La pandemia que nos vino

Hace días, cuando comenzó la pandemia y el gobierno empezó a tomar decisiones, llegué a la conclusión de que  no debía hacer comentarios sobre su actuación porque pensaba y sigo pensándolo, que es momento de acatar y no de discutir. Que tiempo habría para todo.

Pero resulta que es el propio gobierno el que ha levantado la veda con alguna de sus decisiones. El gobierno y la formidable máquina de propaganda de la izquierda que hizo que Aznar fuera el culpable del desastre del Prestige, que Rajoy lo fuera de la infección de una persona en la crisis del ébola, o del sacrificio del perro de la infectada que justificó multitud de manifestaciones en toda la nación. Que todo lo malo que ocurre en la faz de esta España nuestra tiene un origen evidente y comprobado: Los gobiernos de la derecha.

Esos movimientos de la izquierda más ultra que aseguran sin rubor que gran parte del problema actual viene por los recortes en sanidad. Como si la sanidad no hubiera seguido funcionando con normalidad hasta hace cuatro días, o como si esta pandemia fuera previsible a largo plazo. Y consiguen, otra vez, titulares en los periódicos y encendidas proclamas en las emisoras de radio y televisión más afines a la izquierda montaraz tratando de justificar lo injustificable.

Vaya por delante que el presidente del actual gobierno no ha sido el que  ha traído el virus a España, como tampoco fue Zapatero el causante de la crisis económica de su momento. Pero ambos tienen algo en común: la falta de decisión y la ausencia total de liderazgo de cada uno de ellos ha provocado que las medidas preventivas o las soluciones, o se retrasaran o se complicaran. Sin ninguna duda.

Muchos consideramos que el presidente, mimbres propios aparte que los tiene, es un producto del marketing político. Una criatura modelada por Iván Redondo, contratado para hacerle presidente a cualquier precio y sin más condicionantes que los necesarios para asegurar la connivencia del mercado objeto formado por independentistas, podemitas, proetarras, PNV y cualquier bolsa de votos con posibilidades de ser comprada o que admita trueques.

Porque es notorio que el Señor Sánchez nunca ha querido nada con  la llamada “derechona” por sus coros mediáticos, otro de los hallazgos lingüísticos del muy evolucionado idioma de los “progresistas”. Y no ha querido porque sabe que a esos partidos de la derecha corrupta  no los puede comprar con dádivas, sino con pactos de gobierno. Y en ese escenario no hubiera tenido más remedio que aceptar algunas condiciones que limitarían parte de sus proyectos.

Y como consecuencia se compuso un gobierno “bonito” con una mínima capacidad de gestión por falta de talla de la mayoría de sus ministros. Obedientes unos, muy de “follows the leader”,  representantes de varios grupos sociales  incluso de tendencias sexuales, otros. Porque tratándose de marketing nada es casual. Ni el más mínimo gesto.

Y luego están los podemitas, a los que creía poder controlar dándoles ministerios floreros y tareas de andar por casa. Suposición que resultó vana muy desde el principio porque Pablo Iglesias formación y capacidad de gestión no tendrá, pero codos para abrirse paso en la política y capacidad para hacerse visible en cualquier situación le sobran. Y porque, como político, tiene bastante más talla que su muy querido (¿?) presidente,

Y el resultado es que, como he comentado en algunos cortos titulados ”el zorro cuidando las gallinas”, los podemitas del consejo de ministros le han ganado en presencia y titulares en alguna que otra ocasión. De hecho siempre que han tenido oportunidad. Aunque sea con ocurrencias aprobadas en consejo de ministros como la que anunció ayer la de trabajo: “se prohíbe por decreto despedir a ningún trabajador”.

Sabiendo como sabe el Señor Sánchez que es una decisión absurda, inconstitucional y poco práctica. Porque en la situación actual las empresas solo tienen tres opciones: Un ERE temporal, un ERE definitivo, el despido de trabajadores o el cierre de empresa. Porque si una empresa de cinco empleados no puede despedir a dos para subsistir, solo le quedará bajar la persiana.

Me tranquiliza ver que la ministra ha contado con el respaldo incondicional de Pepe Álvarez Suárez, ese cerebro privilegiado dominador de la economía y con amplia experiencia como empresario. Este país no avanzará nunca si los cuadros dirigentes de entidades de tanto peso como son los sindicatos y tantas otras  del mundo de lo “paraestatal”, están en manos de vividores y/o supervivientes como el Señor Secretario General de la Unión General de Trabajadores. Para nota.

Consejo de ministros, decía, que ha completado la literalidad de los nuevos cánones y las cuotas exigidas por el feminismo, el independentismo y el Partido Socialista de Cataluña, que tampoco es moco de pavo. También es cierto que ha reservado dos o tres carteras para gente de más fuste, supongo que por la necesidad de disponer de alguien con capacidad de tener presencia en la Comunidad Europea y otros foros extranjeros y para contar con un mínimo de credibilidad en el mundo empresarial.

 Así pues Iván Redondo cumplió su objetivo y, como recompensa y para que pudiera seguir manejando los hilos del guiñol, se le nombró plenipotenciario en la sombra, fuera del control del parlamento y manejador de personas y situaciones.

Pero a este gobierno de diseño configurado para engrandecer la ya muy engrandecida figura del líder, le ha sobrevenido una situación impensable hace meses en la que toda capacidad de liderazgo, excelencia en la gestión y firmeza en la toma de decisiones sería poca.

Situación que  arrancó con un presidente de gobierno desaparecido durante días y que cuando apareció, declarada ya la crisis sanitaria, me defraudó tanto su mensaje que en un arrebato de desilusión escribí algunas cosas que me hubiera gustado escuchar del presidente del gobierno en un papel de “líder necesario”:

Dado que estamos en situación de emergencia nacional he decidido dejar en segundo plano y de forma temporal a una parte de las carteras ministeriales, potenciando un gabinete de mínimos integrado por los ministerios de Sanidad, Defensa, Obras Públicas, Economía, Hacienda y Asuntos Exteriores.

Por las mismas razones, falta de necesidad en la situación actual,  he ordenado el cese inmediato de todos los asesores de los políticos en activo en todos los estamentos del Estado: Gobierno, Cortes Españolas, Senado y Comunidades Autonómicas. Todas las funciones asignadas a estos asesores serán asumidas por funcionarios de cada uno de los niveles afectados. (Esto como ejemplo de austeridad en previsión a la que nos viene, naturalmente)

Tengo la intención de convocar de inmediato a los líderes de los partidos políticos para consensuar un programa de acciones para hacer frente al problema sanitario y al  económico subsiguiente. Un plan de largo recorrido que facilite la recuperación de la nación en el menor plazo posible, que no debe ser superior a tres años.

Siendo el gobierno de la Nación quien ha decidido el cierre temporal de la gran mayoría de las empresas agrupadas como PYMES, todas las afectadas por esta medida quedan exentas de pagar a la Hacienda Pública todos los impuestos y cargas fiscales a las que están obligadas mientras se mantenga la orden de cierre.

Así mismo hemos convenido que los trabajadores incluidos en las plantillas de las empresas cerradas obligatoriamente que fueren despedidos por falta de actividad laboral, pasen a cobrar el subsidio de desempleo con carácter inmediato aplicando un trámite acelerado extraordinario para legalizar la nueva situación

Estas, repito, y algunas otras que también escribí son las palabras que hubiera esperado de un auténtico líder.

Estos textos en cursiva los escribí  el pasado día 18 de este mes, pero decidí no publicarlos porque, como decía anteriormente, pensé que era momento de atender las decisiones del gobierno y no crear más confusión entre los pocos que puedan escucharme. Ni siquiera me amparé en el clásico “acato pero no comparto” y me limité a acatar sin más comentarios

Pero ahora es el gobierno el que ha roto las reglas de juego porque el presidente ha pasado de no aparecer en días, a largarnos unas arengas televisivas larguísimas e innecesarias por  falta de contenido,  con el único objetivo de  justificar sus acciones, incluso antes de que nadie de la oposición le hubiera pedido explicaciones políticas de forma apremiante.  Oposición que, por cierto, apoyaron en bloque las decisiones del gobierno con muy pocos “peros”, hasta el debate de ratificación de la ampliación del aislamiento, primera vez que el Partido Popular, Ciudadanos y Vox le cuestionara decisiones de forma más concreta. Debate que, como todos los que puedo, lo seguí en directo hasta la madrugada para que nadie me cuente lo que allí sucedió según su versión más o menos interesada.

Y, como decía, toda la verborrea absurda modelo venezolano no tenía otro objeto que curarse en salud alabando sus decisiones y comparándolas, con datos falsos, con las tomadas por “otros gobiernos” que, según su versión,  lo habían hecho peor. Afirmación totalmente inexacta si exceptuamos a Gran Bretaña, dirigida por un presidente todavía más demagogo y menos previsor que el nuestro.

Es decir: Es evidente que en plena crisis y teniendo el problema que tenemos, el marketing de Iván Redondo ha vuelto a la política.

Parece que alguien en el entorno del gobierno cree que de esta situación sanitaria y del gravísimo problema económico que va a crearnos, se puede salir sin un gobierno de concentración de los grandes partidos. Y no importa quien lo dirigiera, porque lo mismo diría si fuera el PP el que gobernara en este momento.

Y si alguien está preparando un relato de “Sánchez el Salvador”, el que “nos libró de la crisis sanitaria y nos recuperará de la económica” es, como mínimo, un insensato. Los grados siguientes son loco y peligro público. Esto no es como desenterrar a Franco y “traernos la democracia plena”. Aquí hay muchísimo en juego y hace falta un gobierno que ponga pie en pared a la hora de tomar decisiones por muy duras que sean, que se deje de adornos, fruslerías y políticas de aulas de universidad y que se apoye, negociando y colaborando, con los otros gobiernos de la Unión Europea.

Y en esta línea de seguir “a lo suyo”, el señor presidente nos ha colado de rondón, en plena crisis y con toda la ciudadanía pendiente de otras cosas, el nombramiento del Señor Iglesias para su cargo en el CNI. ¿Hacía falta hacerlo en este momento? Y también un “no sé qué” sobre posibilidad de amnistiar a presos. ¿Tocaba?

También ha permitido, demostrando una evidente falta de coherencia y de autoridad, que el vicepresidente Iglesias rompiera la obligación de aislamiento que ellos mismos han ordenado a la ciudadanía. Y digo falta de autoridad porque no hay duda de que ha sido el propio Señor Iglesias quién ha tomado la decisión. Y cuando se ha preguntado a un buen profesional, como es Fernando Simón, ha dicho que “pueden darse circunstancias especiales”, contestación claramente preparada que nunca diría un virólogo de motu proprio.

Hemos visto que en estos días el gobierno ha cambiado de criterio en varias ocasiones sobre el abastecimiento de material sanitario y otras materias de logística o de prioridades sanitarias, pasándolo de ser responsabilidad autonómica a ser competencia centralizada hasta que, al final, no se sabe si ha dejado las cosas como estaban al principio o ha parido un híbrido complejo que ha demostrado ser muy poco eficaz.

El problema no es el cambio de criterio en esto y en otras cosas, porque quien toma decisiones puede equivocarse y tiene el derecho y la obligación de rectificar. Lo lamentable es que en cada cambio ha flotado un “yo no he sido” del gobierno, incluso un “han sido otros” más directo. ¿Importan algo las culpabilidades cuando lo que se necesita son soluciones? La culpabilidad de cada cual ya se estudiará más adelante, que ahora no es tiempo de perder energías ni distraer la atención en temas menores.

Y destaco sin ninguna reserva la tarea que está realizado la ministra de defensa al frente de las Fuerzas Armadas que están demostrando una excelente preparación y una magnífica cooperación con todos los estamentos. Y no lo digo porque Margarita Robles me resulte especialmente afín. Lo digo porque es un hecho constatado que demuestra la diferencia entre ministros que saben gestionar y los que solo saben figurar.

Todo esto y en nuestras carnes, está siendo la prueba del algodón para un ministro de sanidad, profesor de filosofía en su vida “real”,  que hace lo que puede pero que está abrumado por la que le ha caído encima, a él y a todos los figurantes del gobierno, incluido el propio presidente.

Sustituir al ministro actual por otro con solvencia demostrada en situaciones de crisis debería haber sido la primera decisión del presidente del gobierno. Que haberlo los hay y muchos, en el propio PSOE, en otros partidos políticos o en el ignorado mundo de los independientes.

En cuanto a las ruedas informativas de cada día, se han convertido en un rosario de “prontos”, “próximamentes”, “estamos preparando” o similares. La gente, nosotros, necesitamos hechos concretos, y si no hay seguridades, para decir vaguedades, mejor dar los datos escuetos, incluso cuando son los periodistas los que preguntan.

Sin cejar en el empeño de achacar parte del problema a terceros. Quizás el ejemplo más palmario sea el de las residencias de ancianos a las que, aprovechando algunos escándalos puntuales surgidos en tiempos pasados, parecen hacer responsables de la muerte de los residentes por dejación o abandono.

Acusación falsa y torticera, porque las residencias son hogares y no centros hospitalarios y porque nadie les advirtió de lo que iba a ocurrir cuando el gobierno ya lo sabía. Porque si lo hubieran hecho en el mes de febrero, los responsables las hubieran aislado, hubieran protegido a los empleados y la mortalidad por el virus, precisamente por ser centro cerrados,  hubiera sido mínima.

En cuanto a las estadísticas, creo que están tratando de ocultar incluso ofreciendo datos objetivos, la gravedad de la situación y esa puede ser una de las razones de que la gente haya tardado en concienciarse. La realidad es que nosotros no somos ni el tercer, ni el cuarto más perjudicado del mundo. Todos los que hemos trabajado con datos conocemos la necesidad de cruzar varios de ellos. Sin embargo, en la comparecencia de cada día los portavoces de sanidad se limitan a lanzar cifras absolutas de contagiados, fallecidos y curados, que se comparan con las de otros países. Y así, pese a tratarse de datos horribles en sí mismos, no salimos tan mal en la foto.

¿Qué pasaría si se aplicara el porcentaje de cada una de estas cantidades sobre el total de la población española y de cada una de las naciones con las que nos comparamos, Italia o China por ejemplo? Que los resultados serían mucho más alarmantes.

Lo mismo que el ratio de personal sanitario infectado sobre el total  de infectados, que está alcanzando el 14 %. ¿Qué ha podido ocurrir, que se ha hecho mal, para que nuestros sanitarios se hayan contagiado de forma tan escandalosa?

La primera conclusión es que muchos de ellos se han contagiado sabiendo que podía ocurrirles, pero ha podido más en ellos el deber profesional y la generosidad que su seguridad personal. Y por eso les aplaudimos cada día a las ocho de la tarde.

Y la segunda es que los responsables de la sanidad no han sido capaces de abastecerles del material de protección necesario para evitarlo. Mal, muy mal por ellos.

En resumen. Insisto en que el gobierno no ha traído el virus y añado que no quisiera estar en la piel del Señor Sánchez porque lo estará pasando muy mal como responsable del gobierno y también en lo personal porque tiene a familiares y amigos infectados.

Y porque ha tenido que tomar decisiones muy duras, necesarias hoy, pero que le habrá dolido mucho tomar por muy caudillo que se considere. Y que daría la piel y posiblemente bastante más por disponer de una varita mágica que solucionara el problema aunque le costara el cargo.

Pero el hecho objetivo es que desde diciembre del pasado año todos los gobiernos del mundo, incluido el español, sabían lo que estaba ocurriendo en China. Y ni España ni algunas otras naciones hicieron nada.

Que en enero se supo que la cosa era seria y prácticamente tampoco.

Que cuando Italia empezó a alarmar a todo el mundo, se comenzó a hacer algo.

Que conociendo como conocíamos lo que ocurría en Italia cada día, el gobierno español tomó las mismas decisiones que  el italiano, pero con días de retraso.

Y la conclusión es muy sencilla: Cuando en nuestro país tenemos semejante nivel de contaminación y de muertes es evidente que algo se ha hecho mal, o al menos mucho peor que en naciones como Corea del Sur, Alemania o la misma China.

Nadie tendrá la culpa en lo personal, nadie quería que ocurriera, pero semejante caos necesitará un análisis muy desapasionado de los hechos, que no podrán hacer los responsables actuales en el gobierno, y no se si los partidos de la oposición que quizás no hayan presionado como merecía la ocasión. Y porque todos ellos manejas foros dirigidos para obnubilar a la opinión pública.

Pero esta vez no podemos dejarlo. Esta vez si que “nunca máis”. Nos jugamos demasiado

Lo ocurrido y sus consecuencias superan al mundo de la política. Ellos son los responsables de resolver estas situaciones, sí, pero la evidencia demuestra que esta clase política, la de ahora, con este control absoluto sobre la sociedad y con este desparpajo para hacer y deshacer a su antojo no son los más indicados.

Es necesaria la gran reflexión, un nuevo pacto de la Moncloa. No para definir modelos de Estado ni cosas semejantes, sino para llegar a un consenso sobre que tipo de sociedad queremos, con que valores, con que limitaciones en nuestro “bienestar” actual, tan a corto plazo que está destruyendo el mundo. En que armas necesita la democracia para controlar a los grandes capitales o a los poderes fácticos.  

Y si no hacemos algo, volveremos a las improvisaciones y los desmadres que cuestan vidas y destrozan la economía.

Siento mucho verme obligado a escribir estas reflexiones, pero ha llegado el momento de exigir soluciones para hoy y para mañana.

Sin dejar de obedecer, con disciplina y sin ninguna reserva, las instrucciones del gobierno.