El verdadero perfil del Presidente Sánchez

Los que seguimos la trayectoria de nuestro presidente siempre hemos pensado que detrás de ese aspecto tan cuidado de “guapo” y de hombre dialogante había bastante más de lo que parecía.

Llegar a donde ha llegado después de todos los obstáculos que ha tenido que superar y las zancadillas que ha soportado denota, sobre todo, una voluntad de hierro, una autoestima desbordada, más moral “que el alcoyano” y una actitud de tierra quemada por la que sus adversarios han ido mordiendo el polvo inexorablemente.

Y en el caso de sus compañeros de partido, muchos de ellos han sido apartados de la vida política por el simple hecho de no ser de su cuerda, pese a que algunos de los desaparecidos estaban en edad y sabiduría para ser útiles al país, al partido y a él mismo. Quizás porque temió sus perfiles políticos y su experiencia en la gestión pública.

Y no quiero con esto demonizarle especialmente porque los de más edad hemos conocido como se las gastaban Felipe González, Aznar o Zapatero. Excluyo o atenúo la dureza personal en el caso de Rajoy porque creo sinceramente que ha sido el Jefe de Gobierno más negociador y menos egoísta de los que he conocido. Y seguramente habría sido un gran presidente si después de toda una vida de buena gestión en los cargos que desempeñó, no le hubiera tocado serlo en el peor momento. Y puede que su buen talante y la carencia casi absoluta de “mala leche” fuera la causa de su poca solidez como líder.

Solo que en todos los anteriores había un mayor interés en compatibilizar sus intereses personales y de partido con los de la nación que gobernaban. Incluso en el caso del iluminado Zapatero, padre de la actual criatura política pero con motivaciones totalmente diferentes. Zapatero, el de los treinta y nueve viajes a Venezuela, es un idealista iluminado.  Sánchez es, dicho en castizo, un “trepa” con muchas hechuras.

Y ha sido su egocentrismo, su ambición y su tenacidad lo que le ha permitido ser “califa en lugar del califa” tanto en el partido como en el gobierno de la nación. Objetivo, la permanencia en el cargo, que sigue teniendo incluso en momentos tan dramáticos.

Pero, mira tú por donde, ha tenido la mala suerte de nuestra mala suerte y de que el país se vea atacado por un enemigo formidable, de estrategias poco conocidas, que ya se ha cobrado miles de vidas, especialmente de nuestros mayores y de trabajadores públicos como personal sanitario, Fuerzas de Seguridad, Fuerzas Armadas y tantos otros encargados de cuidarnos.

Y esta circunstancia ha puesto a la luz lo que muchos sospechábamos. Que no es un político de la talla de Felipe González, de Aznar y ni siquiera de Zapatero. Que tras su fachada de guapo y de personaje “amable” que se había fabricado, hay poco más. Y a los hechos me remito.

Ni se me ocurre decir que ha sido el responsable de esta catástrofe porque ni soltó el virus ni ha sido más inconsciente que otros presidentes de gobierno, pero es un hecho incuestionable que ha sido lento y poco valiente en tomar decisiones. Y no por falta de valor, porque para otras cosas no le ha temblado el pulso, sino, en mi opinión, porque ha estado sopesando en cada momento no solo lo que debía hacer como presidente, sino también como afectaría cada decisión a los apoyos que necesitaba de Podemos y de los que le soportan en el cargo.

Y así, conforme avanzaba la crisis sanitaria, se complicaba la situación y nos adentrábamos en la terrible crisis económica que tenemos encima, se ha mostrado cobarde, a la defensiva, tratando de enmascarar los hechos y de compartir las culpas con quién hiciera falta.

Y se ha equivocado rotundamente, seguramente porque le falta talla política suficiente para tomar las riendas del problema y ha confiado en quien no debía confiar.

Y digo que se ha equivocado porque una nación que salió a la calle porque se sacrificó a un perro, en el caso del ébola, ha estado callada y sin acusarle de nada  durante este desastre y porque la oposición, que le ha reprochado con más o menos dureza según partido algunas de sus decisiones, hasta ahora le ha respaldado sin fisuras en lo relacionado con frenar el contagio del virus,

¡A la hoguera! Claman los afines contra VOX, el PP y Ciudadanos. ¡Crucifícalos!

Cuando las críticas, excepto las de VOX que probablemente se ha pasado de frenada, son pecados veniales si las comparamos con las trifulcas parlamentarias  y la dureza de las sesiones en momentos de relativa calma en España. Que se lo pregunten a Alfonso Guerra o a los líderes de AP primero y PP después. O al partido Comunista que se las tenía tiesas con el PSOE. La diferencia es que en aquellos tiempos nadie esperaba fidelidad y acatamiento al líder.

O el vuelco político que provocó el cambio de gobierno tras el atentado del 11M, cuando el que entonces era titular no había puesto las bombas y la única acusación posible, magníficamente aprovechada como suele hacer la izquierda desinhibida de este país, fue el eslogan “no podemos tolerar un gobierno que nos miente”.

Y “el que nos miente” fue el ministro Acebes que, nervioso, desconcertado y agobiado por la prensa y la oposición, que en ningún momento manifestó un apoyo incondicional al gobierno, se contradijo en varias ocasiones. Primero dejó caer que había podido ser la ETA, como también lo pensó el PNV por cierto y desde este punto de partida se dijo y desdijo en varias matizaciones poco demostradas, lo que provocó manifestaciones masivas y “espontáneas” en la sede del PP. Fue el único baldón político que le asigno al, para mí muy admirado, Alfredo Rubalcaba.

Renuncio en el que nunca hubieran pillado a gobiernos con solera democrática, como el de Gran Bretaña, que cada vez que se produce algún atentado no proporcionan ninguna información hasta que están seguros de los hechos. La prensa especula pero tiene mucho cuidado con lo que publica, y la oposición no acosa al gobierno hasta saber qué es lo que ha ocurrido realmente. Luego sí, claro, y si han hecho algo mal se lanzan a la yugular del responsable político. Que, ¡que cosas! normalmente dimite.

Y lo que digo son hechos sucedidos, no hipótesis ni fabulaciones mías

Y por eso digo que al Señor Sánchez le ha faltado talla política y valor. El Señor Macrom y otros líderes políticos, por ejemplo, han reconocido errores. El Señor Sánchez, que acaba de redescubrir el “Españoles…” de Franco o las arengas de Maduro como lo fueron las de Fidel Castro en la forma y en el fondo, se mete en nuestros hogares de forma impúdica para explicarnos en cada ocasión la “excelente” actuación de su gobierno, muy por encima en eficacia a la de otros países, pese a que tengamos el porcentaje de muertos sobre población más alta del mundo y, eso que no falte aunque lo sepamos sobradamente, lo que debemos a los profesionales de la sanidad y a todos los organismo dependientes del Estado.

Que deberles sí que se les debe. A los ciudadanos en general y a los responsables de la sanidad de todos los niveles.

Y en estos dimes y diretes ha quemado a personajes valiosos, como Fernando Simón, al que le obligan a tratar los asuntos con un evidente tinte político cuando seguro que le gustaría hablar como epidemiólogo que es. O al propio ministro de Sanidad, nombrado “por cupo”, filósofo de profesión y que sin comerlo ni beberlo quedará “marcado” por algunas de sus intervenciones. Y nos ha “echado” encima al Señor Tezanos ¡que vergüenza! para que nos explique que los españoles “queremos” que la oposición, la ciudadanía y todo bicho viviente que se mueva debe obedecer al gobierno, siendo el Presidente Sánchez el “único” que nos puede sacar de esta. Sin rechistar y sin críticas en los medios de comunicación no subvencionados.

Y lo último, lo que no haría ningún verdadero líder del mundo de la política o de la empresa privada es excusarse en sus asesores. “Hacemos lo que nos dicen nuestros asesores”, comentó literalmente el otro día. Todos los grandes dirigentes tienen asesores, como no, a los que consultan antes de tomar decisiones, pero la decisión solo es del dirigente. Y ellos mismos se encargan de dejarlo claro, rotundamente y sin ninguna duda. Porque es uno de los signos que identifican  al líder.

No me imagino a la Señora Botín diciendo en una junta general que toma decisiones porque así lo dictan “los asesores”. Jamás lo escuché de mis directores en la multinacional en la que trabajé. Mis directores decidían lo que decidían y nunca supimos si era por consejo de tal o de cual o por propia convicción. Tampoco escuché cosa semejante ni de Felipe González, ni de Aznar ni de Zapatero. Nunca se buscaron “escudos protectores” que, por otra parte, nunca le servirán para nada.

Hay muchos estilos de liderazgo, pero se pueden resumir en dos. El que se apoya en la autoridad del cargo y el que, teniendo el cargo, es líder por su prestigio personal, los “pata negra”, o por su prestigio profesional, que también son buenos.

Y en el caso del presidente está muy claro que pertenece al primer grupo. Se siente cómodo con su equipo de gobierno que ni le rechista, a excepción de Podemos con los que no ha conseguido controlar la situación, y conecta con frecuencia con los presidentes de autonomías que, aunque le presenten objeciones, realmente están subordinados al Estado o, lo que es lo mismo, al Presidente del Gobierno.

Y también está cómodo, muy cómodo, con un micrófono en la mano sin nadie que le contradiga.

Sin embargo uno de sus grandes errores es que todas las decisiones que está tomando las anuncia sin haber consultado con los líderes de la oposición. Y es porque es un terreno que le resulta muy incómodo ya que no tiene control ni sobre ellos ni sobre sus reacciones. Y que no es lo mismo anunciar decisiones como “hechos consumados”, que después de tener un “no” o un “sí, pero” de la oposición. Porque sabe que ni les puede convencer a base de palabras y gestos para la galería, ni tampoco puede controlarlos. Por eso, mejor que se enteren por la prensa o por los “aló presidente”.

Porque cuando falta base se hace lo que se puede. Y el Señor Sánchez no es un tiburón que señorea su territorio con seguridad y sin que nadie se lo dispute. Es un calamar que cuando se ve amenazado lanza su tinta para ver si con ese camuflaje consigue que no se sepa ni donde está ni lo que está haciendo.

Y mientras, el pueblo continúa cumpliendo con su obligación y obedece las órdenes del gobierno con muy pocas excepciones. Y los autónomos cerrando persianas que no saben si podrán levantar, y el sector turismo perdiendo el año, y los alumnos también, o salvándolo de mala manera.

Nosotros, los ciudadanos, no hemos consultado con nuestros asesores. El gobierno nos ha dado una orden y la estamos cumpliendo.

Esta es una frase sacada del “Cantar del Mio Cid” que seguramente nunca pronunció Rodrigo Díaz de Vivar, pero es muy buena y muy ilustrativa de la actualidad: ¡Dios, qué buen vassallo! ¡si oviesse buen señor!

Y digo otra vez que si fuera mejor político “vería” que tiene una ocasión de oro para pasar a la historia con dignidad. Rompiendo pactos estériles, si no perniciosos, y agrupando una gran mayoría de emergencia para sacar a este país del agujero en el menor tiempo posible. No un falso Pacto de la Moncloa, sino el “Pacto del Coronavirus”. Su pacto.

Pero para eso, y como he dicho en otras ocasiones, tendría que desprenderse de parte de su orgullo, de parte de su ideología y de sus ambiciones personales. Y, repito, no lo veo. Ni en su perfil ni el de Iván Redondo, su Rasputín particular,  que entiende mucho de marketing electoral, pero poco de economía ni de gestión.