Una más sobre los restos de Franco

Parece mentira que todo un gobierno, presidente, ministros, secretarios, y toda la pléyade de asesores y consejeros, que son legión, no hayan reparado en que los actos siempre tienen consecuencias, y que nunca se debe abrir una puerta sin guardar precauciones, a no ser que tengas muy claro lo que hay al otro lado.

Pues bien, la izquierda en general y el PSOE en particular han vivido en una zona de confort todos los años en los que anunciaban la exhumación de los restos de Franco de la basílica del Valle de los Caídos, eterno banderín de enganche de la izquierda, hasta que el entonces aspirante a presidente, Sr. Sánchez, anunció que sí, que “había llegado la hora”. Incluso pensaron en hacerlo el 18 de julio, como fecha simbólica para chinchar más a los franquistas de toda la vida, muy mayores todos ellos por cierto, por ser la fecha del “glorioso alzamiento nacional”.

Pero nadie reparó en lo que habría reparado cualquier funcionario del Estado, incluido el último de los auxiliares, dicho sea con todo respeto. Sí retiras un cadáver de su lugar de reposo hay que tomar alguna medida: enterrarlo en otro lugar, depositar los restos en una fosa común, etc. Y que esta medida, sea la que fuere, requiere un formalismo legal y el consentimiento de los familiares.

Que es lo que se hace, porque se debe de hacer, con los enterrados en las cunetas o en las fosas comunes, porque fueron asesinados o fusilados por los dos bandos en la guerra civil. Sin que nadie cuestione que es la familia la que debe decidir el destino del difunto.

Vaya por delante, y así lo escribí el mes pasado, que no me gusta nada la idea de que la catedral de la Almudena sea el destino final del dictador. En primer lugar porque este caso tiene un enorme significado político y soy muy enemigo de que la iglesia se vea afectada por un fuego cruzado del que solo puede recibir heridas, y en segundo porque una catedral no puede ser el lugar de concentración de nostálgicos con banderas de España, (¿podrán dejar de utilizar esta bandera que es de todos los españoles?) a muy pocos metros de la Plaza de Oriente, centro de las mayores adhesiones al que fue “caudillo de España” durante tantos años.

Y, por fin, el gobierno se ha dado cuenta de las consecuencias de lo que pretendía ser un titular de periódico que fortaleciera a los suyos, cabreara a unos pocos, y nos dejara indiferentes a la inmensa mayoría de los españoles, y no sabe cómo salir del paso. La medida de querer presionar al Vaticano es absolutamente disparatada, y mucho más hacer un relato de lo que no ha sucedido en la entrevista entre el cardenal Pietro Parolín (tiene apellido de personaje de dibujos animados, pero la experiencia histórica de la diplomacia vaticana) y la vicepresidenta Carmen Calvo, tres días después de haber relevado al embajador de España en la Santa Sede, medida que ha evitado que en la entrevista estuviera presente un testigo de lo dicho, ya que no ha dado tiempo a acreditar al nuevo embajador.

Pero si el Cardenal Osoro no puede evitar que sea ese el destino final de los restos de Franco y no pueden convencer a la familia de que lo lleven a El Pardo o a cualquier otro lugar, el gobierno se encontrará con un problema de gran calado, que no evitará apelando a la memoria histórica porque, como digo, hay trámites legales que cumplir y la voluntad de la familia que respetar.

Por lo que me temo que al final no tendrán más remedio que dejar a Franco donde está y “pelillos a la mar”. Lugar que, por cierto, nunca eligió como su “última morada”.
Y estoy intrigado por conocer cómo van a justificar la rectificación, si es eso lo que deciden.

Y mi conclusión, más cargada de mordacidad que de contenido político, es muy sencilla: si no saben cómo manejar un cadáver ¿Cómo van a ser capaces de manejar un país?

Mucho postureo, mucha cara bonita, mucha camiseta con eslogan, mucho currículum y mucho master engordado pero ¿Cómo ilusionar a que entren en la vida política personal de nivel, como los “de antes”? Y cuando digo “los de antes” reclamo a los de todos los partidos que negociaron la transición.

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