Rey y posiblemente acabar definitivamente con su vida, y acudieron a la invitación de ver la famosa campana. Pero conforme entraron en la estancia por una puerta estrecha, yo la he visto personalmente, les fueron degollando uno a uno mientras el Rey decía, más o menos, que “esta campana sí que se escuchará en todo el reino”

El caso es que el resto de la nobleza se aterrorizó y Ramiro se consolidó como Rey de Aragón. Esa fue la solución de un rey-monje, que se supone era mucho mejor y más caritativo que el resto de sus coetáneos.

Un Rey sin vocación de serlo, pero consciente de sus responsabilidades, una de las cuales era proporcionar descendencia, para lo cual se casó con Inés de Poitou, una viuda con dos hijos, que fue escogida por su evidente fertilidad. Es de suponer que para ello tuvo que pedir licencia al Papa, pero lo cierto es que la historia no tiene constancia de que fue de Inés una vez que alumbró a Petronila, la única hija de Ramiro II.

Pero Ramiro quería volver a su vida monacal sin desamparar a la corona, por lo que buscó una solución original.

Observó a los jóvenes gobernantes de la época, y decidió que Ramón Berenguer IV, Conde de Barcelona, era la persona ideal para sus propósitos, por lo que después de varias entrevistas y negociaciones, le propuso matrimonio con su hija Petronila, que entonces solo tenía un año de edad, bajo las siguientes capitulaciones:

Ramiro II continuaba siendo el Rey, pero apartado de la política y de sus funciones, que delegaba en Ramón Berenguer, aunque la línea dinástica se mantenía en Petronila, a no ser que falleciera antes que su marido sin hijos y también hubiera muerto Ramiro, en cuyo caso Ramón Berenguer sería Rey de Aragón con todos los poderes y prerrogativas de una herencia legítima.

Fue lo que se conocía como “casamiento en casa”, una peculiaridad del derecho de Aragón, según el cual el esposo aceptaba que fuera el suegro el señor de la casa, y al que se sometía desde el momento que se casaba con su hija. Y que sería ella la que transmitiría el patrimonio familiar.

Lo cierto que tal matrimonió fue un acierto, que Ramiro pudo dedicarse a la religión y que Ramón Berenguer fue un “rey delegado”  que ejerció su responsabilidad con mucha solvencia.

Y que fue su hijo Alfonso II quien heredó el reino de Aragón, pero porque era hijo de Petronila. Alfonso II, el hijo de ambos, ejerció como Rey de Aragón y Conde de Barcelona porque este segundo título lo heredó de su padre.

La conclusión es que nunca existió un reino de Aragón y Cataluña, aunque es cierto, como ya he dicho, que Ramón Berenguer IV, Conde de Barcelona, participó muy activamente y con acierto en el reinado de Ramiro II siendo esposo de Petronila.

Y que sí que hubo un Rey, Alfonso II, que lo fue de Aragón y Conde de Barcelona, como también Marqués de Provenza.

Y esa, por lo que conozco, es la verdadera historia de Ramón Berenguer IV y el Reino de Aragón.

Y que no es necesario inventar falsas grandezas de Cataluña. Ramón Berenguer fue un catalán ilustre, un excelente legislador, que influyó de forma notable en la historia de su época.

Y que el título de “Príncipe de Aragón” fue una manera de definir a quien no era Rey, porque lo era Ramiro II, ni tampoco Rey consorte.