Si hubieran ganado “los buenos” hace 82 años.

Por fin, después de leer y escuchar tantas cosas y tan graves, en buena parte reales, sobre la represión después de la maldita guerra civil, me han convencido del gran error, la broma de mal gusto que nos jugó la historia haciendo que ganaran los sublevados.

Porque, ahora estoy seguro, de haber ganado el bando republicano, todo hubiera sido una balsa de aceite. Un mundo de amor y perdón en el que los vencedores habrían recibido a los vencidos con aplausos y ofreciéndoles tabaco para fumar, vino para beber, pan para comer y un abrazo para perdonar.  

Lister, el Campesino y los generales de la guerra habrían ordenado a sus tropas que recibieran con abrazos a los que habían sido sus enemigos y les manifestaran comprensión y afecto. Actitud que solo superarían los batallones anarquistas que antes les habían combatido a sangre y fuego.

Los responsables de las muchas checas que se abrieron por toda la geografía nacional habrían liberado de inmediato a los detenidos y localizarían a los familiares de los que habían asesinado para indicarles en qué lugar les habían enterrado y poder así recuperar sus cuerpos.

Los que antes sacaban de sus casas a los muy peligrosos enemigos de la patria para fusilarles en alguna cuneta, se dedicarían a trasladar a los vencidos a sus pueblos para que pudieran reunirse con sus familias.

Ningún juicio sumarísimo, ningún fusilamiento, ninguna represión, ninguna causa general. Ningún prisionero para construir carreteras o “valles de los caídos”.

El día de la victoria hubiera sido el de la auténtica paz, el de demostrar al mundo que la reconciliación es posible y que, por fin, un bando vencedor lo había demostrado con hechos.

Naturalmente esto es una ficción dramática y triste. Ficción que no pretende más que afirmar que no, que el mundo de las posguerras no está compuesto de buenos y malos, solo de vencedores y vencidos. Y que los vencedores siempre son crueles. Puede que unos más que otros, pero lo son más los que también lo fueron durante las guerras.

Maldita sea. Estoy harto, muy harto, que se continue demonizando y/o santificando a unos u otros según una visión ideológica, casi irracional de hechos que nunca debieron producirse y en el que participaron seres humanos, la mayoría forzados a hacerlo, que ni la causaron, ni la quisieron y en las que no se les había pedido nada. Relato que, en algunos casos, demasiados, solo obedece a campañas de marketing que pretenden beneficiar a determinados partidos políticos, partidos carroñeros, con relatos falsos o exagerados de algo que sucedió cuando casi nadie de los protagonistas vive en la actualidad.

Hace ¡ochenta y dos años que terminó! y todavía continúa la matraca de los empeñados en que solo unos fueron los malos y que, además, lo fueron hasta unos niveles de crueldad desconocidos hasta el momento. Y que los otros, los sufridores, los que perdieron eran buenos y defendían causas románticas y luchaban por nuestras libertades.

Y es cierto que hay relatos reales de hechos sucedidos, pero, curiosamente, solo se refieren a uno de los bandos contendientes. Como si “en el otro lado” no hubiera ocurrido nada punible, nada condenable.

Váyanse a paseo. ¡claro que los vencidos eran buenos! Pero no lo fueron quienes les obligaron a salir de sus pueblos para empuñar fusiles que no querían empuñar y matar a enemigos que ni lo eran ni nunca lo habían sido.

Comentario que, estoy seguro, no servirá de nada. Pero, al menos, permítanme el desahogo.