Cosmética política y los errores de Iván Redondo.

Adolfo Suarez, que sí que tenía madera de líder y tomó decisiones valientes y  comprometidas  jugándose el tipo “político”, su carrera  y casi el físico en su Ávila natal, cuando fue Director General de Televisión Española, en su puesto de Secretario General del Movimiento, como Presidente del Gobierno y en los muchos cargos que ocupó a lo largo de su vida pública.

Como después hizo Felipe González, aunque lo tuvo más fácil porque cuando llegó a Presidente del Gobierno ya se había formalizado la transición, si bien quedaba mucho por desarrollar y él lo hizo. Y  España ya era democrática.

Y Suarez, que era un atrevido y que podría haber propuesto un texto para los Pactos de la Moncloa, se limitó a convocar a los representantes de todos los partidos con presencia en el parlamento para que todos ellos, libremente y en una discusión abierta, llegaran a un consenso sobre lo que se debía hacer. Como así ocurrió.

Por lo que los Pactos de la Moncloa no fueron un éxito personal de Suarez en cuanto a su contenido, ni trató de arrogárselo, pero sí que lo fue en cuanto a su visión para determinar su necesidad y por su convocatoria.

Estamos en un momento en el que yo he defendido la necesidad de que se forme un gobierno de concentración nacional encabezado por el Presidente Sánchez porque es impensable convocar elecciones. Como también he defendido que realice cambios entre los ministros de su gobierno, no por sus colores políticos, sino porque no se configuró para afrontar una situación como la que estamos viviendo.

Y eso es lo que está defendiendo últimamente nuestro Presidente, una repetición de los Pactos de la Moncloa. Pero me temo que, o soy muy suspicaz o no recuerda como se convocaron y en que consistieron. Y por eso he escrito esta “entradilla”.

Porque escuchando sus arengas me da la impresión de que lo que pretende es sugerir textos y conseguir adhesiones de la oposición. ¡Que no Señor Presidente! ¡Que Suarez las convocó, se mantuvo como uno más y fue su portavoz, Leopoldo Calvo-Sotelo, el que intervino como representante de UCD en las negociaciones! Y que su opinión y por tanto la de su partido, fue una de las diez que se escucharon en aquellas negociaciones que, siendo tan complejas, abarcando tantos temas y tratándose de fuerzas políticas tan diferentes e incluso enfrentadas entre ellas, como ocurría con el socialismo y el comunismo,  comenzaron el día 8 de octubre de 1977 y se aprobaron en las Cortes Españolas el día 27. ¡Diecinueve días después!

 De nuevo quiero recordar a los que lo vivieron e informar a los que nunca lo han sabido en que consistieron los pactos. Y lo mejor es que utilicen este enlace con el que se puede acceder al texto íntegro.

http://www.vespito.net/historia/transi/pactos.html#2

Quiere esto decir que en estos diecinueve días se consiguió un acuerdo histórico y muy generoso, porque allí no se cambiaban asentimientos por dádivas ni se negociaron adhesiones por concesiones. Los negociadores eran representantes de partidos muy preocupados por lo que estaba ocurriendo en la nación, asesorados en sus equipos por economistas de altísimo prestigio y que aparcaron la ideología política y sus intereses a corto plazo en favor de los intereses generales. Recuerdo y repito, por ejemplo, que en aquellos tiempos Felipe González y Santiago Carrillo estaban muy enfrentados porque se disputaban la hegemonía de la izquierda.

Y que los pactos, que se aprobaron por unanimidad en el Senado el día 11 de noviembre, contaron con la aprobación de los sindicatos.

Y esa es la única forma de conseguir acuerdos realmente eficaces y que duren tantos años como están durando aquellos, que de hecho fueron una antesala de la Constitución, soporte de la transición y que sirvieron de inspiración a leyes y reglamentos que todavía están en vigor.

Espero pues que el gobierno no intente convertir esta iniciativa en un ejercicio de blanqueo de posibles errores de todo este proceso buscando aparecer como el protagonista de los acuerdos.

Aquí hay dos temas que no se deben mezclar. Uno de ellos es el problema sanitario de la infección del virus en el que hay que atender sin reservas las indicaciones de las autoridades sanitarias y de los expertos. Y tiempo habrá para analizar errores, sacar conclusiones y aprender de las experiencias pasadas. Fase ésta en la que la iniciativa la debe llevar el propio gobierno

El otro tema es el cómo hacer frente al gravísimo problema económico que nos viene. Que ya está aquí. Y eso es responsabilidad de todos los partidos. Y todos deberán afrontar este reto con generosidad y sin esconder ninguna carta, a pecho descubierto y aparcando protagonismos o acusaciones innecesarias.

Y, mientras lo resuelvan, no es bueno escuchar declaraciones como las del ministro Marlasca que aseguró ayer que “el gobierno no tiene nada de que arrepentirse”. Como juez debería saber que cuando se analizan hechos, lo único importante  son las pruebas y las actuaciones contrastadas y que de nada valen las palabras y las justificaciones.

Sabiendo además que no hay ningún gobierno, ninguno, que no haya cometido errores en su gestión. Errores que conviene sacar a la luz para “aprender” como comportarse si surgen circunstancias parecidas.

Así que, señores del gobierno, continúen gestionando la crisis sanitaria sin limitar los derechos de los ciudadanos más allá de lo estrictamente necesario para evitar los contagios, sin caer en tentaciones de autoritarismo o caudillismo y sin aprovechar la ocasión para “colar” temas políticos, censurar las comunicaciones, o de usar medios públicos o afines para blanquear o justificar posibles errores.

Pueden estar seguros de que eso no les servirá, como tampoco sirvió al PSOE andaluz tener bajo su control a la televisión pública para evitar que los culpables de los ERES estén en la cárcel. Ni tampoco la influencia del PP, si es que la quiso usar, pudo evitar que sus dirigentes corruptos acabaran en la cárcel.

No habiendo existido mala voluntad, de lo que estoy seguro, lo mejor para ustedes y para el país es que acepten un análisis honesto de lo ocurrido para poder cerrar esta etapa de tanto duelo sin más daños políticos que los estrictamente necesarios.

Y convoquen a todos los partidos del arco parlamentario para llegar a acuerdos en política fiscal y económica. Ya, sin esperar a que hayamos superado la crisis sanitaria, porque el tiempo es oro y urge tomar decisiones.

En cuanto a actitudes, Señor Sánchez, no hay duda de que tiene por delante un largo camino de negociaciones. Y, según mi experiencia, la mejor virtud de un negociador es la prudencia y la discreción, evitando “encabronar” a los adversarios en la negociación. Es muy contraproducente “echar a los perros” a otros países de Europa o tachar de cualquier cosa a los partidos de la oposición.

Señor Presidente, menos arengas públicas y más argumentos privados.

Y si tiene que decir algo a la ciudadanía dígalo de la forma más clara y directa posible. Compórtese como un líder y no como los antiguos charlatanes callejeros. No envuelva el mensaje en retórica vacía, porque al final los que le escuchan se pueden confundir. Yo mismo soy muy de “escuchar” a los que dicen algo y le he seguido en casi todos los debates parlamentarios, pero últimamente, cuando se pone en plan Fidel Castro, con tanta verborrea y tanto pseudo sentimentalismo acabo como decía el clásico “con la cabeza caliente y los pies fríos”. Si no cabreado.

No le aconsejo que siga en esa línea porque es muy probable que no “llegue” a la mayoría de españoles. No atienda las recomendaciones de Iván Redondo porque ya no le sirve como asesor. Hizo su trabajo y lo hizo bien, pero esos tiempos han pasado. Si quiere salvar su imagen personal, salvarnos a nosotros y preparar su lugar en la historia, busque consejeros expertos en economía y en relaciones internacionales de perfil similar o mejor que el de su ministra Nadia Calviño y déjese de politólogos, coucher’s y similares. Gente que trabaje para la nación, no para usted.

Mandaré esta nota a su partido y a todos los demás como suelo hacerlo cuando escribo sobre temas políticos, pero tengo la seguridad de que nunca llegará a sus manos. Y tampoco sé que consideración le merecerían mis comentarios si le llegara.

Pero mi obligación moral y mi derecho es decir públicamente lo que pienso. Y así lo hago