El nacionalismo, “el procés”, y el marketing

Si algo he sabido siempre, y no es porque tenga ciencia infusa, es que el movimiento independentista catalán, “el procés”, no ha sido una improvisación de última hora, sino parte de una estrategia perfectamente diseñada y apoyada durante muchos años por un marketing potente, dentro y fuera de España, que ha conseguido la apariencia de que ellos son los que mandan, los que mueven pieza, y que el resto de los españoles, el Estado incluido, no tienen ni tendrán más remedio que ceder a sus pretensiones.

Basado en una perfecta identificación de “quien es quien” en esta confrontación, y que es lo que puede hacer cada una de las partes implicadas. Como una partida de ajedrez programada por maestros.

En primer lugar, siempre han contado con la ventaja de pertenecer a un estado de derecho, en el que cualquier ciudadano puede decir lo que quiera porque, mientras solo sean palabras o anuncios de que “voy a hacer”, no tienen ningún recorrido legal. España es una democracia, y uno de sus fundamentos es la libertad de expresión, que permite que cada uno de nosotros tengamos libertad de opinar sin temor a represalias. Y cuando digo cada uno, incluyo colectivos como asociaciones, partidos políticos, gobiernos autonómicos etc.

Y contra este derecho de opinión, las grandes instituciones del Estado tienen muy pocas posibilidades de defensa. Un independentista catalán, por ejemplo, puede quemar una bandera española o la foto del Rey sin que haya ninguna correspondencia y casi ninguna consecuencia, porque la casa real no puede ni opinar.

Y los gobiernos de turno, por mucha razón que tengan, ni pueden ni deben enzarzarse en disputas con cualquiera que opine, porque no es esa su función, porque no tienen tiempo para esos menesteres, y porque se desgastaría tratando de argumentar con quienes no tienen la mínima intención de contestar con argumentos, porque solo defienden “causas” de forma incondicional, y no se apoyan en razones. Solo manejan consignas.

Lo único que serviría es para hacerles el juego, difundir sus causas, y proporcionar audiencias a algunos de nuestros muy irresponsables medios de comunicación.

En segundo lugar, y refiriéndome a la Generalitat de Cataluña, los recursos económicos de los que han dispuesto los independentistas son inmensos, mucho mayores en tanto por cien sobre población, de los que puede y debe emplear el gobierno Central. Y no solo de lo que ha salido directamente de los presupuestos de la Generalitat, como sus famosas embajadas. También disponen de las bolsas de resistencia que han ido creando durante muchos años en departamentos oficiales o en entidades subvencionadas, como ANC y Ómnium.

Dinero que han servido para alimentar cada uno de los pasos del “procés”. Y lo siguen alimentando.

Y, para mayor escarnio, con dinero aportado por el total de los ciudadanos españoles, como yo mismo, con nuestros impuestos. Porque es de ahí de donde sale hasta el último euro de lo gastado, se hayan utilizado los canales que se hayan utilizado hasta llegar al su destino final.

En tercer lugar, y ampliando lo dicho anteriormente, han hecho un gran trabajo a nivel internacional minando la imagen de España en el exterior, buscando el apoyo de los sectores más nacionalistas o radicales de cada país, y fijando como centro de sus operaciones antiespañolas a una nación prácticamente fallida, tan artificial y tan poco ejemplar como es Bélgica.

Manejando muy bien, por cierto, a los corresponsales de los medios de otros países, y empleando argumentos falsos o distorsionados sin ningún pudor. Porque, en el fondo, ellos han empezado una revolución, y en las revoluciones, en todas, las verdades molestan. No interesa que una verdad interfiera en los plazos y las estrategias porque, siempre, los fines justifican los medios.

Aquí no estamos tratando con un neo “despotismo ilustrado”, el de “todo para el pueblo pero sin el pueblo”, sino con una auténtica revolución política social, tipo la de Mao Tse Tung, añadiendo todos los matices que queramos y sin sus millones de muertos, que decía frases tan potentes como estas:

¿Quiénes son tus enemigos? ¿Quiénes son tus amigos? Esta es la pregunta más importante para la revolución.”

“En tiempos difíciles, debemos tener presentes nuestros éxitos, ver nuestra brillante perspectiva y aumentar nuestro coraje.

Y digo que no es despotismo ilustrado y si revolución, porque los dirigentes del “procés” no representan ni controlan a todos los catalanes. Ni siquiera a la mayoría.

Los independentistas necesitan proyectar la imagen de “gente pacífica”, modelo Gandhi, y no llegarán a la violencia física, aunque hay serios riesgos de sufrir algún accidente por el camino. Pero han empleado con enorme firmeza las armas de la discriminación negativa, de la ocupación de los puestos de control desde los que se decide quien trabaja y quien no, o que condiciones deben cumplir para desarrollar cualquier actividad en su territorio. Los que, en definitiva, etiquetan a los ciudadanos como buenos o malos catalanes. Los “amigos” y “enemigos” que Mao Tse Tung urgía a identificar.

Incluido el excelente trabajo que han hecho para controlar a los Mossos que, con independencia de que también desarrollan actividades de orden público, se han convertido en un ejército privado dirigido políticamente y al servicio de la “causa”. No todos, pero si sus cabecillas. Y esta es y será uno de las grandes dificultades con las que se va a enfrentar el gobierno que decida poner pies en pared y declarar su “hasta aquí hemos llegado”.

Porque se puede aplicar el artículo 155 de la Constitución, que por cierto hizo su trabajo, pero ellos no necesitan ocupar violentamente las radios y las televisiones como se intentó en el último intento de golpe de estado, el 23 F, porque ya son suyas, ni controlar la administración, porque son ellos los que la dirigen con personas puestas e interpuestas.

No voy a seguir con estos argumentos porque ya los he manifestado en otras ocasiones y porque son similares a los empleados por cualquier observador más o menos imparcial.

Pero creo que acaban de cometer un error inesperado. La minoría dirigente del “procés” necesitaba que sus huestes se diferenciaran del resto de los catalanes e inventó la “estelada”, la bandera cuatribarrada del Reino de Aragón, con una estrella, la de Cataluña.

Estrella que me imagino pensada como la primera de los futuros integrantes “dels paisos catalans”, al estilo de la de los EEUU: Baleares, la Comunidad Valenciana, y quién sabe si el Rosellón francés, aunque Francia es demasiado bocado para estos iluminados, porque allí no se andan con chiquitas.

Bandera que, repito y según creo, esperan completar con estas cuatro estrellas. Pero esto solo es una suposición mía.

Y, llegados a este punto, no hay revolución o momento trascendental sin himno. Nuestra historia reciente está acompañada por himnos extraordinarios, potentes, con independencia de su letra o de su intencionalidad política, como “la Internacional”, francesa en origen y adaptada por el socialismo mundial, “a las Barricadas”, en origen llamada “la varsoviana”, ¡qué gran himno!, con origen polaco y adoptada por los trabajadores y los sindicatos más radicales de la primera mitad del siglo XX, como la CNT y la FAI, o el “Cara al Sol” de la Falange, este de producción nacional por encargo de José Antonio Primo de Rivera, que incluso puede que participase en la redacción de la letra.

Y ciñéndonos a momentos más recientes, siempre he creído que una parte del éxito de nuestra transición se debió al famoso “libertad sin ira”, canción encargada por Diario 16 años antes como promoción del periódico, sin finalidad política, y que luego se hizo famosa porque vino el cambio y el pueblo la adoptó como suya cuando el grupo Jarcha tuvo el acierto de cantarla. Y todos la reconocimos como un himno que animaba a olvidar rencores.

También fue muy importante el “habla pueblo habla” que era casi una canción protesta del grupo murciano Vino Tinto aunque, en este caso, no era una canción “de todos”, porque UCD había adquirido sus derechos para la primera campaña electoral del post franquismo.

Conviene que recordemos la letra de “libertad sin ira”:

Dicen los viejos que en este país hubo una guerra
y hay dos Españas que guardan aún,
el rencor de viejas deudas
Dicen los viejos que este país necesita
palo largo y mano dura
para evitar lo peor

Pero yo sólo he visto gente
que sufre y calla
Dolor y miedo
Gente que sólo desea su pan,
su hembra y la fiesta en paz

Libertad, libertad sin ira libertad
guárdate tu miedo y tu ira
porque hay libertad, sin ira libertad
y si no la hay sin duda la habrá

Libertad, libertad sin ira libertad
guárdate tu miedo y tu ira
porque hay libertad, sin ira libertad
y si no la hay sin duda la habrá,

Está claro que la frase «sólo desea su pan, su hembra y la fiesta en paz» es claramente machista y actualmente fuera de lugar, pero eran otros tiemps…

Letra que cantábamos enamorados de la música y convencidos de que aquello era posible. Tan posible como resultó, pese a que una mínima parte de la población no quería cambios. Tan mínima como la que ahora quieren una vuelta atrás, con la diferencia de que estos tienen mucha capacidad de “hacer mucho ruido” porque dominan las redes y parte de los medios de comunicación, y son expertos en difundir lo que es cierto y lo que no lo es.

Pues bien, resulta que los independentistas han querido adoptar un himno que agrupe a todos los que tienen como pensamiento común, si no único, el independizarse de España. Pero, en mi opinión, han cometido un error muy importante y es que, buscando esa seña de identidad para los conjurados, dejan libre un espacio enorme de paz y tranquilidad.

O sea, que si yo fuera del PP, de Ciudadanos, o de cualquier asociación nacionalista no separatista, y ¡hasta del PSC!, empezaría y terminaría cada acto oficial cantado “els Segadors” y amparados por la cuatribarrada, hasta convertir estos símbolos, himno y bandera, en los de los catalanes constitucionalistas.

Supongo que no tardarán en darse cuenta del error porque, buscando un símil futbolístico, es como si un equipo basara su juego en el ataque y no prestara demasiada atención al centro del campo.

Y es en el centro del campo, el futbolístico y el político, donde se ganan los partidos.

La letra de este himno, “tot el poble cantará«, basado en un tema de “los Miserables”, dice en su versión castellana:

Todo el pueblo cantará / la melodía de los indignados, / es Cataluña quien se rebela / y lucha por la libertad.
Que los latidos de nuestros corazones / resuenen fuertes como mil tambores
y que un nuevo día comience ahora / cuando salga el sol.
Lucharás a mi lado / Seremos más fuertes si estamos unidos;
más allá de la mentira / y la violencia está la paz; / sonríe, levántate / y lucha por la libertad!
Todo el pueblo cantará / la melodía de los indignados, / es Cataluña quien se rebela / y lucha por la libertad.
Si unimos nuestras fuerzas / el enemigo no pasará; / el juego sucio y sus abusos / no nos podrán nunca acallar; / codo a codo rompemos / las cadenas de la represión.
Todo el pueblo cantará / la melodía de los indignados, / es Cataluña quien se rebela / y lucha por la libertad.

¡Qué bueno es encontrar un enemigo exterior! ¡qué bueno es ser los únicos buenos en un mundo de malos! ¡qué maravilla ser los pacíficos en un mundo de violentos!

¿Quien, como, y cuando desmontará toda esta locura? Con las armas de la ley y de la razón, por supuesto.

Otra vez con la misma gaita. Franco y el Valle de los Caídos.

Ya he dicho varias veces que, para mí, el tema de Franco es agua completamente pasada y que es un asunto a resolver con la familia. Estoy de acuerdo en que no es el sitio más adecuado para su sepultura, porque no murió en la guerra y porque él nunca manifestó su intención de que lo enterrara allí pero, insisto, es un tema menor en que deberían ponerse de acuerdo, y podrían hacerlo, si no hubiera un marcado oportunismo político en la decisión.

Franco murió y, excepto para la izquierda española, el franquismo murió con él. Estamos en una democracia muy avanzada y cualquiera de nuestros partidos, incluyendo los más radicales, cumplen la ley y respetan la constitución, aunque sea a regañadientes.

Pero hay un interés muy claro y cada vez es más evidente que una parte del arco político se esfuerza en mantener viva la imagen de Franco. ¿Qué sería de la izquierda española si nunca hubiera existido? A la gran mayoría de los españoles, incluidos los que conocimos la posguerra y el franquismo, nos resolvió el problema la transición, para asombro de los países del mundo occidental. Pero hay muchos que quieren apoderarse de los muertos de otros para reivindicar cosas que sus familiares no están reivindicando.

Y escribo esta nota porque ayer escuché con asombro unas manifestaciones de nuestro Ministro de Cultura en las que comparaba el Valle de los Caídos con el campo de concentración de Mauthausen, y que debía conservarse como símbolo de la guerra civil y de la posguerra.

Mi muy culto Ministro de Cultura. Las comparaciones las carga el diablo, y este es uno de estos casos. Mauthausen fue un campo de exterminio, en el que la voluntad de un loco asesino quiso borrar de la faz de la tierra a todo aquel que le molestaba, especialmente lo que él consideraba razas inferiores, para conseguir su “sueño” de raza superior. La gran raza aria Entre ellos más de siete mil españoles residentes en la Francia ocupada.

Comparar este campo, o cualquier otro, con nuestra guerra civil es quitarle valor al holocausto sin añadir ninguno a nuestra contienda. Para todo el mundo los campos nazis son un símbolo entendible y asumible, mientras que nuestra guerra civil, tan importante para nosotros, solo es una guerra más de las sufridas en otros países, que se van difuminando con el tiempo.

En cuanto a que el Valle de los Caídos debe permanecer como símbolo de la barbarie que recuerde la guerra y la posguerra, ¡ya estamos! Ya hemos sacado a pasear esa superioridad moral e l a izquierda española que siempre decide que está bien o está mal, y quienes son los buenos y quiénes son los malos.

Puede mantener el simbolismo de la barbarie de una guerra civil que rompió en dos España y que no fue, como se dice, una contienda entre buenos y malos o entre gente que mataba y gente que moría. Ni mucho menos.

Causas y orígenes al margen, fue una guerra fratricida en la que participaron contra su voluntad todos los jóvenes del país. Y esa es la lección. Y punto.

Y que, sin negar salvajadas del llamado bando nacional, también las hubieron, y muchas, y tan crueles e injustificadas como las primeras en el bando republicano. Y así fue por mucho que quieran cambiar la historia.

Y si quieren convertirlo en un símbolo “de la posguerra”, ¿Por qué no de los «precedentes a la guerra»? ¿Porque sacar lecciones “de parte”? ¿Por qué no nos dejan tranquilos de una vez?

Por favor; entre mi círculo de amigos y conocidos hay muchos que perdieron familiares en los dos bandos. Y, salvo algún caso muy especial, hace mucho tiempo que pasaron página y que enterraron al Franco oficial o a su Franco particular.

Que estamos en plena batalla por ganar el futuro. Como para perder tiempo desenterrando pasados particulares o, lo que es peor, pasados amañados, maquillados interesadamente con fines tan poco limpios.

Hagan con Franco lo que tengan que hacer, o lo que puedan y déjennos tranquilos, por favor.

Que tenemos mucho trabajo pendiente. Trabajo que requiere unidad de criterios y no mantener enfrentamientos artificiales y fuera de lugar.

Las avalanchas de inmigrantes y los beneficios de la inmigración.

Son tiempos de avalanchas de inmigración y se multiplican los mensajes de solidaridad y de que abramos puertas a los que vienen en busca de un mundo mejor, incluso concediéndoles los beneficios sociales españoles, como la sanidad universal, por ejemplo.

Pero, estando como estoy a este lado de la barrera y colaborando con personas en situación muy difícil, creo que deberíamos reflexionar un poco sobre lo que decimos y lo que podemos esperar de las autoridades.

En primer lugar hay que aceptar el hecho irrefutable de las enormes diferencias entre un ciudadano de Niger, por ejemplo, y el del más pobre de los países de la Comunidad Europea. Y que hay que hacer algo.

Y también que inmigración, en sí, es un “gana gana” para el inmigrante y para el país que lo recibe, mucho más cuando las sociedades “prósperas” estamos envejeciendo por falta de natalidad. Desde este punto de vista, y liberando el debate de la carga emotiva que lo envuelve, los que vienen, en principio, no tienen que entenderse como una carga, sino como una ayuda.

Pero para que esto resulte como debe, es necesaria una política global que potencie el desarrollo en las zonas más deprimidas del mundo, especialmente en África, para que no se vean en la necesidad de salir de sus países en busca de un mínimo de estabilidad social. Esto ha dado muy buen resultado en Marruecos, desde donde apenas vienen algunos jóvenes atraídos por los anuncios de nuestras televisiones, porque este país ha permitido la creación de industrias y explotaciones agrarias de buen nivel (allí hay muchos empresarios españoles con empresas propias o mixtas), por lo que la tasa de desempleo ha descendido muy notablemente.

Y, como es natural, los marroquíes de hoy prefieren vivir en su tierra que desplazarse a países con costumbre diferentes. Lo mismo ha ocurrido en Mauritania, por ejemplo, aunque vayan algo más atrasados.

En cuanto a los que quieren desplazarse desde países tercermundistas, lo justo sería crear oficinas de empleo de la Comunidad Europea en cada uno de ellos, para ordenar la entrada en Europa, y que sean legales y con permiso de trabajo desde el primer día. Y caben muchos. Millones.

Aquí se nos llena la boca de decir que fuimos país de emigración, y es cierto, aunque una parte no fueron realmente emigrantes, sino refugiados que huyeron a terceros países, especialmente a Francia, después de la guerra civil. Los que fueron a Alemania iban con contratos de trabajo tramitados en España. Nunca hubo “Ilegales” españoles en ese país.

No olvidemos, aunque esto se oculta, que es imprescindible evitar que la gente se ahogue en el Mediterráneo, pero que una gran mayoría de los que salvamos, entran en un ciclo de identificación y acaban siendo deportados a sus países de origen, o se escapan de los centros de acogida y permanecen en Europa como ilegales. Eternamente ilegales.

Situación que, a la larga, está incubando conflictos muy importantes y, posiblemente, a muy corto plazo. Y pongo un ejemplo:

Aquí en Valencia, en Madrid, y muy especialmente en alguna ciudades de Cataluña, como Barcelona, se está multiplicando de forma muy alarmante en número de “manteros” que empezaron desplegando sus productos por algunas zonas de Barcelona y que ahora han invadido Las Ramblas, el puerto y el metro. Y no solo las salas de acceso y los túneles, sino también los andenes de las estaciones con el consiguiente peligro para la seguridad de los viajeros. Todo ello con grave perjuicio de los comerciantes “legales”.

Como son más, necesitan vender más productos y empiezan a tener minorías más agresivas. Conozco el carácter senegalés porque tengo tratos con algunos de ellos desde hace muchos años, y es muy pacífico, pero comienzan a sufrir la presión de la necesidad.

Si las autoridades de Barcelona intentaran controlar esta situación y prohibieran la venta, venta de productos importados por mafias del comercio, dicho sea de paso, serían totalmente incapaces de conseguirlo. Prácticamente estallaría una revuelta importante, como la “mini” de Vallecas de hace unos meses.

Y sin embargo, en algún momento tendrán que hacer algo.

Y luego está la maldita demagogia de los políticos. Los que han visto venir este problema desde hace veinte años y no han hecho casi nada por egoísmos y estrategias electorales, pero que no dudan en ponerse medallas que no les corresponden.

El numerito de Aquarius ha sido para nota. No porque autorizaran el desembarco, que lo apoyo sin reservas, sino el despliegue mediático y los titulares de prensa conseguidos a base de concederles condiciones especiales y totalmente distintas a los miles que recogemos cada día en Tarifa, por ejemplo. Todo ello edulcorado con palabras o frases rimbombantes como “aldabonazo” o “llamada a las conciencias”.

¿Que han conseguido? Nada para los del Aquarius, nada para el resto de los que desembarcan cada día en Europa, y un efecto llamada peligroso para los que están en sus países. Peligroso porque les anima a comenzar una aventura a vida o muerte que, si hubiera un mínimo de orden, sería totalmente innecesaria.

Susanita, la amiga de Mafalda, hubiera repetido entre suspiros: “que suerte que haya pobres para poder hacer caridad”. ¡Como entiende Joaquín Salvador Lavado Tejón, Quino, el cinismo humando! Porque los del Aquarius no eran inmigrantes. Eran “sus” inmigrantes.

Ayer escuche a un político, del que no doy el nombre porque no quiero destacar a unos más que a otros y porque, posiblemente, su frase no era original, que hay que organizar un “plan Marshall” para los países subdesarrollados.

Apunte para los jóvenes: el plan Marshall fue una ayuda que los EEUU concedió a los países cuando terminó la segunda guerra mundial, porque la mayoría estaban en clara bancarrotacon, con sus industrias arrasadas, y con gravísimos problemas de subsistencia. Solo que ese plan, siendo bueno, tenía una cierta trastienda política y el propuesto para el tercer mundo debe ser claro, limpio, y sin condiciones.

Todo lo anterior no tiene nada que ver, naturalmente, con los refugiados políticos que huyen de sus países por guerras o por persecuciones. Pero el truco de inventarse el “refugiado por hambre”, créanme, no hará más que complicar las cosas.

Acciones en países de origen, orden en las llegadas y, eso sí, ninguna discriminación por raza, sexo o religión. Todos somos absolutamente iguales y el haber nacido en un lugar u otro solo ha sido fruto de la casualidad. La única condición es que acepten nuestras leyes y nuestras costumbres, tratando de respetar las suyas si no son incompatibles.

Y lo digo porque hoy mismo, en un Consum de Valencia, he visto a una pareja de jóvenes, él vestido con vaqueros y camiseta con eslogan, ella con un burka negro de los más severos, de los que hace años que no había visto, de los que solo permiten una abertura horizontal a la altura de los ojos de no más de tres centímetros de alto. Con velo sin problemas, lo respeto. También nuestras señoras mayores de hace cincuenta años llevaban pañuelo en la cabeza y nadie les decía nada, pero personas con esta mentalidad no pueden más que pasarlo mal en un país como el nuestro.

Y para los católicos “enemigos” del islam que tienen miedo porque lo consideran peligroso (los senegaleses también son musulmanes), no olviden que Mahoma fundó una religión mezcla de cristianismo y judaísmo en la que está presente una buena parte de nuestro Antiguo Testamento.

Y que nuestro Jesús, Isa para ellos, es uno de sus cuatro profetas: Abraham, Moisés, Isa, y Mahoma, siendo Mahoma “El cuarto profeta”. El último.

Del Corán: “A Isa, el hijo de Maryam (María), le dimos las pruebas evidentes y le ayudamos con el Espíritu Puro” El ángel Yibril (nuestro Arcangel Gagriel).

Y que si quieren leer propuestas duras no tienen más que repasar la Biblia, la de nuestro “ojo por ojo”. El peligro no está en las creencias religiosas, en ninguna, sino en los fundamentalismos.

Y pongamos los pies en el suelo. Nosotros, nuestros “yo” actuales, no hemos hecho nada para considerarnos superiores a nadie. Todo: bienestar, cultura, progreso, nos ha sido dado.

Ayudemos sin reservas a los que ya están aquí, pero exijamos a las autoridades que apliquen soluciones eficaces a corto, medio, y largo plazo.

Porque si no lo hacen, acabaremos teniendo excelentes protocolos para socorrer a los que se caen del andamio, pero, si no se regula cuantas personas deben acceder a la parte superior y que medidas de protección deben seguir, seguirá cayendo gente cada día. A la que, eso sí, nos seguiremos esforzando por atender.

Caridad, solidaridad, acogida, llámalo como quieras, absurda. Sin ningún fundamento.

Las causas de las minorías, los perjuicios a los ciudadanos, y la ley de huelga.

Barcelona está sumida en un grave caos social porque los taxistas de la ciudad han decidido movilizarse para que el Ayuntamiento retire o limite las licencias de los coches de alquiler con conductor, que son una de sus competencias actuales.

Pero hace unos días, el Tribunal Superior de Justicia de Catalunya declaró que el Área Metropolitana de Barcelona: “Carece de potestad reglamentaria para regular el arrendamiento de vehículos con conductor. Un argumento con el que el tribunal mantiene vigente la suspensión cautelar del reglamento metropolitano que pretendía restringir este tipo de licencias VTC.

El tribunal es consciente de que la suspensión cautelar del reglamento puede perjudicar al sector del taxi, que puede resultar gravemente afectado por la competencia de los vehículos con autorización VTC”, admite el auto, que concluye, no obstante, que la AMB no tiene competencias sobre este tipo de licencias, sino sólo en lo que respecta al taxi.

El recurso, presentado por la Comisión Nacional de Mercados y Competencias (CNMC), ha propiciado la suspensión cautelar del TSJC, pese a que el Supremo avaló el límite de 1 licencia de VTC por cada treintena de taxis en pro del “interés general””(La Vanguardia 28/7/18)

Es decir, los Ayuntamientos tienen capacidad legal para regular los servicios de taxi de sus respectivas localidades, pero no para tomar medidas de ningún tipo sobre los coches con conductor.

El caso es que los taxistas insisten en querer bloquear este nuevo servicio y para conseguirlo han pasado de la queja a la protesta, y de ahí a la algarada y a la ocupación ilegal de calles y plazas de la ciudad, dificultando, incluso paralizando, la libre circulación de vehículos.

No entiendo de razones jurídicas y mucho menos en un tema tan complejo que atañe a jurisdicciones locales, nacionales, e incluso de la Comunidad Europea, pero hay una cosa que está muy clara.La huelga, definida como “forma de protesta de los trabajadores consistente en el cese del trabajo hecho de común acuerdo con el fin de conseguir mejoras laborales o sociales” está recogida en la Constitución, concretamente en el artículo 28.2, en el que “se reconoce el derecho a la huelga de los trabajadores para la defensa de sus intereses. La Ley que regule el ejercicio de este derecho establecerá las garantías precisas para asegurar el mantenimiento de los servicios esenciales de la comunidad”.

El primer problema, y muy importante, es que la ley que se invoca en el artículo nunca se ha abordado en el Congreso. Y no se ha hecho por cobardía manifiesta de los partidos de izquierda, a los que considerarían desleales y traidores a las esencias de la lucha obrera, y de los de la derecha, para que no les tachen de recortadores de derechos sociales, y de ser partidarios del sindicalismo vertical de la época de Franco.

Y, por esa razón, tenemos lo que tenemos. La huelga se concibió como herramienta de presión a las empresas para forzarlas a negociar mejoras salariales, sociales o de condiciones laborales, pero en un momento determinado los grandes colectivos descubrieron que era mucho más eficaz tomar como rehenes a la ciudadanía, a la que no dudan en perjudicar de forma indiscriminada y salvaje “porque ellos tienen razón”. Y lo seguirán haciendo “hasta el final”, frase estas tan de moda desde hace una década.

Y no importa en absoluto que en el atasco hayan personas mayores, o enfermas, o que iban a comenzar sus vacaciones, o que se dirigían a su puesto de trabajo. O a tomar una cerveza con sus amigos, que tanto da.

Eso sin contar las molestias menores y la mala imagen que se está dando de Barcelona en particular y de España en General. Pero, claro. Ellos tienen un problema y se consideran cargados de razón y, lo que es más grave, de inmunidad.

Pero los ciudadanos y la imagen de la ciudad no importan. Son simples daños colaterales porque los alborotadores se sienten cargados de razón. Y “van a conseguir” lo que se proponen.

Y, otra vez, la cobardía de los políticos y de las autoridades responsables de mantener el orden público. Yo no quiero que carguen contra ellos o que retiren los taxis con excavadoras. No son tiempos de tomar estas medidas, que tampoco son necesarias.

Cargar contra esos veinte manifestantes que bloquean una carretera incendiando cubiertas de automóvil si no obedecen a la autoridad, sí. Pero contra los cientos de taxis parados no. Es mucho más sencillo, y seguramente mucho más eficaz, tomar las matrículas de cada uno de ellos e imponerles la sanción máxima posible con cobro ejecutivo. Que hoy en día, si las multas se pasan a cobro ejecutivo nadie se libra de pagarlas. Como hace la Guardia Civil en las carreteras.

Y, claro, luego está el Artículo 65.4, de la “norma de conducir por puntos”, que considera faltas muy graves, sancionables con hasta 6, alguno de los supuestos previstos en la norma. Como los siguientes:

b) Paradas y estacionamientos en lugares peligrosos o que obstaculicen gravemente la circulación constituyendo un riesgo u obstáculo para la circulación, especialmente de peatones, en los términos que se determinen reglamentariamente.

j) No respetar las señales de los agentes que regulan la circulación.

¡No me digan que no tienen herramientas legales para proteger a los cientos de miles, quizás millones, de perjudicados por esta moda de machacar al ciudadano en su beneficio! Adviértanles de que sufrirán sanciones económicas y retirada de puntos. Y si siguen en su actitud, ejecuten.

Y sin querer marcar similitudes, que no las hay, la Kale Borroka se acabó cuando los que quemaban autobuses, o sus padres, tuvieron que pagar los daños producidos.

Y con ello no quiero decir, ni mucho menos, que los taxistas no tienen razón, porque lo desconozco. Pero de lo que sí que estoy seguro es de que este no es el método. Y que la responsabilidad, aun siendo ellos los infractores, no es suya. Es de los que consienten que estas cosas ocurran pudiendo evitarlo por miedo a parecer como los malos de la película.

Protestas y manifestaciones autorizadas sí, porque tienen todo el derecho. Tomar las calles no.

Ley de huelga pronto, por favor.

Fundación del Monasterio de la Virgen Santísima de los Dolores y los Tres Reyes Magos

Parte del libro “Historia de la provincia de la Corona de Aragón” – De Don Antonio Francisco Aguado. Parte del libro en el que se relata la fundación del Monasterio de la Virgen Santísima de los Dolores y los Tres Reyes Magos, de la Orden Agustina en 1556

Páginas de Historia Corona de Aragon – Agustinas de Bocairent

La política sexista, el léxico, y el “no es no”

El otro día escuché las declaraciones de la vicepresidenta, y no puedo por menos que manifestar mi sorpresa al comprobar que el gobierno tiene un plan prioritario, prioritario, entre los varios planes prioritarios que ha anunciado: Impulsar la terminología de géneros, animándonos a desmontar los genéricos para utilizar los masculinos y los femeninos. Perfecto. A eso se llama economía de lenguaje y rascarse la cabeza cuando lo que nos pica son otras partes del cuerpo. Avanzando hacia una sociedad modelo “¿Cómo están Uds.?”, para lo que están buscando asesores y asesoras en el mundo de la diversión y de la farándula, me figuro, porque no los encontrarán en el de la Academia.

Recuerdo que de niño jugábamos a modificar el idioma de diversas maneras. Una de ellas era añadir una especie de sufijo, solo que no era al final de cada palabra, sino después de cada sílaba, y que se componía de la letra “p” y la vocal contenida en la sílaba. Por ejemplo: Sí la frase era “mañana nos veremos en clase”, teníamos que decir “mapañapanapa nospo veperepemospo enpe clapasepe”. Supongo que mis amigos y amigas de mi misma edad de Bocairent lo recordarán. Lo cierto es que conseguíamos bastante fluidez en la conversación y era divertido.

Naturalmente eran juegos de niños y, como es lógico, me refiero a una época sin teléfonos móviles, tablet’s, televisiones, ni internet, donde nuestro mejor escenario cuando salíamos de clase era la calle o el monte, y nuestro mejor juguete la imaginación. Juguete que no consumía pilas ni necesitaba recargarse, y que se ajustaba a cualquier momento y a cualquier situación.

Época de solidaridad y convivencia necesaria porque todos, y me refiero a los mayores, se necesitaban los unos a los otros para salir adelante. Era una época en la que la sencillez en las relaciones y las comunicaciones entre personas era lo habitual. La gente se entendía porque la ignorancia de algunos sectores de población que vivían aislados en las masías, y el analfabetismo de muchos mayores, convivía con la buena voluntad general, y todos acomodaban, acomodábamos, la comunicación y los mensajes al nivel de los menos “estudiados”. Sin utilizar palabras grandilocuentes ni pasarnos de listos.

Pero ahora no se trata de juegos de niños. Son problemas muy serios que hay que atajar, porque hay toda una batería de reclamos para que nos salgamos de la ortodoxia de los comportamientos sensatos, y la sociedad ha perdido gran parte de la solidaridad.

Cuando hacía alguna trastada, una de mis abuelas me decía, “cuando el diablo no tiene nada que hacer mata moscas con el rabo”. Los mayores de Bocairent eran menos sofisticados y cuando veían que alguien hacia o decía alguna inutilidad, lo que ahora llamamos “una parida”, lo simplificaban diciendo que era como consecuencia de la “falta de faena” del promotor de la iniciativa. Y, como era habitual en la filosofía popular, no andaban muy desencaminados.

El problema es que esta sociedad de ilustres subvencionados ha sido caldo de cultivo de los que tienen demasiado tiempo libre en la administración, y necesitan inventar normas y reglas para justificar sus sueldos y hacerse notar. Dar la impresión de que hacen algo.

Y, francamente, todo esto de miembros y miembras, portavoces y portavozas, suena un poco a broma. A “porpotapavopocespe”. Es correcto decir parlamentarios y parlamentarias o jueces y juezas. El diccionario, por ejemplo, contempla la voz “juez, a”, por lo que decir “la señora jueza” es igual de correcto que “la señora juez”, y lo mismo ocurre con “parlamentario, a” y con “ministro, a”. Pero de ahí a tener que “feminizar” todas las voces hay todo un mundo de trabajo innecesario y de postureo. Mucho postureo.

El que manda en el idioma es la Academia que, afortunadamente, es independiente de los gobiernos y de los parlamentos, y es la que se encarga de admitir nuevas voces cuando son de uso popular o utilizadas por escritores acreditados. Y no todo lo contrario. Lo correcto, lo práctico, lo pedagógico, y lo establecido, es que el gobierno y los parlamentarios utilicen las palabras registradas en el diccionario, y no que el diccionario, y el habla del pueblo, tenga que aceptar el uso de las palabras, palabros, que se les ocurra a los gobiernos de turno o a nuestros muy insignes representantes en el parlamento.

¡Faltaría más!

En cuanto a la supuesta protección de la mujer via léxico, no pueden estar más equivocados. Hay depredadores, demasiados, pero son minoría entre los varones. Como hay depredadoras entre las mujeres, y asesinos, por poner un caso, en ambos sexos. ¿Creen que decir portavoces y portavozas hubiera detenido a “la manada” o a los violadores reincidentes?

Mi opinión es que cuantas menos distancias se marquen, menos barreras se levanten y menos tabúes se manejen en las relaciones hombre/mujer será mejor para ambos y muy especialmente para la mujer. La mujer no necesita semejantes majaderías para que se la respete. Y el que no quiere respetarla no se parará por giros gramaticales ni juegos de palabras. Ni siquiera, lamentablemente, por la amenaza de sentencias muy severas, que hay que aplicar, porque los que cometen delitos graves suelen hacerlo por pasión, maldad, o impulso irrefrenable que les nubla la mente. Y lo harán “pase lo que pase”, excepto algunos que suponen vanamente que no les descubrirán.

Parte de la violencia de género tiene su origen en la tan mal entendida filosofía tradicional de “la maté porque era mía”, tan extendida por la cultura popular, que incluso inspiraba canciones tan difundidas como “en la cárcel de Villa”

“En la cárcel de Villa – hoy me van a encerrar – pues los jueces castigan – el delito de amar – Ella fue mi tormento – ella fue mi pasión – pero un día la ingrata – de mi amor se rió”.

Lo que justificó que:

Por sus malas acciones – la partí el corazón – pues el mío partío – me dejó su traición”.

Y estas actitudes, la de considerar “delito de amar” a una mujer el partirle el corazón con un cuchillo, no se resuelven con sentencias que, repito, deben de ser muy severas, sino con educación escolar, familiar, cívica y social. Empezando por los propios políticos, varones y hembras, que en muchas ocasiones hacen gala de un machismo o feminismo inculto, desproporcionado, e inaceptable en cargos de representación. Y no quiero citar casos concretos.

O son muy lo uno o lo otro según quién ofenda a las mujeres, porque también aquí hay bandos. En algunos casos son actitudes muy reprobables que merecen todo el desprecio social, y en otro, las mismas frases dichas por otras personas son bromas inocentes, están “sacadas de contexto”, o se apela a la libertad de expresión.

Y a la historia de los últimos cien años me remito. Bajo la apariencia de que la mujer de entonces aparecía como subida a un pedestal, por conveniencias de los varones naturalmente, tenía que someterse si era esposa, esconderse si era amante, trabajar en según qué oficios, y pasear con sus novios con “carabina”.

Dando un salto en el tiempo, la mujer se ha liberado de perjuicios y tiene reconocidos los mismos derechos que el varón, pero este nuevo estatus ha provocado situaciones desconocidas hasta ahora. La igualdad, tan justa como necesaria, ha originado nuevos problemas porque una parte de las mujeres, especialmente las jóvenes, han querido emular al varón, si no igualarlo, recuperando en un tiempo record el tiempo perdido. Digamos mejor que el que perdieron sus madres y sus abuelas.

No es el mismo caso, pero también ocurrió con el famoso “destape” que, con un disfraz de libertades, consiguió que se usara a la mujer como objeto de taquilla a base de desnudarla viniera o no viniera a cuento. A cuento que nunca venía con los varones que, como máximo, se presentaban en las pantallas en ropa interior. Y cuando yo me asombraba del hecho, me decían que la mujer tenía todo el derecho a desnudarse. Claro que sí, pero también tenía todo el derecho a ver hombres desnudos en las pantallas, cosa que no ocurría. Al final lo que se disfrazaba de libertad, no era más que otra forma de manipulación, en este caso por motivos económicos.

Y cuando se asumen libertades y nuevos roles, también se tienen que asumir los nuevos peligros y tomar más medidas preventivas. Como la mujer fuma más, padece más cánceres de pulmón que sus antecesoras. Como sale a la calle con más libertad y con horarios ilimitados, tiene más riesgos de sufrir percances. Como acuden a lugares masificados donde se bebe, es más fácil que las agredan. Como a los hombres. Solo que ellas tienen un riesgo añadido por ser mujeres.

Porque, hay que decirlo y repetirlo hasta la saciedad, con reconocer derechos y promulgar leyes no basta. De hecho solo nos sirve a los que, de natural, respetamos las leyes y a las mujeres.

Es necesario reforzar la educación de niños y niñas, y tomar medidas preventivas. Me gusta la de una ciudad, no se si Bilbao, que ha decidido que sus autobuses hagan paradas intermedias por la noche si las mujeres lo solicitan. ¡Eso está muy bien! Y es una medida sencilla y práctica.

Porque pregonar a los cuatro vientos que el “no es no” solo valdrá si la pareja respeta las normas. No solamente estas, sino las normas en general. A los varones que se consideran por encima de la ley, a los sociópatas, a los ebrios, a los drogados, o a los que tienen trastornos mentales, no les parará un millón de “noes”.

Lo práctico es pues potenciar la prevención con la educación, y advertir a los jóvenes de ambos sexos de los peligros que tiene el alcohol, las drogas y el exceso de confianza. Y muy especialmente esta última que parece la más inofensiva: el exceso de confianza.

Y con esto no quiero decir, de ninguna manera, que una mujer que se ha tomado unas cervezas sea la responsable de su violación, pero debe evitar los ambientes por donde pululan hombre poco de fiar, varones que también han tomado alcohol y que, desinhibidos, pueden sobrepasarse, y varones u otras mujeres, que las inciten a beber alcohol o las droguen para abusar sexualmente de ellas.

Parece que la multitud protege, pero es mentira porque depende del tipo de multitud que te rodea. Si estás en un botellón, es muy probable que nadie haga nada por evitarlo. Que no te vean. Que ni se den cuenta de que te están violando. Incluso puede parecerles que “estás de marcha”.

El otro día, hablando de estos temas con una persona joven y muy querida le pregunté qué pasaría si, después de decir que “no”, el varón no paraba. Y me contestó que se le podía parar con una “hostia”. Craso error propio de la ignorancia y el subidón de moral y de falta de realismo que han dado a las mujeres con el tema de la igualdad. Si son varios no tendrá remedio, y si es uno solo, lo más probable es que tampoco. Seguramente abusarán de ella y, según quien sea su agresor, puede acabar maltratada o muerta.

Porque la mujer, que suele ser más inteligente que el hombre, no es más fuerte que el varón salvo en contadas ocasiones. Yo le decía que lo único práctico era marcar el “no” mucho antes de que se llegara a un nivel de intimidad peligroso, pero no creo que aceptara mi consejo. Se la veía muy segura de su fuerza. Muy “gallito”.

Situación tan peligrosa como ir de noche, sola, por calles poco frecuentadas y mal iluminadas. El terreno preferido de ladrones y de acosadores. Nosotros, los varones, también las evitamos. Prevención por nuestra parte, y vigilancia y protección por parte de las autoridades competentes.

Por cierto y volviendo al “nuevo idioma”. Tal como están las cosas me extraña que los colectivos gay no hayan reclamado para sí artículos determinantes. Ni “los” ni “las”. ¡Otra complicación!

El Gobierno de la Generalitat, y el antiguo convento de Santo Domingo.

He seguido con sorpresa la insistencia del tripartito que nos gobierna en que les cedan la propiedad del edificio de Capitanía y yo, que trato de adivinar el porqué de las decisiones, no encuentro las razones que puedan tener para este empecinamiento.

No puede ser para que los valencianos puedan acceder y disfrutar de unas instalaciones de tanto valor arquitectónico, histórico y cultural, porque ya lo hacemos. No está abierta 24 horas al día, pero sí que tiene horarios muy cómodos y, normalmente, se organizan visitas guiadas por personas afines a las fuerzas armadas, conocedoras del edificio y de su historia, y con voluntad manifiesta de presentarlo con toda su carga de emotividad. Ningún guía podría hacerlo mejor.

Tampoco debe ser porque el Gobierno de la Generalitat necesite edificios emblemáticos para desarrollar su actividad representativa o al servicio de los ciudadanos. Tenemos los suficientes de mucho nivel, y hay muchos otros cerrados o cedidos que se podrían utilizar.

Y si no es por el servicio al ciudadano, ¿Cuál es la razón para pedir la cesión?

“Ocupar” Capitanía obligaría a mantenerla en un estado de conservación similar, como mínimo, al actual, lo que supondría un gasto muy importante que tendría que asumir la Generalitat, cuando tenemos tantas carencias por resolver y estamos reivindicando al gobierno una mejora en la asignación presupuestaria porque “no llegamos”.

Luego, si esta petición no favorece a los ciudadanos y supondría una carga adicional, y no pequeña, a las arcas de la Generalitat, solo se me ocurren razones políticas, de esas tan peregrinas a las que nos tienen acostumbrados los políticos en ejercicio.

Esa especie de voracidad que les empuja a ocupar todo lo ocupable, e incluso lo que no pueden ni deben ocupar, cueste lo que cueste y valga para lo que valga.
Se ha extendido el mensaje de que lo único importante en la vida pública, lo fundamental, es la política y su labor de defender el bienestar de los ciudadanos y administra sus recursos. Y por supuesto no estoy de acuerdo porque es una opinión interesada que minimiza al resto de la estructura organizativa del Estado.

Sin duda, la parte de la política que se ocupa de la gestión de lo público es fundamental. Algo con lo que contamos y necesitamos para disfrutar de las ventajas de una sociedad adelantada como la nuestra, pero, llegados a este punto, doy mucho más valor a la llamada “política real”, la de los ayuntamientos, que son los que en realidad gestionan nuestro día a día. Los que nos aseguran que los pueblos y la ciudades sean habitables y cómodas. Suministran o regulan el suministro del agua, de la electricidad, son los que recogen nuestras basuras, proporcionan el alumbrado público, limpian nuestras calles, regulan el tráfico y ejercen una vigilancia de primer nivel para que podamos transitar con un mínimo de seguridad por las calles.

Podríamos asegurar que esta es una tarea personal e intransferible que no admite delegaciones. Por eso, aunque de vez en cuando esté en desacuerdo con alguna decisión o discuta alguna iniciativa, soy muy respetuoso con la figura del alcalde, porque soy consciente de que, aunque no se vea, pasan muchas horas cuidando que todo vaya bien y controlando el buen funcionamiento de su municipio.

Y luego están los otros estamentos, Generalitat, Diputación, mucho más cuestionables porque, y por culpa de los propios responsables de su gestión, cada vez se convierten más en carga que en ayuda. Los poderes de la Generalitat los soportó directamente el gobierno de turno con sus ministerios durante la monarquía, la república y la dictadura, y no nos fue tan mal.

Se creó el estado de las autonomías para acercar la gestión a los afectados, pero a la larga, y manteniendo la vigencia de su razón de ser, se están convirtiendo en pequeños reinos de taifas que duplican tareas y complican con demasiada frecuencia el buen funcionamiento del Estado y la convivencia de los españoles por disputas de lo que es mío o es tuyo, de quien son o no son los ríos, o por la lucha por conseguir ventajas en la distribución de asignaciones de los presupuestos generales de la nación.

Insisto en que creo en el estado de las autonomías, pero entiendo muy necesario que se replanteen misiones y funciones de cada cual porque, o se resetea la situación, o no habrá forma de parar ese virus de las diferencias que nos está destrozando.

Las diputaciones son entes más cuestionados. Es cierto que prestan apoyo a los municipios y a la Generalitat, pero son servicios que podrían asumir directamente los apoyados. Opino que son prescindibles, pero no desaparecerán sin lucha porque se han convertido en casa y refugio de mucho amiguismo y de muchos intereses de imagen y poder.

Pero, lo mismo que lo dicho anteriormente es verdad, no es menos cierto que el Estado necesita complementos menos visibles en el día a día, pero imprescindibles. Necesitamos un ejército que nos defienda, no solo la seguridad de la nación, sino los valores y las libertades del mundo occidental, y de ahí la gran cantidad de misiones en el extranjero.

Como necesita un poder judicial, unas cortes, un cuerpo diplomático, unas fuerza de seguridad del estado, y tantas otras cosas que no “se ven” en lo cotidiano, pero que necesitamos que estén ahí cuando tenemos un pleito que resolver, un asesino que detener, una urgencia hospitalaria que nos salve la vida, etc.

Y si los necesitamos debemos asumirlo si reservas, apoyar su labor, y destacar sus méritos para conocimiento de la ciudadanía.

Pero llegamos a donde, posiblemente, deberíamos llegar. Al mundo de las ideologías y de las miserias de nuestros dirigentes.

Es posible que nuestro gobierno regional opine que Capitanía ha dejado de cumplir su misión de cuartel de tropas, que nunca lo ha sido, y “no entienden” su utilidad real.

Pero ocultan que este edificio es propiedad del ejército, y sede oficial del Capitán General de la III Región militar, figura de mucha dignidad protocolaria y una de las autoridades reconocidas en nuestro marco jurídico y legal, y que, afortunadamente, tiene una presencia funcional y no depende de las autoridades de la autonomías, sino del Ministerio del Ejército. Y las jurisdicciones de las capitanías, que es cambiante según los planes del ministerio, no coinciden exactamente con los de las diversas autonomías.

Como ocurre con las Zonas de la Guardia Civil, comandadas por un general, que dependen del Ministerio del Interior.

Y es como debe ser, porque si dependieran de los entes autonómicos, seguro que alguno de nuestros iluminados que presiden autonomías ya habrían decretado la salida del ejército o de la Guardia Civil de su territorio. Los mismos que han pedido en algunas ocasiones su desaparición.

Así pues, mis muy respetados responsables de la Generalitat Valenciana, dedíquense a lo suyo que bastante tienen. Y procuren combinar la gestión con la pedagogía, porque también es su responsabilidad. El primitivo convento de Santo Domingo se estableció como sede de Capitanía en Valencia desde la Desamortización de Mendizábal, por lo que, en el caso de que alguien pueda reclamar la propiedad histórica sería la Iglesia, y por supuesto no lo hará.

No incordien con sus sueños de poder y de grandeza, si no de perjudicar al ejército, y dedíquense a lo suyo, por favor. Que buena falta nos hace.

El Panteón de París – La sana envidia.

Acabo de leer la noticia de que Simone Veil y su marido, este último por el hecho de ser consorte de la ilustre política judía, ex presa en el campo de Auschwitz, destacada por su defensa de los derechos de la mujer, han sido trasladados al Panteón de París.

Y mi reflexión no se centra en la figura de la reconocida con este honor, sino en nuestra vecina Francia, nación de asilo que acogió a muchos exilados de nuestra guerra civil, la de la Revolución, de la Ilustración, de las comunas, y de la guillotina.

Y en su Panteón están enterrados revolucionarios, «ilustrados», pintores, escritores, científicos, militares, políticos y personajes históricos de cualquier tipo. Gente de la que Francia y los franceses se sienten orgullosos. Gente que hizo a Francia más grande desde sus tubos de ensayo, sus manuscritos o sus hechos de guerra. Y de cualquier signo político.

Y esto es lo que hace que naciones como Francia, que honran a sus ilustres y no reniegan de su historia, incluidos los episodios más negros y sangrientos, sean grandes y fuertes. Y que sus políticos canten juntos La Marsellesa cuando la nación se siente amenazada. Porque la historia, toda, es enseñanza. Porque los franceses no se consideran hijos ni de los unos ni de los otros. Son hijos de todos ellos. La consecuencia de éxitos y fracasos que no esconden ni de los que se avergüenzan.

Recuerdo con gran emoción mi visita a la cripta del Panteón al descubrir tumbas de personajes que estudié en mis libros de texto, cuando los libros de texto no se habían empequeñecido con historias manoseadas y empequeñecidas de las grandezas de cada autonomía, y nos sentíamos herederos de la cultura greco romana. Con la aportación inestimable de la iglesia católica, la de los aciertos y los errores, la de los santos y los pecadores.

Y la sana envidia de verlos juntos en aquellas galerías, cuando habían sido tan diferentes en vida. Pero tenían en común el hecho de ser franceses por nacimiento o por adopción, y haber contribuido a la grandeza de Francia, a su “grandeur”. Muchos con bustos o símbolos alusivos a su persona o su personalidad.

El panteón se comenzó durante la monarquía y se concluyó durante la revolución, y además de los féretros de los allí enterrados, en las paredes hay más de 1.000 placas conmemorativas de otros tantos personajes importantes de Francia.

Me considero español y estoy orgullosos de nuestra historia y de nuestra realidad, pero siempre he considerado la oportunidad perdida en tiempo de Fernando VII, ¡esa sí que fue una verdadera oportunidad perdida!, cuando tildaban de amanerados y poco españoles a los “afrancesados”, a los que defendían el acercamiento al país vecino, y la conveniencia de que se incorporara a la sociedad española parte de la enorme modernización que supuso la Revolución Francesa.

Seguro que otro gallo nos cantaría. No el gallo francés, porque España seguiría siendo España, pero una España que habría dado un salto en la historia iluminada por las luces de la Ilustración.

Aquí no. En España seguimos separando a los buenos de los malos, a los de derechas de los de izquierdas, a los que piensan como “yo” de los otros.

Si en España hubiéramos tenido un Panteón, y hablando solo de escritores y poetas, descansarían juntos Pio Baroja, Azorín, Miguel de Unamuno, Rafael Alberti, García Lorca, Gregorio Marañón, Miguel Hernández, José María Pemán, Rafael Duyos y tantos otros, todos ilustres, que tuvieron en común su amor a España y se diferenciaron por sus ideas políticas, sociales o religiosas.

Y en medio de todos ellos, poniendo paz, nuestro genial Mingote.

Pero no, nosotros somos un país intelectualmente subdesarrollado y mucho más cerca de los tiempos de la inquisición o de las checas de lo que nosotros mismos creemos.
Dios salve a España, lo digo como convicción, pero también como frase hecha para no herir sensibilidades, porque, por lo que veo, los españoles no llevamos camino de “salvarla”. Más bien de hundirla un poco más cada día.

Nosotros nunca hemos tenido tiempo de construir un panteón de ilustres. Andamos demasiado ocupados cambiando nombres de calles y rebuscando por las alcantarillas de la historia las partes oscuras de las biografías de los hombres y mujeres que han hecho algo por España.

Nosotros somos así. No podemos comportarnos como esos revisionistas cobardes “de fuera”. Somos gente de honor y no podemos perdonar ni olvidar. ¡Tenemos “memoria histórica”!

El “gobierno bonito” del “chico nuevo”.

Que quieren. Cada vez que veo a nuestro flamante presidente de gobierno en la tele, me viene a la cabeza las primeras estrofas de la salsa “Pedro el navaja” que triunfaba en mis años treinta:

Por la esquina del viejo barrio lo vi pasar
Con el tumbao que tienen los guapos al caminar…”

El caminar es suyo, el de siempre. Pero todo lo demás, ese correr como deslizándose tipo Obama, sin sudar y con una camiseta, muy casual, con el logo de Barcelona 92, esa escena con su perro tipo Obama, esa foto en el helicóptero con gafas de sol modelo piloto de combate, tipo Obama son, claramente, fruto de una asesoría de imagen.

También es suya, ¡el jodido es un guaperas!, esa sonrisa de media boca acompañada de un semialzado de ceja, marca de la casa. Pero lo de las manos, no. Esas manos expresivas, de conductor, de director de orquesta, son absolutamente artificiales. Buscadas. De cualquier manual de imagen.

Y pongo este ejemplo: en la página “En cuatro gestos que profundizarán tu liderazgo”, de “Finanzas»Personales”, se dice: “Si usted está en una posición de poder, es importante que refuerce su imagen de líder, para lo cual, expertos en lenguaje corporal le otorgan varios tipos para profundizar esta percepción,”

En la sección “cuatro gestos que profundizarán tu liderazgo” de esa misma página, y en el apartado “tome las riendas” se dice: Tome una posición en la que parezca que sus manos sostienen una rienda imaginaria. Y ése es el secreto del gesto: un hombre recio, líder, impetuoso y que aun así no pierde el “control” de la situación.

Tampoco es casual la composición del “gobierno bonito”, tan diferente al serio y de aspecto excesivamente profesional del gobierno de Rajoy, en el que se ha estudiado hasta el último detalle de la “nueva era” con la incorporación de personajes de todo tipo y condición, algunos excesivamente traídos por los pelos, otros no, y con serias dudas sobre su eficacia. Pero no es eso lo que se pretende, la eficacia, en este primer paso de una larga, muy larga, campaña electoral. Seguimos trabajando la imagen.

He seguido y atendido con mucho interés las intervenciones del politólogo Iván Redondo, al que ha contratado nuestro presidente, y que ya colaboró con él en las primarias del PSOE. Está en muy buenas manos. Sabe muy bien cómo hacer llegar mensajes a la masa militante y a la votante, y es un auténtico experto en campañas electorales, muy especialmente las de los Estados Unidos. Esas campañas tan profesionales donde se trabaja tanto la imagen, los mensajes, y los impactos mediáticos a la ciudadanía, que han llegado a convertir en presidente del estado más poderoso del mundo a un personaje como Donald Trump. O al Pato Donald si se lo hubieran propuesto.

Por cierto, si buscan la web de Redondo y asociados, http://www.redondoyasociados.com/ se encontrará con que la única imagen, con una enorme fuerza expresiva, es la de unas manos. Manos abiertas, manos que acogen, manos que abarcan.

Visto lo cual ¿no da miedo semejante poder de manipulación a las masas que todos, políticos, empresarios, marcas comerciales, y marketineros en general emplean para influir en nuestras decisiones? Son técnicas muy sofisticadas contra las que no es fácil defenderse.

Aunque, de momento, solo hemos conocido la presentación de la cara más amable de nuevo gobierno. Lo demás solo se intuye. Parece que ha de venir, pero solo se atisba. Como dijo Rubén Darío con gran fuerza expresiva:

¡Ya viene el cortejo!
¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines.
¡La espada se anuncia con vivo reflejo;
ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines!

Han proyectado con gran eficacia la imagen de un cambio profundo, hay expectativas, y hasta están consiguiendo que la gente se olvide de sus orígenes, legítimos pero con poco fundamento.

Pero todos sabemos, Pedro Sánchez el primero, que eso no será suficiente para conseguir lo que nunca ha logrado. La confianza de los ciudadanos en forma de mayoría de votos en las elecciones generales.

Y este “chico nuevo” de Europa tendrá que hacer mucho más que desenterrar a Franco, fomentar cambios de calles “franquistas”, proponerse como líder de la tolerancia con la inmigración, resucitar las iniciativas de Zapatero contra la religión y la iglesia católica, o tener gestos cariñosos con los separatistas, con los unos y los otros, que tienen en común que son muy poco de fiar.

Tampoco le será suficiente forzar un cambio en la televisión pública aunque, claro, ayudará. O le perjudicará si cede su control a Podemos, porque esos tienen claro a donde van y lo que pretenden. Anticonstitucionales, antimonárquicos, partidarios de la democracia asamblearia. ¿Qué tienen en común con los que realmente son sus verdaderos adversarios políticos?

Antes les unía el odio a Rajoy, pero Rajoy ya no existe políticamente, ese chollo se ha acabado, y el PP está fuera de plano, al menos de momento.

Porque todas esas medidas solo contentan y emocionan a minorías nostálgicas, las de su cuerda, de la misma forma que molestarán a otras. Minorías, las suyas, que tampoco le votarán si no les resuelve el tema de las diferencias salariales, del paro, de las listas de espera de la sanidad y de la protección social en general. Y tampoco lo harán si lo consigue a base de machacar con impuestos a los “muy controlados” trabajadores con nómina, autónomos, y colectivos con ingresos visibles y vulnerables ante hacienda.

O con impuestos indirectos aplicados de forma general, pero que perjudican más a los españoles que “casi no llegan”. Los otros, los menos agobiados, simplemente tendrán más gastos. ¿Quién recuperará a esa clase media que ha estabilizado a este país durante tantos años?

Nosotros, muchos de nosotros, nos llenaremos la boca de frases bonitas y/o pancartas que surgen de la nada y fabricadas no se sabe con qué financiaciones, pero en el fondo queremos lo que ofrecían los antiguos charlatanes callejeros, tomados como profesión y no como insulto, con su “bueno, bonito y barato”, ampliado con sus llamativos discurso de “y por las veinte pesetas no solo le ofrezco el peine, la plancha y la bonita jabonera de piedra, sino que además le regalo…”.

Y Uds., en lugar de explicarnos que nadie ata perros con longanizas, nos siguen la corriente, incluso con un “yo doy más que el otro” que confunde al ciudadano, pero consigue votos. Y, como dice el refrán, el que venga detrás, que arree.

Porque si de algo estoy seguro, completamente seguro, es que ninguno de Uds. se atreverá a explicarnos que no existen los conejos de la chistera, y que para dar algo más en alguna partida presupuestaria hay que restarlo de otra o subir impuestos. Y no parece que estén por la labor de reducir el gasto público. Hay demasiadas redes clientelares y votos del funcionariado.

Y tarea, Sr. Presidente, tiene mucha. “Una jartá”, que dicen los andaluces. La primera de todas, en vista de la descomposición del Estado, es una muy barata en euros, aunque costosa en desgaste: Reforzar nuestros símbolos más representativos, los que nos deben de unir, y que no es “la roja” precisamente. Esos símbolos con los Ud. mismo ha jugado al despiste en algunas ocasiones, como son la figura del Jefe del Estado, el himno y la bandera.

Y clarificar sin ningún género de dudas que España es una nación única y soberana, que estamos en una monarquía parlamentaria, y que nuestro sistema autonómico, extremadamente bienintencionado y al que hubiéramos deseado el mayor de los éxitos, necesita algunos ajustes porque lo que está ocurriendo es una auténtica inversión de grados y de niveles.

Y que las autonomías son una parte del estado, su representación. Como ocurría en la edad media con los antiguos señores feudales, pero ningún señor feudal estuvo nunca por encima del rey, su señor natural y del que recibió el poder. Y si lo pretendió siempre salió perdiendo.

Transferencias sí, pero siempre en nombre y representación del estado, sin delirios de grandeza ni salirse del guion.

Así pues, Sr. Sánchez, incluso puede pasar a la historia como el que recondujo las derivas de la nación. Es muy difícil, casi imposible, porque solo dispone del 24 % de los escaños, y aunque trate de consensuar lo que son auténticos temas de estado (pensiones, autonomías, reforma de la ley electoral, del poder judicial, etc.), le sería muy complicado porque solo podría negociarlos con el PP, y “no los veo”.

Pero lo cierto es que tienen que hacer algo y hacerlo con urgencia. Tenemos demasiados problemas políticos, y también sociales, que ni mejoran ni tienen aire de mejorar.

Inténtelo. Siéntese a pecho descubierto con el PP, con Ciudadanos, y también con Podemos, aunque estos últimos son imprevisibles en temas de futuro. Involucre a todos los estamentos del estado e intente otros “pactos de la Moncloa”. Es utópico, pero no imposible. Y si le sale mal también le beneficiará porque la ciudadanía es cada vez más sensible a las posiciones de cada cual, y tomarían nota. Y, ¡quién sabe!, tampoco parecía posible que ganara una moción de censura con 84 escaños y lo ha conseguido.

Llámelos como quiera, “los de la exhumación de Franco” si quiere, pero haga algo, o en España acabaremos como en tantos países americanos que nunca detuvieron sus deslizamientos de tierra y ahora tienen a sus ciudadanos en lodazales sociales, políticos y económicos de los que les resultará casi imposible salir.

La ventaja es que nosotros seguimos en buena situación, todavía estamos a tiempo, y tenemos el respaldo de la Comunidad Europea.

En la que, por cierto, ha entrado con buen pie gracias a lo que se ha encontrado hecho y a las circunstancias. La economía española, aún con desajustes y carencias importantes, está bastante controlada, y la locura y el populismo de una buena parte de la Europa del sur y de algunos movimientos del centro, hace que España sea, prácticamente, la única nación fiable de la zona. Es una posición privilegiada que le facilitará pactos con Francia y Alemania. Que son con los que hay que llevarse bien.

Opinar o no opinar – Esta es la pregunta

Cuando Shakespeare hace que Hamlet, en su soliloquio, se plantee su gran duda sobre lo que debe o no debe hacer, que es lo que hay detrás del famoso “ser o no ser”, está tratando de decidir entre el dilema de hacer lo que es más conveniente y lo que entiende como más correcto.

To be, or not to be, that is the question:
Whether ‘tis nobler in the mind to suffer
The slings and arrows of outrageous fortune,
Or to take arms against a sea of troubles

(Ser o no ser, esa es la pregunta:
Si es más noble en la mente sufrir
las hondas y flechas de la fortuna escandalosa
o para tomar las armas contra un mar de problemas)

Y, desde la experiencia de los años, creo que cualquiera de las dos opciones, opinar o no opinar, es válida porque depende exclusivamente de la idiosincrasia y de las circunstancias personales de cada uno de nosotros.

Aunque cuando digo que cualquiera de las dos opciones es válida, quiero decir exactamente que cualquiera de las dos opciones es válida, no que una sea mejor que la otra, o que los que adopten una de ellas deba considerarse poseedor de la razón y criticar al que elige la otra.

Estamos, y no es la primera vez en la historia de España, en una situación sumamente confusa, con una evidente pérdida de valores, una falta de claridad en los mensajes políticos, un claro intento de manipulación desde muchos grupos de opinión o de intereses personales, y un ir cada uno a la suya realmente sorprendente en una sociedad tan globalizada y tan comunicada por la tecnología y las redes sociales.

O será por eso porque, en mi opinión, el acceso a las redes ha provocado un nuevo perfil humano. El de los que evitan el contacto social directo, no salen de casa, y solo se comunican con el exterior a través del ordenador o del teléfono.

Es otro de los nuevos fenómenos, desconocido hasta ahora.

En cuanto al mundo de la comunicación, la gran diferencia es que en épocas anteriores los opinadores lo hacían a cara descubierta, sin disfraces ni avatares, y con muy pocos disimulos. Los lectores y/o asistentes a sus mítines sabían que Blasco Ibáñez era ateo, anticlerical y enemigo de la monarquía, que el diario Arriba era el órgano oficial de la Falange Española Tradicionalista y de las Juntas Obreras Nacional Sindicalistas, que el ABC era claramente monárquico, que El Pueblo era un diario católico que en su primer número anunció que “defenderá siempre las bases de la sociedad cristiana”, o que el Liberal era, como su nombre indica, liberal y de ideología republicana moderada.

Y ahora ¿podemos saber quién es quién en el mundo de las comunicaciones? ¿Qué intereses empresariales motivan algunas líneas editoriales?

En el fondo y lamentablemente, parece que a todos los que son algo en estos ambientes, el de lo público y el de las comunicaciones, les une el “cuanto peor mejor”, porque les permiten disfrazarse de “buenos”, aportar “ideas revolucionarias” para mejorar las cosas, o porque, simplemente, consiguen más audiencia, que equivale a tener mayores ingresos. Y a muy bajo coste. ¿Alguien analiza cuanto metraje se obtiene siguiendo, amplificando y repitiendo tomas sobre los casos mediáticos? Hay escenas que nos las sabemos de memoria. Mismas caras, mismas preguntas, mismos silencios de los interrogados, o mismas respuestas estúpidas dichas con cara de completa seguridad.

Y para garantizar su presencia en todos los foros, los grandes empresarios del audiovisual no dudan en poner una vela a Dios y otra al diablo, como Atresmedia, con Antena 3 o la Sexta, Mediaset con la Cuatro y Telecinco, o Roures, dueño de Mediapro, que ha apoyado la cusa soberanista. Algunos de ellos relacionados con personajes internacionales tan poco recomendables, como Silvio Berlusconi por poner un caso, personaje al que pocos le dejaríamos la cartera.

Son el auténtico «yin y yang» de la información. Como las bancas de los casinos. No importa quién pierda, ellos siempre ganan.

Puestas así las cosas y atrapados en este torrente de manipulación informativa, se puede adoptar varias posturas:

Mantenerse al margen de lo que ocurre y no crearse molestias o enemigos opinando sobre temas de actualidad o actuaciones concretas de políticos o notables del reino. Actitud perfectamente respetable y que puede deberse a muchas causas, como la falta de información, dificultades de expresión o, simplemente, el no querer significarse o enemistarse con alguno de los criticados.

Comentar estos mismos temas desde el punto de vista de la pertenencia a un partido o compartir una determinada ideología. Exactamente igual de respetable, siempre que no escondan estos condicionantes y aparenten una neutralidad inexistente.

O hacerlo desde la independencia. Teniendo claro que nadie es totalmente libre porque todos tenemos nuestra forma de entender las cosas, quisiéramos un determinado modelo de sociedad, o tenemos una opinión formada sobre cuál debería ser la actuación correcta de los servidores públicos. Seguramente muy cercanas a la utopía.

Lo que no vale es optar por cualquiera de las tres posiciones anteriores y criticar a los que se deciden por alguna de las otras dos. Eso es poco ético y bastante ventajista.

Y, estando donde estamos, es muy peligroso adoptar las posturas de los tres monos, “ni ver, ni oír, ni hablar”. Porque mientras, el mundo sigue y los manipuladores ganan. Seguramente ganarán de todas formas, pero por lo menos que se escuche nuestra última palabra.

Los que opinan, los que opinamos porque me incluyo en este grupo, lo hacemos desde plataformas conocidas y con una difusión limitada, al menos en mi caso. Y los que leen lo que escribimos lo hacen de forma voluntaria y, por supuesto, pueden opinar asintiendo, disintiendo o con el clásico “no sabe no contesta” tan popular entre los encuestados. Ese silencio, que puede significar no tener clara una posición, o la indiferencia sobre lo opinado.

Lo que no vale es etiquetar ni adjetivar. Una opinión es una opinión, con el mismo valor que la opinión contraria. Los que insultan a terceros tienen carencias sociales, una cierta sociopatía que les impulsa a odiar al que piensa otra cosa, y los que hacen juicios de valor o buscan intenciones ocultas, suelen manifestar, sin saberlo, el “otro yo” de su propia personalidad.

Es decir, los que piensan que un comentarista actúa por afán de notoriedad, no están demasiado lejos de descubrir su propia necesidad de protagonismo, su deseo de que se reconozca sus méritos y valores, obteniendo rédito en imagen de todas sus actuaciones. Los que buscan malicia o dobles intenciones suelen ser maliciosos. Muchos de los que opinan que deberíamos callarnos pueden pensar que haríamos mejor escuchándoles a ellos, e incluso algunos de los que manifiestan disconformidad cuando criticamos a los que mandan, también lo hacen en la intimidad, como el catalán hablado del ex presidente Aznar, pero prefieren “no mojarse”, en público.

No hay nada más desolador que una reunión en la que se proponen temas controvertidos, incluso conflictivos, sin que se escuchen comentarios discrepantes. Mucho más si, una vez fuera, en el pasillo, lejos del alcance de los oídos de los proponentes, no falta quienes se manifiestan claramente en contra.

En España se inventó el “silencio administrativo” (no se si existe en otros países) para forzar respuestas oficiales a preguntas de particulares, pero, en según qué temas, debería ser obligatoria una respuesta de la ciudadanía. De cada ciudadano. Porque lo que está pasando no es bueno.

Y, por supuesto, unos tendrán más preparación que otros, pero cada opinión es igualmente válida y digna de tener en cuenta porque refleja la de diversas capas sociales o intelectuales de la sociedad española. La mía, la de un pastor, la de un funcionario, la de un ama de casa, la de un joven en el paro, la de un jubilado, o la de un juez del tribunal supremo. Porque todos nosotros conformamos el conjunto de la ciudadanía, y los poderes públicos deberían satisfacer, dentro de lo posible y sin mentiras ni populismos, las necesidades básicas de todos los ciudadanos.

Que no se pueden simplificar encuadrándolas en unos pocos grupos.

Y no estaría de más librarse de tanto “influencer” y de tanto Community Manager casi siempre interesados. Son miles, y como son interesados no buscan tanto la verdad como crear polémica y provocar sensacionalismo. Casi ninguno se apoya en hechos. Son comentarios, juicios de valor y chascarrillos lanzados cada minuto. Están esperando que alguien, sea quien sea, diga algo para entrar en la bulla. Porque lo que quieren es presencia para buscar “me gustas” y “seguidores”.

Nunca les he seguido ni me importan demasiado pero el otro día, y como consecuencia de un cambio de impresiones con un amigo, salió el nombre de Miguel Angel Revilla como si se tratara de un referente cualificado, cuando, en realidad, es el fruto de los milagros de un buen marketing. Como ocurre con los personajes centrales de los “sálvame” de todas las cadenas de televisión. Las que consiguieron que Chikilicuatre nos representaran en Eurovisión. Magnífico ejemplo de cómo se puede influir en las masas si se preparan buenas estrategias. ¡Y casi mandan a Karmele Marchante, la que ahora es tan súper separatista y se hace fotos según el modelo “libertad guiando al pueblo” del excelente cuadro de Delacroix, aunque, en este caso, sin el gorro frigio y envuelta en la “estelada”!

Revilla nunca arrastró masas en las elecciones de Cantabria. Se benefició de ser bisagra de los grandes y se hizo un nombre público porque tiene muy buen rollo y un gran vocabulario, maneja de forma excelente los gestos, las pausas y los énfasis y, pese a que no tenga el mejor físico, es absolutamente fotogénico.

Ayer investigué la posición de Revilla y pude comprobar que tenía 1.197.245 seguidores en Facebook, y 712.000 en Twitter. Cualquiera de sus intervenciones en YouTube se mete rápidamente en miles de visualizaciones, aunque ninguna de ellas, que yo sepa, ha alcanzado las 308.707 de José Mota cuando le imita en su versión humorística de “En la tuya o en la mía”.

Desconozco si la práctica de esta nueva actividad es altruista, pero ahí hay mucho dinero.

Y, con todo respeto para su persona, el criterio y la opinión de este señor no tienen más valor que el de cualquier otro ciudadano. Posiblemente menos porque, en el fondo, el muy simpático Sr. Revilla, que lo es, se ha fabricado un personaje, como tantos otros en España, y lo explota magníficamente.

Y partiendo de esa base, dudo de que su opinión sea sincera porque, como he dicho antes, tiene intereses. Económicos o de proyección política. Lo desconozco.

Y necesita buscar el sensacionalismo porque, en la mayoría de las ocasiones, la verdad es aburrida y los datos tediosos. Nada mejor que un chascarrillo o una “maldad” dicha en su momento para provocar reacciones. ¿Quién gana audiencias con gráficos y datos?

Aclarando que no considero al Sr. Revilla de lo peor que circula por las redes. Ni mucho menos. Pero me sirve como ejemplo.

Y, claro, si cedemos toda la palabra a políticos en activo, propietarios de periódicos y de cadenas de televisión, o a los manipuladores de masas que mandan a “chikiliquatres” a Eurovisión, les dejamos el campo libre.

Que es lo que quisieran. Ellos a adoctrinar, nosotros a tragar y a consentir.

Lo que, mira por donde, en este momento de esplendor, libertades y tecnología, es otra forma del “vivan las cadenas” del absolutismo, o el “pan y toros” del franquismo.