Cuando España era España y Madrid “lo que tié que ser”

Cuando España era España, en toda su geografía reconocíamos muchos puntos de especial interés, referentes de nuestro arte, nuestra cultura o nuestra historia. No pretendo relacionar aquí estos lugares que empiezan en Cádiz, la brillante Tacita de Plata de mi ingreso en la Marina, o en esa Granada “fatimita” que he visitado en invierno, en verano, de día y de noche, maravillándome cada vez de lo que veía y sentía y que acaban en el Santiago de Compostela universal, con el verdín de sus paredes, el peso de las torres de su catedral y de sus tradiciones y el calor de esos buenos bares en los que disfrutar de su gastronomía, íntima y casi milagrosa.

Pero sí quiero destacar dos puntos de especial relevancia:

Barcelona, que entre otras cosas notables era el centro de la moda, el diseño y la modernidad y Madrid, la París española, en donde confluían artistas de toda clase, escritores y poetas, literatos, pintores, músicos y cualquiera que tuviera interés por conocer por  boca de otros lo último en el mundo de la cultura. O que sintiera inquietud por descubrir lo diferente.

Y como es natural, a la sombra de la cultura siempre aparece la bohemia, el humo de tabaco, esas tertulias tan “de Madrid”, la buena cerveza de barril o los licores que acompañan a las conversaciones.

El excelente ambiente de Los Mesones y de los alrededores de la Plaza Mayor, ese tomarse un vino en cualquier rincón de cualquier barrio discutiendo de fútbol, de toros, de política o de lo que hiciera falta con quien hiciera falta, posiblemente desconocido, pero siempre cordial y abierto a la conversación. Porque enseguida descubrí que si hay algo que  a un madrileño “fetén” le chifla de verdad es una buena discusión. Siempre incruenta, siempre apasionada,

Y luego, en los 80, vino la explosión de todo lo que se tenía guardado hasta que llegó la transición. Y con ello lo que se llamó “la movida madrileña”, la de pasar el péndulo al otro lado de la oscilación y donde se rompieron muchas barreras, demasiadas, todas.

Y de ese desmadre nacieron cantantes, conjuntos, bandas, humoristas  y todo tipo de auténticos seres de discoteca, de café teatro, de sala de fiestas y de revista.

Yo me hice de la “clac” para poder ver teatro barato y cuando mejoré mis ingresos y subí un escalón adquisitivo, disfrutaba yendo a La Latina de Lina Morgan o a alguna que otra zarzuela.

Era una época en la que solía ver a Luis Sánchez Polack, “Tip”, rondando las cervecerías de la Glorieta de San Bernardo y hasta, según él mismo confesó más adelante, “distrayendo” alguna propina ajena porque andaba muy escaso de recursos.

Eso y mucho más era el Madrid que me acogió desde el primer día en que llegué a mi pensión  de la Corredera Baja de San Pablo recomendado por mí desaparecido amigo Miguel Redón-Sema. El Madrid que me maravilló por acogedor y diferente.

El madrileño de aquellos tiempos, alguno de los cuales había nacido en el mismo Madrid, lo que era poco frecuente, eran gente bullanguera, divertida y sin malicia. Un poco pasotas y chulitos en lo superficial, pero generosos y comprometidos cuando era menester.

Y mira por donde los protagonistas, ya mayores, o sus hijos, o los hijos de los hijos de la movida de Madrid, muchos de ellos en cargos políticos del gobierno, en la cúpula de algunos partidos de izquierdas (también de la derecha) o conductores de programas de televisión de mucha audiencia desde posturas claramente contrarias a la política cavernaria y fascista del PP, acusan a los madrileños de ser tabernarios y muy de berberechos y de terraza de bar.

Supongo que aunque no hayan dicho nada en defensa de los ofendidos, a Pedro Almodóvar, Alaska, el Gran Wyoming y toda esa pléyade de militantes intelectuales de la izquierda española les habrá dado la risa aunque no lo hayan manifestado.

Hasta Sabina, el que decía que “los pájaros visitan al psiquiatra y las estrellas se olvidan de salir” en su “pongamos que hablo de Madrid” habrá tenido que sujetarse la barriga por las carcajadas y estoy seguro de que habrá hecho alguna llamada para preguntar a alguno de sus conocidos del gobierno y a su coro mediático, “de que van” acusando a sus conciudadanos de disfrutar en demasía en las terrazas de los bares.

Porque ellos, la gente del espectáculo  de “los 80”que fueron madrileños nacidos donde fuere y en aquellos ambientes  de espectáculo y diversión, consiguieron unas marcas de desmadre a la que no llega, ni de lejos, ni haciendo un master, el más “tasquero” de los tasqueros de Madrid.

Y, naturalmente, no quiero decir que todos estos famosos deberían de defender  Ayuso y su política. Aún me quedan luces. Pero podrían defender, políticas aparte, el modo de ser y de vivir de los madrileños que es el suyo propio.

Defenderlo a muerte. Incluso solicitar que se declare patrimonio inmaterial de la humanidad. Y si quieren mi firma la tienen disponible.

Y visto lo visto es evidente que los madrileños de ahora, que se estaban comportando como monjas ursulinas,  salieron de su recogimiento, azuzados por la frívola y casquivana presidenta Ayuso que no quiere vecinos en sus casas ni rincones sin botellón.

En fin. Lo dejaré aquí porque el idioma español, tan rico en voces, no tiene las suficientes para calificar la desfachatez de un presidente de gobierno que dice vivir en un futuro de leche y miel, preparando su corona de vencedor  gracias a unas vacunas que ni ha contratado, porque lo han hecho otras instancias de la Comunidad Europea,  ni está inyectando porque lo hacen las autonomías.

Pero ¿eso que importa? No permitamos que una simple realidad estropee la gloria de una ficción bien elaborada.

Eso es lo que tenemos. Aparece Pedro Sánchez y su gobierno en lontananza y la factoría Redondo hace una seña al mejor de los rapsodas para que lance a los cuatro vientos los vibrantes versos que compuso para él Rubén Darío en una clara premonición de que vendría el que tenía que venir:

“¡Ya viene el cortejo!

¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines.

La espada se anuncia con vivo reflejo;

ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines…”

Gloria al héroe vacunador. ¡Nadie como él!

Pero, francamente, no creo que les dure demasiado tiempo el invento anti Ayuso. Incluso es muy previsible que semejante disparate se vuelva contra los que lo parieron. Promover anti madrileñismo fuera de Madrid les quitará los pocos votos que les quedan en “el foro” en favor de Más Madrid y no van a conseguir votos socialistas de otras comunidades, las perjudicadas por Ayuso “la inconsciente”. Y ojo con Andalucía y la díscola Susana Díaz.

Y aparte de absurdo, desleal y antidemocrático, el que la ministra de asuntos exteriores demonice a una comunidad de su país y a su presidenta, o que la muy ilustrada Calvo, que lo es, la que estaba en Andalucía “cuando los ERES” y ni se enteró ni denunció, hable de enlaces de la política del PP madrileño con campos de concentración nazis, no indica más que la realidad: Que tenemos un gobierno que, en el mejor de los casos, es una banda de incompetentes que solo tienen habilidad para perpetuarse en los cargos.

Y un presidente que hace tiempo que ha renunciado a gobernar y a dar la cara si no es para darse besos en la mejilla.  

P.D. Últimamente está de moda que los políticos descalifiquen a los votantes que no han apostado por sus candidaturas. ¡Lo que faltaba! Estamos en una democracia y si todo el censo electoral votara a VOX o a Podemos, pongo por caso, nadie de la política tendría derecho a decir que los votantes “se han equivocado”. Podrían  lamentar que no les hayan votado a ellos, eso sí, pero nada más. Porque, afortunadamente, somos los electores los que podemos y debemos criticar a los políticos si nos defraudan, pero los políticos no tienen ningún derecho a criticar a los electores.

Somos soberanos.

Venturas y desventuras de las elecciones de la Comunidad de Madrid.

Pasaron las elecciones en la Comunidad de Madrid y los resultados, aunque esperados, no han dejado de ser realmente sorprendentes. Los resultados en sí mismos, los daños colaterales que se han producido y también los que no se han producido.

En primer lugar y por encima de todo, mi gran satisfacción porque se ha alcanzado un 76,25 % de participación, que incluso subirá un poco más cuando se escruten los votos por correo, porque así es como se actúa en democracia. Votando libremente y decidiendo, supongo que en conciencia en la gran mayoría de los casos, en quién se debe depositar la confianza.

Porque esta participación indica que los madrileños han sido conscientes de que tenían que tomar las riendas de las decisiones y elegir a los que consideran más convenientes para gestionar el mal momento que atraviesa la comunidad. Ha habido otras muchas elecciones, pero con bastante más abstención, síntoma inequívoco de que los ciudadanos “pasaban”, bien porque consideraban que la cosa no tenía arreglo, por puro aburrimiento, o porque pensaban que un voto, su voto, no decidía nada. Olvidando sabio refrán castellano que dice que “un grano no hace granero, pero ayuda al compañero”.

Analizando los resultados de participación, se aprecia que 19.186 madrileños han votado en blanco, que es una forma de manifestar el verdadero enfado o un “descontento activo”. Son madrileños que han dicho “yo soy demócrata y he cumplido con mi obligación de votar, pero no he sabido por quién hacerlo”

Posición totalmente contraria a la de la abstención, siempre sujeta a mil interpretaciones interesadas de los políticos candidatos. Por lo que los 1.135.201  votos no emitidos, los de la abstención, no suponen una manifestación clara de “cabreo democrático” o de no saber a quién votar como, repito, los votos en blanco.

Lo de menos, y lo digo con toda sinceridad, es a quién ha votado cada uno. Los ciudadanos han decidido y los resultados obtenidos por cada partido han sido los  que han sido.  Decididos libremente, lo repetiré varias veces y basados en la mayor o menor confianza que le han merecido las opciones políticas de cada candidatura.

Pero el desarrollo de la nefasta campaña electoral, sobre la que ya manifesté mi opinión y el resultado de las votaciones, me sugiere algunos comentarios.

El primer lugar es de destacar el descalabro sufrido por el PSOE en la persona de Ángel Gabilondo, candidato a la fuerza, sacrificado en esa especie de circo romano absurdo que ha pretendido montar nuestro preclaro presidente y su numerosísimo gabinete de asesores, pagados por el gobierno de la nación y no por el partido socialista madrileño. Y contando con todo el apoyo político y mediático que supone  disponer del gobierno de la nación, del BOE, de Tezanos y de todo el aparato de poder asociado a esa circunstancia.

Estrategia totalmente fallida que ha quemado, creo que de forma definitiva, a una persona como Gabilondo que ni tenía el perfil adecuado ni, evidentemente, ningún interés en presentarse. Pero Pedro Sánchez suele resultar tóxico para buena parte de los que le son fieles y en esta ocasión ha conseguido, muy posiblemente, desbaratar su futuro previsto como Defensor del Pueblo porque no es muy de recibo que al hombre que ocupe ese puesto le hayan hecho decir que “había que crear un cordón sanitario” a un partido homologado, democrático, registrado y legal, como es VOX, por muchos peros que tengan sus opiniones.

Porque si le nombraran para el cargo, ese baldón aparecería día sí y día también en cuanto hubiera ocasión, como aparece y aparecerá la parcialidad de Dolores Delgado,  la Fiscal General del estado.

Y todavía estoy intentando descifrar el sentido de esa frase triste y enigmática que pronunció desde la soledad el gran perdedor de las elecciones: “Yo soy Ángel Gabilondo y esto es el PSOE”.

Porque no sé si se refería a que él seguía siendo del PSOE o que el verdadero PSOE era el que estaba en el hotel y no grupo reunido en la calle Ferraz.

Y, aunque esto no sea novedad,  es de destacar la enorme cobardía de Pedro Sánchez que cuando vio venir la debacle desapareció de la escena y dejó solo al candidato en la noche electoral, al que ni siquiera permitió esperar los resultados en la sede oficial del PSOE.

El eterno “todo esto ocurre pese a lo bueno que soy yo”, que ha defenestrado a otro de sus fieles, José Manuel Franco, el secretario del PSOE de Madrid, pese a que no tuvo arte ni parte en el nombramiento del candidato ni tuvo nada que ver con la campaña electoral. Un presidente del gobierno y secretario general del partido socialista que, por lo que sé, no se molestó en acercarse al hospital para visitar a Ángel Gabilondo el día que fue ingresado por la taquicardia por si habían periodistas.

Un cobarde manipulador que de inmediato lanzó a Ábalos, a la vicepresidenta Calvo y a toda su tropa para informarnos de que “el” y su gobierno no habían tenido nada que ver con un resultado tan negativo. Voceros que en su afán de justificar lo injustificable se atrevieron a dudar del buen juicio de los votantes “de derechas” madrileños, tabernarios y vinculados a no sé qué trama de campos de concentración nazis.

Nunca, nadie en democracia había llegado  tan lejos:  a casi afirmar, o al menos dejar caer, que la mitad del censo electoral madrileño no es más que una colección de descerebrados, con mentalidad de asiduos a  barras de bar y, por supuesto, ignorantes de lo que les convenía.

Con lo que han demostrado que no solo se trataba de Pablo Iglesias. En democracia, señores ministros y otros “interpretadores” de lo ocurrido, los votantes siempre, siempre, siempre  tenemos razón. Y ellos, los que aspiraban a ser  representantes, solo deben callar, felicitar a los madrileños por haber votado y a la ganadora por haber merecido su confianza.

Pero eso, naturalmente, solo lo hacen los liberales de verdad, los de manual y no todos estos demócratas de boquilla, profundamente sectarios en el fondo, que no aceptan más verdad que su verdad. La falsa verdad de sus posverdades.

En la historia de Europa solo ha habido dos doctrinas políticas que han considerado que son las élites las que deben dirigir a las naciones, al estilo de los Aristos de Esparta y han sido el Despotismo Ilustrado, con su lema “todo para el pueblo pero sin el pueblo” y  el comunismo. Porque la dictadura no cuenta por ser el anticristo del buen gobierno. Sería falso e injusto decir que el “sanchismo” tiene ideología comunista, pero no deja de ser verdad que parte de sus actuaciones, tratar de controlar a la judicatura por ejemplo y tantas otras cosas por el estilo, apuntan maneras.

En cuanto al otro gran farsante, Pablo Iglesias, el dimisionario, ha pasado por la política sin aportar ni una sola iniciativa realmente de calado. Ha demostrado ser tan poco eficaz en lo público como eficaz ha sido en lo privado, porque empezó siendo un simple profesor de universidad (simple en el sentido de sus ingresos) para acabar con un patrimonio muy respetable, una “jubilación que para mí la quisiera y, según parece,  contratado por Roures, el millonario poderoso e influyente al que nadie de la izquierda ha criticado nunca pese a que ha estado metido en todos los charcos del independentismo y de algún que otro “ismo”. Es decir, que en la calle precisamente no se queda.

Pablo Iglesias no se ha ido de la política por dignidad. No se ha sacrificado por “sus malo resultados” porque de ser así ya habría dimitido de sus cargos hace bastante tiempo. Se va porque ya no tiene ningún porvenir en la política activa. Pero el espectáculo es el espectáculo y no iba a decir que se iba porque había fracasado.

Tratando, eso sí, de seguir manipulando desde fuera y decidiendo sucesores. En una actitud tan pseudo mafiosa que solo ha engañado a una parte de sus seguidores. Y digo una parte porque muchos de ellos, algunos de mucho peso en el partido, han salido tarifando del que fue dueño y señor de Podemos y sus Corrientes.

Otro fenómeno muy interesante es el ascenso de Más Madrid, que ha superado en votos al PSOE  teniendo como cabeza de lista a Mónica García Gómez, casi una desconocida,

Por lo que esta formación pasa a ser la oposición oficial en Madrid y enseña una patita  muy interesante a nivel nacional. No creo que tenga grandes diferencias ideológicas con Podemos, pero desde luego si tienen mejores maneras y mucha más consistencia. Será muy interesante comprobar lo que ocurre con ellos dentro de dos años, cuando se celebren las próximas elecciones en la comunidad madrileña.

Lo de Ciudadanos estaba cantado y la buena campaña de Edmundo Bal no ha podido evitar su desaparición en la asamblea madrileña. Demasiados errores y decisiones equivocadas de Inés Arrimadas, muy especialmente la de haber caído en las redes “sanchistas” apoyando la moción de censura de Murcia. Una lástima pero, o definen una política y unos objetivos sólidos y que su bolsa de votantes entienda, o desaparecerán definitivamente.

Otro “veremos”.

Lo de VOX también tiene mérito. Ha crecido en votos pese a que los análisis de los resultados dan por hecho que parte de sus votantes han vuelto a PP y nadie o muy pocos del PP se ha pasado a VOX. Si añadimos datos cruzados que indican lo improbable que resulta pensar que ha conseguido votos del PSOE o  de cualquier otro partido de izquierdas, la única explicación es que ha movilizado votos de la abstención a los que ha atraído directamente a su candidatura.

La conclusión es que VOX ha sido uno de los beneficiados de la alta participación.

¿Y qué ocurre con el PP? Siendo evidente que Ayuso ha ganado porque estaba arropada por las siglas del PP y que ha sido una apuesta personal de Casado, también lo es que una gran parte del triunfo se ha debido a la peculiar personalidad de la ganadora. Una aparente mosquita muerta que ha manejado con acierto la pandemia en su comunidad, que ha tomado decisiones arriesgadas sin que le temblara el pulso y que ha sabido mantenerse al margen de las barbaridades que han dicho de ella durante la campaña, sin entrar al trapo de provocaciones y mentiras.

Ha ido a los suyo y eso ha sido un clarísimo acierto suyo y de sus asesores de campaña

Isabel Díaz Ayuso ha ganado porque ha sabido despertar en los madrileños el mayor capital que puede atesorar un político: inspirar confianza, ser reconocida como “uno de los suyos”. Confianza en su persona y confianza en su capacidad para administrar un presupuesto tan elevado como el madrileño en una situación tan complicada

Así que, Señor Casado, aprovéchese del tirón por el triunfo del PP en Madrid, pero no intente capitalizarlo como suyo. Ni siquiera como de su partido. Han arrasado, sí, pero ha sido por un conjunto de factores que han concurrido en las votaciones y sería muy arriesgado tratar de extrapolar resultados a nivel nacional porque nunca se darían las mismas circunstancias.

Han dado un salto cualitativo importante, eso sí, pero no escuche cantos de sirena porque podrían morir de éxito.

Porque el PP, como partido, no ha cambiado. Es exactamente el mismo que fracasó estrepitosamente en el País Vasco y en Cataluña. Así que no se precipite, aproveche el impulso, pero utilicen la cabeza y no el corazón.

Ojala todo esto sirva para que todo el mundo recapacite y podamos salir del lodazal en que nos han metido. Y especialmente un PSOE refundado que vuelva a ser un partido sólido en sus convicciones y fuerte en su ejecutoria, que represente a esa gran masa de moderados de izquierda que habitan en nuestra España y que vuelva a ser alternativa real de gobierno en lugar de este club de amiguetes y “fans” con líder en el que se ha convertido el que en otros tiempos fue el PSOE que contribuyo a afianzar la democracia en España y que participó muy activamente en la modernización de la nación y de sus instituciones.

Es decir: volver al bipartidismo que tan bien funcionó durante tantos años, atendiendo a las minorías y dejando en la cuneta a todos estos chantajistas medradores que han conseguido poder e influencia en decisiones de Estado por el simple hecho de tener la potestad de mantener en la Moncloa a un arribista como Pedro Sánchez.

Y para terminar un recadito para la Señora Calvo. Por mucho que ponga cara de sabelotodo malhumorada, ni el feminismo, ni el progreso, ni tantas otras cosas de las que presumen son patrimonio exclusivo de “la izquierda”. Y mucho menos la libertad. La libertad ni siquiera es patrimonio de las fuerzas políticas democráticas porque lo es del pueblo que les vota.

Y que “libertad sin ira” fue el canto que actuó como himno de la transición, este tiempo de ilusiones, proyectos y también de problemas, muchos problemas, que nos permitió pasar de una dictadura a una democracia plena.

Por lo que ni cincuenta mil “señoras Calvo” me impedirá proclamar que la libertad es mi patrimonio, como también es suyo como ciudadana, pero no tanto como gobernante en ejercicio u ocupando algún cargo político.

Porque en ese momento su libertad estará limitada voluntariamente por los condicionantes del cargo que ocupe.

Así que ¡menos lobos!

Las grandes miserias de la campaña de Madrid

La campaña de Madrid está sirviendo para poner en evidencia la miseria y el bajísimo nivel de los políticos españoles. Unos porque nunca lo han tenido, otros porque lo han perdido abducidos por falsos ídolos o contaminados por extraños objetivos, cada vez más alejados del interés de los españoles y buena parte de ellos porque es la única forma que tienen de ganarse la vida.

La cosa empezó por un “tú la llevas” sobre la pandemia con una absoluta falta de respeto a las víctimas y a la verdad. Pero este argumento iba decayendo a marchas forzadas porque era imposible de sostener, por lo que era necesario algún revulsivo, contra más repugnante mejor. Y la “izquierda” representada en la campaña cree haber descubierto un auténtico filón con las amenazas recibidas por Pablo Iglesias, el ministro Marlasca y María Gámez, directora de la Guardia Civil, que se hizo presente en un mitin de la candidatura socialista para hacer pública la amenaza y aventurar quién estaba detrás de ella. El fascismo, naturalmente.

Y, para que no decaiga el interés, al día siguiente apareció un cuchillo pintado con manchas rojas, porque físicamente es imposible que sea sangre,  en un sobre dirigido a la ministra Reyes Maroto

Vaya por delante mi rechazo más absoluto a cualquier tipo de violencia, incluida la de sentirse blanco de amenazas en forma de pintadas, carteles con dianas, tuits que señalan a personas con nombres o con dianas en la frente, acosos personales, y cualquier otro medio que utilice un delincuente, activista o no,  para señalar a cualquier persona, sea político en activo, juez, miembro de las fuerzas de seguridad  o el portero de una finca.

Porque tengo la dolorosa experiencia de haber vivido con la impotencia,  el dolor y la rabia de no poder hacer nada para proteger a los 850 asesinados por ETA, o a los que murieron a manos del Grapo,   los asesinados por el Pelotón Vasco español, por Terra Lluire o por todas las organizaciones de malnacidos que no conocieron más lenguaje que el de los asesinatos, las amenazas y las extorsiones.

En España, y desde hace muchísimos años, ha habido amenazas o actos violentos contra cualquier colectivo de los mencionados anteriormente, incluidos no pocos periodistas. Posiblemente miles. Y, esos sí, eran organizados y ejecutados por miembros de agrupaciones pseudo políticas que utilizaban marcas y escudos como señas de identidad de sus tropelías.

Pues bien. Seguro que todos las denunciaron a la policía, con excepción de muchos de los amenazados por ETA porque temían por sus vidas si lo hacían, que otros formularon las denuncias pero no se lo dijeron ni a sus familiares  y que una parte de ellos las hicieron públicas en algún momento.

Pero nadie, nunca, hizo una utilización política tan bochornosa como la está haciendo nuestro ex vicepresidente, el que nunca ha amenazado, perseguido o acosado a nadie, ni tampoco ha señalado a nadie como enemigo de la libertad, del pueblo, de la democracia o de cualquiera de las banderas que solo él parece defender. Aunque es cierto que no parece haber mandado cartas con balas, o  cosas similares. Solo amenaza con la más mortal de sus armas: su palabra.

Sabiendo como sabe él, como sabe la policía, o como sabe cualquier mortal con dos dedos de frente, que el que realmente quiere hacer daño a alguien casi siempre tiene oportunidad de hacerlo. Y que lo último que haría es avisar previamente a su presunta víctima. Los malos de verdad, como los asesinos de ETA, no ponían balas en sobres, las ponían en las nucas de sus víctimas.

Y me reafirmo como en otras ocasiones, que hoy, en 2021, no existe en España ningún partido político registrado ni ninguna organización que aliente la violencia como sistema de actuación política. Incluso la CUP, partido casi antisistema, tiene una parte de actuación parlamentaria y Bildu, la ETA adormecida, también se sienta en los escaños del parlamento español para intervenir en los debates cuando le interesa.

Y, por supuesto, tampoco hay ningún partido fascista. Todos los registrados en España están homologados y forman parte de nuestra democracia. Hay algunos con cierta tendencia al totalitarismo, pero ni fascistas ni supremacistas. Y si alguien quiere saber de qué hablo en lugar de escuchar las explicaciones interesadas y maliciosas de algunos representantes de partidos cuando se refieren a sus adversarios políticos, le recomiendo que lea la doctrina que inspiraba al fascismo italiano o la versión castellana del “Mein Kampf” (“mi lucha”) de Hitler.

Fascistas los hay en España, claro que sí, como también hay terroristas, pederastas, asesinos, violadores, ladrones, malversadores, timadores y toda clase de individuos con comportamientos anómalos si no delictivos. Pero siempre son personas físicas o, como mucho, alguna asociación criminal creada para delinquir. Nunca partidos políticos.

Y, como consecuencia, tampoco lo son la gran mayoría de los votantes de ningún partido por el hecho de hacerlo. Yo, por ejemplo, nunca votaría a un partido comunista, pero ni soy fascista ni atentaría contra alguien que les votara. Ni siquiera cuestionaría en lo más mínimo su derecho a hacerlo.

Pero eso es lo de menos. Estamos en el mundo de la posverdad, que según la RAE es la “distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales” y ayer mismo escuché a una persona de tan alto nivel intelectual y académico como Adriana Lastra, la portavoz del PSOE, repetir enfáticamente el “no pasarán” que lanzó Dolores Ibarruri mucho antes de que yo naciera, como lema para defender a España de la amenaza de un fascismo inexistente en la actualidad. Desde entonces hasta hoy ¿no han tenido tiempo de buscar frases un poco más actualizadas y menos absurdas? “No nos ganarán en las urnas”, por ejemplo.

Por cierto: los enemigos de La Pasionaria sí que pasaron, porque las arengas, por mucho que se fuerce la voz y por muy brillantes que sean, solo sirven para conceder un puesto en la historia a las personas que las lanzan, pero nunca para cambiar su rumbo.

Y también hemos visto a toda una ministra, Maroto, señalando a VOX como partido ideólogo del envío del sobre que había recibido.   No importa que el sobre tuviera remitente conocido, al parecer un hombre con muy buena letra y, según dicen, con problemas mentales.

Ministra que, por cierto, no ha pedido excusas por semejante atrevimiento político y moral  una vez que se supo el nombre de su amenazante. Es más, estando en el gobierno es casi imposible que no la hubieran informado de que no era una carta anónima. Ni tampoco de VOX

Quiero recordar que todos los presidentes de gobierno de la democracia y la mayoría de los altos cargos sufrieron amenazas e intentos de atentados. Incluso atentados reales. Y pongo como ejemplo a alguien que no es de mi especial devoción, José Maria Aznar, concretamente por su segunda legislatura. Cuando ETA le puso la bomba y salió vivo de milagro gracias al blindaje del coche, lo primero que ordenó es que no se hiciera uso político del atentado. Y ni se hubiera publicado si hubiera podido evitarlo. Porque sabía, como han sabido casi todos ellos, que la publicidad de hechos delictivos favorece a los criminales que los ejecutan y actúan como efecto llamada para muchos de los desequilibrados que pululan por nuestra sociedad.

Y, sin embargo y pese a todo lo dicho, lo que me ha resultado especialmente triste fue ver a Gabilondo pidiendo un cordón sanitario para VOX. Gabilondo, un hombre con criterio y preparación al que hubiera confiado en sus tiempos de ministro el liderazgo para consensuar con el PP una ley de educación con fundamento, sostenible en el tiempo y a salvo de avatares políticos. Sin ninguna duda.

Y su foto  de tres, como si fueran de la misma catadura, con el ministro Marlasca, hombre que me tiene confundido por su cambio radical desde que dejó de ser juez y nada menos que con Jorge Javier Vázquez, al que no puedo juzgar como persona pero que da vida a un personaje público que, en mi opinión, es de los más deleznables de España porque vive del escándalo, de la maledicencia y de moverse en lo más sucio y perverso de la sociedad. Personaje, repito, super inteligente y gran comunicador que emplea su tiempo y sus recursos en conseguir esa audiencia de “cueste lo que cueste” que tantos beneficios económicos le está reportando.

Tampoco es de recibo que la ministra portavoz del gobierno, que habla en su nombre y no en el de su partido, haya pedido un cordón sanitario contra VOX en la rueda de prensa oficial. Muchos miembros de gobierno han participado en mítines de sus partidos, pero es la primera vez y espero que sea la última que el gobierno de la nación y desde su sede oficial, ha atacado de esta forma a un partido legal. ¿Nos damos cuenta de cuantas líneas rojas contra la democracia se han saltado en los últimos años?

No opino sobre los demás porque francamente no me interesan. VOX y Podemos, digamos que hablo de Pablo Iglesias, a lo suyo y Ciudadanos, más comedido, tratando de salvar esa barrera del 5 % que necesita para no desaparecer como partido con futuro. Quizás pierda dos líneas para destacar el escasísimo soporte intelectual y político que está demostrando el ex vicepresidente, al que no le salva ni su gesto impostado, ni su coleta. La verdad de la verdad es que el día que deje la política nadie le echará en falta.

Y parece que el PP ha acertado retirando a Ayuso de debates y espectáculos esperpénticos como los que estamos presenciando. La supuesta mosquita muerta no ha entrado al trapo del populismo y sigue a lo suyo libre de polvo y paja.

Y quede claro que hablo de dirigentes de partidos, no de los propios partidos. Lo deseable y ojala sea así, es que cada votante pueda librarse de tanto ruido, analice pros y contras y vote en conciencia a la opción que considere más idónea para gestionar la comunidad madrileña, sea de derechas, de izquierdas, o de centro. Sé que es mucho esperar, pero ¡quién sabe!

Porque no sería de recibo que los resultados electorales de una comunidad como Madrid, motor económico de España, lo decidan tres sobres que no se sabe de dónde han venido ni quien los ha remitido.

Valencia, 28 de Abril de 2021