Formar y educar – Carencias de la ley de educación

Hace unos días leí un buen artículo de Higinio Marín en el Levante, en el que intentaba ver la luz en ese laberinto de intereses y responsabilidades que enmarañan la formación y la educación española, sin que, en este momento, sepamos a ciencia cierta cuales son las verdaderas responsabilidades del docente, de los padres, del estado, o de la sociedad.

En mis tiempos, seguramente porque éramos más pobres y, sobre todo, más prácticos, los papeles de cada cual estaban perfectamente definidos.

Simplificando los roles y las responsabilidades, los maestro nos proporcionaban el ochenta por ciento de la formación y un veinte por ciento de la educación, los padres eran ochenta por ciento educadores y veinte por ciento formadores, y la sociedad colaboraba en ambas cosas con normas que ayudaban a desarrollarnos intelectualmente o que corregían, incluso con leyes, las desviaciones que pudieran producirse. Seguramente no estoy demasiado acertado diferenciando la educación de la formación, pero creo que se entenderá lo que quiero decir.

Lo que es absolutamente cierto es que el maestro “al que querer”, el “profe” cómodo, era un personaje desconocido para nosotros.

Yo siento una gran admiración por el que fue mi maestro, Don Fidel, en esos años de la infancia y la juventud en los que se forjan los caracteres. Nunca le agradeceré todo lo que hizo por mí, aunque trato de citarle cuantas veces puedo y se lo reconocí muchas veces siendo mayor, cuando me visitaba en mi lugar de trabajo para saber “cómo me iba”.

Pero entonces no. Entonces le respetaba, en ocasiones le temía, y raramente me resultaba cómodo. Era una figura severa, exigente y comprometida con mi futuro, apoyado sin reservas, eso sí, por mis padres. Mi maestro era la autoridad académica y nadie lo discutía. Mis padres, a los que mandaba de vez en cuando una nota en sobre cerrado dando sus opiniones sobre la marcha de mis estudios o sobre alguna actitud claramente mejorable en mi comportamiento, sí que reconocían la importancia de su papel. Y formaban un buen equipo.

Y, naturalmente, cuando hablo de mis padres lo hago extensivo a “los padres” en general.

Las asignaturas eran claras y universales, salvo alguna con más intencionalidad por mor de la época, pero los niños de toda España conocíamos los mismos ríos y los mismos montes, por ejemplo, y tratábamos de descifrar las mismas matemáticas.
Hace muchos años, y para nuestro bien, vino la transición y se cambiaron los hábitos y las leyes. Pero, como suele ocurrir en estos casos, sobrevino el “pendulazo” y empezaron a surgir formas nuevas y los convencidos de que autoridad y disciplina eran “cosas de la dictadura”. Y aparecieron los “profes colegui” a los que se debía tutear, y/o asociaciones de padres que trataban de invadir la necesaria independencia de los colegios. Y los padres que cuestionan las decisiones de los profesores cuando valoran o califican a sus hijos con algún insuficiente. O cuando les avisan de algún comportamiento inadecuado.

Porque, naturalmente, el profesor “tiene manía” a sus hijos, a los que dan más credibilidad que a los profesores.

Y claro, una parte de los docentes se rebelan, otros se deprimen y otros, la posición más lamentable, acaban aburridos de estar en esa tierra de nadie entre lo que deben hacer y las presiones del sistema y de las familias, y “pasan” olímpicamente, convirtiendo en oficio lo que era vocación.

Porque un daño colateral de la enseñanza en tiempos de la democracia y de las nuevas libertades, es que políticos tan sobrados de ganas de “hacer cosas” como faltos de la formación adecuada, pusieron sus zarpas en la educación e hicieron saltar por el aire las reglas del juego y el posicionamiento de las piezas en el tablero de juego. En tiempos de la dictadura la enseñanza tenía sus bastantes “peros” en algunos temarios y “disfrutábamos” de la “formación del espíritu nacional”, pero, lo digo desde mi edad actual y sabiendo lo que digo y en el charco en el que me meto, era mucho menos “adoctrinante” de lo que se dice ahora. Solo que no era nada sutil.

Ahora tenemos una educación dirigida, fraccionada por autonomías, con unos libros de texto en los que “cuelan” lo que quieren colar o, lo que es más grave, omiten cosas que no deberían omitirse. Y difícilmente aprovechables para otros alumnos, lo que, sin ninguna duda, es un gran negocio para algunos.

Y al amparo de este desorden, y como digo anteriormente, aparecen los padres que exigen responsabilidades a los profesores de los malos resultados de sus “pobres” hijos. Hijos a los que en la mayoría de los casos les permiten demasiadas horas de televisión, o a los que regalan un teléfono móvil demasiado pronto.

Lo que antes era un bloque educativo en el que encajaban todas las piezas, se ha convertido en un “tú la llevas” de agrupaciones o sectores de población que rechazan responsabilidades y culpan a la otra parte.

Y mientras, los gobiernos de turno, o cedieron su autoridad, o se sumaron a la sarta de despropósitos bajando el listón de la exigencia académica. No importa el conocimiento, facilitemos las titulaciones. Aceptemos que pasen de curso alumnos con asignaturas suspendidas y carca, facha, o franquista el que piense que eso es un gran error.

Eximir de exigencia a la educación es condenarla a muerte, y un método infalible de lanzar a la sociedad a oleadas de jóvenes que más tarde, cuando llegan a las universidades o al mundo laboral, o se dan cuenta de sus carencias y tratan de solucionarlas, los menos, o pasan a formar parte de ese lamentable grupo de personas con más dificultades para encontrar trabajo. Por lo que pedirán explicaciones al gobierno y se sentirán víctimas de la sociedad.

Y no les falta razón, porque la que fue su sociedad más inmediata, la de los padres y profesores, no pudieron ponerse de acuerdo y cooperar en su formación, en buena parte por las carencias de las sucesivas leyes de educación, y también por los intereses espurios de los políticos nacionales o de sus comunidades, tan condicionados por la comodidad del “buenismo” y con muy poca visión de futuro.

Es un tema complejo y que da para mucho más, pero en esencia opino que el problema no tiene solución a corto plazo, porque todas las partes comprometidas miran para otro lado. La política estaba presente y condicionaba en parte mi educación, pero ahora lo está mucho más y de forma mucho más dañina, porque nuestra clase política y su falta de autoridad, ha facilitado que nos encontremos en la situación actual, en la que no sabemos que hacer, pero que tenemos claro que la culpa la tiene “el otro”.

Y que a los responsables de arreglar este desaguisado, les preocupa menos la formación de los jóvenes que las tendencias de las encuestas de opinión. O tratar de adivinar cuantos votos ganarían si incluyen es su programa electoral que se pueda pasar de curso con más o menos asignaturas suspendidas. ¡Pobres niños!, es el lema de algunos responsables de la educación, incluidos los padres, ¡ya sufrirán cuando sean mayores!

Porque si no fuera así, y aquí los incluyo a todos, tendríamos una verdadera ley electoral estatal e inamovible, fuera de las tentaciones de su utilización política y del adoctrinamiento tan del gusto de los gobiernos de turno.

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