Epi y Blas – Democracia, partidocracia.

Epi y Blas – Democracia, partidocracia.

Viendo lo que veo temía haber perdido mis referencias, pero he entrado en la RAE para recordar la definición de democracia y he comprobado que siguen siendo las mismas. Dos de sus acepciones son:

1.f. Sistema político en el cual la soberanía reside en el pueblo, que la ejerce directamente o por medio de representantes.

2.f. País cuya forma de gobierno es una democracia.

Pues bien, como suponía, la democracia se basa en que la soberanía es propiedad del pueblo, de cada uno de nosotros, y que en España la ejercemos eligiendo a otros ciudadanos que nos representan en las Cortes Españolas.

“Otros ciudadanos” que no han venido de Marte ni han salido de un huevo, y que tienen los mismos órganos internos y externos que tenemos todos los demás. Los que ya tenían antes de ser nuestros representantes

Siendo así ¿Qué es lo que ha ocurrido?

Que nuestros representantes legales, los que no deberían tener más forma de actuación ni más intervenciones políticas que las que decían tener cuando nos declararon sus programas y que fueron la razón de que los eligiéramos, una vez elegidos se pasan el tiempo riñendo a sus representados, diciéndonos lo que debemos hacer y criticando a los electores de otros partidos por no haber elegido su opción política. Electores que les son ajenos porque eligieron libre y soberanamente otras opciones.

Y pongo un ejemplo paradigmático.

Acaba de constituirse el gobierno de Castilla-León y desde que se supo que el PP pactaría con VOX, el resto de los partidos se lanzaron desaforadamente a una campaña de descalificaciones y de peticiones de “cordones sanitarios” que aislara a la llamada por ellos “ultraderecha” del panorama político.

Recomendando al PP que “aprendiera de Francia”, donde se había establecido un cordón a Le Pen para evitar que pudiera gobernar.

Una previa, y vayamos por partes:

La previa es que es sobradamente conocida mi opinión sobre VOX. Sigo diciendo que me parece un partido democrático porque ha cumplido con las condiciones para registrarse como tal, al que yo no votaría por algunas de sus ideas sobre la Comunidad Europea, el régimen autonómico español, el tratamiento de la emigración y algunas otras. Y, como dice el clásico, yo odio parte de lo que dice, pero defiendo que pueda decirlo.

La primera consideración es que, en las últimas elecciones generales 3.656.979 de electores confiaron su voto a VOX. Cantidad que supuso el 15,21 % de los votantes, muchos más que los que depositaron su confianza en buena parte de los partidos “tronantes” que, siendo minoría, pasan los días diciendo lo que deben hacer los demás y determinando “quien” y “quien no” puede participar en la gestión política en España.

Es decir: parte del PSOE, que tendría que hacérselo mirar por sus tics totalitaristas, Podemos, ERC, Ciudadanos y el resto de los partidos y partiditos, hinchan el pecho y deciden que el voto y la opinión de más de tres millones y medio de españoles no es válido. No desde el punto de vista legal, sino desde el político, en una simplificación absurda: “como no piensan como yo, su voto está deslegitimado”

Porque el cordón sanitario propuesto no se ejerce sobre el partido VOX, sino sobre sus votantes, los insensatos que no han elegido “cualquiera de nuestras opciones”. Posición y propuestas claramente antidemocráticas, se maquillen como se maquillen.

La segunda es que hace años que el consenso ha desaparecido del vocabulario político español y que, muy especialmente el gobierno, cualquier gobierno, porque es el que tiene la obligación de gestionar nuestros recursos, de practicar una política de información transparente y didáctica y de aglutinar las voluntades buscando un bien mayor, manteniendo sus ideologías, dedica una gran parte de su tiempo en criticar a los otros partidos, sin aportar nada positivo ni a la nación ni a la ciudadanía.

¡Incluso desde las ruedas de prensa del propio gobierno después de los consejos de ministros! Ni Miguel Angel Rodríguez se atrevió a tanto.

Y hemos llegado a un punto en el gobierno, todos, pero este mucho más, se ha convertido en oposición de la oposición, sin atender sus obligaciones más elementales, y solo actúa al impulso de los resultados de las encuestas y de las intenciones de voto. Gobierno que no ha dejado de parir ratones en lugar de leyes, algunas de ellas especialmente importantes para la ciudadanía, destinadas especialmente a contentar a sus simpatizantes y condenadas a desaparecer en cuanto llegue al poder otra formación política.

Y la tercera es que la ministra portavoz, en rueda de prensa del gobierno, repito, recomendó al PP que “aprenda de Francia”, omitiendo impúdicamente que en Francia son elecciones presidenciales, en las que es la ciudadanía la que elige directamente al presidente y no las componendas de partidos que, para nuestra vergüenza, sufrimos en las elecciones de Pedro Sanchez.

Y que, para aportar un margen de serenidad en la elección, en caso de que no se consiga una mayoría importante, como ha sido el caso, tienen prevista una segunda vuelta en la que solo pueden participar los dos partidos más votados y que permite a los franceses que votaron otras opciones reconsiderar su posición y apoyar al que consideran mejor o menos malo.

Es decir, y resumo: En Francia no son los arreglos y componendas entre partidos sino los ciudadanos los que eligen directamente a su presidente.

He manifestado muchas veces que mi sistema parlamentario preferido es el británico, que es muy diferente al francés, pero ambos están a años luz en calidad democrática de nuestra muy obsoleta ley electoral, que ningún partido propone cambiar porque a todos ellos les interesa mantener las actuales listas cerradas de sumisos y aborregados que prácticamente nunca rompen la disciplina de voto, aunque lo votado perjudique a las comunidades en las que fueron elegidos.

Y porque para la inmensa cantidad de los que se sientan en las bancadas del Congreso y del Senado, la política no es un servicio, sino una profesión.

Si yo tuviera el poder absoluto un solo día, tomaría una decisión: obligar a que las cupulas dirigentes de todos los partidos españoles participaran en talleres sobre qué es y que no es democracia, sino partidocracia, y cuál es el verdadero espíritu de nuestra Constitución.

Cursos impartidos por dos personajes cuya capacidad pedagógica está claramente contrastada, Epi y Blas.

Quizás ellos serían capaces de conseguir lo que nosotros no podemos. Entre otras cosas porque “nuestros representantes” nos han robado el poder para hacerlo.

Valencia, 14 de abril de 2022

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